Espectáculo mundial en la cancha de Vélez

MARIO VEGA
Asistir a un entretenimiento tan especial como una pelea por un título del mundo no se da todos los días. Hace pocos días en Buenos Aires hubo un festival digno de Las Vegas u otro escenario parecido.
Hace exactamente un poquito más de una semana estuve cómodamente instalado en una cabina para periodistas del estadio “José Amalfitani”, en Liniers. Pude presenciar quizás el acontecimiento deportivo del año en nuestro país: Maravilla Martínez iba a defender su cinturón de campeón del mundo ante el inglés Martin Murray.
Y la verdad es que, en la soledad de esa cabina que inimaginablemente iba a ocupar durante toda la jornada tenía tiempo para todo. Para repasar y pensar, por ejemplo, que no son muchas las veces en que los periodistas del interior del país somos espectadores de acontecimientos de nivel mundial, aunque en tantos años de ejercer la profesión (o mejor dicho el oficio) nos han dado algunas oportunidades. En lo personal tuve ocasión, por ejemplo, de entrevistar algunos presidentes -o a quienes después ocuparían el máximo cargo de la Nación-, como Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Eduardo Duhalde, o ver de cerca a Cristina y Néstor Kirchner, entre otros muchos personajes de la política. O de estar mano a mano con el Premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, cuando visitó Santa Rosa: o departiendo con periodistas de la talla de Osvaldo Ardissone o el mismo y hoy amado y atacado Víctor Hugo Morales.
En cuanto a sucesos, recuerdo la cobertura del Congreso Nacional del PJ (creo que en 1985) donde estaban “todos” los pesos pesados del peronismo; y también algunas instancias deportivas de interés. El Mundialito de fútbol que se desarrolló en Uruguay -creo que era 1982-me dio la oportunidad de tener a mano a César Luis Menotti; pero sobre todo, y fundamentalmente, poder cruzar dos palabras con una figura mítica del universo futbolero: Obdulio Varela.

“Vamo, vamo la celeste…”.
Muchos deben saber quien fue, pero quizás los más jóvenes no sepan que se trata del “Negro Jefe”. El mismísimo capitán de la celeste que enmudeció el Maracaná en 1950, precisamente cuando el equipo brasileño conseguía su primer gol en la histórica final frente a Uruguay.
Cabe recordarlo: con sólo empatar la “verde amarelha” sería campeona del mundo por primera vez, y nada menos que en el monumental estadio de Río de Janeiro. “El Negro Jefe”, que Jaime Ross inmortalizó en algunas de sus canciones, ante el carnaval brasileño que había empezado el festejo, con toda calma tomó la pelota bajo el brazo, encaró al árbitro y le dedicó una amplia filípica. El estadio enmudeció. ¿Qué estaba sucediendo?, ¿acaso se anularía el gol?
Lo único que quería Obdulio Varela era acallar a la multitud, y por largos minutos lo consiguió. Lo que pasó después es conocido: Uruguay dio vuelta la historia y concretó el “maracanazo” golpeando profundamente al pueblo brasileño. En ese mundialito que me tocó cubrir en Montevideo, un día me llevaron hasta el barrio de Obdulio y el viejo caudillo me dedicó unos pocos minutos. Aunque amable dejó en claro que no quería hablar. Estaba enojado con el mundo, y ni siquiera tenía decido concurrir al estadio para ver a la celeste.
No hubo nota, pero ya no me importaba. Había estado por un instante ante la historia. Sí, porque El Negro Jefe era eso, un ícono, una leyenda.

Gran acontecimiento.
Los otros días, cuando a las cuatro y media de la tarde estaba ante la inminencia del ingreso sabía que asistiría a un acontecimiento mundial, y probablemente a un combate de boxeo de tal magnitud que quizás nunca más podría volver a ver “en vivo y en directo”.
La acreditación desde Santa Rosa había sido sencilla, y también la previa del pesaje el día anterior a la pelea en el Sheraton. Llegué el viernes temprano a Buenos Aires y sólo tuve que caminar un par de cuadras desde el micro que me dejó en Retiro. El auditorio del conocido hotel era chico para albergar a tantos cronistas, fotógrafos, camarógrafos e invitados especiales. La espera hasta que la ceremonia del pesaje se realizó fue larga, y el calor agobiante provocado por una presencia masiva y abigarrada sólo era atenuado por la atención de los mozos que alcanzaban sandiwch, canapés y bebidas a los presentes.
El pesaje pasó, y el único detalle un poco más cercano para los pampeanos estuvo en la presencia -fue el último en pasar por la balanza- de Sebastián Ceballos, el peso pesado que supo estar radicado en Santa Rosa y hoy está en Tucumán. La imagen impactante de su contrincante, Mogamed Abdusalamavok -más grande que una puerta y tallado en piedra- contrastaba con la figura regordeta y lejos de lo que uno imagina de un boxeador profesional: Ceballos pesó 120 kilos, y basta recordar que aquí, en Santa Rosa, entre nosotros estuvo en su mejor momento en 108. Demasiadas diferencias, me pareció.

Una fiesta.
Acostumbrado a festivales obviamente muchos más modestos igual uno no puede menos que hacer la comparación. Aquellas noches inolvidables de Fortín Roca cuando se vestía de fiesta quedaban empequeñecidas, y hasta veladas memorables del Luna Park a la que alguna vez asistimos no soportaban el parangón.
El estadio de Vélez era una fiesta. Eran las cuatro y media de la tarde cuando pudimos ingresar a la zona de Prensa, y por supuesto agradecimos la posibilidad de estar bajo techo. Instalados cómodamente en una cabina entre las radios Mitre y Rivadavia, pudimos departir en un espacio común donde estaba el catering, brevemente con colegas calificados como Ernesto Cherquis Biale (que entró como Pancho por su casa, sin mostrar credencial alguna); Horacio Pagani, Aldo Proietto, Carlos Irusta y Daniel Arcucci. A este lo hicimos acordar que habíamos charlado con él cuando vino a cubrir para El Gráfico la estadía de Maradona antes del mundial 94.
Desde la cabina la magnificencia del estadio velezano aparecía en todo su esplendor. El ring en el centro de la cancha de fútbol, una inmensa pantalla -de 15 metros de largo por 10 de alto- ubicada por encima del cuadrilátero; y el sector de tribunas que lentamente se iba cubriendo mientras el festival se desarrollaba. En el ring side se veían muchos claros, porque seguramente sólo les interesaba la presencia del campeón del mundo. Pero el fervor no decrecía, pese a la lluvia incesante

La espera.
En tanto iban pasando los combates -buenos en general, salvo la lamentable actuación de nuestro conocido Sebastián Ceballos, que pasó un verdadero papelón-, el fervor de la multitud iba creciendo. No había tiempo para aburrirse, porque todos sabíamos que estábamos ante un acontecimiento inédito, de esos que estamos acostumbrados a ver por televisión.
Sólo la inexplicable presencia de Horacio Cabak -¿qué hacía en el ring?- pretendiendo acortar la espera; y el ridículo agitar de Mariano Yúdica para “motivar” a la multitud resultó la nota discordante. El chauvinismo absurdo de Yúdica resultaba hasta molesto: “Porque Maravilla va a enfrentar al representante de… Inglaterra”, insistía como si algo tuviera que ver Murray con la guerra de Malvinas. Lo repitió muchas veces, y “el que no salta es un inglés” se gritó en algunos pasajes del espectáculo.
Allá arriba, en una platea especial, un grupo de no más de diez ingleses acompañantes del boxeador visitante eran asediados por un grupo de hinchas del local.

La emoción a pleno.
Cuando llegó el gran momento todo fue creciendo en emoción. Con el estadio ya colmado, el juego de luces le daba al coliseo un aspecto inigualable. Los fuegos artificiales surcaron el cielo de Liniers, y lentamente la fiesta alcanzaría su clímax. Gustavo Santaolalla y Bajo Fondo habrían de hacer una ejecución genial del Himno Nacional. Había que estar allí para sentir esa turbación indescriptible capaz de poner la piel de gallina al más pintado.
Luego los púgiles se fueron acercando al ring: primero el inglés, recibido con una estruendosa silbatina; y enseguida acompañado por René Pérez, de Calle 13, Sergio “Maravilla” Martínez.
“Ladys and gentleman… let’s get ready to rumble!”. La voz inconfundible de Michael Buffer, la voz del boxeo, disparó esa frase con al “e” alargada y la concurrencia supo que todo estaba listo. El famoso presentador de Las Vegas Le decía al mundo que Maravilla y Murray estaban listos para pelear.
Aunque esa iba a ser otra historia, claro está.

No hay dudas, ganó Maravilla.
En el gimnasio de Estudiantes estuvo en 2002 Martínez enfrentando al “Indio” Blanco. Llamaba la atención con su teñido cabello amarillo y un boxeo entre extraño y canchero. El quilmeño ganó ampliamente. No todos lo recuerdan.
El aguacero caía inclemente y el público -muchos compraron ring side y plateas a 5.000 y 3.500 pesos- permanecía estoico. En las tribunas, a más de 100 metros del ring, los que pagaron popular cantaban bajo la lluvia. A unos y a otros nada les importaba porque sabían que asistían a una tarde-noche memorable.
Cuando salí del estadio muchos se quejaban del fallo: “Ganó el inglés”, repetía más de uno. Debo decirlo, muchos de los que vieron la pelea no concurren habitualmente a ver boxeo; y acumulaban la bronca además de haberse mojado durante cinco horas. Fueron a ver el espectáculo que Maravilla dio en Las Vegas ante Chaves, y esta vez no fue así porque Martínez estaba menos preparado -quizás producto de las lesiones- y además se había convertido de la noche a la mañana en una estrella. Esa sobre exposición de Martínez, en algún sentido le jugó en contra; porque “el tu sabes” conque cierra cada frase ya molesta, porque la envidia de algunos colegas (léase Coggi, entre otros) le fueron sumando detractores. La ví, en directo y luego por televisión y no tengo dudas: ganó Maravilla. Esto es como cuando se dice “no fue penal”… Es cuando hay que responder: “estás equivocado. ¿Vés? lo están por patear. Fue penal”. Aquí es igual. Tres jueces extranjeros vieron ganador al campeón por tres puntos, y yo no tengo dudas que así fue. Sin discusión, ganó el campeón.

Se robaron el ring.
Enseguida de la pelea de Maravilla se pudo ver que muchos individuos subían al ring. Empezaron a sacar las sogas y a enrollarlas. Sí, se las estaban robando… Y también las publicidades de cada rincón, y hasta la lona. Siguieron aflojando tornillos y la estructura se desplomó: los barras de Vélez, que habían permanecido en las tribunas, habían concretado otro acto de vandalismo. “Me robaron mi sueño”, dijo cabizbajo Fernando Saucedo, un laburante del ring que esa noche vio como un grupo de delincuentes -los mismos que se matan en las entradas a los estadios- hacían trizas sus ilusiones.