“El Profe” siempre tiene una mano tendida

Mario Vega – Hay personas inquietas, a las que pareciera nunca les alcanza. Cuando algo se les pone en la cabeza no paran hasta concretarlo, y así es Erik Winckelmann. Profe, músico, y cultor de todos los deportes.
El look, su indumentaria, su aspecto físico, su fisonomía general, me atrevería a decir casi no han cambiado a través de tantos años… El cabello rubión, la barba que me parece usa desde que iba a la primaria -¡claro, por supuesto, no es para tanto!-, la remera, el pantalón corto y las eternas zapatillas que pocas veces cambiará por un par de mocasines.
Alto, espigado, la imagen del deportista sempiterno, Erik Winckelmann (53) (al Erik hay que sumarle el Guillermo que pocos conocen), es a su manera, con sus cosas, un personaje de la ciudad. Nunca pretenderá serlo, porque no es grandilocuente, ni en sus gestos, ni en sus palabras…
Aspecto de nórdico europeo -no por nada su abuelo Erick Frodde Alexander Winckelmann era nacido en Dinamarca-, es desde hace años uno de los más reconocidos profesores de Educación Física de la ciudad.
Propietario de un gimnasio -antes tuvo uno que llamó La Palestra-, no sólo atiende en ese espacio a los particulares que concurren masivamente para hacer "un poco de actividad", sino que los deportistas más conspicuos de la provincia encuentran en el lugar el ambiente adecuado, para prepararse para alguna competencia importante, cuando no para completar su tarea final de rehabilitación de alguna lesión. Esos momentos en que resulta necesario fortalecer los músculos, o lograr el movimiento perdido por la inactividad.
Obviamente el gimnasio -ubicado en calle Lagos, donde funciona La Bancaria- tiene un objetivo comercial; pero también contempla un aspecto social. Porque, ya se verá, Erik y su gente asisten no sólo a los santarroseños que quieren "estar bien", sino que los deportistas más encumbrados van a encontrar su mejor condición física. Y también hubo acciones que surgieron n el gimnasio, como los grupos de baile (fue reducto de un grupo de salsa, y allí bailaban muchos amantes de esa danza)… o la música: "Contragolpe" es un grupo folklórico que nació en el gimnasio, y del que Erik participa tocando el charango (¡¡¡) y poniendo su voz.
Pero muchas iniciativas surgen de charlas entre máquinas, pesas y mancuernas. Algunas toman forma y dan paso a un costado que tiene que ver con la solidaridad -y esto no lo contará Erik-, porque el profe es un tipo sensible, aunque pueda parecer imperturbable, casi hierático, quizás por aquel aspecto escandinavo del que hablábamos al principio.

Familia, los estudios.
Hijo de Erick, profesor de yoga -y quien obvio ha sido una referencia constante de su vida-, y de Elisa Arce (viviendo en Buenos Aires); tiene una hermana, Marcela, traductora de inglés.
El profesor cuenta con dos matrimonios-divorcios y cuatro hijos: Erik Gabriel, Ian, Ana Sofía y Camila, cuyas edades oscilan entre los 30 del mayor, y los 17 de la menor. Desde hace un tiempo una compañera de este diario (Ana Karina) comparte con él una relación que los hace felices. Y eso no es poco… ¡Qué va!
Vivió su niñez y adolescencia en pleno centro, donde todavía lo hace su padre; y hoy en una quinta -detrás de la planta de Radio Nacional-, que fuera parte de la casa de su abuelo.
Primaria en la Escuela 2, secundaria en el Normal, y Educación Física en el "Romero Brest" de Buenos Aires. Un test vocacional zanjó sus dudas sobre qué carrera seguir: "Estaba por hacer oceanografía o educación física, y cuando para aquello me dijeron que tenía que dominar el inglés sí o sí no quedaron alternativas", contó.
En verdad, quien lo conocía no tenía demasiadas incertidumbres de que iba a ser profe, porque el deporte ha sido su vida desde siempre. No hubo, de los que se practicaban por aquí, alguno que le fuera ajeno; y a otros, los que no afrontó desde lo competitivo, los conocería en detalle después, ya en su condición de entrenador.

Siempre en los clubes.
"Nos criamos en los clubes, en Estudiantes, en All Boys, pero también en la estancia La Malvina, donde funcionaba el Club de Equitación y nos quedábamos horas". Porque miren que se iba a perder subirse a un caballo y saltar vallas… "Siempre me gustó la vida en naturaleza, y por otra parte podría decir que el vóley estuvo siempre presente", en el club Estudiantes, o en All Boys, con el Jeta Gavazza como instructor y después con el inefable Foca Haedo, venido desde Colonia Barón después; y además con Pachi Di Liscia. "En Buenos Aires jugué, mientras estudiaba, cuatro años en Sociedad Hebraica".
Cuando regresó a Santa Rosa la actividad se había disgregado, "había gente de vóley suelta, y trabajé en escuelas y en la formación en All Boys". Erik no dejó nada por hacer: natación, competencias de montan bike, tenis de mesa, carreras de aventura, wind surf, kayac… y ahora arquería.

Los profes que lo marcaron.
En ciclismo entrenó a las órdenes de otro "enfermo" del entrenamiento y la disciplina: Omar Lastiri. "Él y el Jeta Gavazza fueron los profes que me marcaron, y con Omar participé con su equipo de ‘Tiempo Libre’, en un equipo en el que también estaban Juanjo Bessi, Daniel Vaquer y Germán Schneider", indica.
Lastiri era un obsesivo de la preparación y de evitar cualquier sustancia que pudiera "incidir" en el rendimiento. Sacaba pecho diciendo que sus corredores sólo tomaban agua, cuando muchos apelaban a un nocivo "ayudín".
"La dedicación, el conocimiento, hacían de Omar (Lastiri) uno de los mejores profesores que ha tenido el país. Extremadamente capaz", lo elogia. Erik señala que sus salidas, aún de adolescente, eran "más que nada vinculadas al deporte: "En alguna época un poco a New Star", de moda por entonces, aunque reconoce que nunca fue "muy bolichero".
En Buenos Aires le tocó la época "dura del Proceso, entre el 80 y el 84… El régimen en el instituto era muy estricto hasta el 83, y desde ahí cambió todo: de tener que andar afeitado al ras hasta cuando los profes empezaron a llegar con barba, y los alumnos de ojotas y malla haiwana… de un extremo a otro", sonríe.

El entrenador.
Practicó una amplia gama de deportes, y los que no lo tuvieron como entrenador. "No jugué fútbol, pero entrené físicamente en dos períodos a All Boys, a Belgrano cuando jugó el Argentino A con Tito Mansilla de técnico -un fenómeno Tito", alaba-; y también estuve en Anguil con Fabio Morales y después el mismo Mansilla. Y además en Castex con Julio Pérez".
Se sabe que Winckelmann es uno de los mejores entrenadores de la zona y, también, no se desconoce su generosidad. No fueron pocas las veces en que -teniendo a cargo planteles importantes de distintas disciplinas-, no cobró un peso. "A lo mejor ha sido la manera de pagarle al deporte todo lo que me dio", agradece encima…
Así anduvo con boxeo, aunque hay reticencia manifiesta de los manager a que sus pupilos sean asistidos por un profe. "Trabajé con Hugo Marinangelis, con Nito Blatter, Gustavo Campanino, Alberto Holzman, Purreta, los Balquinta, un poco Wilfredo Vílchez… pero lo que veo es que el boxeo está muy desorganizado, como hace 30 años", juzga.
Tuvo a cargo planteles de sóftbol, de rugby, maratonistas, jugadores de paddle y squash… "Me gustan los que tienen compromiso con el deporte… en fútbol, por ejemplo, había jugadores que por allí se pensaba no trabajaban, y tenés el caso de ‘Callejero’ Erro, que era peleador, discutidor, y con nosotros se mataba; igual que ‘Cococho" Rodríguez, un señor; o Yoyi Paghouapé. Todos incondicionales con el trabajo, aunque también hubo alguno que no le gustó entrenar y se ocupó de que me vaya", juega con mi imaginación. Y la verdad, acerté con ese jugador.
Y completa Erik: "He sufrido mucho desde el ring side en el boxeo, y una vez en una definición de All Boys por penales me agarró un espasmo abdonimal… en esos momentos a los deportistas los siento como si fueran mis hijos", señala.

El gimnasio.
Hace poco se desvinculó del colegio de la UNLPam, pero tiene decidido seguir en las escuelas; en tanto atiende su gimnasio. El primero que tuvo, en 1992, se llamó La Palestra, en el pasaje San Lorenzo… "Era un lugar hermoso, e iba muchísima gente: teníamos una pared preparada para escalar, sauna, y hasta hacíamos muestras artísticas", rememora. Al final no le fue bien, porque tenía una cancha de squash, y un vecino molesto le hizo juicio porque le molestaba el golpe de la pelotita contra el frontón. El profe perdió la demanda, pagó y dejó el lugar.
Ahora está donde se ubica la Asociación Bancaria, y el gimnasio es, además de un sitio donde se va a conseguir una mejor condición física, un espacio de esparcimiento, donde la cuestión social, las conversaciones largas, las amistades que se van generando, conforman una familia.

Calmo, pero obcecado.
Es calmo, pero colegas y personas que lo han conocido en la diversidad de actividades que hizo, y hace, cuentan que es "de lo más obcecado. Si se propone algo no para hasta conseguirlo; tiene una energía especial".
El profesor dice que está en "un buen momento", con ganas de seguir con lo que le gusta, con el montañismo -llevaba grupos y fue guía en el Lanín por 20 años- en los más diversos sitios del país, y del mundo, porque anduvo por Sudamérica, África, e hizo tracking en el Himalaya. Admite que el Aconcagua le ganó la pulseada: "Es una cuestión biológica, y tres veces no llegué; me cuesta la adaptación porque es un clima muy seco", explica.

Lo que viene.
Erik por estos tiempos disfruta de su trabajo, de la música, con el grupo folklórico, que se llama "Contragolpe". ¿Por qué? "Empecé con un ‘cajón peruano’ y mis compañeros decían que yo siempre metía el golpe donde no iba. Tocamos en peñas, o donde nos inviten, y en una oportunidad fuimos teloneros de ‘Los Nocheros’. Estamos embalados y tomamos clases con el Salteño y Lucía Wiggenhauser", dice entusiasmado.
Hace poco uno de sus hijos le preguntó qué le quedaba pendiente. "Y me parece que, en ese sentido, lo que viene es tratar de crecer en cuanto a vida espiritual. En nuestro paso como seres humanos tenemos algunas misiones, como aumentar nuestro nivel de conciencia, hacer cosas por los demás… y tratar de ser felices, claro". En eso está.

Anécdotas para todos los gustos.
En su largo camino de deportista y entrenador Erik tiene cientos de anécdotas. Algunas historias que obligan a ponerse serios; otras dan lugar a una sonrisa…
Menciona un suceso al pie del Aconcagua. "Si pasa algo en la montaña, salvo los argentinos, o los españoles, nadie te ayuda. Te podés estar muriendo que siguen de largo… Esa vez un salteño estaba muy mal y ayudamos a rescatarlo, pero murió mientras lo bajábamos… Fue duro y me hizo preguntarme muchas cosas; y fue tan fuerte que a muchos años de esa experiencia seguimos yendo a Salta a visitar gente que conocimos esa vez".
Y otra: Practicaba equitación en La Malvina, y sus amigos advirtieron que el techo de la casona tenía un agujero: "Los vi y los seguí. Ellos ya habían entrado, así que me asomé y estaba oscuro… me colgué y siguiendo sus indicaciones quise pisar un travesaño del techo, y le erré. El cielorraso era de cartón y caí parado 8 metros para abajo… Aún hoy tengo secuelas en la espalda de ese golpazo. Me pude haber matado".
Y cuenta otra, graciosa. "En una travesía junto a un amigo, en el Amazonas peruano, parábamos en una aldea de jíbaros culturalizados. En ese tiempo el gobierno de Perú había difundido el voley, y nos desafiaron: teníamos re-poca plata, pero éramos jugadores de vóley nos dijimos: los matamos. Pusimos las últimas chirolas, nos prestaron algunos jugadores (los peores que tenían, por supuesto), y ¡nos ganaron! Estuvimos tres días sin comer, deshidratados porque no teníamos ni agua mineral… sólo el ticket de los pasajes, y nos vinimos. Por eso digo: nunca hay que subestimar a nadie".