Nabo y medio

CUENTO RELACIONES ALTERADAS

El siguiente, es un cuento fragmentado e indócil de Daniel Pellegrino que, con escenas propias de vodevil, sigue las vicisitudes de una curiosa pareja con problemas de vivienda y con relaciones laborales alteradas.
Daniel Pellegrino – Hay quienes dicen que el año 83 resultó el mejor de sus vidas debido a la cantidad de futuro que había. Sin embargo con él, es decir con el Nabo, las cosas funcionaban de otra manera.
De sus trabajos conocidos, se recuerdan: últimos turnos de barrer el andén de la estación de trenes, luego hizo repartos de panadería, más tarde vendió billetes de lotería; en la gestoría de Velo le ofrecieron plumerear, llevar papeles y hacer los primeros viajes a Santa Rosa que le facilitaron conocer los vericuetos de distintas reparticiones del estado.
En el 84 se afirma como mandadero. Se ha puesto de novio con Dorita quien había llegado de una localidad vecina. Ella apenas se compromete con la vida del pueblo, la consideran medio loca y fácil.
Con el tiempo terminan viviendo en una casa, parcialmente arruinada, del otrora poderoso Velo. Cambian una puerta, consiguen ventanas rotas, vuelven decorosa dos piezas y un baño y atienden (al menos lo intentan) la clientela de ex estudio-gestoría de Velo. Allí están y van criando una hija sin bautizar y sin educación pública. Hasta que del otro lado de la manzana se asienta Félix con su esposa Elisa. Los fondos de los terrenos se tocan. Ambos matrimonios se saludan por encima del ligustro.
El ascenso económico de Félix lo lleva a construir un tapial de bloques (son bloques sustraídos del corralón de la municipalidad). Félix ha comenzado una fructífera relación con esta institución política. Realiza tareas protocolares y otras. Le cuenta a Nabo algunos planes, dentro de sus diversas tareas de funcionario, por encima del tapial. Inmediatamente deciden colocar un portillo que comunique ambos terrenos.

Breve estancia con Velo.
Una rápida prosperidad había llevado a Velo a construir un local con dos amplios despachos. Nabo cebó unos mates, empuñó escoba y plumero, trajo y llevó papeles a la casa de viejos clientes del estudio contable que no podían moverse, y así se convirtió en asistente de Velo, tan pulcro éste que le dio unas corbatas anticuadas con las cuales debía presentarse y atender la oficina.
Velo apañaba la relación amatoria entre Nabo y Dorita. Tenía dos hijas tempranas y nunca recordó ante los oídos de sus clientes buenas relaciones sentimentales con su propia mujer.
Sugirió a Nabo que podía invitar a Dorita a visitarlo en horas de trabajo.
El negocio mejoraba con el agregado de ventas de ciertas máquinas agrícolas, unas picadoras de pasto que se habían puesto de moda.
Va tan bien el negocio que Velo embellece su oficina con alfombras importadas de Estambul (recordemos que se trata del comienzo de los años ochenta). Esta decoración parece caerle en gracia a Dorita quien se deja ver por la oficina al menos tres veces a la semana. Gusta sentarse en un sofá grande del despacho privado de Velo, allí se cruza de piernas.
Entonces, cuando el negocio marchaba hacia su esplendor, a Velo se le desata el placer por el güisqui caro y el llanto desconsolado. Nabo hace lo que puede; pasa noches con él, en la oficina; trata de enseñarle a pulsar una guitarra y a componer versos de payador, ya que Nabo cuando se emborracha, en especial con ese güisqui importado, se sugestiona y dice versos con rima.
Velo quedaba noches y días enteros en la oficina, rechazando embates y broncas de hijas y mujer que lo querían arrastrar hacia la casa familiar y adecentarlo.
Velo decide instalarse definitivamente en su oficina. Compra una heladera. Invita a amigos y clientes a vaciarla de distintas comidas que encarga a renombradas cocineras del pueblo (era afecto, sobre todo, a la mayonesa de ave y los huevos rellenos).
En esa época, atrás de la oficina, comienza a construir (no finalizará) una nueva casa-habitación. Adosa dos piezas, una cocina y un baño, una salida a una galería abierta que se cierra al fondo con otra pieza que debería transformarse en despensa con sótano, es decir en un resguardo de fiambres y vinos.
En las oficinas de Velo se había gestado la idea de unión matrimonial entre Dorita y Nabo.
Dorita había confirmado su embarazo en una consulta que mantuvo con el doctor Menge en el mismo despacho de Velo. Este doctor solía desatender su consultorio, no así su clínica. Tramaba negocios inmobiliarios, especialmente rurales, de los cuales Velo era intermediario, gestor y administrador.
En el despacho privado de Velo, Nabo se persuadió de la oportunidad que significaba el casamiento con Dorita. A su vez, esto hizo brotar un motivo de angustia en la vida de Nabo. Había un punto que no se ajustaba a su credo, o por mejor decir, a su falta de convicciones. Nabo rechazó concurrir a la ceremonia religiosa, a las nupcias según el rito de la iglesia católica. Hubo entonces algunos cabildeos entre Velo y el doctor Menge. Se interesaron por conocer el origen del rechazo: Nabo nunca pudo concurrir, de niño, a las instancias finales del catecismo porque cierta vez, cuando fue empujado a ingresar ala iglesia del pueblo, el santo cura quiso que se arrodillara ante el sagrario con las mismas ropas de Adán en el paraíso.
Provocativamente, la propia Dorita se muestra inclinada a un nuevo tipo de ceremonia religiosa. Argumenta que es necesario entrar a la casa de Dios para consagrarse a una nueva vida. Ella conoce, ella tiene contactos en Santa Rosa que pueden administrar, de forma austera y sencilla, el oficio de un rito nupcial.
Las circunstancias apuran. En un terreno despejado frente a la casa de Velo se prepara una mesa con mantel blanco, unas pocas sillas de la oficina, viene un hombre extraño de Santa Rosa, no es evangelista ni sacerdote, lee de un libro negro unos pasajes convenientes a la ocasión ante la pareja sentada. Les pega en la frente con una flor blanca, olorosa, que puede ser alguna variedad de jazmín. El resto del trámite o unión civil se realiza sin mayores obstáculos. La noche de bodas la pasan en las oficinas de Velo; el despacho privado se transforma en alcoba nupcial.
Por otra parte, Nabo no disponía del dinero necesario para afrontar el banquete con el cual cerrar la ceremonia. Expuso su angustia en el despacho de Velo y este le garantizó que cada uno de los gastos, aún el vestuario de la pareja, serían cubiertos por él mismo y hasta obsequiaría una semana de luna de miel en las sierras de Córdoba. Paternalmente encariñado, se propuso además como padrino de la criatura en gestación, plan que no alcanzó acumplir porque antes de lo esperado se ausentó del pueblo.
Luego de la ceremonia religiosa, el banquete transcurre al mediodía de un domingo bajo un tinglado propiedad de Velo. Se despliega un asado con ejemplares de cordero de la zona, un primer plato con facturas de cerdo, ensaladas normales. Atribuido al desapego de la pareja, nadie se hace cargo de elaborar la típica torta de bodas.
La reunión se ameniza con música de acordeón y batería. Los desposados bailan un vals. Los demás concurrentes (hermanos, cuñados, sobrinos, vecinos de Nabo, el denominado “pastor” de la ceremonia invitado por Dorita, clientes del estudio-gestoría, el juez de paz y familia) se divierten.

Félix en la escena.
Una preocupación nueva asalta la vida de Nabo, ¿dónde vivir? En la casa de su madre no es posible porque hay hermanos casados, prole, ausencia de baño moderno con agua caliente. Busca un lugar, un sitio que le cedan. Concurre a la municipalidad. No obtiene respuestas satisfactorias. Escucha que se gestionan viviendas, que el intendente se está ocupando del tema. Le proponen que se anote en una lista de espera.
Durante la fiesta de bodas, Félix llamó aparte a Nabo. Sugirió que dejara en sus manos el problema de la vivienda. Félix, empleado municipal y de intimidad diaria con el intendente, haría los movimientos necesarios para que tal situación quedara definitivamente resuelta. Además deslizó, en uno de los bolsillos de Nabo, unos pesos o australes. Nabo intentó devolvérselos, pensaba que no tendría posibilidades, en un lapso breve, de restituir el importe. Félix lo tranquilizó, era su deber ayudar a una buena persona y querido vecino.
En los dos primeros años de la vida de la hija, Dorita y Nabo no pudieron vivir normalmente juntos. Hubo distintas circunstancias que lo impidieron. Nabo vivía con intermitencias en el rancho de su madre y en la oficina de Velo. Dorita repartía su tiempo en un pueblo vecino (domicilio de sus padres), en la oficina, y en alguna dependencia de Santa Rosa, acogida por el pastor del casamiento, hombre este que paulatinamente se iba integrando a la vida familiar.
Nadie sabe bien cómo es la crianza de la pequeña hija de Dorita y Nabo. Por lo pronto no la han bautizado, no la relacionan con otros niños. Crece el rumor de que la niña es atrasada y salvaje.

El pastor, sin domicilio constituido en el pueblo, aparece con regularidad a predicar o a misionar entre los pobres y poco a poco consigue que Dorita se sume a la prédica. Se vuelven exitosos. El sueño de ambos es coronar tanto esfuerzo con la construcción de un templo. Se buscan aportes. Hay vecinos que sostienen o preguntan por qué Dorita no pone empeño en levantar su propia casa, en unir sus energías a las de Nabo en vez de andar trabajando para un vividor.
Dejar el despacho por una noche, en agasajo de los recién casados, es decir transformado en alcoba nupcial, fue la perdición de Velo.
Esa noche decide dormir en la casa familiar. Allí lo barajan mujer e hijas; critican su vida disoluta, su relación menos que ambigua con la mujer de Nabo. Al día siguiente se lo nota desencajado. Velo se entrevista a primera hora del día siguiente con el nuevo matrimonio. Les paga una semana de estadía en Córdoba y vuelve a ocupar su despacho. A partir de ese momento se rumorea que el mal comienza a tallar en su cuerpo. Deviene en un individuo de extrema delgadez; vive a expensas del alcohol y algún que otro bocado suministrado por Dorita.
Antes de partir, Velo legó a Nabo y Dorita las oficinas y la casa a medio construir. Se fue a Buenos Aires obligado por la familia a curarse de sus desgracias. No regresó. Sí lo hizo su mujer que echó a Nabo de las oficinas y del resto de la media casa y puso letrero de venta allí y en la casa oficial de la familia. Desafortunadamente no alcanzó su propósito porque un viejo acreedor del marido le arrebató toda la propiedad. Las oficinas, descuidadas, padecieron una lenta condición de abandono.
Entretanto, Nabo seguía correteando con papeles hasta que un ascendente Félix se puso seriamente en contacto con él, volvió a recordar aquel cercano tiempo de cuando eran vecinos y conversaban en los fondos del terreno. Fue durante la campaña política del 87. Félix promueve, y logra, que Nabo recupere las abandonadas dependencias de Velo, que no eran sino el propio legado del desaparecido. Así el matrimonio de Nabo y Dorita regresan a su pretérito e intermitente hogar.
A cambio de sus buenas gestiones, Félix va pidiendo a la pareja boletas del rehabilitado estudio-gestoría con las cuales finge gastos de la administración municipal. El matrimonio se presta de buena gana. Durante cuatro años el acuerdo permanece estable.
* Docente, UNLPam