La pampeana que corrió en las Malvinas

PATRICIA FERRETTI

Tras dos semanas en las Islas Malvinas, Ferretti regresó ayer a Toay con muchas historias y la sensación de haber cumplido con su misión. En Puerto Argentino dejó la imagen de una virgen y una medalla que homenajea a los soldados pampeanos caídos en la guerra.
El domingo 20 de marzo, en una pequeña habitación del Hotel Waterfront, la ultramaratonista Patricia Ferretti se preparaba para la carrera su vida. Asomada al ventanal del cuarto, el sol le auguraba un buen día para la competencia y ella imaginaba el viento pegándole en la cara. Había almorzado tallarines con queso y sentía que la ansiedad le recorría todo su cuerpo atlético. Antes de ponerse las zapatillas hizo lo que siempre, esos ejercicios de yoga que le sirven para verse a sí misma corriendo, como anticipándose a sus propios pasos. A las 12 del mediodía, la delegación abandonó el hotel y fue hacia la costanera adonde estaba instalado el punto de partida: la Standard Chartered Stanley Marathon 2016 estaba comenzar en la Isla Soledad.
Ferretti fue la única pampeana que integró la delegación de 21 argentinos que corrieron la Stanley Maratón, que se unieron en las islas a otros corredores de Estados Unidos, España y Brasil. Llegar al archipiélago -cuenta- no fue nada fácil. Partió de Santa Rosa hacia Buenos Aires (donde estuvo un día) y de allí se tomó un avión a Santiago de Chile. Luego voló a Punta Arenas (donde estuvo otra noche) y finalmente, el sábado 19 de marzo, aterrizó en una base militar de Puerto Argentino, el mismo sitio al que los ingleses denominan Puerto Stanley.
“Yo siento que nunca salí de mi país. Pero es un sentimiento personal. Todos los que estábamos allí, estabamos muy ansiosos, emocionados. Cuando bajamos del avión, el viento helado nos pegó en la cara y fue como una bienvenida”, dijo la maratonista que regresó ayer a La Pampa.

Carrera.
Recorrer los 42 kilómetros le llevó a Patricia cuatro horas quince minutos. En ese trayecto, luchó contra el viento, respiró el aire húmedo del mar, y se emocionó hasta las lágrimas cuando pasó frente a un apostadero argentino. “Hubo un momento de la carrera en que me derrumbé. Pasamos frente a lo que había sido un apostadero del Ejército Argentino y me ahogué con el llanto. Es imposible no conmoverse estando allí”, dijo
Ferreti terminó séptima en la general de mujeres, detrás de dos corredoras que representaban al ejército (1º y 3º puesto) y una maratonista que corría para la marca de indumentaria deportiva Fila.
Un día después de la maratón, la delegación argentina realizó las excursiones que estaban previstas a los montes de combate Harriet, Dos Hemanos, London y Kent. Allí estuvo la pampeana recorriendo a pie los cerros tapados de pasto puna que a le vez cubren un suelo siempre húmedo. “Ahí vimos los vestigios de la guerra: cabinas servidas, restos de helicópteros destrozados, una cocina de campaña del Ejército, trincheras con pertenencias de nuestros soldados. Fue todo muy fuerte”, agregó.
Al quinto día Ferretti fue hasta Puerto Darwin, a 88 kilómetros de Puesrto Argentino, donde está ubicado el cementerio en el que descansan los restos de 237 compatriotas de los 649 muertos que dejó la guerra. En ese lugar la mitad de cuerpos se halla sin identificar. “En el cementerio hay un viento terrible. Me dolió mucho cuando vi los cartelitos que decían Soldado conocido solo por Dios”.

Vuelta.
El regreso al país fue peor que la ida. En un principio la delegación iba a quedarse una semana, pero el viaje se terminó extendiendo a dos porque los vuelos de LAN estaban suspendidos por las condiciones climáticas. Lejos de disgustarse, Patricia aprovechó para conocer a fondo las islas. Siguió caminando por los montes. Asistió a una misa con un capellán argentino que había sido soldado. Asistió a un avistaje de pingüinos. Visitó un cementerio de buques abandonados -que dice “es bellísimo”- y hasta supo de una playa en la que aún hay minas en actividad. “Es muy difícil comunicarse con el continente. General no hay señal de celular, el internet es escaso y llamar desde la argentina es muy difícil porque no hay operadoras”, concluyó la pampeana.
-¿Pudiste interactuar con los pobladores de las islas? ¿Qué visión tienen ellos de nuestra lucha por la soberanía?
-La verdad es que ellos se consideran dueños de la tierra porque son la séptima u octava generación allí. Son amables, muy educados, vas por la calle y te saludan, respetuosos. Pero lo cierto es que uno sabe que no es tan bienvenido como argentino. Me sorprendió un cartel que dice ‘Mientras flamee aquí una bandera inglesa, los argentinos no son bienvenidos. En el hotel, ni bien llegamos, un inglés nos llamó a todos los argentinos y nos dijo que no saliéramos a la calle con insignias patrias, ni colores de la bandera argentina y que tengamos mucho cuidado con lo que hacíamos.
-¿Sentís que cumpliste con tu objetivo?
-Sí, absolutamente. Yo fui con una misión y la cumplí. Corrí la maratón, llevé una imagen de la virgen Santa María de La Pampa y una medalla que me dieron en el Regimiento de Arribeños de Toay para homenajear a los 11 pampeanos caídos en la guerra.

De madre a hijo.
Cuando Patricia le contó a su hijo Tomás que iba a correr en Malvinas, el niño no podía creerlo. Al día siguiente, en la escuela, se lo contó a todo el mundo. “Le verdad es que fue muy lindo para él, porque yo puedo transmitirle la sensación de estar ahí. Cuando le conté, me acordé de a mi. Yo tenía 10 años cuando ocurrió la guerra. Hoy puedo decirle que las guerras no sirven para nada y que no dejan nada bueno”, dijo Patricia.