“Espero acomodar mi vida alguna vez”

MARIO VEGA – Las secuelas de haberse sentido cerca de la muerte pueden no desaparecer nunca de la vida de una persona. El policía que casi pierde la vida atacado por un grupo de jóvenes todavía espera por justicia.
Cuando pensé en hacer una nota a un policía no dejé de considerar que para muchos -obvio, no para todos- un uniformado remite a una figura que no les suele resultar precisamente simpática. Pero al cabo también me interrogo sobre cuáles son las profesiones que gozan de la indulgencia, o aún el beneplácito de la gente, y caigo en la cuenta que todas parecieran tener alguna contra.
Naturalmente estamos generalizando. Todos… los periodistas -cabe admitir- no gozamos de enormes adhesiones ni mucho menos, y por el contrario aparecemos como incómodos e insoportables; y por supuesto los abogados, y hasta los médicos, y la profesión que se les ocurra… Todos los oficios son de alguna manera cuestionados. ¿O no? Creo, en definitiva, que no hay ninguna que pueda alardear de tener toda la tribuna a favor…
En el caso de la policía suele ser algún sector de jóvenes, o algunos grupos políticos determinados que no comulgan con los uniformados, y hay que señalar que también hubo alguna policía que actuó con desdoro y dio paso a alguna calificación nociva.
"Sí, es verdad… en mi caso, si bien soy hijo y sobrino de policía fue un poco eso, pero a medida que vas trabajando, que te vas interiorizando te va apareciendo la vocación, y a mí me pasó". Quien se confiesa abiertamente es Heriberto Ariel Gualpas (31), quien hace algunos meses resultó impensadamente noticia al ser atacado a cuchillazos y salvar su vida de milagro en el barrio Río Atuel.

Una familia tranquila.
Ariel, que así le gusta que lo llamen, se llama igual que su papá que fue policía y se retiró como suboficial principal; y su mamá es Nélida Rodríguez. Son cuatro hermanos, Néstor, Cristian y Emanuel (agente en la Seccional Tercera), y tiene otro tío, Elio, también policía y muy conocido en Casa de Gobierno porque estuvo siempre en cercanías de la Secretaría General en épocas de Ringui Díaz.
El joven se crió en calles de Villa Santillán, en Anza y Chile, fue a la escuela 38 y después a la Agrotécnica durante 6 años, donde se recibió de Perito Agrónomo. "Era buen estudiante y hacíamos doble turno; jugaba a la pelota con los amigos pero no era no de salir mucho, y en todo caso éramos más de quedarnos en el barrio. Nosotros somos tranquilos", se define con sus hermanos, y tal vez sea por eso que le resulta más difícil entender qué fue lo que pasó con él aquella noche fatídica.
Ariel tiene una hija, Alma (10) a la que quiere recuperar porque hace dos años que no ve, y eso sin dudas le duele, y mucho. Está de novio, no quiere hablar demasiado sobre su familia, aunque por ahora está viviendo con sus padres, a partir de aquel incidente que recordará para siempre. "Mamá era la que llevaba las riendas de la casa porque por ahí el viejo, por su trabajo estaba un poco menos, pero de todos modos igual estaba siempre encima nuestro. Eran otros tiempos, sin celular, ni internet ni computadora…".

De rotisero a policía.
Después de terminar en la Escuela Agrotécnica Ariel quería recibirse de profesor de Educación Física, pero nació Alma y la condición de joven padre cambió su rumbo y debió empezar a trabajar. "Cuatro años estuve en una casa de comidas, donde hacía un poco de todo: los mandados y también algo de cocina, porque me defiendo", cuenta.
Entendía que debía conseguir un trabajo fijo, y pensó que la Policía podía ser una salida laboral. "Muchos lo ven de esa forma, en una época que no es fácil… después aparece la vocación, le vas tomando el gusto". De todos admite que cuando le tocó ponerse la ropa por primera vez "no quería saber nada", porque es cierto que hay una suerte de estigmatización de la policía por parte de un buen sector de la juventud.
"¿Cómo debe ser un policía? Tiene que estar preparado para la situación, saber que siempre está corriendo riesgos, tener buen trato con la gente y una buena dosis de sentido común".
Sabe que hay muchos pibes y no tan pibes que cuando ven un uniforme lo primero que piensan es en la agresión. "Apenas te ven algunos arrancan: ‘milico rata’, ortiva… ¿Qué causa? Indignación, porque saben que no podemos reaccionar, que no podemos decir nada… pero lo peor es que algunos padres los alientan, a pibes chiquitos".
Y puedo agregar, corroborando lo que cuenta Ariel, que esta misma semana en uno de las entidades bancarias del centro de la ciudad un policía cumplía con su adicional y un chiquito, que apenas se levantaba del piso, de cuatro o cinco años, a dos pasos lo provocaba con gestos y ademanes. El policía sólo sonreía -quizás porque la procesión va por dentro-, en tanto el padre del chiquito miraba como si la escena resultara algo natural. Los demás, el público, no podíamos creer lo que veíamos. Está bien, era nada más que la manifestación de un niño, pero seguro que debe tener un trasfondo.

Personal de calle.
Ariel hizo la carrera de suboficial en la Escuela de Policía, y egresó como agente. Enseguida fue destinado a la Seccional Primera. Fue designado como personal de calle, "que es complicada pero se aprende mucho", dijo. Sostiene que no le molesta que lo manden: "Hay que saber ser subordinado". Explica que se cree "un policía aplicado", y que tuvo "la suerte de contar con muy buenos jefes, como Luis Blanco, Marcelo Calderón y (Temísclotes) Torreani".
Gualpas indica que le tocó "patrullar en auto, anduve bastante tiempo en moto y también tres años actúe como chofer. Anduve por todos lados, y me tocó intervenir en hechos importantes y estresantes, pero en los que no tuvo mayores inconvenientes".
Cuando ya se creía totalmente adaptado, por eso de que "se va rotando el personal" le tocó ir a la dependencia policial del barrio Río Atuel, y si alguien cree en el destino, en que las cosas van a ocurrir de cualquier modo, porque así está escrito en algún lado, este podría ser el caso: Ariel sabe que ese hecho le cambiaría la vida. Para siempre.

La noche trágica.
Aquella noche del 14 de abril estaba solo en el puesto ubicado en el centro mismo del Río Atuel, a poco más de un centenar de metros de la comisaría del barrio. Hubo una llamada al 101 advirtiendo que en la tira 16, ubicada a pocos metros, un grupo de muchachos producía disturbios, bebían y tenían la música a todo volumen. "Eran las 4 de la mañana y fui a pedirles que bajaran el volumen. Lo hice de buena manera y me fui… en ese momento venía otro grupo y empezaron a insultarse con los de arriba, hasta que alguien tiró una bolsa de leña que me cayó al lado… ahí volví a subir, tranquilo, pero empezaron a insultarme, y uno a decirme que quién me creía que era, que yo no los iba a mandar y en un momento me quiso agredir físicamente", contó.
El policía siguió diciendo que logró reducirlo "pero en el forcejeo me caigo encima de él, y ahí aprovecharon otros tres y me empezaron a pegar patadas en la cabeza, y por todos lados, y cuando me quiero levantar me vuelvo a caer… al principio no me había dado cuenta, pero al tocarme ví que perdía mucha sangre: me habían apuñalado, en la espalda y en la pierna. Me asusté y pensé que estaba perdido… escuchaba que se burlaban… ‘lo matamos’, ‘lo limpiamos’, ‘lo hicimos cagari al peloncho…’. Sentía que me moría".

"Quiero justicia".
Tiene muy presente el momento, que repasa recurrentemente como si fuera una película que lo tiene como principal protagonista. "Es un trauma del que no puedo olvidarme, y cambió mi vida para siempre. Al otro día del incidente me llevaron al Lucio Molas y ahí fueron los jefes a verme, y el ministro (César Rodríguez), que me dieron su apoyo. Por supuesto tengo sostén psicológico, pero aún así es difícil".
Aquella vez dijo, y lo ratifica, que "lo único que quería era justicia. Él que atenta contra la vida de otra persona tiene que pagar, algún tipo de pena tiene que tener… el que me apuñaló tiene 16 años, sabía lo que hacía", reflexiona.
Gualpas no se siente un personaje ni nada por el estilo porque al cabo fue víctima, estuvo a punto de morir. No se arrepiente de ser policía, "para nada, pero no esperaba lo que me pasó. Te digo que en la policía hay unidad cuando pasan estas cosas, y ahora estoy cumpliendo servicio en la Cámara de Diputados y ahí estoy bien".
Se ríe cuando le pregunto si tiene sueños. "¡Qué sueños! Tomo medicación y me duermo como un tronco, así que ni sueño", contesta. Y sigue: "Si tuviera que pedir algo es que algún día se me acomode la vida… vivirla con normalidad, seguir adelante. Pero no es fácil… para nada".
¿Se puede agregar mucho más? Cada uno podrá reflexionar, sacar conclusiones… Igual, nunca podrá conocer a ciencia cierta lo que pasa por la cabeza de un muchacho de 31 años que estuvo a un paso de la muerte… No se puede, seguro que no.

"Para la ART no hay secuelas" (¿??)
Increíblemente, después de aquella situación terrible, que quedó para siempre en la mente de Ariel Gualpas, la ART entiende que "no quedaron secuelas", y por eso hasta hoy no pagó un peso. Ariel, con su abogado, el ex comisario Rolando, está peleando por lo que aparecería como una injusticia. Una más.
Gualpas nos muestra la marca del puntazo en la espalda, cerca de los pulmones, y también la herida en una pierna que todavía permanece vendada. "Y por supuesto que todo el tiempo uno está pensando en lo que pasó, y no es fácil superarlo", indica. "Desde lo físico no puedo recuperar mi peso, y además cada vez que me baño, o cuando me toco el lugar siento el pinchazo en la espalda. ¿Te parece que no me quedaron secuelas?", sonríe. La pregunta es cómo alguien puede en un certificado firmar que al hombre no le quedaron marcas indelebles, luego de haber estado cara a cara con la muerte.
"¿Si los volví a ver a esos muchachos? No, por suerte no… y no los quiero encontrar. ¿Si sucediera? No sé, supongo que agarraría para el lado contrario, porque no puedo hacer nada con ellos, sé que sería peor para mí cualquier cosa que intente. Desde correr otra vez riesgo hasta ‘sacarme’ y perder el empleo, y no quiero eso".
Es increíble, pero de alguna manera Ariel tiene más restricciones que los que casi le causan la muerte, al punto que no es libre de ir a la despensa sin el temor de encontrarse otra vez, cara a cara con quienes quisieron terminar con su vida. Sus colegas cuando lo ven le dicen "el muchacho del Atuel", o "el apuñalado", pero para la ART es un hombre sin secuelas. Así estamos.

"Ví la nube blanca".
Gualpas relata lo que le pasó y por un momento se emociona. Fue terrible, los muchachones lo dejaron tirado: "Me dieron por muerto, pero como había logrado accionar el botón antipánico vino una patrulla y me llevó al hospital Evita. Sino no la contaba, porque perdí dos litros y medio de sangre… Dicen que cuando uno está a un paso de la muerte ve una nube blanca. y yo la vi", completa.
Ariel hoy vive con sus padres, volvió a trabajar y espera el fin de año para que le den la categoría de cabo. La fuerza policial le dio una mención de honor, pero no parece suficiente para un momento tan amargo.