Un poco de normalidad

PUNTO DE VISTA

No podía ser de otra manera. No era una parada para andar por el camino de la tibieza. Había que jugarlo con los dientes apretados, pelearlo y hacer lo imposible para sacarlo adelante. No había espacio para otra cosa, menos cuando se llegó a esta instancia de la manera que la formación nacional llegó a esta “final” con Nigeria, se dice con razón la primera de las que tendrá que afrontar de ahora en más.
En base a qué debíamos los argentinos tener confianza en seguir en el mundial si no era, o es aún, la calidad individual de sus jugadores y alguna capacidad para darle al conjunto alguna forma de equipo que le permita competir. Con el rendimiento individual en alza y la entrega que antes no tuvo, ahora podemos orejear el futuro con algo más de optimismo. Porque lo que empieza es otro mundial, el de los mano a mano, con alargue y con penales.
Ayer, un rato antes del partido, apareció en nuestra piel y por primera vez en lo que va del mundial, el clima. La certeza del partido decisivo, sin mañana si el éxito no acompañaba, parece que nos despertó de ese sopor en que el propio seleccionado nos metió y en el que los medios terminaron de hundirnos, tapando dicho sea de paso otros problemas más grandes que hoy tenemos los argentinos.
Volvieron a la ciudad los puestos de celeste y blanco, ese que el cielo nos negó durante toda la jornada. Y aparecieron las banderas en los autos, los mismos que dejaron desiertas las calles extendiendo una siesta sin siesta y de vigilia y sufrimiento frente a la pantalla de televisión. Tuvo que apretarnos el cuello la realidad para, al menos por un rato, dejar de lado la discusión y el circo y sumarnos al apoyo y ver si en noventa minutos podíamos empezar a encarrilar la historia, hacerle honor a los que vinieron antes y nos dejaron el mandato de que una eliminación en primera ronda no se condice con esa brillante trayectoria.
Salieron a jugar los que tenían que hacerlo, sin demasiados rebusques de orden estratégico ni inventos de roles y posiciones. Los históricos de esta generación, la que llegó a tres finales que al no ganarlas los condena eternamente a Devoto es esta lógica tan argentina. Pusieron la cara como les reclamaban, hicieron el partido posible, con picos enormes y también para reprochar y con el inevitable sufrimiento, de ellos y nuestro. Y están en carrera.
Esa enorme legión de compatriotas en el estadio, el banderazo compartido el lunes con el plantel y lo que los jugadores mostraron ayer, los que jugaron y los que quedaron afuera, han sido factores decisivos. El festejo del final, esos abrazos y esas lágrimas son acaso la muestra más acabada de que no todo es tan como se decía. Lo notable es que en esa demorada marcha hacia el vestuario, prolongando la fiesta y la comunión con tanto apoyo en las tribunas, no se lo vio al técnico ni a sus ayudantes.
Más allá de todo lo que ha sucedido en torno a esta selección argentina, el paso de ayer resultó un gesto de la justicia hacia este grupo. No merecen los jugadores que todos sabemos están en su última Copa del Mundo, irse de la manera en que terminó el partido con Croacia. Desde el sábado que se aproxima, mano a mano estaremos con el que toque. Es bueno saber que hemos retomado cierta normalidad, la de depender de nosotros mismos. (Herues).