Milonga de Borges

Walter Cazenave * – En 1985, cuando su visita de un par de días a Santa Rosa, Jorge Luis Borges mantuvo una charla con el poeta Edgar Morisoli. En algún momento, acaso midiendo a su interlocutor, le hizo una pregunta.
-¿Cuál de mis libros le agrada más?
-“Para las seis cuerdas”- fue la respuesta de Morisoli.
Borges dejó vagar la mirada ciega y después reflexionó:
-Es un libro del que nadie me habla nunca.
Si ello era así, debió tratarse de un error; un gran malentendido de críticos y lectores de Borges, porque se trata de uno de sus libros más bellos, además de ser profundamente argentino.
En esa obra -tras la aparente simpleza de algunos decires en métrica tradicional, evocadores en forma austera de antiguos y olvidados caudillos y cuchilleros- el autor plantea muchos de sus interrogantes filosóficos y literarios; la diferencia está en apelar a ejemplos y reflexiones nutridos en el ser y el decir argentino, de existencia indudable, aunque difícil de definir.
Pobladas de reflexiones sobre los sentimientos, la vida y la muerte, en aquel libro desfilan las historias mínimas y tremendas de Juan Muraña, Nicanor Paredes, Manuel Flores, Jacinto Chiclana… a los que se suman otros de quienes han quedado los apodos: El Chileno, Calandria, El Títere… Personajes todos a quienes el supremo atributo del valor, como en las historias homéricas, pasó a darles condición perdurable. Con los años, varias de esas letras tentaron a músicos de gran calidad y epilogaron en algunas joyas del cancionero argentino, que reiteran la perpetuación de esos nombres, canallas y respetados.

En Turquía.
Una década atrás, quien esto escribe tuvo un sabio y definitivo ejemplo de la maestría borgeana y de la profundidad y exactitud de sus reflexiones, aun bajo la engañosa simpleza temática de algunas composiciones.
Observando la ciudadela romana de Ankara, en Turquía, advirtió con sorpresa algo que acaso debería haber notado antes: las opacas y ásperas piedras que tenía ante sí, era lo que quedaba de los lustrosos mármoles después de dos milenios. El hecho, simple e impactante, trajo inmediatamente del recuerdo un pareado definitivo:
Que el tiempo, que los mármoles empaña,
salve este firme nombre: Juan Muraña.
La profunda y exacta reflexión está engarzada en un soneto, “Alusión a una sombra del mil ochocientos ochenta y tantos”, referido a uno de aquellos cuchilleros cuya fama pobló la infancia del escritor y se glosó después en el libro citado.
Con su tono cazurro, Borges advierte en el prólogo de Para las seis cuerdas que el desarrollo y comprensión de estas milongas se ampara en la complicidad del lector que imagina la guitarra y que “las palabras cuentan menos que los acordes”.
“Compuestas hacia mil ochocientos noventa y tantos -dice en 1965–, estas milongas hubieran sido ingenuas y bravas; ahora son meras elegías”.
Pero nada dice -tampoco tenía por qué- sobre la autenticidad o imaginería de los personajes de esos relatos. Verdad que la lectura de Para las seis cuerdas tiene un definitivo sabor a cosa cierta; pero, también, que exigiría sumergirse en ínfimas y acaso ya inexistentes publicaciones o improbables partes policiales, para rescatar, quizás, la existencia documental de alguno de aquellos perdularios valientes.

El tiempo.
Borges había nacido en 1899, y sus años niños debieron transcurrir ya un tanto alejado de la “mitología de puñales” que entrevé y menta en esos poemas. Sus asombros infantiles y sus primeros sentimientos literarios para con estos relatos versificados debieron darse cuando tales personajes ya eran o empezaban a ser un recuerdo de boliches y fogones. Después “el tiempo, que es el olvido”, debió irles quitando poco a poco sustento real a su recuerdo, hasta dejarlos en la condición de oscuros relatos, de entes diluyéndose vagamente en la memoria popular, de donde los rescató después la argentinidad borgeana.
La casualidad (el mero azar, diría don Jorge Luis) me ha permitido acceder mínimamente a la raíz de una de esas historias, y comprobar su condición de real; está referida al último de los personajes antes mencionados. Leyendo con interés en la revista Caras y Caretas del 28 de enero de 1899, (que nos acercara la amabilidad del ingeniero Ernesto Viglizzo), nos detuvimos con curiosidad en una sección llamada “Menudencias”. Allí, en el final de la primera columna, podía leerse esta apostilla:
Ha aparecido un nuevo émulo de Juan Moreira, llamado títere (sic). Lo cual viene a demostrar que al compadraje le está reservada la misma suerte que al arte teatral. Ambos vienen a terminar en títeres.
Nada más; pero lo suficiente como para evidenciar que el personaje de la milonga homónima de Para las seis cuerdas, la número VI, no salió de la fértil imaginación del escritor sino de la realidad, y que tuvo existencia y fama cuando Borges era todavía un niño de pecho. Los años, bajo la forma de cuento de fogón o chismes de sirvientes, habrán hecho que la estampa y la historia llegaran primero a oídos de aquel niño hipersensible, y a la realidad de la literatura después. También de la música, ya que hizo que Edmundo Rivero la grabara magistralmente sobre una melodía de Astor Piazzola.

Casualidad.
Volviendo a la mínima crónica de Caras y Caretas: sirve también para advertir cómo el mismo hecho, el mismo personaje, cambia de baladí a trascendente -según la profundidad de observación de quien mire. Una cierta visión periodística coetánea, teñida de banalidad, ve al matasiete en forma realista, como un émulo de Moreira, sugiriéndole ribetes tragicómicos.
Borges, nacional y universalista, le da perfiles de arquetipo de la época y el lugar; y, con visión del Eclesiastés, destaca en su destino el viejo e ineludible contrato entre la muerte y el ser humano.
Es posible que, tras el texto precedente, el lector se pregunte acerca de la justificación y trascendencia de lo escrito; la misma duda asaltó al autor de la nota pero, puesto a reflexionar sobre lo pertinente de su publicación, prefirió refugiarse en los fascinantes entresijos de la literatura y la historia. En este caso, también de la casualidad.
*Escritor y geógrafo