Un cura campeón

Amaneció hace un par de horas en la Colonia Santa María y las rondas de mates ya están en marcha. Es domingo y la mayoría remolonea en la cama aprovechando el día de descanso, pero hay muchos que se levantan para cumplir una de las rutinas de cada fin de semana. Son los fieles, que a partir de las 9 estarán en la iglesia del pueblo para formar parte de la misa. Como ocurre en muchas localidades de la provincia, la Colonia comparte el sacerdote con otros pueblos y por esa razón la misa se ofrece bien temprano. Especialmente este 27 de noviembre.
Un rato después se repite la situación a poco más de 44 kilómetros hacia el este. En Alpachiri, cerca del mediodía, los devotos aprovechan el clima agradable para caminar hacia la parroquia. El paisaje lo completan el humo de algunos asados y el aroma de los tucos que unos minutos después acompañarán la pasta dominical. La misa arrancará puntual, como casi siempre antes del almuerzo. Especialmente este 27 de noviembre.
Unos 135 kilómetros al norte, en el Club La Barranca de Santa Rosa, después del mediodía comienzan los movimientos de los organizadores para la jornada final del primer Torneo Provincial de hockey masculino. Primero se jugará el partido por el tercer puesto entre Pico FBC y Estudiantil de Eduardo Castex, y para las 18 está prevista la definición por el título entre Los Cuervos locales y Argentino de Trenque Lauquen. Como casi siempre hay un clima familiar a la vez que competitivo. Especialmente este 27 de noviembre.
Los tres escenarios tienen un protagonista en común; actor principal en los dos primeros y factor esencial en el tercero. Se trata de Carlos Musa, el cura de la iglesia “San José”, en Alpachiri; sacerdote en otros pueblos de la zona, entre ellos Santa María, y también defensor-volante de Los Cuervos de La Barranca. Cada domingo, cuando puede, cumple con su profesión y con su pasión. Especialmente este 27 de noviembre, porque unas horas después se consagrará como campeón del hockey pampeano.

El cura.
Carlos Musa nació hace 39 años en Bahía Blanca. Su contextura física, maciza y robusta, denota una vinculación con el deporte de toda la vida. De chico jugaba al rugby y poco a poco fue interesándose -con sus mismos compañeros- por el hockey, que para ese entonces era casi exclusivo de las chicas. En la adolescencia el juego del palo y la bocha ya había ganado más lugar en su interés, al tiempo que el hockey masculino también crecía en la ciudad bonaerense.
Esa pasión por el deporte, sin embargo, tuvo una pausa obligada cuando terminó la secundaria. Era el momento de perseguir su otro objetivo, el que también le quitaba el sueño porque iba a definir su modo de vida. Se fue a Mendoza a cursar el Seminario y ocho años después, en 2004, se ordenó como sacerdote diocesano en la parroquia de Realicó que por entonces conducía el cura Héctor Cuchietti.
En 2005 su destino fue la iglesia San Cayetano de Santa Rosa, que se transformaría en su lugar en el mundo durante los diez años siguientes. En ese lapso terminó de formarse como sacerdote y, acuciado por las presiones mismas de su profesión, volvió a cobijarse en el deporte, esta vez como una manera de despejar tensiones.
Un encuentro con Guillermo Arhex, ex rival en aquellos inicios en Bahía Blanca, fue clave para que el hockey regresara a su vida. Juntos comenzaron a armar un equipo de varones y, después de deambular por diferentes escenarios, terminaron en La Barranca.
“La presión del sacerdote es muy intelectual, de la cabeza. Uno se carga de muchas situaciones y problemas, y de alguna manera debe canalizarlo. Están la oración y la fe, que te fortalecen, pero el deporte también es ideal para despejar la cabeza. Además estaba el hockey de por medio, que me apasiona, y la verdad es que me hizo muy bien”, comenta Carlos Musa.
Hoy su vida transcurre en torno a Alpachiri. El año pasado fue trasladado a la iglesia San José y la tranquilidad del pueblo también fue un bálsamo para su trajinar diario. A su cargo están otras parroquias de la zona que visita semanalmente, pero siempre se hace un lugar para su pasión deportiva.
“Los martes, que voy a la Colonia Santa María, aprovecho el viaje y me voy hasta Santa Rosa a entrenar un rato con los muchachos”, indica. El hockey sigue siendo su cable a tierra.

El campeón.
La obligaciones sacerdotales de Carlitos (así lo llaman en el equipo) le impidieron jugar varios partidos de la temporada. Los domingos por la tarde viaja a la parroquia de General Campos y, salvo cuando hay lunes feriados y programan los partidos para ese día, le es imposible aportar su garra a Los Cuervos.
Pero este domingo era especial porque su equipo iba a jugar la final del primer Provincial. No podía faltar. Y obtuvo una señal: la jornada en Campos se adelantó para el sábado porque debía oficiar una ceremonia de primeras comuniones, y le quedó la tarde del domingo libre.
A la mañana de este 27 de noviembre cumple con sus obligaciones en Colonia Santa María, al mediodía hace lo propio en Alpachiri y, un rato después, viaja a Santa Rosa para el partido del año.
Puntualmente a las 18 están los dos finalistas en la cancha. Musa tiene que esperar en el banco de relevos porque la falta de continuidad -por sus tareas como cura- ha atentado contra su titularidad. Los Cuervos comienzan mal. Uno, dos y tres goles en contra en el primer tiempo. Algunos hablan de “milagro” para graficar lo que necesitarían los locales para quedarse con el campeonato.
En ese momento se escucha un “dale Carlitos” de parte de las entrenadoras (Jimena Martínez Diab y Victoria Guarrochena) y el cura salta al césped sintético. Pocos minutos le bastan para mostrar lo que tiene para dar: garra, entrega, orden y voz de mando.
“Estábamos perdiendo 3-0, todavía estaba afuera y no me entraba en la cabeza lo que estaba pasando. Entré a dejar todo por el equipo”, resume Musa, quien se describe como un “comodín” porque ha jugado en diferentes lugares de la cancha.
“En mi vida sacerdotal también soy así”, responde ante la pregunta sobre su entrega apasionada. “Siempre trato de alentar a los de al lado, de ayudarlos a mejorar su talentos, de decirles que siempre hay una salida”, agrega.
Los Cuervos, apoyados en su pilar deportivo y emocional, dan vuelta la historia y terminan ganando la final 5 a 4 con un gol de oro. Son los primeros campeones del hockey masculino de La Pampa y todos desbordan de alegría.
Musa no para de recibir saludos y abrazos de sus compañeros y amigos; los mismos con los que ha compartido buenas y malas alrededor de una bocha de hockey; los mismos que han sabido comprender su condición de cura católico dentro de un plantel heterogéneo en cuanto al culto se refiere.
“Hay de todo en el equipo. Algunos son creyentes y otros no. Pero todos me han respetado siempre, me han acompañado en momentos difíciles y me han cuidado mucho. Y de mi parte también estoy siempre”, dice como si hablara en su parroquia. “Porque uno también ejerce el sacerdocio en el equipo”, cierra el cura; el campeón.

Una ayuda de arriba
En varios pasajes de la final Los Cuervos no la pasaron bien, como cuando en el cierre del tiempo regular estaban 4-4 y había un córner corto para Argentino. “En ese momento me acordé de mi viejo, que falleció hace un mes y que siempre me alentó a hacer deportes”, confió Musa, que tenía en su media una medallita que había sido de su padre. “Cuando estábamos esperando el corto, me agaché a tocar la medallita y mis compañeros me preguntaban si me pasaba algo. Yo estaba hablando con mi viejo: ‘Papi, yo se que estás orgulloso de mi. Salvame de esta’, le pedí. Y nos salvamos”.