Las Luchadoras, de pie frente al cáncer

Se conocieron en una sala de quimioterapia y prometieron darle batalla a la enfermedad. Pero no solo eso: dan charlas de prevención y hacen campañas para colaborar con comedores e instituciones. A continuación, algunas historias.
El dolor es intransferible. Por más que el padeciente intente explicar cómo se siente y se esfuerce por ponerlo en palabras, es muy complicado que alguien, por más cercano que sea, capte el mensaje en toda su dimensión. Es difícil que un familiar o un amigo comprenda el malestar físico o espiritual y sus efectos colaterales. Por ese motivo, quizás el interlocutor más válido para decodificar el dolor sea otro padeciente, alguien que ya lo atravesó o que tal vez lo esté transitando. De esa tarea se encargan desde hace tres años Las Luchadoras, un grupo de santarroseñas a las que les diagnosticaron cáncer y que lejos de cerrarse en su propio sufrimiento, comenzaron a trabajar por otros, para ayudarlos a enfrentar el cimbronazo de un diagnóstico, la odisea de un tratamiento prolongado, la ansiedad en el camino incierto de la sanación.

Estela.
Hace cinco años a Estela Zuñiga (48) le detectaron un cáncer de mama. Su vida era la de una mujer activa, con trabajo estable y tiempo suficiente como para dedicárselo a los demás. Un marido, una hija casi adulta, un empleo como acompañante terapéutica y ratos libres para colaborar con un merendero de la ciudad. La primera sensación fue un golpe. Después de atravesar las primeras sesiones de quimioterapia, el cuerpo de Estela se acostumbraba al tratamiento y ella hacía migas con el personal de Coriza, el centro oncológico de la ciudad adonde se estaba tratando.
“Yo pensaba ‘tengo que seguir con todo, esto no me va parar’. Fue así que empezamos con la enfermera y la kinesióloga. Juntábamos cosas para los merenderos y repartíamos papelitos con nuestros teléfonos para que aquellos que estuvieran pasando por un cáncer nos llamaran”, dice Estela.
-¿Cómo funciona el grupo?
-Es como una red, una contención. Si a una le pasa algo, le consulta a la otra. Es muy importante tener un grupo más allá de los médicos. Por suerte los oncólogos que nos tocaron a nosotras saben lo importante que es un abrazo, una palabra con cariño. Hay gente que llega destruida después de que le dan el diagnóstico. Hay mucho miedo y cuesta pronunciar la palabra ‘tumor’. El miedo paraliza y hay que sacarlo. Algunos van a Yoga o a Reiki. Nosotras vamos a la sala de quimio y damos una palabra de aliento, llevamos una reflexión, charlamos, a veces por teléfono.

Mónica.
“Tengo tres hijos pero soy sola. Salí adelante por el apoyo de mi familia y mis amigos y porque sabía que tenía que criar un nene de 5 años. Uno se puede sobreponer a esto”, dice Mónica Suárez (44), ex trabajadora de Alpargatas.
A Mónica le descubrieron el cáncer de mama en un control de rutina. Le dolían mucho los ovarios y el médico le ordenó hacerse análisis. Pasó por dos operaciones, rayos y quimioterapia. Ahora debe hacerse controles pero no toma medicación y hace una vida normal. “Fue muy terrible -dice- pero eso quedó en el pasado”.
“El conocimiento que vamos adquiriendo se lo pasamos al que lo necesita. Somos pares y nos entendemos como nadie. Juntarnos una vez por semana es sagrado. Ahí hablamos de los miedos, de lo bueno y lo malo que nos pasó. No es lo mismo que hablarlo con nuestras familias”, dice Mónica.
-¿Y cómo hacen para llegar a la gente?
-Nosotros les pasamos los teléfonos para que nos llamen. Uno cuando está enfermo de cáncer está enojado con la vida. Por eso desde el grupo tratamos de ver de qué lado entramos en el otro, cómo hacemos para no perder el contacto. Generalmente nos dicen ‘es la primera vez que alguien me dice lo que yo siento’.

Pilar.
Pilar Vincet (62) dice que ella parecía la mujer más sana del mundo y que solo cada tanto sufría de la laringe. Una vez, por un dolor de garganta, fue al médico y le mandaron a hacer estudios. Los resultados no fueron buenos: tenía un tumor de 5 centímetros de diámetro encapsulado en una mama. Recuperarse le llevó dos años de tratamiento y un año de quimioterapia.
“Lo bueno es que no nos quedamos encerradas en nuestras casas. Tratamos de que los demás enfermos de cáncer nos vean a nosotras, contarles que estamos bien y darles fuerzas. Voy a decir algo que no sé si es muy correcto: a mí la enfermedad me cambió la vida para bien. Me unió a mis hijos y a mi pareja, comencé a realizarme como mujer, tengo amigas. Empecé a hacer cosas que antes no hacía. Una a veces se queda mucho en la casa”, dice Pilar.
“Al principio se te viene el mundo encima. Te dicen que te vas a descomponer en las quimios, te dicen cualquier cosa. Yo la primera quimio la pasé bien. Solo me dieron unas ganas bárbaras de hacer pis. Hoy pienso que si tuviera que volver a atravesarlo, estoy más preparada. Me agarraría más fortalecida y le daría pelea”.