RECUERDOS. Lo que quedó del ’68

Se cumplen 40 años del Mayo Francés cuyo espíritu de rebelión dejó un rastro imborrable en la historia política y cultural de Occidente. ¿Queda algo hoy de ese espíritu libertario y crítico tras los años de la ola neoliberal?
Juan Carlos Fernández Naveiro*

La crisis de valores en el mundo contemporáneo es ya una historia larga, casi un lugar común. Sean los ecologistas, los obispos o los poetas, en los lamentos por los tiempos que corren casi siempre hay un pozo de nostalgia: de los tiempos en los que la naturaleza aún no había sido mancillada, en los que el orden social aún era un reflejo del orden divino, en los que las palabras aún producían un sentido no mediatizado por las tecnologías de la manipulación comunicacional. Tiempos idos que quizá nunca hayan existido.
Hay otro aspecto según el cual la mencionada crisis de valores coincide con el auge del capitalismo y el ascenso del individualismo, de las sociedades de masas y de los ideales democráticos. Ya no se trata de una historia remota confrontada a sus orígenes más o menos míticos, sino de la historia de las sociedades modernas en un horizonte temporal próximo: el siglo XX. Y si centramos un poco más el foco de nuestra atención en los modelos culturales que a partir de los ‘60 se van implementando. Consideremos la importancia de dos tipos de procesos: por un lado la descolonización, con la fuerza de la diversidad que irrumpe con ella; y por el otro, la elevación de la cultura de masas al rango de cultura planetaria. Tales son las coordenadas con arreglo a las que deben ser valorados los años ‘60, una década clave para la definición de lo que todavía podemos llamar “el mundo de hoy”.

Antivalores.
Cuarenta años después, los 60 no dejan de ser una década polémica, discutible y discutida. Pensemos en la especie de cruzada ideológica emprendida por el presidente francés Nicolas Sarkozy, que basó su proyecto de futuro para Francia en la necesidad de superar lo que para él fueron los desvaríos de esa década, simbolizada en el espíritu del Mayo francés de 1968.
Según esa interpretación que sin duda tiene un cierto calado en el imaginario social actual, en esos años se encumbró una ideología libertaria que acabó teniendo variadas y nefastas consecuencias producto de una cultura relativista y posmoderna, decadente y debilitadora.
Pero una cosa son las estrategias políticas y otra los ritmos filosóficos y culturales, que se vinculan con tendencias más lentas y profundas. Y es aquí donde el influjo de los años 60 no puede darse por concluido, no sólo porque en esos años se formaron intelectualmente algunas de las generaciones que hoy están en el poder, sino sobre todo por la singularidad de su posición en el devenir filosófico del siglo XX. Una posición intermediaria entre lo que se podría llamar el destino de la modernidad y la definición de lo que llamamos “el mundo de hoy”.
La pregunta sobre los años 60 se desdobla así en dos cuestiones: en primer lugar, ¿qué papel jugó esa década en el devenir de la modernidad?, y una vez abordada: ¿qué ocurrió después con el legado del ‘68?

Utopías de Mayo.
El activismo político del Mayo francés sirve como muestra de la pulsión utópica que forma una parte esencial de la tradición revolucionaria de la modernidad ilustrada. La crítica al mundo capitalista y burocrático que encarnó el año 1968 es plenamente moderna por cuanto defendía una ruptura política que habría de servir para dar pasos en la dirección de la autonomía moral de los individuos y en la autogestión de las sociedades. Como dijo Cornelius Castoriadis, el ‘68 fue “la última gran llamarada de los movimientos que comenzaron con la Ilustración”, prolongando el movimiento emancipatorio de la modernidad.
Pero lo decisivo es que el espíritu rebelde de los años 60 vino a actualizar el proceso emancipatorio de la modernidad ilustrada y ponerlo al día en un contexto social que ya no era el del industrialismo, sino el de la nueva sociedad de masas que sin duda reclamaba nuevas herramientas teóricas y nuevas formas de lucha política.
Aparecía un nuevo tipo de conciencia en la que coincidía tanto el pacifismo del movimiento hippie como las revueltas estudiantiles, que consistía en considerar que la ideología del progreso ilimitado carecía por sí sola de sentido, que el sentido era algo precisamente ajeno a la ceguera del progreso.
La utopía estaba a la vuelta de la esquina, como decía una de las a veces ingeniosas pintadas en los muros de Mayo: “bajo los adoquines, la playa”. De manera que sólo hacía falta levantar los adoquines de una civilización depredadora para encontrarse con esa playa paradisíaca en la que ningún bien sería negado.

El destino del sueño.
Cuarenta años después de los acontecimientos del Mayo francés, ¿qué fue lo que ocurrió a partir de entonces? ¿Qué destino tuvo el legado del ‘68? Una de las ideas rectoras de los procesos que desde entonces vienen teniendo lugar es la de las sociedades de masas. Justo en los años posteriores a 1968 comenzó a utilizarse otra idea general para designar el cambio de modelo socioeconómico que se estaba produciendo entonces: el concepto de una sociedad “post-industrial”. Con ello se aludía a cómo iba perdiendo relevancia en el mundo desarrollado la producción industrial, al mismo tiempo que crecía el consumo de masas y se desarrollaban las tecnologías de la información y la comunicación.
Ese cambio de modelo tuvo además un momento histórico preciso que actuó como revulsivo: la crisis del petróleo en 1973. Desde entonces hay cuestiones que ya no dejarán de formar parte del paisaje habitual de nuestras sociedades, como la cuestión medioambiental, o la definitiva desaparición del horizonte del pleno empleo, que no hizo más que acreditar la imposibilidad de un desarrollismo a ultranza.
Todo ello coincide con un nuevo vector de la conciencia del presente: el imaginario de la catástrofe, el caos y la imprevisibilidad, que ocupan el espacio en el que antes se articulaban los proyectos colectivos de futuro. Declina la confianza en las posibilidades del futuro, la pulsión utópica de la modernidad asiste a su cancelación. El horizonte temporal de la utopía se adelgaza hasta hacerlo coincidir con el estricto presente y disolverlo en la ideología de lo inmediato, la búsqueda de gratificaciones instantáneas nos instala en una provisionalidad crónica.

Consumo.
La sociedad de consumo será el marco en el que tenga lugar esa cancelación de la energía movilizadora y transformadora de la utopía. Junto al concepto de sociedad post-industrial, comenzará a hablarse de la entrada en una nueva fase en la evolución del capitalismo, lo que Fredric Jameson llamará “capitalismo avanzado”, con el que se va perfilando el concepto de lo que en poco tiempo se llamará “globalización”. Pero el proceso estaba en ciernes en los años 60, en los que ya se emplea el término “multinacionales” para referirse a esas organizaciones del capital internacional que transcienden las fronteras, y que poco a poco irán desplazando a las ideologías sociales transformadoras que movilizaron a las conciencias durante gran parte del siglo XX. Después se comenzará a elaborar una respuesta de tipo economicista que en los años 80 se llamará “neoliberalismo”.
Se trata de una respuesta a la crisis que consiste básicamente en la “desregulación” a todos los niveles: inicialmente financiera, y que después irradia su fuerza hacia todo el cuerpo social.

Hedonismo.
Volviendo al asunto de la valoración retrospectiva de los años 60 en función de la evolución posterior hacia el neoliberalismo, se podría precisamente por esa evolución establecer la tesis del fracaso del ‘68. El activismo social y la movilización política de los años 60 acabarían por verse disueltos en la marea de un individualismo hedonista ligado a la explosión del consumo, lo que daría comienzo a una nueva fase regresiva en la vida política de las sociedades occidentales.
Es el imperio de la ideología del aquí y ahora, y de la búsqueda del placer sin mediaciones, obviando con ello toda la potencia así acumulada para las frustraciones y para una agresividad difusa y generalizada. Hedonismo compulsivo inducido por las redes de la publicidad y el mercado, que adquiere modos de una sofisticación inaudita. La energía utópica del futuro transformada en urgencia del goce, al tiempo que los proyectos potencialmente revolucionarios se disuelven en una corriente estética que es fácilmente subsumida por el mercado.

Cuña final.
Poco a poco, hemos ido llegando a un tiempo en el que, a tenor de lo dicho, casi parecería que la utopía puede ser construida a la medida del propio deseo. Un problema que ahí todavía subsiste es el de qué valor pueda tener ese tipo de experiencia vital de cara a la construcción de espacios de verdad comunes y colectivos. El problema es que la propia utopía acaba por entrar así en un “devenir-minoritario” –parafraseando a Deleuze–, aunque tal no fuese precisamente la intención explícita de tal tipo de filosofías. Por el contrario, no sirve para desactivar la energía utópica sino para cumplir una función de resistencia frente al poder de las identidades, y que es justo lo contrario de la macropolítica, y aún de la Historia, donde más bien se trata de saber cómo se va a conquistar o a obtener una mayoría.
¿Significa esto el fracaso del 68? Puede que tal no fuese sino un juicio que sólo se pudiera hacer a posteriori, y que quizá tampoco hiciera justicia a los hechos considerados en su globalidad. Porque lo queramos o no, para bien y para mal, somos herederos de las transformaciones que tuvieron su epicentro en esa década, hijos de esa década aún los que reniegan de ella. Y de la misma manera que se da una continuidad de fondo por la cual los años 60 se insertan en la tendencia genérica de las sociedades capitalistas hacia el crecimiento del individualismo, hay también una continuidad entre los años 60 y las décadas posteriores en un cierto tipo de nuevo activismo político, un activismo que se descuelga de los macroproyectos de transformación social y de los métodos ligados al imaginario de la revolución, y que se orienta hacia una micropolítica más atenta a los múltiples procesos que interaccionan en la construcción simbólica de la identidad en sociedades que, como las actuales, poseen una complejidad creciente.

Revueltas difusas.
Esta es la perspectiva que destaca por ejemplo el sociólogo Gilles Lipovetsky, cuando califica el Mayo francés de “revolución sin finalidad, sin programa, sin víctima ni traidor, sin filiación política”, y aún “una revolución sin proyecto histórico, sin muerte, una revolución sin revolución”. Desde este punto de vista el fracaso del ‘68 sólo puede ser relativo, puesto que aunque es cierto que no tuvo una inmediata repercusión institucional, sí tuvo efectos bien reconocibles en la posterior evolución cultural y filosófica: la eclosión del carácter espectacular de la representación política, el deslizamiento del discurso hacia el modelo de la seducción o la importancia adquirida por el diseño de los sistemas de comunicación, son efectos cuya relevancia no ha hecho más que acentuarse, y que en gran medida forman parte de los signos mayores de nuestro tiempo. En tal sentido, podría entenderse que la utopía no ha sido traicionada sólo por la lógica del capital, sino que su final estaba de algún modo ya escrito desde las mismas barricadas de Mayo. “Debajo de los adoquines, la playa”, pero no era una playa lo que se escondía bajo los adoquines, y si lo era estaba tan atestada como un lugar de veraneo o un centro comercial, no era precisamente la visión de un paraíso.
Por lo demás, creo que ese modelo de una revuelta difusa y carente de programa sí ha marcado un cierto estilo que encontramos en algunas de las revueltas del fin de siglo. Revoluciones sin grandes proyectos alternativos pero que expresan bien a las claras lo que quieren en un momento preciso de la historia. Lo que no sabemos aún es si este será el tipo de revueltas que seguramente nos están esperando en las barriadas.

*DOCTOR en Filosofía. Rebelión