Viaje al Olimpo de los Malambistas

La periodista Leila Guerriero relató en su nuevo libro la vida de un bailarín pampeano, el malambista Rodolfo González Alcántara, que busca llegar al punto más alto de su carrera. Las peripecias de un hombre común y una mirada profunda.

"Esta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile". Así comienza "Una historia sencilla", el último libro de la periodista Leila Guerriero. El texto es una crónica que comienza en el año 2011 en el festival de Laborde, Córdoba, la meca de los bailarines de folklore, que cuenta el devenir de un malambista que lucha por ser el campeón.
Guerriero llegó al pueblo del sur cordobés después de haber leído y recortado una nota secundaria del diario La Nación. El título decía: "Los atletas del folklore se preparan para competir". La historia no iba a ser un libro, sino una simple nota sobre el festival. Sin embargo, cuando la periodista llegó a Laborde y recorrió sus calles y conversó con los bailarines se dio cuenta que allí había un mundo. Que había una lógica propia que movía a cientos de personas a prepararse durante todo un año, o durante diez, para tocar el cielo de los bailarines. Que el reconocimiento es allí más importante que el dinero. Que había una regla implícita que no les permite a los malambistas campeones volver a competir. Que la muerte era lo mismo que la gloria.
Rodolfo González Alcántara, el protagonistas del libro, fue una aparición. "Llegué por un pequeño artículo del diario la Nación. Yo no entendía nada de malambo, ni de danzas tradicionales. Pero cuando vi zapatear a Rodolfo me quede muda, era como un gigante salvaje, un cosario que se parecía a Jonhy Depp", dijo Guerriero hace algunos días en una de las presentaciones del libro. Y agregó: "Al principio la historia era una incomodidad. Pero al mismo tiempo, sentía que era una apuesta que debía hacer".

Rodolfo.
Antes de ser campeón en el festival de Laborde y estar en la portada de un libro que cuenta su propia historia, habría que decir que Rodolfo González Alcántara es santarroseño. Que tenía ocho años y era un "gordito petiso", como se califica, cuando comenzó a bailar. Que no había en su familia antecedentes con la danza, pero que obstinado, el niño empezó a tomar clases de malambo por la tarde mientras iba al colegio de mañana. Que vivía junto a siete hermanos en el barrio Matadero.
Su primer maestro de danza fue Daniel Echaide. Después pasó por el grupo Salitral y luego por Mamull Mapú, con el que empezó a competir. A los 12 años llegó Laborde y salió segundo en la categoría menor de malambo. En 1997 ganó por primera vez y más tarde en el 2000 fue campeón de la categoría Juvenil y subcampeón en 2003 en la categoría juvenil especial. También estudió en el Polivalente de Artes y se recibió de profesor de Folklore. En 2001, cuando la crisis mostraba sus dientes, se fue a Buenos Aires para estudiar en el IUNA (Instituto Universitario Nacional de Arte).

Leila.
Leila Guerriero, nacida en Junín en 1967, es reconocida dentro del periodismo por su trabajo de "perfilar" personas. Un perfil -género también conocido como semblanza- es un texto periodístico que intenta contar la vida de una persona valiéndose de recursos narrativos. No tiene la pretensión exhaustiva de una biografía, ni el orden lógico de una vida, pero intenta captar, como en el mejor de los retratos, la esencia del personaje.
Es así que la periodista ha pasado, en algunos casos, varios meses entrevistando a sus personajes, leyendo sobre ellos, rodeándolos como una boa. En los más de veinte años que lleva de carrera, trabajando en diarios nacionales y extranjeros, como editora y periodista, ha perfilado a escritores, artistas plásticos, magos, asesinos seriales y una larga lista de etcéteras. En el círculo de cronistas latinoamericanos hay quienes la veneran y dicen de ella que es la mejor de todas. Sus textos, por lo pronto, son memorables.
La pregunta que despierta su último libro es ¿por qué contar la historia de un hombre común? Ella misma se encarga de justificarlo. "Un hombre común con unos padres comunes luchando por tener una vida mejor en circunstancias de pobreza común o, en todo caso, no más extraordinaria que la de muchas familias pobres. ¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla -leerla- revestida?"
La respuesta -de Leila- es que sí. "Hay una épica del hombre común que es lo más interesante de todo. En este caso el hombre es Rodolfo González Alcántara, un bailarín de malambo. El es un tipo sumamente común, que crece sobre el escenario".

Guatraché.
Antes de irse a Buenos Aires, Rodolfo dio clases en Guatraché. Era el año 2001, el país estaba por estallar, pero él no lo sabía. La municipalidad lo había contratado para que dirigiera el ballet de pueblo: tres parejas de jubilados, una maestra de escuela, un pibe de 13 años. También un grupo reducido de niños bailarines. Salía bien temprano de Santa Rosa, daba clases y regresaba al otro día.
"Me dieron un cuartito en pensión que compartía con dos abuelitos. No había radio, no había tele, era horroroso. Hubiese preferido dar clase hasta las cuatro de la mañana que irme a la pensión. Fue el primer lugar donde fui a dar clases. Había terminado de estudiar en el Polivalente y no tenía ni 20 años. Cuando llegué quise tomar lista y me di cuenta que eran todos apellidos alemanes. Me quería morir, no los podía pronunciar. Me acuerdo que la mayoría eran todos grandes, gente mayor, y que a uno de los bailarines le faltaba un dedo pulgar y no podía hacer castañuelas".
Pero las clases terminaron a los pocos meses de haberse iniciado. Alguien lo llamó y le dijo que iban a "supervisarlo". "Me avisaron que una persona del IUNA iba a venir a ver mis clases. Yo era muy joven y no podía entender que alguien me viniera a decir qué tenía que hacer, si lo estaba haciendo bien o no. Y no lo permití". Cuando regresó a Santa Rosa Rodolfo le dijo a su madre que había tomado una decisión. Y ella le dijo, como siempre, que persiga sus sueños.
Pero no todo fue tan malo en Guatraché. "Hubo gente que me demostró su cariño. Guillermo Herzel me regaló un cinto de carpincho y un poema que lo tengo guardado en una carpeta".

Podestá.
La tarde del 9 de noviembre se presta para recibir visitas. El pequeño Benicio León, tiene apenas 14 días y duerme lánguido en un moisés, mientras su padre Rodolfo pone la pava para preparar mate. Su madre Miriam Carrizo -santacruceña, 36 años, bailarina- está ordenando la casa porque en un rato vienen los abuelos. En Pablo Podestá, Provincia de Buenos Aires, las calles están tranquilas y el matrimonio se está acostumbrándo al niño. La vida de Rodolfo González Alcántara cambió mucho en el último tiempo pero lo más importante que tiene -dice-, mucho más que la gloria del malambo y un libro que habla de él, son su hijo y su familia.
La casa es así: un patio al frente y otro atrás, dos habitaciones, cocinacomedor, un baño. Hace unos meses -dice Rodolfo- terminó de hacerse un "quinchito" para dar clases de danza y malambo. "El barrio es tranquilo. Entre todo lo que muestran la tele, es tranquilo".
-Ahora estás dando muchas clases pero ¿Vas a seguir compitiendo?
– No. Competir no. Ya tengo 30 años. A Laborde voy a volver siempre porque es como un embrujo, sabés que una parte tuya está ahí. Pero a zapatear no, no tengo más ganas. Desde los 8 años que lo hago y ya cumplí, me llegó el campeonato en un momento justo. Tengo ganas de enseñar, entonces me calzo las botas y doy clases.
-Acaba de salir el libro ¿Cómo fue encontrarte en ese texto?
-Fue algo hermoso, y debe ser el libro que más rápido leí. Lo leí dos veces en el mismo día y las dos veces me pasaron cosas diferentes. Saber que el protagonista de lo que estás leyendo sos vos es muy raro, cuesta creer que alguien haya hecho un libro de una parte de tu vida. Leila me lo mandó dos meses antes que salga. Lo que cuenta ahí es lo que me ha pasado. De todas formas no tomo dimensión de lo que significa. Mi vida ya es pública porque van a saber de mí en todo en el mundo. (El libro fue editado en Anagrama, una de las firmas editoriales más importantes del mundo, por lo que "Una historia sencilla" se distribuirá en España y en toda América Latina).
– ¿Cómo fue encontrarte con Leila? ¿Sabías quién era ella?
– No tenía ni idea quién era ella. El encuentro fue en el festival de 2011, en el que salí subcampéon. La primera imagen que tengo de ella es detrás del escenario: yo me había sacado la ropa, estaba todo sudado, estaba intentando cambiar el aire. Ahí ella se me acercó y me preguntó el nombre. Después me mostró unas fotos que me habían sacado su marido de mi malambo. Eran como 300 fotos y estaban bárbaras. Me dijo que después me las iba a pasar. Días después nos en encontramos, yo estaba regresando a la pampa. Me dijo que me quería hacer un seguimiento, algunas notas. Y así fue hasta que volvía a competir, cada tanto nos juntábamos.
-¿Ella te dijo que quería hacer un libro?
-No. Yo no creía mucho en lo que estaba pasando. No soy muy devoto mío, las cosas que me han pasado ya pasaron las disfruté, y no me quedo pensando en eso. Ni siquiera me imaginé lo del libro. Yo trataba de ser lo más cordial posible, con alguien que se interesaba por lo que yo hacía. En un principio yo desconfiaba de lo que pudiera hacer, yo le estaba entregando cosas muy íntimas a personas que yo no desconocía. Pero ella me demostró que es una mujer muy humilde y muy profesional.
-¿Sabías que de Laborde están llamando a la Editorial Anagrama para pedir el libro?
-Algo me enteré. Qué bueno que así sea. Historias como las mías hay muchas. Pero yo soy un agradecido a dios: Si Leila llegaba 10 minutos tarde al festival de 2011, nunca me hubiese visto bailar y nada esto estaría sucediendo.

Lautaro Bentivegna
PERIODISTA