Verdad y belleza

LITERATURA - WALTER CAZENAVE Y UNA NUEVO LIBRO DE CUENTOS

Cuando se lee un cuento de Walter Cazenave no hace falta encontrarse con su nombre estampado al pie para saber que estamos ante una obra suya. La identidad de su escritura se ha consolidado y es reconocida por un número creciente de lectores a medida que, como ahora, nuevas publicaciones ven la luz.
Sergio Santesteban *
Con Día de Tren -Ediciones Amerindia- es el tercer volumen de cuentos de Walter Cazenave que llega a nuestras manos y, como los anteriores, viene a confirmar que se trata de uno de los escritores más sólidos que ha dado el suelo pampa.
Cuál es la matriz que define ese estilo, cuál el registro, cuáles huellas reconoce el lector para identificar el ADN de un buceador de historias que no necesita inventar porque habita un universo en donde “la realidad es más rica que la ficción”; premisa que comparte con, nada menos, Edgar Morisoli. La sola lectura de un párrafo alcanza para dimensionar a este autor deslumbrado por la historia y la geografía de su tierra, por los destinos de sus hombres y mujeres y su cabalgar en el tiempo y en el espacio. Su sello se vislumbra en las imágenes que tiñen sus historias, como la de ese tren que trae “olor a Rucanelo” cuando aparece en la curva del monte y se acerca, retumbando poderoso, hacia la estación.
Diestro, por su oficio, en el arte de cazar accidentes geográficos, Cazenave va en busca del paisaje humano, del habitante de la llanura infinita. Una geografía huérfana de grandes relieves entrena el ojo y lo aguza para rastrear historias mínimas en lejanos pueblos fantasmales, evanescentes, que flamean contra un horizonte calcinado por el sol. Ajenos a ese resplandor, muchos de los personajes se mueven en las penumbras de sus pequeñas vidas. Algo de “El llano en llamas” de Juan Rulfo se deja ver en las atmósferas que envuelven algunos de estos relatos.
Casi todas las historias que el lector va a encontrar en estas páginas tienen su origen en episodios de la vida real. Para algunos, conocer ese “detalle” puede resultar significativo; para otros, no tanto. El ancho territorio de la narrativa es generoso para quienes se adentran en él con sus creencias y preferencias. Que sea la invención o la recreación el punto de partida de un relato, puede ser motivo de desvelo para los especialistas. En cambio, los lectores despreocupados por el método -por la cocina de la escritura- son los que se permiten disfrutar más relajadamente. Ellos prefieren no incursionar en un territorio en donde hasta un Shakespeare o un Homero se sentirían incómodos si tuvieran que explicarse. La intensidad de un texto, su seducción, su capacidad de conmover no responden a fórmulas estrictas sino a derivas de otro orden y nada fáciles de catalogar.
Por otra parte, atrapar lo “real” es una operación no exenta de magia aunque suene paradójico. Detener el tiempo para congelarlo en una página es una invitación a viajar hacia el pasado, hacia el momento lejano en que los personajes entraron en contacto con el autor; por cercanía, por mentas, por asombros, por casualidad… Es un difícil ejercicio que exige rendirse ante lo “real” para capturar su palpitación más íntima y desentrañar su poética.
De todos modos, este punto inicial, este origen no alcanza para hacer literatura. La verdad necesita de la belleza para consumarse en una obra de arte, para zanjar la diferencia entre una crónica y un cuento; entre periodismo y literatura para decirlo rápidamente. Y el talento del escritor es el que jugará la partida definitiva, el que tendrá la última palabra.

Lo bueno, si breve…
Los cuentos de Cazenave son breves y contundentes. Miniaturas talladas con maestría. Personalmente rindo culto a la brevedad y considero a la capacidad de síntesis una de las expresiones supremas de la inteligencia. No puedo evitar una cita de Friedrich Nietzsche, quien se jactaba por saber decir “en cien palabras lo que otros en cien páginas”. William Faulkner también se inclinaba ante la maravilla de lo breve cuando expresaba que escribía novelas poco menos que por descarte, ya que no podía lidiar con las dificultades de la poesía -en su opinión, el género más exigente- ni con las del cuento.
Edgar Allan Poe, maestro entre maestros del arte del relato breve, sostenía que el escritor debe saber a la perfección qué quiere decir y, especialmente, adónde quiere llegar. Nada de entretenerse con rodeos sinuosos o con adornos superfluos que agotan al lector. Ahorremos tiempo y esfuerzo, parecía decir, en favor de la concisión; y pedía “limpiar” el texto de toda materia sobrante, de toda viruta para que gane brillo y potencia.
Jorge Luis Borges, poeta y cuentista (y admirador de Allan Poe) siempre abominó de la obesidad de la novela, de su grandilocuencia, hasta de su arbitrariedad, según decía. “Asesinos que matan por piedad, hombres y mujeres que se distancian por amor”, ironizaba el autor de El Aleph.
Cazenave pertenece a este linaje de escritores que rinden culto al minimalismo, al respeto por la palabra rigurosa. Sus cuentos son el mejor testimonio de esa intención, de esa búsqueda que se concentra en llegar al hueso con el bisturí más preciso y directo, sin malgastar esfuerzos en alquimias barrocas, como pedía Poe.

El ser y la nada.
Una intuición que nos llega del pensamiento oriental quizás pueda ayudarnos para descifrar algunas perplejidades. En música es tan relevante el sonido como el silencio. En las artes visuales, la luz como la oscuridad, el volumen como el vacío. En literatura, lo que se escribe como lo que se omite. Hay una suerte de equivalencia ontológica entre “el ser y la nada” que en el territorio del arte no siempre se manifiesta con equilibrio y fluidez en beneficio de la obra. Creemos que Cazenave resuelve con maestría este desafío. Cada relato, en su concisión, nos deja la impresión de que es tan significativo lo que cuenta como lo que silencia. De ahí que en su brevedad, cada texto pueda decirnos y, a la vez, callarnos lo esencial de las historias mínimas que protagonizan los hombres y mujeres que pueblan la mitología cazenaveana.
Creo que en este punto aparece una de las claves centrales de la escritura de Cazenave, pues su arte, su destreza para esculpir un monumento en un guijarro es lo que vuelve tan enigmáticos sus relatos. Estos nos dicen mucho más de lo que expresan las palabras con su complemento “negativo”: el silencio. Un fugaz encuentro nocturno en una ruta, el canto de un ave que hechiza a un forastero, un extraño sabor en un perdido puesto del desierto, una casa solitaria en una curva del camino nos hablan de un enigma que desborda la anécdota, que trasciende el entramado oculto de un cruce de destinos: el misterio que buscamos en la poesía y que solo en momentos fugaces logramos entrever.
Una escritora nada austera como Olga Orozco no fue indiferente a estos interrogantes. Ella nos advirtió que hasta los objetos más intrascendentes y cotidianos pueden alcanzar estaturas monstruosas cuando habitan la infinita llanura de la pampa, cuando son confrontados con la “nada” de una planicie que nos perturba con su horizonte desmesurado.
Los héroes pequeños, opacos, que habitan el universo cazenaveano, son capturados por el vórtice de un evento extraño que irrumpe en sus rutinas para otorgarles un relieve en expansión. Esas vidas minúsculas alcanzan entonces otra dimensión para agigantarse sobre el fondo plano de sus territorios cotidianos. Que esos incidentes microscópicos hayan sido capturados por la pupila-lupa de Cazenave habla de su búsqueda, de su intención ideológica. El resultado es una colección de testimonios que se despliegan en el sentido estético y político que transitaron los artistas más representativos de cada época.

Cartografía de soledades.
Si Borges pudo desplegar con sus personajes una “mitología de puñales”, bien podemos decir aquí que Cazenave logró construir con los suyos una “cartografía de soledades”. Los hombres y mujeres que habitan sus cuentos son arrojados a una existencia hostil, como náufragos que sobreviven en una lejana playa arrastrados por corrientes marinas que los salvan pero a la vez los condenan a la soledad. Sobre un fondo de escenas domésticas del todo comunes, esos seres reclaman un momento de atención y, como las estrellas fugaces, se hunden nuevamente en la oscuridad de sus destinos. Un breve instante, un destello de la memoria obra el prodigio que permite reconstruir esas cartografías desangeladas, esas soledades que despiertan la compasión del escritor. Porque si es distanciamiento y hasta indiferencia, lo que se permite sentir Borges por sus héroes, en Cazenave en cambio triunfa la mirada compasiva que se conduele del destino muchas veces oscuro de sus criaturas.
La generación de escritores anterior a Cazenave cantó la epopeya gringa de la espiga y la pezuña. Él, en cambio, va a abordar su lado oscuro, sus daños colaterales. En los pueblos de la llanura infinita van a florecer y marchitarse las vidas mínimas de los personajes olvidados, de los nadies como los bautizara un reconocido documentalista. Cazenave habla de esos seres que no tuvieron cabida en los relatos oficiales, de los que fueron olvidados y sus rastros perdidos en los oscuros anaqueles de los archivos polvorientos. Este libro rescata esas historias que permanecieron mucho tiempo cautivas en las remotas tolderías de la memoria.
No ficción, podría decir un norteamericano. Desde el lado sur del continente, nosotros elegimos: geografía humana.

* Periodista, autor del prólogo de Día de Tren

(recuadro gris)

“Día de Tren”

El tercer libro de cuentos del geógrafo y escritor Walter Cazenave, Día de Tren, es una publicación de Ediciones Amerindia, impreso en mayo 2018 por Nexo/Di Nápoli, en Santa Rosa. Estructurado en dos partes, el nuevo libro contiene sesenta y un cuentos.
“Este libro habla desde espacios contenidos en alusiones evocativas y revive desde los recuerdos, cuando ya no habita precisamente esos lugares, cuandos e ha exiliado de esas regiones. Rememora motivos de la infancia y la juventud que, a manera de perfecta amalgama, se integran al presente con abundancia de elementos regionales”, firman las editoras, la contratapa. Y agregan: “Los personajes son presencias recobradas en sus experiencias cotidianas y el lenguaje no solo es un reflejo de la observación aguda de modismos, sino un apropiamiento de la dimensión interior de esas criaturas. Se destacan formas comunes del lenguaje pero redimensionadas hasta lograr compromiso estético y social”.

(frases grises)

“Sus cuentos son el mejor testimonio de esa intención, de esa búsqueda que se concentra en llegar al hueso con el bisturí más preciso y directo, sin malgastar esfuerzos en alquimias barrocas, como pedía Poe”

“Una escritora nada austera como Olga Orozco no fue indiferente a estos interrogantes. Ella nos advirtió que hasta los objetos más intrascendentes y cotidianos pueden alcanzar estaturas monstruosas cuando habitan la infinita llanura de la pampa”.

(DOS COLUMNAS PAGINA 3)

DOS CUENTOS DE “DIA DE TREN”
La calandria

Walter Cazenave *

Para Aníbal Ford, testigo y enamorado de caminos

El atardecer anunciaba una noche oscurísima. Parados a orillas del río Atuel, el porteño y yo compartíamos el silencio mientras, un poco más allá, el conductor de la camioneta encendía un fuego para el asado.
Aguzando el oído se escuchaba el rumor del agua por el cauce, mansa, tranquila.
De pronto un canto hermoso rompió el crepúsculo y vimos la silueta grácil sobre unas ramitas, alejándose de a poco-
-¿Qué pájaro es ése? -preguntó el porteño.
-Una calandria -le dije- ¿Te acordás de la descripción que hace Hudson cuando descubre su canto…?
Algo se acordaba, pero no sabía nada de las facultades imitativas del pajarito. Yo hice dos o tres silbidos torpes y al cabo de unos segundos, como si los hubiera asimilado, el eco volátil me los devolvió, mejorados. Silbé los compases de una o dos canciones infantiles y la calandria, juguetona, las repitió puntuales.
El porteño empezaba a fascinarse.
¡Contestá -decía- contestá…!
El mismo, mejor silbador que yo, ensayó un par de músicas que el ave repitió en lo elemental de la melodía.
-A ver si es nacional y popular -me dijo- y ensayó las notas iniciales de la marchita. La oscuridad era ya casi absoluta. Como en los otros intentos, la calandria se tomó su tiempo y al cabo de algunos segundos arrancó con “Los muchachos…”. El porteño se quedó encantado.
-Cuando lo cuenten no me lo van a creer -decía.

No quiso romper la magia del momento y dejó de silbar canciones. La calandria, por su parte, se llamó a silencio saludando el último vislumbre del sol. Empezamos a caminar hacia el fuego que crepitaba, teñido de reflejos el agua de la orilla. A lo lejos, muy lejos, se oyó un grito de tropa, o de saludo.
El viento soplaba de la costa saladina.

Costas del Atuel y Santa Rosa, 1973.

Pedro Bausada

Walter Cazenave *

Pedro Bausada era rubio, alto, elegante y de ojos celestes. Había que hablar un rato con él para advertir que no estaba del todo en sus cabales. Había llegado a la estancia bastante tiempo atrás, consiguiendo permiso para quedarse y hacer unos trabajos, ya que por esa época faltaba gente.
Sus silencios -que solían interpretarse como discreción por quienes no lo conocían- ayudaron a que ganara un lugar más o menos estable entre la peonada. Un capataz le había tomado cierto afecto y lo llevaba casi siempre consigo, dándole tareas acordes a su oscuro razonamiento.
Una noche, para Navidad, cuando apenas se solía hacer un alto festivo en medio de las trillas, se había formado una rueda de peones y familias junto a las máquinas, escapándole al bochorno de diciembre. Entre comida y vino y alguna guitarra las risas iban y venían. Alguien dijo sin intención burlona:
-¿Por qué no te cantás algo, Pedro…?
El hombre asintió y con suavidad, entonación perfecta y exactitud en los versos cantó “Sus ojos se cerraron”. En la brisa nocturna la canción se elevó impecable y sentida.
Más de uno creyó percibir en ella la causa de las ausencias de Pedro. Después, cercana la medianoche, vinieron los brindis y el canto de Bausada quedó como un elemento más de su pequeño y personal misterio.
Unos meses después, sin causa ni motivo aparente, Pedro Bausada incendió las mangas para el ganado de la estancia. La quemazón fue grande, porque se extendió a los pastizales, pero pudieron dominarla. Casi sin que se lo indicaran Bausada rehizo su bagaje y volvió al camino por donde había venido. Se perdió por los horizontes de Trilí, con sus ojos claros y su elegancia casual.
Quién sabe dónde andará ahora…

¿1985?