Lucas Ranocchia, un entrenador top ten

Mario Vega – El profesor tiene una definición que aparece como interesante: "El fútbol es, de las cosas menos importantes, la más importante". ¿No es para pensarlo, no se puede decir que tiene bastante de razón?
Hay gente que es obsesionada por su trabajo, y que pone allí todo su esfuerzo, su brío, su energía. En algunos casos, el aspecto formal, circunspecto, de una persona, ya daría una primera impresión de apego a las responsabilidades. Pero además están los que con su carácter alegre, divertido, bullanguero, también al momento de trabajar resultan ser aplicados y decididos. Al punto de aparecer disociados de otra imagen que uno pudiera tener de ellos. "Es que yo puedo ser jodón, pero al momento de trabajar, trabajo", afirma Lucas.
El hombre, aún joven, con el pelo más corto y prolijo que aquella melena adolescente con el flequillo cayendo sobre la frente que lo identificaba, está en su ámbito laboral y mientras le ceba un mate a un cliente que camina en una cinta, conversa animado y deja esa reflexión.
Lucas Sebastián Ranocchia (41), siempre estuvo vinculado a Villa del Busto. Es el barrio de sus abuelos Lino y Nenuca -titular de una tienda del mismo nombre que marcó una época en Raúl B. Díaz y San Juan-, y de sus padres, Raúl -dueño alguna vez de Ranocchia Deportes, comercio ícono como casa de venta de ropa deportiva-, y Alicia Taramarca.
Tiene dos hermanos, Belén, abogada, que hoy vive en Buenos Aires, y Lucio, también profe de Educación Física.

Lucas, el hiperquinético.
Lo conozco desde que era un chiquilín, revoltoso, hiperquinético, charlatán, verborrágico… jugaba al sóftbol -quién no lo hizo alguna vez en esa barriada-, y con otro grupo de pibes se pasaba las tardes entre los bates y los guantes, todos bajo la mirada indulgente de Angelito Yorgoban.
Iba, por supuesto, a la Escuela 4 en la primaria, ahí "enfrente" nomás; y comenzaría el secundario en el Domingo Savio: "Ahí no te echaban, pero no me iba bien. En tercer año me invitaron a retirarme, y parece que algo había porque pasé al Provincia de La Pampa y no me llevé más materias", se ríe con ganas.
Por esa época todo le resultaba más o menos fácil, porque Raúl y Alicia obviamente bancaban al chico que, salido del secundario, todavía no tenía muy en claro qué hacer.
"Me dedicaba al deporte… además del sóftbol el fútbol, en All Boys como delantero, y después pasé a Santa Rosa pero a jugar de arquero. Pero también el tenis, el paddle, y el squash. Era malo a todo, porque el bueno en los deportes es mi hermano Lucio -se tira un poco abajo-, pero al paddle tenía buen nivel… empezamos en la calle San Lorenzo, con Marquitos González, mi gran amigo que es además mi compadre, Guille Lluch, Walter Figueroa, Mauri Paloma, Cata Barreix, Oracha Diharce, Martín Diab… y un poco le enseñábamos a todos. después vinieron Mariano Llanos, Nahuel Kraemer y los Jubete", rememora.

El deporte y el estudio.
Siempre digo que no es deportista sólo el que se destaca en alguna disciplina, sino que también merece definirse así al que hace deportes, al que tiene el espíritu para practicarlo. Y Lucas los abrazó a casi todos con pasión, con ese entusiasmo de los buenos de verdad. Si hasta hizo biatlón alguna vez: "Siempre salía segundo, y una vez que iba ganando se me rompió la bici… mi viejo y mi tío Nelson eran los mecánicos, pero me ayudaron poquito", los fustiga a la distancia.
Hubo un primer intento de estudiar en La Plata, "pero estuve de vago", reconoce. "Sí jugaba al paddle en Estudiantes, pero al año mi viejo me trajo de vuelta. Y te digo, Raúl (su papá) era visionario, porque me puso un comercio de estampado de remeras… pero nos fundimos. Estaba siempre cerrado, porque yo no lo atendía", acepta.
Al año siguiente se pondría las pilas y volvería a hacer Educación Física, pero en Buenos Aires, en el INEF (funcionaba en el Cenard, y allí se cruzaba desde Ginóbili a Gaby Sabattini), y tendría como compañeros al Indiecito Solari (jugó en Ríver y el Real Madrid), Solange Witennen (atleta, dos veces olímpica), Ignacio Fernández Lobbe, que era rugbier, "y me acuerdo que a su hermano Juan, hoy Puma, lo volvíamos loco. El tipo ahora mide 2 metros y pesa 120 kilos", exagera.
Se recibió en 1997 y pegó la vuelta. Es que más allá que en Buenos Aires las vivió todas, extrañaba aquellas tardes de pileta en la quinta de los Chirino, y después el fútbol con sus amigos de la adolescencia, "con Tito y Coqui Chirino, Agustín López Scala, El Negro Alou, El Negro Aguerrido, Marcelo Pedehontaá, Ceferino Almudévar, Cochelo Magnano, los Lartirogoyen, Nico Muñoz… Nos pasábamos tardes de fútbol… y era un grupo raro ese, porque a la noche estábamos hasta las 6 de la mañana en La Capital, hablando de fútbol. Muchas veces a eso de las 3 yo arrancaba para el boliche", cuenta.

Los mareos de Ceferino.
Junto con Ceferino Almudévar decidieron instalar su primer gimnasio. "No teníamos un peso, pero nos fue re-bien… desparramamos cheques por todos lados y lo armamos… Lo único que le reprocho a mi socio es que no se portó bien cuando hubo que pintar el local, ¡y fueron noches interminables! Él entrenaba a Estudiantes en básquet, jugaban el TNA, y cuando les tocó ir a Junín se armó una gresca: a Cefe le metieron un sillazo en la cabeza y lo desmayaron. Pero le sirvió: tuve que pintar yo solo porque él agarraba el pincel y decía que le agarraban mareos… Pasó el tiempo y tengo la impresión que me ¡caminó’. ¿O no, qué te parece?", duda, pero no tanto.
De todos modos les fue muy bien, y cada tanto iban a Buenos Aires a comprar algunas máquinas. "Una vez llevamos para comprar 4 cintas para caminar, pero al final trajimos una sola. ¿El resto de la guita? Y qué querés… Buenos Aires es grande… y una tentación. La patinamos toda en tres días. Y nos pasó varias veces", rememora.

El preparador físico.
Lucas iba a empezar un largo camino como entrenador. Primero con Germinal, con Matadero, y luego en Luz y Fuerza . Y a partir de allí no dejaría más. General Belgrano, Atlético Santa Rosa y All Boys -hoy está con los auriazules- lo tuvieron como preparador físico; pero también tuvo pasos por Estudiantil de Castex e Independiente de Doblas. Estuvo al lado de los directores técnicos más importantes, y menciona a El Chueco Ramírez, Alfredo Sauro, Dante Jacobi, Dardi Corcuera, Orfel Blanc, Timoteo Muñoz, y hoy trabaja junto al rosarino Miguel Arancio. "Nunca tuve problemas con ninguno. Todos me dejaron trabajar, y nunca se metieron en lo que yo hacía", comenta.
Consiguió con algunos de esos planteles cinco títulos: dos con Orfel Blanc en Belgrano, uno con Ramírez en All Boys, el ascenso con Estudiantil de Castex con Jacobi, y el Provincial que ganó el auriazul dirigido precisamente por El Chueco.
Hincha de Ríver, entre nosotros simpatiza con Sarmiento -su papá fue arquero allí-, y promete que alguna vez, cuando la cuestión económica se lo permita trabajará "gratis en el club" de Villa del Busto, "porque sino mi viejo me mata…".
También, convocado por Fidel Bretón preparó en básquet a All Boys -"el equipo volaba", se jacta-; pero además, cuando Ceferino dejó de dirigir Estudiantes lo recomendó, y le tocó recorrer el país con el celeste. "Fue la época dorada del básquet, y había un plantel fantástico", al punto que llegó a la final con Argentino de Junín. También le tocó el tiempo de Maxi Rubio como entrenador en la Liga Nacional B, y menciona que allí aprendió muchísimo entre 2007 y 2009.

Un profe top ten.
Ranocchia es un tozudo laburante, que tiene química con sus dirigidos, y que todo el tiempo está tratando de ser más profesional y más completo."Poné que es top ten… un entrenador 10", lo define Roberto Galant, ex arquero de Belgrano y Anguilense, que conoce, y mucho del tema, porque alguna vez le tocó transitar por el fútbol profesional. "Lucas es un fenómeno, decilo así", pide el futbolista. "No tuve problemas con ningún jugador, ni con aquellos que algunos dicen que pueden ser conflictivos. Conmigo trabajaron siempre…", los elogia.
Tiene, obviamente, cientos de anécdotas. Porque las genera todo el tiempo, y porque tiene relación con deportistas de elite, pero además con otros que sin serlo concurren a su gimnasio no sólo a entrenar sino también a pasar un buen momento… Porque Lucas será diligente y amable en la conversación, les convidará un mate mientras caminan en la cinta, pero a su vez les pedirá esfuerzo en la medida que puedan exigirse.
Tiene poco que ver con aquel pibe hiperquinético y bullanguero que conocí hace muchos años. Es como un torbellino que se ha aplacado y hoy es un profesional serio y reconocido. Sí, para mí, algo lo cambió.

"No me gustan los profes…"
La voz grave de Dardi Corcuera sonó como para no dejar lugar a dudas. Independiente de Doblas tenía buen equipo de fútbol, pero a veces había un quedo en los segundos tiempos que le impedían mejor performance. Los directivos creyeron oportuno contratar un profesor de educación física para que aportara lo que le faltaba el equipo y pensaron en Lucas Ranocchia. El director técnico, Corcuera, no quería saber nada porque tiene la concepción de que en el fútbol lo que más importa es la pelota. "Te aviso una cosa: no me gustan para nada los profes", le advirtió, muy serio, a Lucas el primer día que se puso frente al plantel. Ranocchia lo miró a los ojos y sólo le respondió: "¡Sabés que a mí tampoco…!, ¿qué hacemos entonces?".
Corcuera miraba con desconfianza, pero al final Lucas -como sucede casi siempre con quien lo conoce-, se lo metió en un bolsillo. "En ese mismo campeonato volvió el Chueco Ramírez a dirigir a All Boys y me llamó para trabajar con él… Imaginate, a cuatro cuadras de mi casa, con un tipo que es amigo. Se lo plantee a la gente de Doblas y entendieron… Pero resulta que llegaron los dos equipos a la final, Independiente y All Boys, y cuando fuimos a jugar allá pasó algo increíble: Dardi lo encaró mal al Chueco, le dijo que le había robado el entrenador y lo quería pelear… Ramírez no sabía qué estaba pasando y nadie entendía nada. Fue de locos y en un momento me tuve que meter al medio y calmarlos. Hoy Dardi viene a Santa Rosa y no deja de pasar por mi casa. Estuvo en mi casamiento y es un gran amigo", se vuelve a reír Lucas.