Beltramino, uno de los últimos sastres

MARIO VEGA – El sastre a medida es hoy casi una antigüedad. Una tarea artesanal que, además, pocos quieren aprender. Hubo oficios que cambiaron, y otros que directamente se extinguieron en nombre de la modernidad.
La tecnología, su avance en distintos sectores de la sociedad -la ciencia, las áreas del conocimiento, la educación, etc.-, y también su irrupción en el ámbito del trabajo, lo fue cambiando todo. Tareas que antes necesitaban de una buena cantidad de gente, se simplificaron con nuevos elementos que hicieron apenas necesaria la mano del hombre, al punto que muchos oficios se fueron transformando o, aún, desapareciendo.
Y tengo, de verdad, ejemplos cercanos. Uno mismo varió su propio trabajo, su oficio: cómo no recordar aquellas viejas máquinas de escribir Olivetti, o Remington, y compararlas con estas en las que apretamos "enter" y vemos que en Internet está absolutamente todo. En un rincón de la Redacción hay uno de aquellos armatostes que los periodistas más jóvenes ignoran y ven como si se tratara de un trasto viejo (que quizás lo sea), y no como la pieza de museo que los más "antiguos" miramos con cariño y, también, cierta nostalgia.

Oficios que ya no existen.
Sin ir más lejos, evocando a mi padre, Héctor Mario, imprentero toda su vida, rememoro su trabajo de pie frente a los "burros" -así se llamaban esos muebles donde estaban los tipos de letra que había que colocar uno a uno al lado para formar frases-, sus manos ennegrecidas por ese polvillo que desprendía el plomo, y que quizás fue el determinante de su enfermedad final…
Ahora una imprenta la componen un par de computadoras, y las impresoras ya no son aquellos viejos adefesios de hierro que había que operar manualmente. Hoy apretando una tecla la magia de la automatización arrojará en papel el trabajo que enviamos a imprimir. Así de simple.
Hubo muchísimas labores que cambiaron, o se evaporaron a partir de la informática o la sistematización. Se acabaron infinidad de oficios.
Me pregunto: ¿aún existe el herrero, a la vieja usanza?; ¿o el afilador?, ese que recorría las calles en bicicleta mientras hacía notar su presencia con un chifle, pequeño aparato que emitía un sonido muy particular.
¿Y el colchonero? ¿Se acuerdan del colchonero? Recuerdo que cada tanto llegaba a casa un señor -de apellido Díaz- con una "máquina" que era un banco largo, con una suerte de garfios que iban y venían para escardar la lana de los viejos colchones. Así se la preparaba para, utilizando el "cotín" -gruesa tela especial- hacer el nuevo colchón. Claro, hoy todo se compra hecho -y en doce cuotas- y los colchones de lana no existen más.
Otro personaje emblemático era el barbero. En épocas remotas, cuando no existía el dentista por ejemplo, no sólo hacía pelo y barba a sus clientes, sino que además y si era necesario les extraía una muela. El tiempo los transformó en peluqueros -alguna vez también amagaron desaparecer-, o coiffeur cuando se le pretende dar más categoría, al menos desde su definición en palabras.

El arte de vestir bien.
Muchas cosas cambiaron, claro que sí. Hace algunos días el abogado -hoy juez, Héctor "Chango" Fazzini- me comentó que había un señor que era "un maestro. Nada más ni nada menos que el último sastre", lo promocionó para que lo entrevistara para esta columna. Y no pareció mala la idea.
"Si a un campesino le das una espada, seguirá siendo un campesino, pero si primero le das un gran uniforme, ya es un soldado". Esa frase se la atribuyen a Napoleón Bonaparte, y de alguna manera resume la importancia del vestir, y quizás de la forma de presentarse y ser considerado… no quiere decir que quien tenga un buen uniforme será buen soldado, pero quizás sea un buen punto de partida.

De los Beltramino de Castex.
Encontré a Alcides Víctor Beltramino (81) en su domicilio de Paul Harris y Florida. El saludo amable, la presentación de Josefina Martínez, su esposa, y conocí que vivieron mucho tiempo en Eduardo Castex. Me dijeron que conocían de allí a los Luna, y Josefina me sorprende contando que llegó a ser "muy amiga de Evelia", quien fue -lo será siempre- mi mamá, también castense.
Tres hijas tiene el matrimonio, Susana, Mónica y Fabiana, que a su vez les dieron siete nietos, Marcos (32) Maximiliano (31), Alesio (30); Emanuel (30), Ian (24), Iara (22), Antonio (10). La mayor de las hijas está casada con el presidente del Club Belgrano, Horacio Rosales.
Con cierto pudor el hombre va contando su historia, apoyado en la buena memoria de su esposa: "Llegamos a Castex de la zona de Embajador Martini cuando yo tenía 10 años. Mi papá José trabajaba en el campo, y mi mamá Pierina era modista. Tuve dos hermanos, Domingo, que fue conocido músico, y Otilia, también modista".

El sastre y el músico.
"Hice la primaria en Castex, y enseguida empecé en lo de Loretti, que era sastre de escuela, el mejor… Después pasé a la fábrica de Bottino, que tenía 15 costureras en su local, pero además contrataba a otras modistas de Castex y hacía ropa para Buenos Aires, para tiendas que eran famosas como Harrods, Gath y Chaves e Iberia. Trabajamos años allí, pero un día levantaron la fábrica y se fueron a Lincoln". Allí, en la Tienda Bottino, se habrían de conocer Alcides y Josefina, y desde entonces están juntos.
Para ese tiempo Alcides había empezado con la música. "Mi hermano Domingo tocaba el acordeón y su hija el piano, y tenía una orquesta que animaba bailes populares… Yo tocaba el contrabajo y la batería, y nos presentábamos por los pueblos, hacíamos los bailes de las cooperadoras de los campos… el cantor era El Negro Cufré, padre de Panchi (refiere al periodista de Canal 3). Anduvimos mucho y nos permitía hacer una diferencia, porque hasta pude comprar la estanciera con la que después se trasladaba la orquesta. Ese fue mi primer auto", sonríe. Fueron casi 30 años de andar los caminos, de pueblo en pueblo con la música de la orquesta de Beltramino.

Llegada a Santa Rosa.
Y sigue: "Cuando la fábrica se fue de Castex pusimos sastrería en casa, y estuvimos 10 años, en la calle 25 de Mayo, atrás de la municipalidad. Ahí fuimos vecinos de los Hernández. Mucho más tarde, ya en Santa Rosa, nos reencontramos con Nenuca", propietaria de una conocida tienda con ese nombre en Villa del Busto, "y con su hermano Antonino", integrantes de aquella familia castense. "Cuando nos vinimos fue porque al pueblo llegaron Suixtil y Ñaró y mermó mucho el trabajo, y eso nos decidió", explica.
Luego Alcides ingresó a trabajar en la Colonia Penal, siempre con su oficio de sastre. "Estuve hasta 1988, cuando me retiré, y después seguí en forma particular, aquí mismo, en casa", señala el lugar donde tiene instalada la sastrería. Él confeccionaba trajes, y Josefina complementaba como "pantalonera".
Afirman que no se consiguen jóvenes que quieran aprender. "Una vez vino un pibe y atrás el padre preguntando cuánto iba a ganar… Pero antes de eso hay que aprender un oficio", reflexiona.
Últimamente Alcides tiene computadora y se está animando a lo nuevo; aunque le han regalado no hace mucho también una batería… "Por ahora está más con la compu que con la batería", lo vende Josefina.

El traje a medida es único,
¿Cuántos trajes, pantalón, saco y chaleco habrá confeccionado? "Deben haber sido miles, pero ahora me dedico nada más que a arreglos. De vez en cuando viene algún cliente para que les haga el traje pero no, ya no".
Habla sobre la diferencia entre los trajes que se producen en serie y lo que son a medida. "En este caso se trabaja en función del cuerpo de la persona, si es más o menos alto, si tiene un hombro caído, lo que sea, y se disimula algún desperfecto. Además se ponen entretelas, y puedo asegurar que un traje de esos uno se cansa de llevarlo a la tintorería. Cuesta mucha plata un traje a medida… lo de confección es más rápido, pero te puede durar un año y nada más", revela.
Café de por medio dice ser "un hombre tranquilo, feliz de la vida en Santa Rosa y de lo que me ha tocado. Tenemos una familia unida, nos llevamos muy bien con los consuegros, y en cada fiesta no somos menos de treinta", cuenta.
Me voy, y me acuerdo: "Y el último organito, se perderá en la nada/ y el alma del suburbio se quedará sin voz". Homero Manzi hablaba así de la presencia en las calles porteñas de los organilleros, que brindaban música con una victrola a manivela… Sí, también desaparecieron hace mucho tiempo… Pensando que a Don Alcides tanto le gusta el tango, podría pensarse en paralelo que también él es el último, o al menos en su oficio,, uno de los últimos que van quedando…

Los inicios de los trajes.
Cuenta la historia que fue en el Siglo XV, durante el Renacimiento, que se pudieron ver los primeros trajes masculinos. Hasta ese momento la vestimenta era impersonal.
En Italia, luego en España, y más tarde en Francia, comenzó a advertirse preocupación por el ropaje, y fueron jóvenes ricos los que se empezaron a vestir mejor: con brocados hechos en terciopelos y satenes, con chaquetas que se ajustaban a la cintura, mientras también predominaban los encajes a modo de adornos.
Pero fue en Inglaterra, debido a la guerra civil que desembocó en la democracia, que se originó la sastrería inglesa, adoptándose un estilo más práctico y sobrio, de tonalidades oscuras. Y aparecieron en las vestimentas los sombreros de copa y también las levitas, que daban un cierto aire aristocrático. A propósito, el de sombrerero fue otro oficio que duró hasta por lo menos los años 50-60, y que hoy tampoco existe más.
Alcides Beltramino aprendió el arte del sastre. Esto es crear prendas de vestir masculinas -traje, pantalón y chaleco-, "un trabajo artesanal y a medida", precisa por si hace falta.
Hoy, en la etapa del retiro, entero en sus casi 82, junto a su compañera de toda la vida, sigue despuntando el vicio, "haciendo algún que otro arreglo", bailando algún tanguito entre costura y costura, y gozando de una vida feliz "con una familia hermosa".
Es un hombre amable Beltramino, y no quiere desaprovechar la oportunidad "para saludar a todos los que han sido mis clientes en tantos años… casi todos se hicieron hacer sus trajes y volvieron, así que parece que mi trabajo los conformó", se ríe en el final.

Amantes del tango.
Alcides y Josefina comparten también su pasión por la música. "Ganamos más de un concurso bailando tangos", se ufana ella. Cuentan que hasta hace un año iban a los bailes "pero ya las tabas no responden como antes" -admite Alcides-. SÍ, me gusta mucho, y sobre todo el tango, aunque no le escapo a bailar suelto…", se ríe con ganas. Es Josefina la que, más dispuesta a contar algunas intimidades, revela un dato: "A veces estamos trabajando, a lo mejor uno cosiendo, y el otro cortando una tela, y suena un tango en la radio y ahí nomás largamos todo: sí, nos bailamos un tanguito", confiesa divertida.