El éxodo de Futaleufú

El panorama que se vive en esta comuna rural de 1.800 habitantes es desolador: sólo quedan 300 habitantes que se aferran a sus únicos bienes y son asistidos por los ejércitos chileno y argentino que les suministran agua y alimentos. La mayoría de los que se quedaron aquí, a unos 70 kilómetros del volcán Chaitén, son hombres que eligieron cuidar sus bienes materiales o prefirieron mantener la tradición, ya que sus ancestros nacieron aquí y no imaginan otro lugar en el mundo.
No tienen agua ni alimentos porque ya todos los negocios están cerrados. Es el Ejército quien alcanza las botellas de agua en camiones desde un aljibe de la localidad chubutense de Trevelín.

“Va a pasar rápido”.
“Voy abandonar la zona sólo si corre peligro mi vida, si no me quedo acá hasta las ultimas consecuencias”, desafió el chileno José Epinoza, desde su chacra de 15 hectáreas a unas 20 cuadras del centro del pueblo. Está en la puerta de su casa, esperando que el Ejército le alcance una caja de alimentos para él y para sus animales, unas pocas vacas, bueyes, conejos y gallinas.
José está convencido de que esto va “a pasar rápido” como ocurrió con la erupción del volcán Hudson en 1991. Cerca de su casa, algunos efectivos del Ejército chileno limpian los techos de las casas desocupadas, que son la mayoría en Futaleufú. Es que temen que haya derrumbes si llueve, porque la ceniza adquiriría entonces un peso considerable que las viejas viviendas de madera no soportarían.

Ayuda argentina.
Mientras tanto, el Ejercito argentino también colabora con este pueblo semiabandonado. Acaba de trasladar una planta potabilizadora de agua desde Trevelín por la ruta de ripio 259. La bioquímica Miriam Mariela, una de las que participó de la fabricación de la planta en 2007, contó que será instalada para suministrar agua potable para ser consumida y también para
que los habitantes puedan higienizarse.
La planta genera 600 litros de agua potable por hora y funciona decantando a través de filtros, los minerales contaminantes. En Futaleufú todo es solidaridad: como el hombre que eligió
quedarse para alimentar a sus diez gallinas, pero de paso alimenta a las de toda la cuadra, que están solas porque sus dueños prefirieron irse.
También el intendente Arturo Carvallo y su gabinete siguen aquí, visitando a los pobladores que se quedaron y asistiéndolos de una u otra forma. La última decisión que tomó fue adelantar las vacaciones de invierno, para que los chicos no pierdan clases. Porque a él tampoco le quedan dudas: “esto pasará rápido”, dice. (Télam)