Volver a sentirse vivo gracias al fútbol

Emanuel Fredes quedó ciego cuando era niño. Terminó la primaria, la secundaria y comenzó a cursar abogacía. Pero le faltaba algo y no la pasó bien. Hace un par de años el fútbol golpeó su puerta y allí encontró la motivación para “querer estar bien”.
El silencio es ensordecedor. Está por comenzar la serie de penales y hay tensión en el ambiente. Todos callan bajo un sol abrasador que no tiene piedad con los protagonistas. El árbitro hace sonar el silbato y el cascabel de la pelota calma la ansiedad llamando al pateador. El guía comienza su rutina previa a cada disparo de los suyos, golpeando con una vara los tres parantes del arco. El encargado del primer remate logra dibujar el arco en su imaginación, mientras el guardavallas abre bien los ojos para no ser sorprendido.
El puntazo, de zurda, fuerte y arriba, hace sonar la red y rompe el cero que había cerrado el partido. Las Aguilas de Bahía Blanca festejan ante el primer grito y Los Cuervos de La Barranca se lamentan, tanto en ese inicio como en el cierre de la serie. Final del juego; comienzo de otra historia.
Es el turno de Los Amigos de Córdoba y Centro Basko de La Plata, que entran a la cancha en hilera tomándose uno tras otro de los hombros. Uno de los que acaba de pisar la cancha emplazada sobre el césped sintético del Club La Barranca es Charly García, un joven cordobés que juega a ‘otra cosa’, que ya fue preseleccionado por Los Murciélagos y que le permitirá a su equipo quedarse con el certamen.
Pero pocos pueden apreciar sus cualidades. Prácticamente no hay público siguiendo el Torneo Interprovincial de fútbol para ciegos y disminuidos visuales. Sólo algunos familiares y unos pocos amigos desafían al intenso calor del sábado a la tarde.
Los jugadores, igualmente, no se sienten solos. Todo lo contrario. Están viviendo uno de esos fines de semanas inolvidables, en los que el deporte les permite salir de la oscuridad de la ceguera y aplicar su especial sexto sentido para hacer un gol, parar una pelota o dar un pase. Sólo ellos lo pueden hacer tan naturalmente con los ojos tapados -aún más- por los antifaces. Muy pocos, desde afuera, logran comprender la extrema dificultad de la tarea y el enorme significado de estar allí.

La ceguera.
“Estoy liquidado, no doy más”, dice con una sonrisa Emanuel Fredes, bastón blanco en mano, mientras busca el alivio de la sombra. Al lado, sus compañeros se refrescan bebiendo una gaseosa y todavía se reprochan alguna jugada que les hubiera permitido ganar el partido y así evitar los penales. Pero ya es tarde. Para Los Cuervos es tiempo de descansar y preparar el partido final ante los candidatos cordobeses.
“Jugamos bien; podríamos haberlo ganado”, analizó Fredes como si lo hubiera visto todo. “No lo vi, claro; pero lo viví”, bromea entre risas haciendo referencia a su discapacidad, con la que convive en diferentes grados desde que nació.
“Ahora veo la luz, nada más”, explica Emanuel, que nació sietemesino hace 30 años en Santa Rosa, con problemas en las retinas que fueron agravados por la luz de la incubadora que lo acogió en sus primeras horas. “Igualmente, cuando era chico podía ver, hasta los once años, cuando tuve un desprendimiento de retina en el ojo bueno que directamente me dejó ciego”, agrega el hoy defensor del equipo de La Barranca.
La ceguera no le impidió hacer una vida prácticamente normal. Terminó la primaria en la Escuela 180, hizo el secundario en la EPET y el Colegio de la Universidad, y hasta comenzó a cursar la carrera de Abogacía en la Universidad Nacional de La Pampa. “Primero fui a la escuela de ciegos y en tres meses aprendí el braille, y después siempre me apoyaron en todos lados, tanto los profesores como mis compañeros”, asegura Fredes, ya sin el antifaz negro que utiliza para jugar.

Volver a vivir.
“Siempre me gustó el fútbol, desde chiquito. Era hiperactivo, corría para todos lados, me encantaba jugar”, relata en pasado Emanuel. “Imaginate lo que fue quedarme ciego a los once años…”, remata secamente.
Su adolescencia y juventud transcurrieron lejos de una pelota. Los estudios ocuparon sus días hasta que abandonó la universidad y después comenzó a dejar pasar el tiempo sin una meta definida. “Tuve algunos años complicados”, se sincera.
Una tarde, cuando caminaba en la plaza San Martín, el fútbol volvió a aparecer en su vida cuando lo invitaron a formar parte de Los Cuervos, y todo cambió. “Para mí, que vi y que jugué al fútbol, volver a entrar en una cancha fue como volver a encontrarme conmigo mismo. Volví a sentirme como cuando era un chico. Volví a sentirme vivo”, enumera sin parar y se le ilumina el rostro.
Las palabras de Fredes retumban en quienes están alrededor. Algunos allegados miran con ternura y otros asienten con la cabeza cuando explica que fumaba casi dos atados de cigarrillos por día, que había aumentado de peso y que no estaba en el camino correcto. “Hasta que hace dos años volví a jugar al fútbol. Dejé de fumar, adelgacé, me cambió hasta el olfato… Es como que encontré nuevamente una motivación para querer estar bien”, se entusiasma.

La familia.
Un rato después viene la combi a buscar al plantel, que irá a descansar pensando en la jornada del domingo que cerrará el certamen. Los Cuervos dejan el predio aún enojados por la derrota por penales, pero con una sonrisa dibujada por otra tarde de fútbol.
Emanuel Fredes irá hasta su casa en el Plan 5000, donde por ahora vive con sus padres. “Me gustaría formar una familia, es lo que todos soñamos, pero con la pensión que cobro no me alcanza. Tengo que conseguir un buen trabajo y después pensar en el futuro. Lo bueno es que el fútbol me abrió la mente otra vez y ahora tengo ganas”, cerró, feliz como si hubiera hecho el gol de su vida.

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