La vida del botellero… 30 años después

Mario Vega – A veces solemos renegar porque la vida se nos torna cuesta arriba, o porque pensamos que merecemos mejor suerte. Eduardo Sánchez, que fue botellero, es un ejemplo de cómo con poco se puede ser feliz.
"Botellero… ‘¿Envidia? Qué voy a tener envidia yo… si soy libre, si la gente es buena…". ¡La pucha, qué ganas de creerte, botellero!".
Esa frase, así, textual, salió publicada en LA ARENA hace 30 años. Exactamente el jueves 21 de febrero de 1985 salía una columna que se titulaba, simplemente, "Botellero". La historia de vida de Eduardo Sánchez.
Como decíamos ayer…
Aquella nota aparecida hace tantos años en estas páginas decía lo que sigue:
Son de esos personajes que ya no quedan, que parecen venidos desde los brumosos recuerdos de una Santa Rosa antigua. Irrumpen de pronto inocente, cándida, silenciosamente, y casi con sigilo, se desplazan entre la ciudad moderna. Así lo vimos a él, "estacionando" su carrito en los semáforos, contrastando la endeblez de su estructura con las líneas avanzadas de los último modelo.
Andan por los barrios y allí tal vez pasan más desapercibidos, como si su presencia en esos lugares fuera más posible, más cotidiana, más creíble… Pero en el centro, entre los autos, entre el ir y venir presuroso de la gente, se nos antojan extraños, de otros tiempos. ¿Cómo son, de dónde vienen, cómo vienen, cómo pasan por la vida, cómo piensan, qué quieren?

Simplemente, botellero.
¿Será difícil el diálogo con ellos? "Me llamo Eduardo Sánchez, nos dice el hombre de tez cetrina y sonrisa fácil. "Sí, soy botellero", agrega como no comprendiendo las fotos y nuestro súbito interés.
Quisiéramos hablar con vos, nos animamos. "Bueno, cuando quieran. Vivo en el barrio Matadero, en la segunda casita sobre la calle Congreso, vayan a verme allí", completa mientras el semáforo le da verde y se aleja empujando lentamente su carrito.
La casa es humilde, pero limpia, confortable. "Es de las que daban por el plan de erradicación de ranchos, hace un par de meses que nos la entregaron y claro, estamos muy contentos", cuenta.
Y es fácil hablar con él, porque le gusta, se entusiasma cuando se refiere a su oficio, ese en el que casi no quedan protagonistas… botellero… "Empecé hace unos tres años, y desde entonces me defiendo con esto; y mientras pueda lo voy a hacer porque es en lo que mejor me ha ido", empieza.
Antes era albañil, hacía changas, pero cuando empecé de botellero dejé todo eso. Gano para vivir, y claro… no sobra. ¡Pero mientras ‘haiga’ salud!

"La gente es buena".
¡Si conocerá de andar por las calles! Si desde la simpleza de su vida habrá elaborado una filosofía tan especial que encuentra el modo y la forma de decir que "la gente es divina… No sé si porque soy botellero, pero es muy buena conmigo. ¿Envidia? No, de qué voy a tener envidia, si vivo alegre, feliz… si al final la plata que no alcanza es un problema de todos. Y además soy libre, no tengo patrones", sonríe con un brillo en los ojos.
"Salgo a las 8 ó 9 de la mañana y empiezo a patear la ciudad. Siempre me levanto pensando qué voy a hacer ese día, confiado en que Dios me va a ayudar. Y la gente me da botellas que le estorban, papeles… Vuelvo a eso de las 12, a comer, una siestita y otra vez a caminar con el carrito, que es lo más sagrado que tengo, el que nos da de comer", dice agradecido.

¿Y la jubilación?
Tiene 36 años, es fuerte y tiene salud. ¿Pero, y cuando ya no puedas seguir en esto? No vas a tener una jubilación, le comentamos. Se pone serio por primera vez, pero asegura: "Nunca voy a dejar de ser botellero… más adelante buscaré otra cosa que me permita una jubilación, pero siempre voy a andar con el carrito, que me ha dado todo lo que tengo. Aparte, ¿saben qué lindo es que la gente me tenga confianza, que me permita entrar a sus casas?", se convence.
Después confiesa que lo han ayudado mucho, "como la gente de Ferias Pampeanas, que me dio ese baqueano -un vehículo antiguo que está en la calle- para que se lo pague con botellas. ¿Les parece que me puedo quejar?", interroga.

La familia, la felicidad.
"Mi vida es simple, muy simple, pero somos felices. ¿Salir? Sí, a la casa de los familiares de ella -señala a su esposa-, o a la iglesia los domingos, porque somos mormones", confiesa.
Su señora es Hilda Reina, tienen cinco chicos, María Elena (14), Hugo Daniel (12), Julio Alberto (10), Marcelo Alejandro (5) y Laura Analía (3). Soy nacido en Santa Isabel, y medio pariente del Tuta Cuello. Todo lo que él dice en sus canciones es cierto: antes cuando corría el Atuel había mucho ganado en esa zona, ovejas, cabras… lástima que no corra más".

Tres décadas después.
Han pasado 30 años, y Eduardo Sánchez, vuelve a encontrarse conmigo. Yo escribí aquella nota que se transcribe más arriba.
Y la curiosidad -quizás un reflejo del oficio- me hace querer saber qué pasó después.
Eduardo está muy parecido a como lo recordaba, y en eso cabe admitir que la piel morena que nos identifica -a mí también- por allí esconde alguna arruga del rostro, o al menos la disimula (o eso queremos creer).
"Era la Santa Rosa de 30 años atrás, y la gente me conoció mucho más por aquella nota de LA ARENA… En ese tiempo los vecinos me llamaban por la calle para darme más botellas, más diarios, más cosas que me podían servir para comercializar. El hecho de salir en el diario para agradecer, para decir que hay gente buena me abrió muchas puertas", rememora Eduardo su historia.

Trabajo formal, y vuelta al cirujeo.
Fue recién en 1990 que la familia Cayre -dueña entonces del Supermercado De León-, "me invitó a hacer un reemplazo de una semana como sereno… pero al final ahí me quedé trabajando 11 años, en distintas secciones, hasta que decidieron vender", agrega.
Cobró la indemnización y tuvo que volver al cirujeo. Es que era un momento "tremendamente difícil", porque fue precisamente en 2001 que el país se cayó a pedazos, cuando muchas personas perdieron su trabajo, había gente organizando el famoso trueque, y también alguna revolviendo los tachos de basura. Cómo no recordar cuando alguien llegaba a los sitios de trueque con una plancha, o una radio, o cualquier otra cosa para cambiar por un poco de comida… Sí, porque eso pasó en nuestro país. Fue doloroso "pero por suerte, como estaba acostumbrado a andar en la calle, con mi carrito, se puede decir que zafamos con mi familia. No me sobró nada, pero por lo menos no faltó la comida", recuerda hoy.

¿Y ahora?
"¡Sigo!, tengo otro carrito, pero salgo solamente de vez en cuando. No todo el tiempo, pero si alguna gente me llama voy a recoger lo que me dan, que pueden ser elementos que generalmente son cositas antiguas, como planchas, tarros lechero, ruedas de carro… pero la mayoría de las cosas las compro y, tal como las compro, las pongo a la venta. ¿Si compran? Sí. Heredé la casa de mi hermano Saúl, que falleció en 1998, en Schmidt, entre Neveu y Fiorucci y saco las cosas afuera, a la vereda, y siempre alguno se interesa. Con eso pude mantenerme hasta ahora, hasta hace un mes que me salió la jubilación. ¡Ya cobré mi primer sueldo! ¿Sabés que la palabra jubilación viene de júbilo?, y eso es lo que siento, pero la verdad es que todavía, a mis 66 años, me siento fuerte para seguir haciendo cosas".

Las cosas sencillas de la vida.
"¡La pucha, qué ganas de creerte botellero!", le decía a Eduardo en aquella edición de febrero de 1985. Y reflexiona: "Sí, fue como una profecía cumplida, porque soy feliz, tengo la familia sana, mis hijos ya hombres y mujeres grandes… y mis nietos. Tengo seis nietos que me llenan la vida, a mí y mi señora Hilda, que sigue siendo tan cándida y tan buena gente como siempre. Además sigo viviendo en la misma casa y todo está en orden…".
Es la historia común de un hombre común. ¿Nada extraordinario? Es probable, pero al menos una pequeña muestra de que no siempre la abundancia o el bienestar económico constituyen un único condimento para alcanzar la ansiada felicidad. Nada menos. Que a veces alcanza con otras pequeñas cosas para ser feliz.
La de Eduardo es una historia que podría servir para tener en cuenta que quizás convendría hurgar un poco más en los pequeños detalles de la vida cotidiana, esos que tenemos al alcance de la mano y que a lo mejor no valoramos suficientemente. Cosas tan naturales como despertarnos todos los días sabiendo que contamos con salud, trabajo y una linda familia.
Sencillamente eso, que no es poco.

El bailarín de los montes.
Más o menos cuando llegaban a los 50 años, Eduardo y su esposa Hilda empezaron a concurrir a clases de folklore con Luisito Gauna. "Era algo por lo que tenía gran atracción, y siempre tuve ganas de hacer", confiesa.
Fue a los 20 años que dejó Santa Isabel para hacer el servicio militar en Tandil (Aeronáutica), y luego se afincó en Santa Rosa. Vivió al principio en una casa vieja donde no había ni luz, ni agua, ni ningún servicio: "Sólo murciélagos y vinchucas… y la verdad es que igual éramos felices", dice con cierto candor. "A pesar de mi pobreza, o de dolores y sorpresas que la vida siempre nos da, siempre fuimos felices", narra en lo que es, claramente, una actitud ante la vida.
"Cuando era muy chico mi mamá, que era gran bailarina de chamamés, milongas y lo que viniera, me llevaba a los bailes en Santa Isabel. Ya entonces advertí que en el campo, en el monte, se bailaba distinto que en los salones. No era académico, pero era pura diversión… En 2004 en el barrio Matadero formamos el grupo ‘Rastrillada Pampa’, sin fines de lucro, para presentarnos donde nos llamaran. El profesor es mi hijo Marcelo Alejandro, y bailamos en General Pico, Acha, y me dí el gusto de volver a Santa Isabel para los 100 años del pueblo. Me encontré con mis viejos compañeros de colegio y no sabés lo que fue… se acordaban de mí, me abrazaban y empezó el ‘te acordás’. Fue hermoso, emocionante… Mirá si tengo o no motivos para ser feliz", sostiene.
El inefable Quique Rodríguez lo bautizó un día "el bailarín de los montes", y le quedó para siempre. La historia de Eduardo Sánchez.