Muchos libros, pocas editoriales

Santiago Gándara * – Las nuevas reglas del juego de la industria editorial en Argentina, determinadas por otras de carácter global, se dirigen a marcar dos tendencias para nada alentadoras: la hiperconcentración y la estandarización.
No fue el nombramiento como Director de la Biblioteca Nacional de Alberto Manguel -un intelectual especializado en el tema de la lectura y las bibliotecas- sino la designación de Pablo Avelluto, como Ministro de Cultura de la Nación, la que conmovió al mundo de la industria nacional del libro: editores, imprenteros, distribuidores, libreros, escritores, traductores. Sucede que Avelluto se desempeñó como gerente del grupo español Planeta (1995-1999), tuvo un paso por Estrada (2002-2005) poco antes de que ésta fuera adquirida por Macmillan Publishers Ltd y fue director editorial de la Región sur de Random House Mondadori Argentina (2005-2012). Si el CV no bastara, la primera resolución que toma es el levantamiento de la restricción a la importación de libros impresos en el exterior, una medida que, según el comunicado oficial, apuntaría a “incrementar la diversidad bibliográfica”. ¿Será así?

Bibliodiversidad.
Hace unas semanas, los sellos Norma y Kapelusz pasaron al grupo español Prisa, dueño de la división de literatura infantil y juvenil de Alfaguara. Pero el fenómeno no es excepcional ni atribuible al cambio de gobierno. En nuestro país, la serie de compras, fusiones y recompras son parte de un movimiento continuo que afecta a la industria del libro desde los años noventa. Se inauguró en 1998 con la adquisición de la legendaria Sudamericana por parte del grupo alemán Bertelsmann, empresa que hoy se presenta -producto de otra gigantesca fusión internacional- como Penguin Random House, dueña de las editoriales Aguilar, Alfaguara, Grijalbo, Random House, Taurus y, a partir de 2014, de Santillana.
En 2000, el grupo francés Larousse se hizo de Aique, una pequeña editorial independiente de textos escolares; hoy se denomina Aique Larousse Ediciones y controla también al sello Alianza.
En 2001, el grupo español Planeta se quedó con Emecé y lo suma a una lista de marcas que incluye Espasa, Seix Barral, Minotauro, Ariel, Paidós. Y así podríamos seguir… mareando al lector/a.

Doble tendencia.
Los ejemplos ilustran una doble tendencia del mercado editorial tanto local como global a la creciente internacionalización y a la hiperconcentración. Según informan quienes conocen el sector, entre Penguin Random House y Planeta se reparten el 50 por ciento del mercado. Es cierto que, tras la quiebra general de 2001 y en los últimos años, surgieron o crecieron editoriales pequeñas, independientes y locales, que todavía apuestan al cuidado catálogo de sus publicaciones: Mansalva, Blatt y Ríos, Paradiso, Las Cuarenta, Gog y Magog, Conejos, Alto Pogo, Iván Rosado, Años Luz, Paisanita, Belleza y Felicidad, Casanova, Santiago Arcos, Vox, Eloísa Cartonera y un largo etcétera. Pero también es verdad que ocupan un lugar más bien marginal en el mercado y están en el debate o en las manos de muy pocos lectores. Es más, el mercado concentrado y global suele tolerar muy bien la existencia de pequeñas editoras que exploran a su costo las nuevas tendencias, para terminar siendo colonizadas cuando son rentables. Tal es la historia -entre tantas otras- de la editorial de libros de textos Puerto de Palos, que termina siendo adquirida por Macmillan Publishers.
Como consecuencia de este mercado de unos pocos grupos, el modelo de negocios se caracteriza por una sobreproducción de títulos y por muy bajas tiradas. Las empresas editoras produjeron en 2014 alrededor de 13 mil títulos, unos 35 por día, con una tirada promedio de 3.000 ejemplares (según el informe de CAL, la cámara que reúne a las pyme locales). No solo no hay lectores para esa parva de libros, sino que tampoco hay canales de distribución que den a basto. Por eso, las librerías -incluso las grandes cadenas que se fueron constituyendo en estos años- apelan a una rotación constante según una secuencia pautada: se exhibe el flamante libro, si no encuentra su nicho lector en pocas semanas, pasa a las mesas del fondo, luego a saldo y posteriormente se retira de circulación.
El modelo de negocios produce, entonces, más que “bibliodiversidad” una “diversificación estandarizada”. Esto es mucho más de lo mismo. Algo similar a lo que ocurre con otros productos culturales, como un programa de tevé, un film.

Struggle for life.
Volvamos al punto de partida: la resolución de levantar las restricciones al ingreso de libros impresos en el extranjero no solo no da respuesta a una industria editorial concentrada sino que más bien apuntala las características capitales que fue asumiendo el mercado desde hace casi ya dos décadas. Es a las grandes corporaciones a las que ahora se les abre la posibilidad de traer libros a granel y, sobre todo, de mandar a imprimir los libros afuera, allí donde los costos -salarios, papel, tinta- sean más baratos, para reingresarlos por aduana.
Queda claro que el ecosistema de los libros deja poco resquicio para que sobreviva la bibliodiversidad. Más bien, se asimila a una muy darwiniana lucha por la vida donde solo sobreviven los más grandes.
* Profesor de la UNLPam y la UBA.