Linda Péretz, en el Aula Magna a sala llena este sábado

La pieza “No seré feliz, pero tengo marido” lleva ocho años en cartel y, en su paso por Santa Rosa, confirmó su fama de título de taquilla. “Vi tu obra y me atreví a separarme”, asegura la protagonista que le han confesado.
Medianoche del sábado y Linda Péretz se pasea en una pequeña bata blanca por el Aula Magna en busca del baño. “Para que no esperes más, charlamos ahora mismo y después me visto”, dice a LA ARENA con la misma energía que puso durante una hora y media en el escenario. Los técnicos van llevándose las partes de ese taller de pintura, donde una artista plástica acaba de masticar con humor y lágrimas su drama de entre casa.
Nadie ha quedado de esa multitud que llenó la sala de la Universidad Nacional de La Pampa para ver “No seré feliz, pero tengo marido”. Tanto público congregó la pieza, vista por última vez en el Teatro Español en 2005, que debieron agregarse unas cuantas sillas.

Ahora sí.
“Después de la función, una fuerza me queda dando vueltas por todo el cuerpo”, dice la actriz, mientras señala sus brazos y sus piernas que, por fin, se toman un descanso. Ahora lista para partir y en una de las butacas, se pone a conversar con entusiasmo sobre este proyecto teatral que lleva ocho años en cartel, miles de presentaciones y giras por la Argentina, España y México.
La pieza se encuentra en un proceso de “aceptación ascendente”, con presentaciones programadas hasta 2010, relata. “Cuando empecé con este trabajo, nunca imaginé la proyección que tendría en tantos lugares y públicos distintos: se han acercado mujeres y me han dicho que vieron mi obra y se atrevieron a separarse”.
El guión se basa en un best seller, escrito por la periodista argentina Viviana Gómez Thorpe. Fue adaptado para la escena por Manuel González Gil. “Ella tenía una columna radial, en un programa con Rolando Hanglin, donde hablaba de su marido y, al divorciarse, las trasladó a un libro”, recuerda Péretz, que está planeando la segunda parte de esta historia, también con textos de la misma autora.

Pinceles en mano.
La protagonista es Viviana, una mujer que analiza los sinsabores de su vida conyugal de 27 años. Su marido, Jorge, se comunica con ella a través de unas pocas interjecciones y emplea la palabra sólo para saber cuánto ha gastado su esposa con la tarjeta de crédito.
Péretz lleva hasta el terreno de la caricatura la solitaria tragedia de haberse convertido en la “mucama” de ese microcosmos de miles de camisas planchadas, camas tendidas y comidas preparadas, como dice. El público responde con risas a cada uno de los pesares que confiesa y la exageración, relatada en clave de ironía y humor, parece ser el espejo de muchas historias en la platea.
En la intimidad del lugar adonde resguarda sus cuadros, telas y pinceles, Viviana está sola en zapatillas y delantal. Su esposo no habla, pero ella igual lo interpela dando sus últimos toques al enorme retrato que ha hecho con la cara de “ganas de nada” que le demuestra todos los días ese hombre. Su voz masculina aparece a veces en “off” y, también, las reflexiones de su abuela sobre la imposibilidad de ser feliz dentro del matrimonio.

Emociones.
“No me siento una monologuista, sino que hago una obra de teatro”, asegura Péretz. El personaje, explica, no ha evolucionado en todos estos años y ha sido muy poco lo que ha agregado al guión desde su estreno, excepto por las respuestas que le da el público en cada lugar adonde se presenta y que forman parte de la dinámica de la pieza.

– ¿Alguna vez se ha sentido cansada de interpretar el mismo rol en todos estos años?
– No. Para mí es muy gratificante estar sobre el escenario, en cualquier papel. Puedo tener un problema, pero nunca a la hora de actuar. Me gusta poner todo de mí y salir agotada como ahora. Durante 2007, tal vez como una crisis del séptimo año, sentí un poco de cansancio, pero siempre encuentro recursos para motivar mi papel y retroalimentarme. No trabajaría jamás “de taquito”. En cada función, me esfuerzo para que todo parezca que sucede por primera vez. Es el oficio del actor, transitar con honestidad por las emociones que trae al teatro. Por eso, la obra rompe la cuarta pared y diseña la puesta en intimidad con el espectador.

Para Péretz, es necesario “respetar los estados de ánimo” del personaje. Con Viviana, trata de identificarse a través de sus sentimientos. “No podría llevar elementos de mi historia personal al escenario porque no me serviría, excepto a través de la memoria emotiva, que hace posible desplegar lo que se siente en una situación similar a la que atraviesa la protagonista, para que resulte veraz”.