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Un museo del impacto ambiental

Una científica del CONICET y una artista trabajan juntas y elaboran, con la basura que encuentran en la playa, diferentes piezas que evidencian el impacto humano sobre el ambiente.

“Recorrimos la playa y observamos grandes cantidades de basura y luego de pasar un largo rato recolectando, comencé a sentirme mal y quise saber por qué. Intenté poner en palabras los sentimientos y las sensaciones porque trabajo con eso. Quizás para la ciencia esa clase de información no sea necesaria, pero para mí son formas de conocimiento que permiten conectarme con el mundo”, dijo la artista visual a Daniela Mastrandrea.

“Yo en cambio no me conecto con la emoción en el trabajo. Pienso en la mejor manera de sistematizar el muestreo. De ganar objetividad”, acotó la investigadora asistente del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos, María Cruz Sueiro.

A pesar de sus miradas disímiles, ambas conformaron el grupo Poéticas al margen, para generar distintos proyectos que propicien el diálogo entre la ciencia, el arte y la educación.

Uno de ellos es el proyecto Museo de Holotipos del Antropoceno: una muestra itinerante y virtual que exhibe una colección de objetos, recolectados a orillas de la costa patagónica, y que posteriormente fueron resignificados, conservados y clasificados a partir de información científica referente a la problemática ambiental.

“Clasificamos estas especies que armamos con restos que encontramos en la playa y las mostramos de la misma forma que lo hace un museo tradicional de Ciencias Naturales cuando exhibe distintas especies. Pensamos en la necesidad de exhibir estas piezas porque también forman parte del paisaje y son un símbolo de la presencia humana en el ambiente. A una sala de este museo, la denominamos «bolsario». Ahí colocamos a algunas especies que construimos a partir de las bolsas plásticas que fuimos recolectando”, indicó Sueiro.

Eligieron utilizar el nombre “holotipo” como prefijo de su proyecto, porque hace referencia al espécimen que le da nombre a una especie. Utilizar el lenguaje específico de la ciencia a la hora de referenciar obras de arte, es una de las formas que encontraron para empezar a articular estos mundos y cuestionar sus límites.

Según indican, existen muchos puntos en común entre la ciencia y el arte. Prácticas metodológicas similares, como investigar antecedentes de un tema específico antes de iniciar un proyecto o recolectar muestras. “Ponerlos a trabajar en una misma dirección permite interpelar nuestra relación con el otro y con el planeta poniendo atención en aquellos territorios que han sido dañados por el ser humano”, dijo Sueiro.

Rememoran, como ejemplo efectivo de articulación de estos dos lenguajes, el cuento del escritor Julio Cortázar, Axolotl, donde el autor describe de forma precisa pero emocionante al pequeño animal. En un fragmento del relato dice: “Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas”.

Poéticas al margen, investigadora y científica recorren la franja de costa de la ciudad de Puerto Madryn, sitio en el que residen, para juntar basura acumulada y transformarla. De todos modos, en el horizonte, existen también, otras expectativas de cambios. “Buscamos agudizar la mirada de los otros con respecto a la cantidad de basura que hay en la playa y el arte es una herramienta que tiene mucho para aportar en ciencia y en temas de conservación porque apela a la sensibilidad”, concluyó Mastrandrea.

Foto: Diego Núñez de la Rosa