Iván Poggio, ciego y abogado eficiente

Mario Vega – Al decir de Borges la ceguera sólo le ha retaceado "la vana superficie de las cosas". Iván se me ocurre un ejemplo de voluntad, de carácter, aunque se empeñe en hacernos creer que nada es tan difícil.
Cuántas veces hemos dicho que a veces nos sentimos atormentados por problemas que, pasado el tiempo, o conociendo el de otras personas, caemos en la cuenta -al final- que se trataban de cuestiones menores Semanas atrás contábamos la historia de Julio Trivigno, el profesor que, postrado en una cama, sufriendo de Esclerosis Lateral Amiotrófica (o E.L.A.), mostraba su amor por la vida. Y junto a él la gente que lo quiere.
Alguien me comentó que hay varias personas con discapacidad que están trabajando en el estado. "Iván es un muy buen profesional y tranquilamente podría ser motivo de una entrevista", manifestó Magaly Kalawy, directora de Desarrollo Humano y Familia.
Así, en el ministerio de Bienestar Social también se desempeñan otros profesionales, que tienen alguna carencia y pueden mostrar historias familiares y personales muy ricas.
En el caso de Iván Gabriel Poggio (35), ingresó a trabajar por la ley 2226, que obliga al estado pampeano a disponer vacantes -seis por año-, para personas con discapacidad.

A pesar de todo.
Se reconoce a lo largo del tiempo a ciegos famosos, literatos, físicos y sobre todo músicos. Se podría mencionar a Homero, Milton y Galileo, y entre los músicos aludir a Stevie Wonder, Andrea Bocelli y Ray Charles… Hombres que, privados de uno de los sentidos esenciales, igual lograron trascender por su capacidad intelectual, y por estar dotados de una sensibilidad tan especial que conseguían percibir aquello que sus ojos no podían mostrarles. ¿Eran o son seres excepcionales? Puede ser, pero al cabo constituyen un testimonio de que, a pesar de tan extrema dificultad, se puede. Claro, para eso hace falta tener carácter, voluntad, ganas de vivir. Claro que sí.
Iván es recibido en la UNLPam no hace mucho tiempo, y ya con el título en la mano salió a buscar trabajo. Como tantos…
Pero su particularidad es que tiene una discapacidad que, tal vez, hubiera desalentado al más pintado para afrontar una carrera que, obviamente, requiere de muchas horas de estudio y de lectura. Iván es ciego. Y si lo digo sin eufemismos es porque él no lo disimula, ni aún en las palabras: está privado de la visión desde que tenía 16 años.

Vivir para ser feliz.
Cualquiera podría imaginar una historia terrible para un adolescente que recién se está asomando a la vida; pero en el caso de Iván da la impresión -por lo poco que pude conocer de él-, que lo tomó como una dificultad que, de ninguna manera, podría detener sus ganas de vivir, de realizarse, de ser feliz, que es al cabo lo que todos buscamos,
Me recibió en su casa trabajando junto a Marta Sánchez Alustiza, en cuyo estudio particular ejerce la profesión: "Conocí a Marta por un trámite, después le envié un mail para saber si necesitaba a alguien en su estudio y desde entonces trabajamos juntos", cuenta él. "Para mí es fantástico trabajar con alguien tan eficiente como él", lo elogia Marta.
Iván, nacido en Realicó, es hijo único de Horacio Poggio -jubilado como empleado de Rentas y "dueño de un campito" cerca del pueblo-, y de Lidia Testa, quien falleció el año anterior.
Está en pareja con Julieta, psicóloga en la Unidad de Género, y que por las tardes atiende su consultorio particular. La pareja tiene además un ángel: "Jazmín nos tiene locos", reconoce el papá, orgulloso de la niña que tiene 2 años y ocho meses.

Quedarse ciego.
Iván era, hasta sus 16 años, un adolescente como tantos, que iba a la escuela, que jugaba al fútbol, y participaba de actividades propias de otros chicos de su edad. "Sí, hice la primaria en la Escuela 34 del pueblo, y la secundaria en la de Comercio… alumno común, normal, que participaba de los interescolares -jugaba de arquero-, y que iba con mis amigos todos los domingos a la cancha a ver a Ferro. Iba al campo, y además me gustaba andar a caballo o ir a cazar. Era un pibe convencional, feliz", afirma.
Fue a los 13 ó 14 años que experimentó el primer episodio que empezaría a cambiar su vida. "Tuve un desprendimiento de retina del ojo izquierdo, uveites dijeron los médicos. Me operaron tres veces porque se volvía a desprender; aunque del otro ojo veía perfecto", recuerda. Un día el problema se agravó, y quedó ciego.
Terrible si uno lo piensa desde un chico de 16 años, con toda la vida por delante. "Lo sentí, pero no fue tan loco porque tuve el super apoyo de mis viejos y amigos, y de los compañeros del secundario. Pude terminar la escuela rindiendo materias en forma oral y era uno más del grupo. Fue un golpe terrible, durísimo para un pibe, pero tuve respaldo y contención, y no me detuve con eso", dice con una tranquilidad que parece patrimonio de su personalidad.

"Me encerraba o salía".
Y sigue: "No fue un cambio tan radical, aprendí a bañarme, afeitarme, cambiarme… salía al boliche, tenía novia", dice y "mira" de soslayo y con una sonrisa a Julieta. "Ya estando ciego iba a la cancha a ver a Ferro de Realicó con mis amigos. No me quedé, porque entendí que me encerraba o salía, y elegí esto último".
Iván habla con una naturalidad que desarma, porque es capaz de no utilizar ningún subterfugio para decir que "vio" un partido de su amado Boca… alguien le preguntará si "lo miró", y él lo torna todo natural, no se molesta. "Es que no hay motivos para eso, es nada más que una forma del lenguaje. No pasa nada", aclara.

Estudio y apoyo materno.
Es un muchacho de un carácter especial Iván: jovial, optimista, que se comporta como si la ceguera fuera una cuestión de la que no hay que hacer algo tremendo. Mientras hablo con él imagino alguna persona privada de otros sentidos, y establezco arbitrariamente que cualquiera sería casi una tragedia para alguien que no tenga su espíritu. Porque no oír, o no poder hablar, significaría también tener serios problemas para comunicarse; pero no ver…
No quiero ni pensarlo…
El hombre cita a Milton -en realidad remedando a Borges-, que en su intención de no someterse, sostiene que sólo ha perdido "la vana superficie de las cosas".
"Hay que seguir", dice convencido. Y cuenta que en la casa "es un tipo ordenado, más que Julieta, aunque ella me va a desmentir", apunta. "Trato de vestirme más o menos acorde, y no me vas a ver con una camisa floreada o violeta", se ríe.

Mamá Lidia, el gran apoyo.
Cuenta agradecido cómo fue que pudo estudiar. "Cuando empecé una compañera me grababa los libros en casette, y después lo hizo mi mamá, que se leyó todo", se emociona ante el recuerdo. "A veces el grabador se quedaba sin pilas, o se comía una cinta y ahí sí que era terrible. Ella pudo haber estudiado conmigo, tranquilamente, pero no quiso. Cuando me recibí vinieron mis amigos, me pelaron y me hicieron un montón de porquerías, y hasta me dejaron desnudo frente a la Universidad", rememora aquel momento de fines de 2007.
"Lo bueno es que los exámenes son orales, y casi que así estaba en igualdad de condiciones. Hay quienes estudiaron carreras más complejas, que son analistas de sistemas, que diseñan…", señala con modestia.
Después vendría el momento de salir a buscar trabajo. "En 2009 me tomaron en el Ministerio de Bienestar Social, porque en la provincia hay cupos (seis por año) para que ingresen personas con discapacidad", menciona.

El amor y la vida.
En el trabajo conoció a Julieta. "Empezamos a conversar mucho, a salir, y aquí estamos", dice con una sonrisa que no le cabe en el rostro.
"Me enamoró su forma de ser", reconoce ella. Hoy constituyen una pareja feliz: "Vamos al cine cuando las películas son en castellano, de vacaciones, nos juntamos con amigos…", cuentan. Con Iván recordamos que nos conocimos en la casa del ex DT de Sarmiento, Darío Cavallaro: "Hace unos asados espectaculares… eso sí, demasiado esporádicos", reclama claramente.
"¿Sabés que cuando estamos ante un paisaje bonito Iván lo disfruta muchísimo? Te parecerá increíble, pero es así", afirma Julieta.
Y ratifica él: "Percibo el ambiente, lo que nos rodea… Hace poco fui al autódromo a ver Turismo Carretera y volví fascinado", revela. "Aprecio sonidos, olores, porque el contexto se puede vivenciar no sólo con la vista, sino también con los otros sentidos que se agudizan", expresa. De todos modos me pareció advertir un reproche: "Como a muchos no me gusta bailar, pero he me pasado casamientos enteros en la pista, porque a ella sí le encanta", regaña.

Sin drama.
Iván es un tipo encantador, y parece tener una serenidad a prueba de todo. Vive con normalidad, sin hacer un drama de su discapacidad, y casi no se queja de nada. "En general no tengo reproches por las famosas barreras arquitectónicas, tuve pocos problemas de ese tipo", revela.
Iván Poggio es abogado y ciego, pero eso no lo transforma -según él- en ejemplo de nada. Trabaja con una computadora parlante -donde consulta desde el Código Civil, hasta el intríngulis más complicado-, se vale de la tecnología con una practicidad que ya quisiéramos muchos, tiene celular, cuenta de twitter que utiliza mucho -@ivanpoggio-, y face book que no usa tanto.
Es un tipo feliz, que agradece poder recordar que hay colores, que existen las distancias: "Si alguien dice dos metros para arriba, o para allá, sé de que se está hablando" -reflexiona-, puedo dimensionar… creo que es mejor que haber sido ciego de nacimiento. Prefiero lo que me tocó, y poder contar, por ejemplo, que cuando sueño, sueño viendo…".
"Anhelo volver a ver… por qué no. Pero en tanto hago lo que tengo que hacer, porque uno tiene que valorar lo que tiene".
Para pensar.

La esperanza en la ciencia.
Iván Poggio tiene la esperanza de que. alguna vez, el avance de la ciencia le permita volver a ver. "Por ejemplo está el caso del implante cloquear para personas sordas; y en el caso de ciegos hay alguna experiencia de implante de un chip que emula la función de la retina", dice con tranquilidad.
Se han conocido los casos de cinco pacientes ciegos que recuperaron parcialmente la visión, recibiendo un implante que se compone de una pequeña cámara instalada en unas gafas que capturan señales visuales y de un chip que convierte esas imágenes en señales eléctricas que estimulan las neuronas y crean imágenes en el cerebro. Una parte del chip se instala en la superficie del globo ocular mientras que la segunda, formada por una cincuentena de electrodos, se coloca en el nervio óptico. "La ciencia avanza continuamente, y hay experimentos con ojos biónicos. Hay que considerar que los ojos son nada más que terminaciones nerviosas, porque el que ve es el cerebro", razona.
Eso está en fase experimental en personas aquejadas de retinosis pigmentaria, patología que es la causa más frecuente de degeneración hereditaria de la retina y que se da a partir de los 60 años.
Obviamente se esperan más avances, y como Iván es todavía joven puede soñar con un día poder abrazar a Julieta y Jazmín, mirándolas a la cara.
"¿Pero sabés una cosa? Apostaría a que si hiciéramos un juego, si de pronto las viera y me las encontrara hoy en la calle, aunque no me hablaran en ese momento para que no registrara sus voces, estoy seguro que sería capaz de reconocerlas, de saber que son ellas. ¿Me entendés?", concluye.