Hombre al rescate de memoria ancestral

JOSÉ CARLOS DEPETRIS, AUTODIDACTA E INVESTIGADOR REGIONAL

Hay una historia, o al menos una parte de la historia, de nuestra provincia… y del país al cabo, que pocos conocen. Porque hay que indagarla en la memoria ancestral de nuestros mayores, porque se accede a ella si uno se interesa verdaderamente más allá de la historia oficial, que nos entregan en capítulos casi de Billiken en nuestra infancia, en la escuela primaria, conocimientos que apenas si amplificamos en nuestro paso por el colegio secundario.
Hay que rastrear mucho para rozarse con otras percepciones, con otra información que remita a la antropología indígena. Esa cultura que inequívocamente -por más que se la quiera negar- se entrelaza con la europea, o con la de otras regiones del globo.

La abuela Rosario.
En lo personal, en cuanto a este tipo de experiencias, puedo contar lo de mi bisabuela materna -Rosario se llamaba-, que según decían había nacido en una toldería en cercanías de Emilio Mitre, que un día no sé en qué circunstancias se afincó en Eduardo Castex y se quedó hasta el último de sus días. Tengo perfectamente presente en mi memoria su piel cetrina y sus años grabados en los surcos de su rostro aindiado. Esa imagen que se contrastaba con la de otros antepasados de la familia que representaban a España, a la vieja Europa. Después me enseñaron otra historia, que no hacía referencia precisamente a la abuela Rosario y sus ancestros. Tal vez por eso, porque la currícula de la escuela primaria se olvidó de esa parte del pasado, esos recuerdos se fueron tornando borrosos, hasta casi perderse en la inmensidad de la memoria popular.

Los que indagan.
José Carlos Depetris (61) -y otros como él-, se encarga de trabajar en la reivindicación de esa historia relegada. Sus investigaciones, el escudriñamiento de la tierra y de su gente deben ser justamente valoradas, porque constituyen el acervo cultural -sin condicionamientos- de nuestra provincia y sus moradores. ¿La verdadera historia? Al menos una parte de la historia… sin dudas.
¿Quién es José Carlos Depetris?
Un vecino más de esta Santa Rosa que conoció casi aldeana, chata, sin edificios y de calles polvorientas y muchos baldíos. Un santarroseño que a veces veo caminando por allí -acompañado de su esposa Elva Freiman-, siempre con su cappello alpino (sombrero típico de la región a la que ha concurrido reiteradamente para reencontrarse con la historia de sus mayores; los del otro lado del mundo)… la barba blanca, los anteojos que ya no puede eludir, y el gesto siempre amable y dispuesto para conversar con tantos vecinos que conoce… desde siempre.
Es que nació precisamente un 1º de enero de 1.956, en su propia casa paterna de calle Juan B. Justo 464. “En casa convivíamos tres generaciones familiares en completa armonía y respeto a las raíces, porque siempre se hablaba de la lejana aldea del piamonte donde quedaron tantos afectos”, evoca.

Antropología indígena.
Señala que su madre, Higinia Sarmiento Uhalde, provenía de una familia pionera de La Pampa, fundadores de Victorica y después de Santa Rosa, y fue ella quien siendo niño empezó a contarle “remotas historias familiares donde se mezclaba la épica del poblamiento de La Pampa con el protagonismo anónimo de aquellos bisabuelos que habían tenido amistad con caciques y sus descendientes. Sin duda ella plantó la semilla de lo que después fue en mí una tarea central en la vida: la investigación sobre aspectos de antropología indígena que tuve la suerte de plasmar en varios libros editados, publicaciones periodísticas y conferencias sobre el tema”.
Fue en la adolescencia que comenzó “con la lectura casi obsesiva sobre política, antropología y literatura. Sobretodo de los clásicos nacionales; el incipiente cancionero pampeano de aquellos años y la amistad con nuestros creadores, pensadores y músicos, caló hondo en mí”.

El piamonte italiano.
José Carlos indica que fue al cumplir los 21 que empezó a sentir que debía trascender su propia visión del mundo “adquirida en mi medio y me largué a la aventura de conocer Europa, y recalar en la aldea ancestral en el piamonte italiano. Hice muchos viajes y me fui contactando con grupos italianos que trabajan en la revalorización de esa cultura campesina arrasada y estandarizada desde los gobiernos fascistas primero y centralistas de Roma después”.
Junto a otros descendientes de piamonteses fundaron en Santa Rosa en 1998 la Asociasion Gent del Piemont, que los agrupa tratando de mantener viva la lengua, la música y las costumbres.
“A mi vuelta de aquel viaje, militando en el Partido Intransigente en los últimos años de la dictadura conocí a Elva, con quien estoy casado desde hace 35 años, y con quien compartimos los avatares de la vida para llevar adelante una familia y también una postura militante en lo social. Es la compañera que me apoya en cuanto proyecto me embarco”, amplía.
Tienen dos hijas, Ana Paula, que vivió en Barcelona y ahora está de regreso, “es una excelente plástica -comenta-, ahora está acá nuevamente y es madre de Bruna, nuestra nieta de 6 años; y nuestra hija menor es Micaela, que actualmente está en Buenos Aires estudiando cine y con muchos proyectos y es muy buena fotógrafa”.

Arriesgando “el capitalito”.
Fue panadero hasta el 2001, y en aquellos años también se dedicaba a la cría y
y engorde de hacienda. “Andaba mucho por el campo y mi principal comprador era el Supermercado De León. Después tuve camiones con bateas volcadoras que trabajaban en empresa viales con asfalto caliente. La verdad es que siempre como emprendedor privado, jugándome el “capitalito” todos los días, pero las circunstancias económicas de entonces nos decidió a terminar con la empresa familiar y buscar nuevos horizontes”.
Cuando la crisis de 2001, como tantos otros, pensó que tal vez no debería descartar su decisión de radicarse en Italia, “a trabajar en una empresa de un familiar italiano del rubro del agro; pero surgió la posibilidad de trabajo en la CPE y resolví quedarme… y hace 17 años me desempeño en el área de Servicios Sociales”.

Afortunado.
Se pone reflexivo y señala que “la vida suele quitarnos cosas, pero también brindarnos nuevas oportunidades que superan con creces sinsabores y amarguras. La contención familiar fue clave para superar el trago amargo y la sensación de tener por delante un abismo. Por eso me considero un tipo afortunado, porque me gusta mucho mi trabajo; levantarme todos los días y gestionar en una empresa de servicios solidaria que es el fruto de una tozuda y sostenida determinación comunitaria en pos del ideario cooperativo”, reafirma.

La gente del Salitral.
Depetris expresa que hoy, con la perspectiva que da el tiempo puede decir que “hubo un hilo conductor, un sueño que me propuse desde chico y que atravesó todas las etapas laborales y anímicas de mi vida: el interés en rescatar la historia de nuestros indios pampeanos. De ellos se hablaba en pasado, aparentemente se habían diluido en las arenas… como nuestro río. Pero no había tal cosa, porque los veía presentes en los rostros y actitudes de mis amigos del Salitral que arrastraban una condición tan distinta a la mía, y tan injustamente impuesta también”.
Hubo un momento de su niñez, 12 años tenía, en que iba a jugar a la pelota al Salitral, pero en realidad no era lo que más le interesaba: “Ahí, creo que era 1968, empecé con mis primeras ‘libretas de campo’… Me apartaba y me iba a charlar con los abuelos de mis amigos, y ganada su confianza empezaba a anotar palabras del idioma ranquel y los sonidos de la pronunciación, que si bien era difícil de lograr conseguí alguna vez hablarlo bastante bien. Y anotaba todo: anécdotas, recuerdos, datos, descripciones, porque era la historia soterrada por una sociedad que no fue inclusiva, y que como hoy arrojaba a los desposeídos a las márgenes de las mejores oportunidades. Sabía que los viejos que me lo contaban desaparecerían pronto y con ellos se perdería mucha memoria ancestral que merecía ser conocida”.

El autodidacta.
José Carlos Depetris es un hombre ilustrado, pero cultivado por su propio interés en saber, en conocer. “No pude ir a la universidad, y terminé el secundario a los ponchazos para meterme de panadero, y en ese tiempo mis tiempos eran escasos y mi urgencia era otra. Entendía prioritario recolectar información para ese proyecto tan personal como gigantesco e improbable para un pibe que decididamente no tendría ya una formación sistemática o académica. Después vendría la etapa de comenzar a procesar lo investigado y escribir ensayos que tenían bastante de alegato indigenista”.

Primeras publicaciones.
José Carlos menciona que comenzó a publicar “a instancias de Walter Cazenave, Raulito D’ Atri, y Ricardo Nervi entre otros en las páginas de Caldenia. Durante años frecuentaba la redacción de LA ARENA que me daba todo el espacio necesario para desarrollarme. Y ahí surgieron las posibilidades de participar en coautoría o en autoría propia de varias publicaciones: Pampas del Sur; Crónicas Ranquelinas; Memorias de la Jornadas Ranquelinas; el Gran viaje de Luis de la Cruz y varios títulos más. Y sin dudas los que tuvieron más repercusión fueron ‘Los rostros de la tierra’ en coautoría con Pedrito Vigne y ‘Gente de la tierra’ de mi autoría. Tuve la satisfacción que este aporte bibliográfico fuera integrado a la bibliografía usada por investigadores y catedráticos de universidades nacionales y del exterior. Incluso realicé varios viajes a Europa invitado a presentarlos en universidades, en sociedades científicas, ferias de libros, etcétera”, se regodea orgulloso, aunque siempre conservará su humildad.
Y agrega: “Con Miguel García anduvimos mucho, y tal vez por su influencia me animé a pintar paisajes, rostros y posturas de los paisanos que conocimos. La plástica me atrae mucho. De hecho he pintado alguna serie en gran tamaño (Rogativas), que me trajo alguna satisfacción en su momento”.
Y sigue: “Una veta de información que abordé tempranamente fue el rescate de viejas fotografías, utilizando las fuentes iconográficas inéditas, desconocidas, atesoradas en baúles familiares; y así pudimos ponerles rostros a personajes de nuestro pasado indígena o criollo”.
Pero además Depetris hizo teatro: “Con Pedro Di Nardo allá por el ’87 hicimos una adaptación de Casa de Muñecas de Ibsen, “el Caso Laura Kieler”. Un alegato sobre género en propuesta bastante inusual para esa época”, manifestó.
En esta etapa de su vida se confiesa “un hombre pleno, feliz, contento con las cosas que me pasan”.
Y cómo no sería así, si hizo de su vida, finalmente lo que quiso. Con su producción colaboró para que muchos pudieran completar la visión de un sentido de pertenencia. Ese que contribuyó a que una generación de jóvenes se volcaran a la lucha en defensa de nuestros ríos, por la nacionalización de la Universidad, a participar en los centros de estudiantes secundarios. A perseguir quimeras… que ese es también el sentido de la vida.