La resistencia al olvido

Hilda Cayupel nació en 1945 en la zona de Quili Mahuida, Neuquén. Hasta los 5 años vivió en lo que ella llama "el campo", un paraje alejado de los centros urbanos donde se asentó la comunidad mapuche a la que perteneció, y de la cual conserva parte de su construcción identitaria.

Hija de Marcelina Lezama Quintrel, quien falleció hace casi 9 meses pasados los 100 años, y de Daniel Cayupel, ambos mapuches, Hilda vive en Santa Rosa desde hace casi treinta años. Me recibe en su casa de la calle Juan Vayra, en Zona Norte, con una sonrisa enorme. Apenas pasamos el umbral, su mamá ausente vuelve al presente evocada en fotografías y relatos.
"Tengo alergia y conjuntivitis y recuerdo que mi mami se ponía té de manzanilla", dice, y enseguida me cuenta que si se colocan 5 hojas de matico en un litro de agua hervida, y se la toma como infusión, funciona perfectamente como protección para el estómago. "El matico, de leve sabor amargo, también se puede tomar frío", comenta. Salimos al patio y me muestra de qué se trata: una planta de hojas medianas que tiene en una pequeña maceta. Todo lo que me relata sobre curaciones lo aprendió de su madre, quien, asegura, no consumió medicamentos tradicionales a lo largo de su vida. Es que la familia basó su dieta con lo producido en su huerta, al sur de Río Negro. Hacia 1950 se trasladaron a "la chacra", una estancia de "blancos" según Hilda, donde su padre trabajaba de alambrador.
Si bien se alejaron de su comunidad de origen, combinaron las tradiciones nuevas con las viejas costumbres mapuches. Sus abuelos maternos, Luisa Castelblanco y Fidel Quintrel, no querían que los 6 nietos y nietas aprendieran el idioma mapuche, ni que siguieran sus hábitos. "Es que ellos querían que aprendiéramos a leer y escribir, que fuéramos a la escuela", dice Hilda. Marcelina, de hecho, dejó de usar la lengua mapuche en público, con el deseo de ser "aceptada" y de integrarse a la comunidad que Hilda denomina "blanca".

A lo largo del tiempo.
Ciertas tradiciones respecto de la alimentación y la medicina de la comunidad mapuche en la que Hilda nació, y de su crianza en la estancia "de blancos" se mantuvieron a lo largo del tiempo. Bajar la fiebre con hojas de bálsamo en los ojos, bañarse todas las mañanas, incluso en invierno, con agua fría, o comer cebolla y ajo crudos todos los días para prevenir enfermedades, formaban parte de una usanza lejana que nunca desapareció. Como prevención de enfermedades, el hábito de lavarse habitualmente las manos durante el día era una práctica extendida en la familia. Los recuerdos le brotan en palabras, y así Hilda me explica que la "sanguinaria" se utilizaba para calmar dolores menstruales. Machacada en un mortero, se la disponía en un recipiente con agua, al sol, y cuando estaba tibia las mujeres se lavaban la cabeza con este remedio. El consumo de infusiones era un elemento repetido entre los hábitos de su familia: para curar la tos se tomaba té de pañil o vino caliente con huevo crudo. También se ingería ruda para los intestinos, ajenjo para las palpitaciones o toronjil para el dolor de abdomen.

Más secretos.
El cuidado del estómago incluía también la prevención: como condimento se usaban hojas de tomillo, de sabor suave, especialmente en empanadas, que además se fritaban en grasa de cerdo. Marcelina nunca consumió aceites procesados industrialmente, sino grasa animal en forma exclusiva, e Hilda le atribuye a esa costumbre, entre otras, la fortaleza física de su madre.
Entre las comidas típicas, el charqui (carne deshidratada, salada para su preservación) la carne de liebre, perdiz, martineta, potro, guanaco, combinadas con trigo (en forma de guiso,) y la mazamorra (leche cruda y tibia, recién ordeñada, con maíz pisado hervido) eran las más importantes. El mate cocido o cascarilla, las manzanas y grosellas, o las uvas disecadas fueron también la marca distintiva de una dieta baja en grasas y carne vacuna y de pollo, que no abundaban en su niñez.

Técnicas ancestrales.
Hilda cuenta que para cocinar se usaba el horno de barro y "fogones" dentro de la casa, que consistían en hoyos en el piso de tierra donde se colocaba ceniza y brasas y se cocinaban "papas dulces" silvestres o zapallos "criollos". La fariña (derivada de la mandioca) se cocinaba mezclada con grasa animal, (de peludo, piche, chiva o cordero) que, derretida, se colocaba en una sartén con cebollas, ligada con medio huevo de avestruz (los de gallina escaseaban), salada con sal gruesa. Las cáscaras, en tanto, eran pintadas por su abuela con pigmentos provenientes de raíces y colocadas como adorno. Este plato típico era lo que su papá Daniel llamaba "fritanga". El "rescaldo", en tanto, era un pan casero que se cocinaba sobre cenizas, en el fogón, con brasas encima. Se lo consumía a media mañana con queso de cabra y mate, o como tostadas untadas con ajo o cebolla.

Historia y memoria.
El caso de Marcelina Lezama Quintrel y de su hija, Hilda Cayupel, muestran cómo la "memoria", entendida como categoría histórica; y la resistencia al olvido se mantuvieron vivos en las capas profundas de ese entramado múltiple, complejo y móvil llamado "identidad"; muy a pesar de las construcciones sociales de menosprecio y prejuicio. Fue ese sincretismo entre prácticas ancestrales y nuevas tradiciones el que configuró esa especificidad de hábitos que Hilda rescata en su relato, y que atravesó generacionalmente no sólo los discursos, sino también las prácticas. A partir de su narración, se evidencia que el deseo de parte de la familia de "borrar" la identidad mapuche, tuvo más que ver con la aspiración de integrarse a esa sociedad "de blancos" que los expulsaba, antes que con un genuino sentimiento de suprimir rasgos identitarios.

Caminos alternativos.
La visibilización de estas cuestiones, el deseo de "relatarlo", por parte de Hilda, demuestra la autovaloración y la efectividad que estos usos culinarios y medicinales tuvieron en sus vidas. Es que si bien Hilda acude a médicos y farmacias, a la vez convive con el persistente recuerdo de su madre, construido, en esta porción particular de su historia, en base a esas enseñanzas ancestrales sobre prácticas domésticas que recuerda con gran nitidez.
La narración de estas costumbres en un contexto globalizado y homogeneizador de hábitos y estilos de vida, representa la resignificación de voces como las de Hilda, que merecen ser rescatadas; como reconocimiento de la existencia de caminos alternativos para el desarrollo humano. Recuperar el relato de estas vías alternas, diferentes al de los modelos alimentarios y médicos dominantes en la actualidad, no representa únicamente un ejercicio de recuperación de la memoria histórica, sino que intenta exponer la presencia de multiplicidad de opciones en el escenario de las sociedades contemporáneas.

Anabela Abram
Colaboradora