“Orgullosa de ser canillita”

LIDIA BERTELLO, CASI 30 AÑOS VENDIENDO DIARIOS Y REVISTAS EN LA TERMINAL

Desde 1989, junto a su esposo Domingo, es la “dueña” de la esquina de la Terminal, donde vende diarios locales y porteños. Asegura que la calle le dio muchos amigos y enseñanzas. Trabaja todos los días desde las 5 a las 16.
“Yo empecé jugando con uno de los nenes, Claudio, que ahora tiene una cadetería. Trabajaba de sirvienta, en el trabajo doméstico, y un domingo dije: ‘Voy a salir a vender diarios’. Y me gustó, porque ganaba más con el diario que en el otro trabajo. Me entusiasmé tanto que hasta el día de hoy estoy acá”. Así comienza la charla con Lidia Bertello en el caluroso domingo de la víspera, en el puesto de venta de diarios y revistas que está en la Terminal, sobre la calle Corrientes, casi Luro.
“Es hermoso porque uno habla con todos, desde el más grande al más chiquito”, dice Lidia. Recuerda que comenzó a los 30 y moneditas y que hoy tiene 60 y pico. Testigo de muchas madrugadas en el centro santarroseño, vendiendo los diarios que recién se imprimían, asegura que los jóvenes de hoy son más solidarios que aquellos que salían de bailar cuando ella recién comenzaba a vender en la calle.
La jornada de Lidia arranca todos los días a las 5 de la mañana. “Me levanto, me tomo el vaso de agua y arranco”, dice. Arrancar, para ella, es subir a la moto, buscar los diarios y hacer el reparto en Villa Alonso, Villa Martita, Barrio Aeropuerto y Villa del Busto, el barrio donde tiene su casa desde que llegó a Santa Rosa.
Para las 6.30 ó 7 ya está de vuelta en la casa. Desayuna junto a sus hijos y nietas. María Laura, una de las hijas, es la que abre el puesto de la Terminal a las 7. Mientras tanto, Lidia lleva a Anabella al secundario y a sus nietas al jardín de infantes y la escuela. De ahí se va para el puesto y vuelve a realizar el reparto de diarios a media mañana, esta vez, con los ejemplares de los matutinos porteños, que llegan a la capital pampeana entre las 10 y las 11.

Ventas.
“El reparto lo hice siempre en bici y también de a pie. Ahora lo hago en la moto. Antes, cuando apenas comencé comenzaba a la 1 de la madrugada. Antes se vendía más, ahora hay mucha tecnología y la gente pierde un poco la cuestión del papel. También es cierto que cuesta y mucha gente no puede comprarlo todos los meses. A una familia que compra un diario La Arena y un diario de Buenos Aires se le van 1.500 pesos en el mes”, explica.
Apenas un año después de comenzar su vida de canillita, en 1989, Lidia y Domingo comenzaron a vender en el puesto fijo de la Terminal. Alguna vez alguien les quiso disputar ese lugar, pero nunca lo cedieron y hoy forman parte del paisaje cotidiano de ese lugar neurálgico de Santa Rosa.
El año 2010 fue un punto de inflexión en el trabajo diario, porque desde entonces cuentan con una caseta que les ofrece no solo reparo sino también la posibilidad de incorporar la venta de revistas, algo que Lidia consideró fundamental para obtener un ingreso adicional a su economía familiar. “Si tuviera que mantener a mis hijos solo vendiendo diarios, no sé si podría, porque hasta hace dos años atrás los diarios de Buenos Aires llegaban a las 14 ó 15 y mucha gente nos decía que, si llegaba después de las 13, no se los lleváramos. Los diarios locales, en cambio, siempre tuvieron un ritmo muy bueno. Un domingo estamos vendiendo 130”, cuenta.
-¿Alguna vez pensaste en dejar esta actividad?
-Estoy orgullosa de ser canillita. Va a ser difícil que lo deje. No lo dejé años atrás así que ahora menos. Una vez me ofrecieron un puesto en la Cámara de Diputados y lo rechacé para seguir vendiendo. Fue cuando estuvo Edén Cavallero. Un día me dijo: ‘Mirá Negra, vení, qué vas a andar vendiendo diarios. Queda feo para una mujer’. Y lo rechacé porque la frase que me dijo no me gustó. Me gustó el puesto que me ofreció pero no me gustó la frase. Yo tengo un dicho: ‘Hoy me dice esto, mañana qué me va a decir’. Lo rechacé y seguí. Estoy orgullosa de lo que hice y de ser canillita. He criado a mis hijos con este trabajo y hasta ahora no tengo quejas. Creo que si hubiera elegido ese otro trabajo, no tendría todos los amigos que tengo.

De hacheros a canillitas.
Lidia y su marido llegaron a La Pampa para trabajar como hacheros en un campo de la familia Rausch, en Cereales. “Nos gustó Santa Rosa y nos quedamos acá”, asegura. Juntos tuvieron 16 hijos, de los cuales cuatro fallecieron. Actualmente Lidia vive en su casa de la calle Santiago del Estero junto a Domingo y sus hijas Mariana (tiene dos hijas), Luanna, María Laura y Anabella.
Parada en la vereda de la Terminal, bajo la sombra de un árbol, se emociona cuando cuenta que tiene a su mamá, de 95 años, en Salliquelló, y que viajará en cuestión de minutos para visitarla. “Estoy orgullosísima de tenerla”, dice. Una de sus hermanas vive también en la localidad bonaerense, mientras que el resto de sus hermanos están repartidos entre General Pico, Pergamino y Pigüé.

Compartir