Héctor Dayup, el “Ferguson” pampeano

Lautaro Bentivegna – Es el DT que más tiempo permaneció al frente de un equipo en la historia del fútbol pampeano. Ganó campeonatos, vivió el deporte apasionadamente y dejó su propio sello en varias generaciones del Club Atlético Pampero.
La distancia entre los ojos del abuelo y el televisor es mínima. Ahí se lo puede ver en musculosa, con su cabellera colorada y en pantuflas, en la cocina de una casa ínfima en Guatraché, parado al lado de la pantalla. Así suele mirar los partidos. Mirar es un decir, porque mira a medias. Hace tres años, la presión ocular le jugó una mala pasada, y ahora del lado derecho ve solo sombras. Con el izquierdo ve perfecto.
El domingo, el fútbol, lo pone así: tenso. Durante los 90 minutos que dure el partido contra Newells no va a moverse, ni para ir al baño. En el entretiempo cruzará algunas palabras con la abuela, le propondrá a Carlos Bianchi un cambio urgente y repetirá que a Boca le falta un nueve de área. Después, cuando hayan pasado las publicidades del "Fútbol para todos", volverá al estado de alerta, a contraer inconscientemente los músculos.
Final del partido. Los rosarinos 1, "Boquita" 0. Pocas situaciones claras. Hace tiempo que el equipo no juega a nada. Mal comienzo del campeonato. Antes de buscar el control remoto en un centro de mesa y cambiar al canal 3, el abuelo dirá: "Pobre Bianchi. Ojalá le encuentre la vuelta…". La cocina vuelve a llenarse de silencio. Acaba de comenzar lo segundo más importante de la noche para él: "El Telebingo Pampeano".

Técnico.
Héctor Dayup nació hace 80 años en Guatraché y nunca se movió de allí. Es el quinto de ocho hermanos y uno de los pocos que heredó el oficio de su padre, un comerciante sirio que apareció en la Argentina a principios del siglo pasado. El dice que tuvo una infancia feliz, sin sobresaltos. La única vez que se ausentó del pueblo por trece meses fue para hacer el servicio militar. Eran tiempos de Perón y estuvo a punto de desertar cuando llegó "La Libertadora". Ya hecho un hombre, sin el uniforme marcial, volvió para ayuntarse con Blanca, una adolescente tímida y tierna, con la que tuvo dos hijas. Pero también volvió para abrir una despensa y reintegrarse a la delantera del Club Atlético Pampero. Tres años después, cuando aún no tenía 25, el físico le jugó una mala pasada. En el invierno de 1959 una hernia inguinal lo dejaba, para siempre, afuera de las canchas. Pero no tanto.
"No podía seguir jugando y me daba una rabia bárbara. A media cuadra de mi negocio, detrás de la iglesia, había una canchita de fútbol y yo pasaba mis tardes ahí. Todos los días, cuando cerraba la despensa, agarraba un silbato y me iba a arbitrar los partidos de los chicos que no dormían la siesta. Hasta que en uno de los campeonatos que auspiciaba la Coca Cola los chicos me llevaron cómo técnico. Años después me propusieron dirigir la segunda división de Pampero. En esa época no existía como hoy la figura del técnico. El técnico era el capitán del equipo".
Fue una casualidad lo que le permitió al abuelo ascender a la primera, apenas un año después de debutar en segunda. En el comienzo del campeonato de 1969, el "míster" que comandaba la división mayor se ausentó y no le quedó otra que asumir esa responsabilidad. "Estábamos jugando contra Villa Menguele, íbamos 1 a 1, pero nos tenían en un arco. En el entretiempo uno de los jugadores se acercó al alambre para decirme ‘Tenés que entrar. Hacé algo’. Yo no lo pensé demasiado. Pedí permiso a la policía para entrar a la cancha, me paré al lado de la raya y empecé a hablarles. Hice dos cambios y sobre el final le metimos dos golazos. Terminamos 3 a 1. Después de esa tarde dirigí once años más".

Registros.
La historia escrita del fútbol pampeano es una asignatura pendiente para los investigadores del deporte. En nuestra provincia no hay una estadística exhaustiva en la que puedan leerse trayectorias, comparar goleadores, establecer paternidades. Sin embargo, gracias a la labor de periodistas memoriosos y apasionados del balompié, en los últimos años han aparecido sitios donde ir a buscar historias de antaño y datos precisos. Es el caso de la página "manifiestodefutbol.com" dirigido por el periodista Julio César Santarelli. Allí puede accederse, entre tantas otras cosas, a las estadísticas detalladas de los últimos campeonatos. Pero sobre los técnicos no hay demasiados antecedentes.
"Al menos en los registros de los últimos 30 años, o 40 años, no hay un caso en La Pampa que se asemeje al de Héctor. Es decir, no hay un técnico que haya estado al frente del mismo equipo durante más de una década. Habría que buscar más atrás, pero es muy poco probable", dijo Santarelli, desde la ciudad de La Plata, adonde está radicado hace varios años.
"El único caso que se le parece es el de Edgardo "Dardi" Corcuera, quien fuera hasta hace poco el técnico de Independiente de Doblas. En total, Corcuera ha estado más de una década frente al equipo, pero no consecutivamente", dijo Fabricio Coller, periodista deportivo pampeano.
A nivel mundial, el caso más paradigmático del "Gran DT", ese hombre que es una institución dentro de otra institución, es Alex Ferguson, quien estuvo al frente del Manchester United durante 27 años. Los títulos conseguidos por el escocés integran una lista larguísima.

Cabulero e innovador.
"Yo me preparé para ser técnico. Sabía que no era una pavada y lo tomé con responsabilidad. En la despensa charlaba con los viajantes que venían de Bahía Blanca, algunos ex futbolistas, y me hablaban del fútbol en la ciudad. Me dediqué a copiarles algunas cosas y a generar las propias. El pizarrón me ayudaba bastante. También compraba libros de entrenamiento. Tengo todavía ¡Hola Mister! de Alejandro Scopelli, uno de los primeros jugadores argentinos en jugar en Europa. Ahí aprendí un método nuevo para entrenar a los jugadores y los trucos para elevar su rendimiento. También le hice comprar a la Comisión Directiva una pelota para cada jugador. Antes había solo una o dos para todo el plantel. Y descubrí algo que hoy puede parecer una nimiedad, pero que fue toda una novedad a la hora de hidratarse: la limonada", recordó.
"Héctor hizo cosas que nadie había hecho antes en la zona. Los entrenamientos dejaron de ser solamente físicos: correr, abdominales, lagartijas y un picadito. Una vez cayó con unas vallas altas, del tamaño de un hombre. Eran para que practicáramos los tiros libres. También ensayábamos jugadas con pelota parada y entrenábamos con obstáculos. Lo de la limonada es un detalle, pero muestra el amor que tenía por nosotros. Antes de cada fecha, el ‘Colorado’ exprimía decenas de limones y preparaba un bidón grande para que tomáramos durante el partido. El agua de la red no nos sacaba la sed y terminaba dándonos dolores de panza. Estaba en todos los detalles", destacó Carlos Lostuzzi, ex mediocampista del CAP.
"Hasta que llegó él, habíamos tenido a dos directores técnicos, pero eran gente que no tenía conocimientos tácticos o técnicos. Lo más destacable era su pasión. Nunca faltaba al entrenamiento ni en las peores noches de invierno, con la helada calándonos los huesos. Su principal cualidad era sacarle a cada jugador un rendimiento extra. Durante el partido, en medio del griterío, escuchábamos su voz clara. Yo iba a trabar una pelota y él me decía ‘le ganaste’, y yo le ganaba. Sacaba de nosotros una fiera", recordó Omar Piñeiro, ex defensor, campeón de 1969.
En los años que dirigió, Héctor entró a la cancha siempre con un sobretodo negro. Todos los que lo han visto dirigir recuerdan el atuendo. En invierno el abrigo hacía falta, pero en primavera estaba de más. "Yo lo llevaba igual, siempre me trajo suerte. A veces lo llevaba solo para sacarme la foto y después lo dejaba en el banco", recordó.

"Es amor propio".
El premio más grande que le dio el fútbol -dice- fue sentirse querido, respetado. "Puedo decir que nunca me putearon, ni los contrincantes. Ni siquiera los de la hinchada me pedían cambios. Siempre supe que en el fútbol y en la vida, lo más importante es tener amor propio y pasión por lo que uno hace. Más allá de la parte técnica, yo trabajaba para que los jugadores se quisieran entre ellos y que salieran a la cancha a jugarse el honor, la hombría, que entrasen convencidos de que iban a romperse las piernas por una camiseta. Porque en Guatraché y en los pueblos en general, no había nada más grande ni más importante que ganar un clásico, ése es el verdadero fútbol".
Una sola vez perdió un clásico. Ese partido de 1976, el 3 a 1 categórico, le sigue dando vueltas en la cabeza. Ganar el torno provincial es algo que también le hubiese gustado. Pero eso no opaca los demás logros. De su mano, Pampero fue campeón en 1969, 1970 -invicto-, 1971 -solo perdió un partido- y 1978. También fue subcampeón en 1972, 1973, 1980 y 1984. Y podría haberlo sido nuevamente si en 1977, Natura, de Jacinto Aráuz, no hubiese arreglado con los referís.
"A veces pasaban esas cosas. Me acuerdo que en 1969, después de que terminara un clásico, el referí fue a cambiar en la estación de servicio un cheque que le había firmado el presidente de Huracán. Sobre el final del partido el juez nos anuló un gol válido y les dio un penal que no existió. Empatamos 3 a 3. Estaba todo arreglado y saltó a la luz", agregó.

"Que eran gigantes".
El sol refulge en una tarde de otoño. El abuelo entra a la cancha como si fuera su casa, esquivando el tractorcito que corta el pasto. Pese al ruido de fondo, se le oye decir que en su tiempo no había túnel, ni banco de suplentes, ni césped de color verde. Después señala lugares precisos y dice "en este lugar me desmayé dos veces gritando un gol, está filmado" o "ahí se paraban mis hijitas cuando venían a verme". A casi cincuenta años de haber pisado ese lugar por primera vez cómo técnico, el viejo mira para abajo cómo buscando sus propias huellas, un camino de ida y vuelta pegado a la línea del lateral.
– ¿Y qué era lo que les decía, abuelo?
– Que eran gigantes y que dejaran la vida.

"Imposible trasmitir la pasión".
La última etapa gloriosa del Club Atlético Pampero fue a mediados de los años 90. Para el 75 aniversario del club, los dirigentes sacaron plata de donde no había para asegurarse el campeonato y festejar por partida doble. La primera división fue integrada entonces por un combinado de estrellitas del sur pampeano y algún bahiense de renombre. Ver jugar al equipo daba gusto: los defensores eran gladiadores sanguinarios, los mediocampistas seres exquisitos y los delanteros verdugos impiadosos. Cada clásico con Huracán era una verdadera fiesta. Todo el pueblo se preparaba para el domingo y no quedaba un solo claro en el alambrado para ver el partido. Dos días antes del duelo, los planteles se concentraban en los únicos hoteles de Guatraché y comían comida de restaurant. Pero antes de que comience ese glorioso campeonato, como si fuese una cábala, los dirigentes entraron a la despensa de Héctor. Le ofrecieron volver a dirigir.
"Lo pensé varias veces. Incluso me buscaron otra vez más y les agradecí mucho que se acordaran de mí. Pero la realidad es que yo no podía. La mayoría de los jugadores eran de afuera, venían al pueblo los fines de semana para jugar y se iban. Eran todos buenísimos, pero nunca iban a sentir el peso de tener una estrella en el pecho, nunca iban a saber lo que significaba para mí la camiseta de Pampero. Sabía que era imposible motivarlos, transmitirles la pasión. El fútbol del pueblo ya no era lo mismo y mis días en el banco habían terminado", rememoró Héctor.