Es justo no olvidar a los hacedores

Mario Vega – Hay personas que, tal vez sin proponérselo, sin imaginarlo, se han ganado un espacio importante dentro de la sociedad, aunque a veces el paso del tiempo va tornando injusta la falta de reconocimiento.
Hay gente que supo ser trascendente en el ámbito en que desarrolló sus actividades, pero con el advenimiento de nuevas generaciones pasan a ser olvidados; son relegados en la memoria hasta que van quedando en una nebulosa y cada vez se los recuerda menos.
Es triste, pero así es la vida. ¿Que nos pasará a todos? Seguramente, y el día que no estemos sólo permaneceremos en la mente de nuestros más cercanos afectos.
Porque las personalidades se van diluyendo en presencias vaga, en reminiscencias que no alcanzan a identificar en toda su dimensión lo que alguien pudo hacer como más o menos trascendente. Sólo unos pocos conseguirán el carácter de ilustres y serán recordados para siempre.
En lo lugareño podría señalar a personas que, tal vez, han sido significativos en un momento de la vida de nuestras ciudades. Algunos considerados para que una calle, o un edificio, o tal vez un estadio, o una tribuna en un estadio, lleven sus nombres… Pero lentamente el paso del tiempo irá haciendo más borrosa su obra, o sus actividades, en beneficio de un sector determinado de la sociedad.
Alguien ha dicho que el olvido es una segunda muerte… quizás tenía razón.

Aquellos hombres.
Pensándolo un poco, y mirando en derredor, rememoro a algunos que pasaron por LA ARENA y dejaron huella: el entrañable “Gringo” Maraschini, León Nicanoff, “Lito” Maldonado, Raulito D’Atri, Don Julio Álvarez Muriondo (“La noticia y la copla”), Jorge Roth… y tantos. Hoy la Redacción está mayormente ocupada por jóvenes periodistas, armadores y diagramadores, y estoy seguro que la gran mayoría no tiene idea de quienes fueron aquellos queridos personajes. Y así es en todos los ámbitos.
Me pregunto cuántos saben quién fue Tomás M. González, nombre con el que se designó el estadio municipal (cuando era La Cancha Centenario); o Mateo Calderón, que identifica la de Atlético Santa Rosa; o quien es el Baldomero González homenajeado porque así se identifica a una tribuna de All Boys.
Pero quienes recuerdan verdaderamente aquellas personalidades… Sólo algunos mayores, y poco más. Es triste, quizás injusto, pero así son las cosas.

Siempre hubo pioneros.
Siempre habrá -por suerte- destacados que merezcan un reconocimiento. Si se menciona a César Osvaldo Torretta (76), las nuevas generaciones del karate no saben de quién se trata y, como además no vive hace años en Santa Rosa, lánguidamente su presencia se va tornando evanescente.
Mi compañera de Redacción, Andrea D’Atri, que alguna vez fue su alumna, en estos días lo mencionó, y se produjo el contacto para esta nota.

La familia Torretta.
Nació en Salto, provincia de Buenos Aires. Está casado con María Estela Bechio, quien supo tener una peluquería en Santa Rosa. Tienen cuatro hijos: Alejandra (53), Adrián y Rubén (50, son mellizos), y Enrique “Pepe” (43). Ellos les dieron nueve nietos: Florencia (24), Joaquín (22), Sofía (19), Matías (22), Micaela (20), Victoria (19), Constanza (18), Clara (16) y Rafael (2).
César, vivió sus primeros años en un campo cercano a Gahan -una estación de trenes en el partido de Salto-, luego y hasta los 9 años en Capital Federal, y a partir de 1949 en Mar del Plata. Después del secundario trabajó en diversas empresas, hasta que en 1958 empezó en el Instituto de Servicios Sociales Bancarios, en el que estuvo hasta jubilarse.

Su llegada al karate.
Un traslado lo habría de depositar en Santa Rosa. Corría el mes de marzo de 1971.
Antes, en Mar del Plata, mientras andaba en moto por el campo de deportes (hoy es el estadio mundialista), conoció a María Estela que paseaba en bicicleta. “Muchos años, ya casados, anduvimos en moto juntos… y a veces voy a Santa Rosa sobre dos ruedas”, cuenta ahora.
Fue en el Centro de Educación Física nº 1 de Mar del Plata -aún funciona en el piso superior del Casino Central- donde empezó a aprender karate, a las órdenes del sensei Eduardo Maugeri. “Además, brevemente fui socio y practiqué tiro con Mauser en el Tiro Federal, e hice también algo de defensa personal”.
César se entusiasmó verdaderamente con el karate, y en sus maletas
puso el “karategui” (el traje conque se practica). Cuando llegó a Santa Rosa, lejos de decepcionarse porque la disciplina no se conocía, pidió permiso en el club All Boys, “para al menos seguir practicando, porque aquí no había ningún dojo”, recuerda.

Instado por Ismael Amit.
A los pocos días el presidente del club, Ismael Amit -ex gobernador-. le hizo saber que asociados “querían aprender…. Me negué rotundamente a enseñar, y le hice saber que era cinturón blanco (la graduación de un principiante) y mis conocimientos muy básicos; y además no tenía autorización para hacerlo. Pero a los pocos días el doctor Amit me volvió a citar e insistió: ‘Son unos pocos socios y seguro vendrán una o dos clases y luego no van a seguir’, me dijo. Por eso acepté hacerlo y con la condición que no cobraría un peso”.
Pero lo que pasó no era lo esperado: “En cada clase se incrementaba el número de interesados y eso me obligo a viajar a Mar del Plata o Buenos Aires para aprender… Hacía uso de licencia reducida en mi trabajo, o aprovechaba feriados largos para visitar a mis padres en Mar del Plata y de paso concurría también al dojo que estaba arriba del Casino; o me trasladaba a Miramar en un club donde también enseñaba Maugeri, mi maestro”, precisa.

Su trabajo.
Como al pasar cuenta algunos detalles de su lugar de trabajo: “Actúe como Gerente de Zona Sur y tenía a mi cargo Tierra del Fuego, Santa Cruz, Chubut, Río Negro, Neuquén, La Pampa y media provincia de Buenos Aires, y con sólo dos empleados y sin computadoras porque no existían: tres maquinas de escribir y tres de calcular. Controlábamos todas esa zona, y viajaba dos veces por año a cada una de las catorce sucursales y delegaciones, donde dejaba las instrucciones para corregir lo que fuera necesario”.

Aquellos alumnos.
César recuerda perfectamente a sus primeros alumnos: “Rolando Hussein, hoy director técnico del seleccionado de La Pampa, junto a quien es su esposa Isabel Albarez; Lorenzo Díaz, que después de mi traslado al Chaco continuó enseñando en el gimnasio municipal. Raúl y Balsovino Funes, dos hermanos que se destacaron; Roberto Varas, que fue el primer campeón pampeano en Kumite; y que se fue a Ushuaia donde enseñó”. Y sigue: “También aprendieron las hermanas Mirtha y Susana Leynecker, María Inés Porras que junto a su hermano Gustavo fueron muy fuertes y técnicos. El primer equipo del interior que gano un campeonato argentino, en 1977, estuvo integrado por Isabel Albarez, Myriam Neira y mi hija Alejandra. Mi hijo Yiyi obtuvo el subcampeonato en categoría niños que la fijaron hasta 15 años, y el otro mellizo Yoyo fue tercero, con 12 años; y Rolando entre los mayores en kumite fue tercero con sólo 15 años. Al lado de los que eran sus adversarios parecía pequeño, pero lo que ellos no sabían era su coraje y su empuje”, recuerda.
Aunque es difícil no quiere olvidarse de nadie, y aporta que “Jorge Furriol, junto a Nora Ticjky (falleció muy joven), y mis hijos Rubén y Adrián, fueron los primeros menores de 13 años en obtener el cinturón negro en el país”.

Karate en Agronomía.
Torreta ofreció en 1972 a la Facultad de Agronomía que docentes y alumnos “vinieran a aprender, y así comenzó un grupo entre los que se encontraban Gustavo Fernández Mendía (actualmente diputado nacional), Jorge Marro y Roberto Lissarrague”.
César tiene conceptos elogiosos para La Pampa. “Siempre hablo de la bondad, simpleza, honestidad y otros valores de su gente de La Pampa… Y sí, me considero un poco un hijo adoptivo de esa tierra”, acepta.
Señala que el karate en nuestra provincia nació “desde la nada”, y agradece “a LA ARENA, que un día tituló en tapa: ‘Karate en All Boys’. Me dio mucha vergüenza porque yo también era un principiante, y enseñaba porque casi me obligaron”, reflexiona.
Y también menciona a Juan Carlos Carassay y a Julio Heredia, que desde “Rodando en el deporte” contribuían con la difusión.
“Ahora no practico ni enseño… pero lo tengo presente al karate y algún golpe le pego a una bolsa que aún está en el lugar donde funcionaba el dojo”, confiesa Cesar.
En la hora del sosiego se dedica a escribir “algunas novelas, relatos, cuentos, que envío a mis amigos por internet… y sobre mi vida en el karate, pero no sé si algún día lo voy a terminar…”, se pone algo melancólico.
Sostiene César que “a todos nos gusta que alguien se acuerde de las cosas que uno trató de hacer más o menos bien. Pero han pasado 37 años desde que me fui de Santa Rosa, y seguramente muy pocos me recordaran… y otros ya no están”, resume.
Los que hacen años están en el karate lo tienen clara, pero muchos no saben quién fue Torreta. Y me pregunto si no será tiempo que las autoridades del deporte, los que saben de su trayectoria, le hagan el homenaje que merece. Quizás haya llegado ese momento.

“Un maestro afectuoso”.
Quienes tuvieron a Torretta como instructor resaltan sus valores. “Era exigente, muy recto, pero un maestro afectuoso, casi como un padre para nosotros”, asegura Isabel Albarez, quien llegó al gimnasio cuando tenía 12 años.
Rolando Hussein, su esposo, al que conoció en el karate, dice más o menos lo mismo: “Me iba a buscar a Toay, donde vivía, para hacer exhibiciones en el interior. A veces en su Fairlane, pero hasta supimos viajar en un camión”.
Y es César el que rememora: “Es verdad. Cuando no conseguíamos un micro de la Dirección de Deportes un camión de Elgea (fábrica de baterías de la familia Gambulli) nos trasladaba… Era un vehículo con un toldo, abierto atrás, y el viento, en los caminos sin asfalto, hacia que hubiera un permanente ingreso de tierra. Algunas veces, luego de haber concurrido a una localidad, nos pedían al poco tiempo que volviéramos… y allí íbamos, en cualquier cosa, pero volvíamos…”, evoca Torretta.
El viejo profesor no quiere olvidarse de nadie, y sigue aportando nombres de algunos alumnos que pasaron por sus manos. “Me gustaría que mencionen dentro de los notables de quienes practicaban a Oscar Uribe y a Darío Funes, quienes no sólo participaron en torneos pampeanos y nacionales, sino que concurrieron con aquella ‘troupé’ maravillosa de chicos a muchas localidades de la provincia, para realizar exhibiciones que pretendían difundir el karate.
Isabel y Rolando un día se casaron, y tuvieron a Federico, quizás nuestro mejor karateca desde hace años. “Claro, César marcó nuestras vidas”, sostienen ambos, no sin razón. Y vaya si los marcó. Claro que sí.