“Hay gente que es así, tan necesaria”

Mario Vega – Los hombres y mujeres procuramos sentirnos dignos, pero no todos alcanzamos el objetivo. En el caso de Fabián se puede decir que tiene convicciones firmes, y en Agustín Tosco un referente en su vida.
Hay tipos así, que en su sencillez muestran a la vez tanta conciencia que se puede llegar a admirarlos. Porque desde su espontaneidad, su sinceridad y su franqueza, se transforman en una suerte de personajes especiales, de esos que valen la pena conocer.
“A la vuelta de la esquina,/hay gente que es así/tan necesaria…”, canta el poeta
Conozco a Fabián por el fútbol… sí, ese lugar común que puede igualar a todos… porque es un espacio donde no importa la pertenencia política o ideológica, ni religiosa, ni si alguien tiene más o menos, o si es pobre o rico. Es ese deporte que -sostienen algunos– puede desnudarnos en nuestras virtudes, y en nuestros defectos. Al cabo que a veces muestra a cada uno como realmente es.
Hay una buena frase futbolera que dice que se vive como se juega… y quizás algo de verdad hay en ella.

¿Quién es Fabián?
Decía, Fabián Antonio Kloster (50) es, nada más ni nada menos que un laburante, y además un típico loco por el fútbol; pero sobre todo un hombre común, de esos que cultivan la amistad como un valor insuperable, que tiene en su familia el sostén -y fundamentalmente en sus hijos (¿cómo nos pasa a casi todos?) – el motivo de su vida. Se dedica a la herrería artística y carpintería metálica -coloca rejas, escaleras, puertas y portones-, y lo cierto es que alguien podría sorprenderse porque aún como trabajador solitario que es tiene una clara conciencia de clase.
¿Cómo es esto? Sí, no sé cuántos trabajadores cuentan en nuestra sociedad, como Fabián, con una referencia concreta en Agustín Tosco… El sindicalista cordobés y sus convicciones son para él un punto de partida para moverse en la vida.
La tarde en que llegué a su taller, al norte de la ciudad, en Villa Elisa, una decena de perros, más grandes y más chicos salen a recibirme… “Son de la calle… salvo dos o tres. Con ellos desayuno en las mañanas: mate para mí y alimento balanceado para ellos”, cuenta. Un dato simple que, de entrada, muestra un gesto mínimo, pero que ya dice de solidaridad.
Hijo de Antonio, albañil toda su vida -esforzado trabajador de la construcción, que se levantaba a las 5 y arrancaba hasta las 10 de la mañana, para regresar luego de la siesta hasta las 6 ó 7 de la tarde a la tarea-; y de Haydeé, empleada en la Legislatura provincial. Ambos fallecidos, son el punto de partida de una forma de asumir la vida. Son cinco hermanos los Kloster: Nina, Patricia, el propio Fabián, Andrea y Fabricio.

La familia.
Papá de Sofía (19) estudiante de Psicología en Córdoba, y Bruno (17) que este año termina el secundario y deberá decidir qué hará -los dos soles de su vida-, Fabián tiene su taller (y detrás su vivienda) en la esquina de Juan Bonnet y Vaira, y sus hijos viven en la casa de enfrente junto a su mamá. “Sí, estoy separado hace bastante… pero todo bien. Y sí, por ahora estoy solari”, dice escuetamente.
“Nosotros con mis viejos y hermanos vivimos siempre en Villa del Busto, entre Misiones y Buenos Aires, y enfrente había tremenda cancha de fútbol”, casi se regocija con el recuerdo. “Iba a la escuela 95 (cerca de donde vive hoy), era una zona de mucho baldío y cruzábamos por la zona del cementerio, cuando no nos corría el caballo de la familia Sarmiento… sí, en serio, un pingo que le tenía bronca a los guardapolvos blancos y nos obligaba a dar una vuelta por la rotonda del avión. Es un recuerdo risueño, pero alguna vez el caballo nos sacó largo”, rememora.

Estudios, poco; y mucho fútbol.
Al mismo colegio y al mismo grado iba El Topo González -luego jugador
de varios equipos de la zona-, “y cuando terminamos la primaria los viejos nos apretaron: o trabajan, o estudian. El Topo averiguó y vino con que había una Escuela Agrotécnica en Castex, y allá fuimos, y la verdad era que no teníamos ni idea de qué se trataba… la cuestión es que terminamos recibidos de Técnico en Mecánica de Motores Gasoleros, y cuando salimos no sabíamos nada. Fue después de la época de Rácing Tavella (donde jugaban Daniel Petrucci, Tito Mansilla y otros), y cuando aquellos jugadores partieron Fabián y El Topo quedaron de suplentes en primera, y les tocó jugar algunos partidos: “Me acuerdo que hacíamos cola por el sobre después de los partidos, y te aseguro que era más que lo que nos podían mandar nuestros viejos por mes”, evoca. “¿Cómo alumno? No, como para zafar nomás… era inteligente pero no me gustaba; la peleaba, pero nunca un 10”, completa.

El recuerdo de los viejos.
Regresados a Santa Rosa cuenta que “nadie nos quería dar laburo, porque nos tocaba la colimba. Yo estuve una semana en un taller, pero venía con las manos todas sucias y no me gustaba nada, así que le planteé al viejo Kloster de trabajar con él hasta que me convocaran al Ejército. Del taller salía con las manos negras, y a mí me gusta trabajar limpito (y me muestra sus manos de ahora, como de manicura)… pero querés creer, nos salvamos: yo tenía el número de sorteo 469 y El Topo el 489, y ese año se salvaron hasta el 500. Pero en ese tiempo, tres meses, que hice de albañil con el viejo me dí cuenta que era durísimo… el de albañil es un laburo que te doblega, y el viejo trabajó muchísimo”, se pone reflexivo.
Rescata el valor de la familia, los consejos de un padre presente, que una sola vez cuando se mandó una macana tomó una rama para darle “un par de fustazos y al otro día se apareció con una bicicleta para hacerse perdonar. Increíble! Un
tipazo fenomenal”, se emociona. “Cuidado nene donde te metés, y bastaba… trato de actuar igual con mis hijos, y por suerte ellos lo valoran”, agrega.
Salvado del servicio militar tuvo un único patrón, José Luis Roston: “Con el Flaco estuve de los 17 a los 23 años, que me fui a trabajar por mi cuenta… después, o antes del laburo, siempre el fútbol: en el barrio vivían los Assel, Rubén Assel, Carlos, Julio, René, que eran muy contenedores, y organizaban campeonatos de 5 y 5 y por ahí te daban de premio algunas camisetas, y lo cierto es que hacían mucha docencia”.

Primeras salidas.
Todavía bastante chico empezó las primeras salidas, “al cine y a comer pizza en Cenizo. Siempre éramos 8 o 9, todos amigos del fútbol; pero no había ni drogas, ni alcohol”, completa. “¿Porros? Por ahí alguna fumaba alguno, pero si te convidaban y de entrada no agarrabas no te insistían; y todo era más tranquilo: hoy no dormís hasta que sabés que tu hijo volvió”, refiere a una situación que se da en muchísimos hogares. “A los boliches empecé a ir temprano, porque mi viejo me mandaba de ‘cuida’ de mi hermana mayor, así que frecuentaba ‘Leclab’ arriba del Club Santa Rosa, Kascote, New Star… otros tiempos”, sonríe ante el recuerdo.
“Nosotros íbamos a jugar partidos con los muchachos del Matadero, o del Peñi, y nunca pasaba nada… y hoy se agarran a pelear por un saque lateral. Una de nuestras felicidades era que lloviera y en la avenida Spinetto las banquinas se llenaban de agua y eran nuestro balneario… tiempos de picardías menores, cuando el dueño de un patio con frutales te espiaba que le robabas un damazco y te dejaba… sin problemas”.

Fabián, su oficio, el artesano.
Fabián es un tipo inquieto, pero desde adolescente. “Ya a los 14 años me iba de mochilero a la costa, Mar del Plata, Gessel, Monte Hermoso. A dedo… y sabés lo bueno: mostrábamos un cartel que decía La Pampa y paraban para llevarnos. ¿Eso quería decir algo, no?”, repasa.
En el trabajo reconoce que de motores, sobre lo que había estudiado, sabía poco y nada; pero iba a encontrar su oficio en la carpintería metálica y herrería artística, y en este último punto habría de encontrarse con un costado personal que desconocía, pero que enseguida lo atrapó. “Me gusta trabajar el hierro, y de a poquito me fui animando con algunas cosas, a veces acompañado por Hugo Zalabardo, el amigo-hermano que me dio la vida… dibujamos algo y luego le empezamos a dar forma con el material, y Hugo se encarga de cortar las piezas y da algunos puntazos con la autógena… una vez para un campeonato de veteranos hicimos más de 50 trofeos, y nos gustó. Así que cuando la gente del programa La Pelota (Radio Noticias 99.5) nos dijo de hacerlos para su fiesta
fue un gran orgullo… y me parece que el trofeo que se quedó el ‘Colo’ Ghel como el mejor jugador del 2016 quedó muy lindo, y además para nosotros resultó espectacular que al domingo siguiente el chico lo mostrara ante el aplauso de su público en Doblas”, recuerda.

Un tipo solidario.
Por su taller pasa mucha gente, y en muchos gestos Fabián muestra sus convicciones: “Por supuesto uno vive del taller, pero si viene alguien que necesita algo para trabajar no se cobra… sí, por ahí llega alguien que necesita un enganche para un carro, o alguna otra cosa para laburar a ese hombre no se le cobra… y tampoco a alguno que necesita arreglar una silla, o algo sencillo… si con eso tampoco me voy a hacer rico”, pretende relativizar esa clase de gestos que tienen que ver con un modo de sentir la vida.
En algún momento fue presidente de la comisión vecinal de Villa Elisa; “fueron tres años bastante intensos, y de allí también me quedaron muchos amigos, gente con mucho compromiso, como Prudencio Fernández, que ahora es nuevamente el presidente y que con su gente hace muchas cosas por el barrio”, reconoce.
“¿Filiación política? Mirá, te diría que no soy ni peronista ni radical, y que en todo caso me identifico como una persona de izquierda, no tan extrema… pero voy para ese lado”, cuenta.
Indudablemente Fabián es un tipo valioso… de esos con los que vale la pena cruzarse en la vida. Más allá que uno pueda o no compartir determinadas posturas, seguro no podrá eludir reconocerle convicciones. Esas que lo impulsan por el camino del apoyo a quien lo necesita, de estar siempre presto para dar una mano, las que lo obligan a ser consecuente cultor de la solidaridad. Porque como dice Hamlet Lima Quintana: “Hay gente que con solo abrir la boca/llega hasta todos los límites del alma,/alimenta una flor, inventa sueños,/hace cantar el vino en las tinajas/y se queda después, como si nada”.
Es que es cierto, “hay gente que es así, tan necesaria”.

Los amigos de la vida.
Una de las prioridades en el transcurrir de Fabián Kloster -naturalmente después de su familia- es el fútbol, y las decenas de amigos que le ha deparado. Más allá de sus inicios en el barrio en todos los picados que se armaban y donde él jugaba de delantero, tuvo su debut “oficial” en Rácing de Eduardo Castex; luego vino a General San Martín de Santa Rosa (ya desempeñándose como defensor, por alguna lesión que le deparó el calificativo de “rengo” por parte de uno de sus grandes amigos) y sería campeón: “Estaban Dany Pérez, los hermanos Horacio y Hugo Zalabardo, El Topo Gallinger (un personaje singular al que hará referencia enseguida), Cacho Alou, Alfredo Sauro, Luis Santillán, Ñoqui Lezcano…”, dirigidos por Jorge Salas.
Más tarde un paso por Sarmiento, en otro buen equipo, y desde entonces su simpatía por los colores de una y otra barriada: por el azul y blanco de la Villa, y el azul de Domingo Faustino Sarmiento. Y como tiene buen gusto, por supuesto hincha del más grande: Ríver Plate.
Pero habría de jugar en muchos otros equipos, como Independiente de Santa Rosa en la B (con Marcelo Urtiaga y Julio Villafañe, entre otros), Itatí dirigido por Floro Domínguez, en Mauricio Mayer donde sería campeón de la B de la Liga Pampeana, Guardia del Monte, Luz y Fuerza y fugazmente en Matadero, donde había llegado para ser ayudante de Timo Muñoz. “Cuando el Vasco Beascochea se hizo cargo de Luz y Fuerza lo fui a saludar y me dijo si quería ser ayudante de campo: ‘Pero hijo de p… me querés retirar’, le dije, y terminé jugando”, evoca.
El fútbol y la vida le dieron muchos amigos, pero El Topo Gallinger fue uno especial: “Un tipo que ayudó a todo el mundo… y que cuando murió ni casa tenía. Una persona extraordinaria”, lo reconoce. Otro fue Hugo Zalabardo, “es como si fuera un hermano”, completa. Y nombra otros, aunque sabe que olvidará a algunos: Charles González, Claudio Montiel, Cholo Guardatti, Fabio Gatica, Bernardo Lartirigoyen, Carlos Segundo… y siguen las firmas.