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La otra cara del fútbol

«Ahora mi sueño es jugar el Mundial». Insaciable, Marcelo Storm acababa de ganar el Torneo Sudamericano con la Selección argentina Sub 17 de fútbol y quería más. Corría el año 2013 y al mediocampista santarroseño el fútbol le sonreía. Era un adolescente y se sentía todopoderoso.
A los 7 años había comenzado a jugar en el Club El Recreo, de la mano de Alberto «Beto» Ramírez, y sus cualidades lo habían llevado lejos rápidamente. A los 11 dejó su casa para formar parte del «Proyecto Barcelona», una escuela de fútbol que el club catalán tenía en las instalaciones de La Candela, en Buenos Aires, para formar talentos argentinos con el objetivo final de llevarlos a España.
Cada año, el Barsa elegía a sus mejores proyectos y los «medía» con sus chicos en La Masía, el mítico centro de entrenamiento de Cataluña del que salieron desde Pep Guardiola a Lionel Messi, pasando por Xavi Hernández y Andrés Iniesta, entre otros.
Con 13 años Storm tuvo su paso por la histórica escuela catalana. Estuvo unos 20 días y dejó una buena impresión. Los españoles decidieron, en ese momento, cederlo a Vélez Sársfield, club modelo en el trabajo de divisiones inferiores en Argentina, para que termine de formarse.
En El Fortín, el talentoso volante ofensivo pampeano encajó a la perfección. Jugó sus primeros tres partidos en la Novena y antes de afrontar el cuarto ya había sido convocado a la Selección Nacional Sub 15. Sus próximos tres años los pasó entre la Villa Olímpica de Vélez y el predio de Ezeiza de AFA.
Con los seleccionados jugó el Sudamericano Sub 15 en Uruguay y luego se coronó campeón en el Sudamericano Sub 17 que tuvo lugar en San Luis y Mendoza, convirtiendo un gol clave en un 3-3 ante Uruguay. Ese equipo, dirigido por Humberto Grondona (hijo de Julio), viajó ese mismo año al Mundial de la categoría en Emiratos Arabes Unidos, en el que terminó cuarto. Corría el año 2013 y el chico santarroseño cumplía su primer sueño. Las luces del fútbol grande se posaban sobre él.

Cachetazo.
«Cuando volví del Mundial a Vélez, le dije a mi representante que quería firmar mi primer contrato. Todavía estaba en la pensión y creía que tenía que dar el salto. Y le dije que si no firmaba, me iba», recuerda hoy Storm al hacer un repaso de su carrera con LA CHUECA. «Me dijeron que aguantara un poco, que era chico, pero yo no escuché por esa rebeldía que tenía. Me dejaron libre a los 17», se lamenta el volante, que llegó a jugar en la Cuarta División en El Fortín.
Al año siguiente lo cobijó Huracán, con el que alcanzó a disputar un partido de Reserva (justamente ante Vélez), pero al finalizar la temporada quedó libre. Sus tiempos en los primeros planos se habían terminado. «Agarré todas mis cosas y me vine», reconoce.
Otra vez en su ciudad, Storm llevó su talento a All Boys. Pero ya no era el mismo. Lo esperaba un paso por Social de González Moreno y por los santarroseños Deportivo Penales y Deportivo Mac Allister. Hoy, con 23 años, juega la Copa Liga Cultural con Atlético Santa Rosa. Este lunes, sin el ex Vélez, el Albo venció 3-0 como visitante a Sarmiento. El fútbol ya no es una prioridad para él.

La felicidad.
«Hoy puedo contarles que estoy a un mes y unos días más de terminar el secundario, algo que me propuse ni bien me volví de Buenos Aires», escribió ayer Storm en su cuenta de Facebook. «Cuatro años de compañeros nuevos; gente mayor que va día a día como si fueran niños, queriendo terminar las tareas antes que otros como cuando íbamos al primario; gente humilde que lo hace para progresar en sus trabajos. Me llena de orgullo por ellos y por mí, todo se puede con sacrificio!!!», agregó el joven, que había dejado los estudios cuando el fútbol le presentaba un futuro auspicioso.
«La vida da muchas vueltas. A mí personalmente me tocaron vivir muchas cosas a lo largo de estos 23 años, de las cuales muchas de ellas se las deseo a muchos y otras tantas no. Tuve muchos altos y bajos y acá sigo intentándolo… Hoy en día me doy cuenta de muchos consejos que me daba mi viejo y yo por rebelde o por creerme no sé quién nunca le di bola», continuó en una especie de ‘mea culpa’.
«Un consejo de esos era que terminara el colegio, que yo no sabía si iba a vivir del fútbol o no. Tenía razón, y hoy también quiero terminarlo por él, por mi viejo, para poder darle una alegría!!! Todo se puede. No hay que desviarse de la meta que uno se propone, hay que ser constante. Nada más. Y después de tantas malas, hoy me siento feliz», cerró en su red social.

El pasado.
«Mi viejo siempre me insistió con el estudio. Me decía que más allá del fútbol tenía que terminar el secundario, que era lo más importante. Me decía que no me tatúe, que el día de mañana iba a tener que buscar un trabajo y me iba a costar más…», dice hoy Marcelo con una sonrisa melancólica. «Pero no lo escuché, como me pasó en Vélez», reconoce.
– ¿Se puede decir que te encandilaron las luces del fútbol grande?
– Sí. Estaba en Vélez y la Selección, andaba bien, con la mejor ropa, tenía contrato con Puma y todo lo que necesitaba… Sacaba los pasajes en avión para venir a mi casa a visitar a mi familia. La verdad es que me la creí, por ser un pibe rebelde, y cuando pasó el tiempo me di cuenta. Pero ya era tarde.
– Igualmente, es algo que le pasa a muchos chicos…
– Sí, a la mayoría de los pibes les pasa lo mismo. Los que llegan son muy pocos; fijate que por categoría hay unos 50 chicos y llegan tres o cuatro. No más. Y por eso también decidí escribir en Facebook lo que me surgió, para darle un mensaje a otros pibes y que entiendan que hay que estudiar.

El futuro.
«Apenas me volví de Buenos Aires empecé a hacer los papeles para anotarme en el secundario y cumplir con lo que siempre me había pedido mi papá», dice Marcelo hijo atendiendo al requerimiento de Marcelo padre. «Estuve unos meses parado, me anoté en el colegio y este fin de año lo termino», agrega orgulloso Storm, que cursa sus estudios en el secundario para adultos Aquiles José Regazzoli, sobre la calle Lisandro de La Torre.
«Ando bien. Los años anteriores los terminé sin llevarme materias y ahora espero lo mismo», explica el joven del Plan 5000, que estuvo trabajando en una ferretería y actualmente hace changas («de lo que sea») para ganarse el mango. «Del fútbol acá no se puede vivir. Ahora mi prioridad es terminar los estudios, ver a mi viejo feliz y conseguir un laburito. Por suerte ya me bajé de la nube», cierra.