El hombre que compartió dos artes

MARIO VEGA – Pocas personas deben tener tantas noches vividas como Pocho Roldán. Es que tanto por su condición de músico, como por su oficio de tipógrafo y trabajador en distintos diarios la noche fue su hábitat.
La noche tiene, se dice, misterios insondables, y es cierto que pareciera encerrar algo profundo y desconocido. El acontecer nocturnal propicia muchas veces las madrugadas largas que suelen conectar con la poesía y con la música; con el andar casi despreocupado por el día que vendrá.
Andar las calles de la ciudad transforma a los hombres -y a los poetas, al decir de Bustriazo-, en nochernícolas, en individuos que beben de una vida de bohemia.
Obviamente no a todos les sucede, pero a veces hay quienes no encuentran los límites y llegan a una situación de desborde que los hace despreocuparse porque, después de la noche, viene el día. "Siempre le tuve respeto a la noche", dirá este hombre que, junto a su esposa, conversa animadamente conmigo.
Si menciono a Remigio Alberto pocos prestarán atención, pero si hablo de Pocho Roldán habrá muchos que sabrán de quién se trata.
Debo decir que tengo por este hombre un afecto especial, porque refiere a los mejores recuerdos de la infancia, cuando para mí era "Roldán de La Capital". ¿Qué cómo es eso? Pocho trabajó mucho tiempo en el diario del mismo nombre, y para mí, cuando llegaba a mi casa era "Roldán de La Capital".

Musiquero e imprentero.
Yo era un chiquilín apenas cuando él trabajaba junto a mi padre en la vieja Imprenta Labor -ubicada en calle 9 de Julio, al lado del Bar Quiroga-, y más tarde cuando papá se instaló con su taller tipográfico en lo que siempre fue mi casa, "del otro lado de la vía", en la calle Jujuy.
Pocho Roldán (77) es de esa especie de hombres que, sin saberlo, sin proponérselo, son testigos y protagonistas de una época que pasó, y que nunca volverá.
Porque es el arquetipo de esa gente que sí sabía de la nocturnidad, por su doble condición de noctámbulo obligado por dos profesiones en las que, la noche era la esencia: la de músico y la de trabajador gráfico de un diario.
Él, como tantos otros, son de esa clase de personas cuyas existencias Hamlet Lima Quintana definía como nadie en un par de versos: "Que no te falte tiempo/para comer con los amigos/partir el pan,/reconocerse en las miradas./ Deseo que la noche/ se te transforme en música/ y la mesa en un largo/sonido de campanas". Porque así vivían, y tipos como Pocho hicieron de la noche, la música y el trabajo un compendio que se resumía en códigos y amigos que compartían ese modo de existir.
A veces escucho por allí que los códigos no existen, que tendrían que ver con las mafias o con cuestiones oscuras, que están perimidos. Y creo que no es así. Los códigos tienen que ver con la palabra -que vale para alguna gente más que un documento-, con la lealtad a una idea, con valores. ¿Los del barrio? Sí, los que aprendimos, hace tiempo y allá lejos, en el barrio… claro que sí.

Pocho y la familia.
El pelo revuelto y ahora nevado -igual pero distinto al del Roldán de La Capital-, la misma fisonomía del flaco de sus años mozos, y alguna que otra marca que la vida nos va dibujando cada tanto en nuestros rostros. Pero bien… muy bien.
Va desgranando recuerdos, mientras su esposa Ester Dagnino apuntala un relato que se hace fácil y atractivo para el que escucha.
Nacido en Anguil, Pocho es el penúltimo de nueve hermanos que tuvieron don Remigio y doña Aurora Ramos. Algunos han fallecido, y los mellizos Cachi -obviamente también imprentero, ya jubilado de Casa de Gobierno-, y El Negro (Juan Ramón), viviendo en Barcelona hace muchos años, comparten con Pocho la pasión por la música.
Tiene cuatro hijos Pocho. Dos de su primer matrimonio, Marcela y Mariana; y Juan Alberto y Silvina; y sus nietos son Juan Manuel (21), Karen (19) y Emilia (8).

Siempre arte.
Pocho va contando: "Hice primaria en el ‘liceo’ de Anguil’, bromea, y cuando yo tenía 14 años nos vinimos a Santa Rosa porque el viejo empezó a trabajar en la construcción de la Escuela Hogar. ¿La música? En Anguil vivíamos frente a un piringundín, donde todas las noches se escuchaba música, así que nosotros chochos porque te imaginás que ni radio teníamos".
Pero reconoce otro antecedente: "Un día cayó Leoncio Ramos, que es hermano de mi mamá, y cantó en la cancha de pelota a paleta… ensayó en casa y a la noche lo fuimos a ver, así que casi que allí empezamos con la música".
Pero antes que la música estuvo el trabajo de imprentero: "tipógrafo sobre todo, pero también aprendí a trabajar en la impresión, tanto en la plana como en la minerva… el oficio completo. Empecé en el diario La Capital de don Raúl Márquez y doña Ofelia Gazzia, y después fui aprendiendo de todo un poco… y en eso también hay arte, eh!", advierte.
Fue hasta que le tocó el servicio militar, casi dos años en Chubut, y a la vuelta habría de dejar ese trabajo en manos del "Toro" Jaime, otro personaje de las imprentas de aquellos tiempos.

El ‘loco’ de la guitarra.
Empezó a frecuentar a musiqueros de la talla de Paulino Ortellado, Alberto González yTerencio Fernández, y queriendo perfeccionarse. "Intentaba robarle algunos tonos a Paulino, y a los otros guitarreros, y me encerraba hasta que los sacaba". La música lo habría de atrapar de allí y para siempre.
Obviamente formó un trío y fueron Los Hermanos Roldán con Cachi y el Negro, e iban a hacer desde folklore, pasando por melódico, y tango y jazz. Después estuvo en Los Chasquis, con Oscar y Mecha Tubán; en Los Ranquelinos, En el Grupo Ensamble; y tocó con Ernesto Del Viso, Laura Paturlane y el Changui Acosta.
Participó de la orquesta Splendid de General Pico, con Abel San Martín, Carlos Tomaselli y Juan Carlos Corso. En Eduardo Castex tuvo una anécdota graciosa. "Me había comprado una moto y me iba a vivir a Córdoba, así que agarré la 35 a fondo. Alguien llamó a un amigo porque necesitaba un músico y aquel le dijo que iba un ‘loco’ por la ruta con una guitarra. Don Domingo Beltramino me esperó en la estación de servicio, me habló y me dijo que me necesitaba porque esa semana era la Fiesta del Trigo. Me quedé para la fiesta y tres años más…", ríe a carcajadas.

Tocar con todos.
Roldán obviamente también tocó con José y Juan Cambareri; y con Héctor Berardi. Integró Gotán Trío con Domingo y Jorge Riela; y el Trío Tango con Cueto y Mario Sáenz. Hugo Baudino, Facundo Santajuliana y Caito Cafardo también merecieron una mención de Pocho, porque compartió escenario con ellos.
Pero no sólo eso, porque con su guitarra acompañó a "celebridades" como Enrique Dumas, Jorge Sobral, Jorge Valdez, Ricardo Marín, Claudio Aguayo y Pablo Martín.
Pocho dice que en esa época a la que hizo referencia en Castex, llegaron a hacer de 12 a 15 baile por mes, y que siempre ganó muy bien.
Resulta ineludible una referencia a Los Violentos. Pocho, Julio Braile, Horacio Mansilla, y Lito Sepúlveda compusieron la primera versión del grupo. "Nos vestíamos con pollóveres rojos, pantalones negros y hacíamos temas de Los Beatles, Elvis, Los Iracundos y otros para bailar. Tocábamos en una confitería frente al Banco Pampa, pero era tanta la cantidad de público que se empezó a rajar el piso (que era el techo de un local abajo), y nos fuimos al club Santa Rosa. A los bailes, que se hacían en la cancha de básquet, iban multitudes", rememora.
Los Violentos devendrían en Grupo 04; en tanto Pocho se unió a "Piojo" Domato, Jorge Sánchez, y Pinky Pumilla, y cantaba Bocha Campos . Después Pocho habría de recrear dos conjuntos más como Los Violentos, en uno de los cuales iba a empezar a cantar El Conejo Roldán.

El imprentero.
Trabajó de tipógrafo en todos los diarios: LA ARENA, La Capital, Pampa y "armaba Germinal". Y en imprentas pasó por varias, y además en el diario Zona Norte, en General Pico. Un tiempo fue tipógrafo en Córdoba, "donde por las noches vagueaba y hacía música".
Desde hace 20 años tiene una imprenta en el centro de la ciudad, "pero no es lo mismo", revela. Es que acostumbrado al antiguo oficio de parar letra por letra, y al olor a tinta de las impresoras, este proceso moderno, casi aséptico del offset y las computadoras, se le ocurre muy distinto. Comparte el trabajo con Ester, su compañera. "Siempre estamos juntos… y te digo algo: hubiese querido haberla encontrado mucho antes… pero está conmigo en todos los momentos", la halaga y recibe la caricia cómplice de Ester.
Por estos días Pocho toca cada día su guitarra, y comparte esos instantes. Como con Carlos Ferrari -trabajador de este diario-, a quien define como "un gran guitarrero… y un amigo".
Se lo ve feliz, pleno, como el hombre que ha logrado en la vida hacer y vivir de lo que hace: "Sí, la música y la imprenta". ¿Una extraña conjunción? Quizás, o no tanto, según como se vea.
Pocho es un hombre que vivió en la noche, y salió indemne, aunque no parezca fácil. Y deja una reflexión final: "Será porque siempre la respeté, porque consideré que no es más vivo ni
más piola el que anda de noche… Me tocó eso y creo que supe vivirla. Nada más…".

Despedidos sólo por la mañana.
Hoy las cosas han cambiado tanto que quienes trabajan en el oficio no pueden dimensionar lo que era aquello. La tecnología, la computación, hiieron que el viejo arte de tipógrafo sea hoy sólo un recuerdo. Antes los diarios se armaban letra por letra -parando en un "componedor" una al lado de la otra para formar frases y palabras-, las que iban tomando la forma de la página en una especie de marco de metal. Los diarios se imprimían en las viejas máquinas "planas" muy de madrugada -porque se terminaba de redactar y armar las páginas muy tarde, aunque un poco más acá en el tiempo la linotipo apuró bastante el trámite-, y los canillitas de LA ARENA sabían que con suerte se podían llevar los ejemplares a las 4 ó 5 de la mañana.
Pero a veces pasaban cosas. Pocho Roldán y el Vasco Arrué (viejo linotipista) estaban terminando el trabajo de taller, y cuando trasladaban la página armada hasta la impresora la "forma" se desarmó y cayó… letras diseminadas por el piso eran, a esa hora, una catástrofe.
Poco antes Pocho y el Vasco habían coincidido en que irían al baile del Club San Martín, que "se ponía buenísimo". Cuando el "accidente" ocurrió se miraron y no sabían si llorar… o irse al baile. Se pusieron el abrigo y se fueron al baile… "qué ibamos a hacer solos y a esa hora…", reflexiona Roldán ahora.
"Nos fuimos al baile, y por supuesto nos echaron a los dos", se ríe. ¿Y qué pasó? "A la tarde nos fueron a buscar porque nadie hacía nuestro trabajo, y volvimos como si nada. Eran otros tiempos". Sí, impensado que eso pueda suceder hoy. Imposible.

Las pilchas de Bairoletto.
El padre de los Roldán, don Remigio, supo conocer a Juan Bautista Bairoletto. Un día, al salir de la cárcel, Bairoletto fue hasta la casa de los Roldán y les dejó sus pertenencias: alguna ropa, un colchón y mantas. Volvería a Castex derecho a buscar al Turco Farach, el policía que lo había humillado, para matarlo; y empezar su vida de errante bandido de las pampas.
A la vuelta de los años Pocho Roldán aceptó participar de una obra que dirigía Felicitas Bonavitta -hoy periodista de Radio Noticias- que se llamó "El último bandido romántico". Allí no sólo ejecutó su viola sino que, además, cantó.