¿Servir a la patria es abusar de una chica de 20 años?

Ayer se reanudó el Juicio por la Subzona 14 II, en la que hubo tres testigos que declararon ante el Tribunal Oral Federal. Pese a que una resolución había dispuesto que los acusados deben estar presentes en las audiencias, ayer no estuvieron ni Néstor Omar Greppi ni Roberto Fiorucci.
Raquel Barabaschi tiene grabado a fuego en su mente cada detalle de aquella primera sesión de torturas en la que un grupo de policías -“ocho a diez”, relataría- la golpearon y la picanearon.
Barabaschi relató ayer frente al Tribunal Oral Federal su terrible sufrimiento y su impotencia ante cada una de las cuatro sesiones de tortura que debió soportar mientras estuvo detenida en Santa Rosa.
Aunque ella recuerda y relata con gran precisión cada detalle, resulta difícil llegar a comprender qué enorme debe haber sido el sufrimiento de Raquel Barabaschi mientras una decena de policías la golpeaban y la picaneaban, en una sesión de tortura en medio de la cual sus verdugos tomaban alcohol, y soltaban risotadas.
Antes Raquel -que entonces tenía nada más que 20 años- había percibido que desde un piso superior se escuchaban “gritos desgarradores”, mezclados con música sacra. Eran otros detenidos que sufrían la tortura que después debería soportar ella misma.

La declaración.
“Agradezco estar acá nuevamente a 42 años de los hechos por lo cual soy víctima”, dijo al comenzar su declaración. Contó que “luego de egresar en 1974, en 1975 había una comisión para regionalizar la Universidad Tecnológica”, para lo cual se formó un centro de estudiantes; una construcción colectiva de toda la sociedad, en la esquina de las calles 32 y 3″.
En esas circunstancias el que apareció en escena fue el entonces dirigente sindical Carlos Aragonés -por años hombre frente del PJ provincial, y hoy cercano al macrismo-, que quiso “cooptar el movimiento” con algunas acciones que incluso hizo llegar gente de Bahía Blanca para presionar.
Después de una presentación en el Juzgado Federal se produjo un desalojo nocturno, “nos toman las huellas dactilares y nos inician una causa a los alumnos y docentes”. Mencionó que en ese momento “el Mofepa sacaba comunicados firmados por Alfredo Cayre y Rodolfo Rogero en La Reforma pidiendo nuestra liberación, pero pidiendo que seamos ‘reorientados’ porque nos consideraban personas ‘no pensantes'”.

Patota militar en las calles.
Después, ya liberados, serían despedidos los docentes. Explicó que un día que pensaban viajar a América, Ricardo Calvo “nos acompañó hasta tarde porque se veían policías y soldados en la calle. A las dos y media voltearon una puerta y entró una patota militar y policial, con Baraldini a la cabeza, y también estaban Taboada y los comisarios Schefer y Campagno. Y los soldados. Había soldados con armas largas, nos sacaron a empujones, revolvieron todo buscando armas, nos insultaban y preguntaban a qué célula guerrillera pertenecíamos”.
La patota no encontró nada y se fueron dejando todo dado vuelta, pero a la noche volvieron y se veían “una tanqueta, soldados arriba de los techos y habían cerrado la manzana. Me venían a detener a mí”.

La última materia.
Después Raquel Barabaschi fue trasladada a Santa Rosa en un patrullero: “En vez de venir por la ruta habitual, lo hacían por un camino vecinal, porque decían que un comando guerrillero me iba a querer rescatar. A mitad de camino, paran, me hacen bajar, y me dicen que me podrían matar ahí mismo y nadie iba a investigar. En la Primera me encierran y luego me interrogan a cara destapada. El que hace el interrogatorio es (Carlos) Reinhart, pero entraba y salía gente, entre ellos Cenizo, a quien conocía porque había estado en alguna oportunidad en la casa de mi abuela. También ingresó Fiorucci” en esa oportunidad”, dijo.
Recordó que “yo estaba estudiando para rendir y quedé en libertad 2 días antes del examen, fui a rendir y aprobé. Fue gratificante porque pude estudiar y aprobar”. Pero sería la última materia que rendiría “porque ese fue el principio del fin. Veíamos que la situación se agravaba … compañeros en La Plata y otros lados eran detenidos”, indicó.

Golpe y nueva detención.
Cuando se produjo el golpe, el 24 de marzo de 1976, Raquel Barabaschi fue detenida nuevamente y trasladada otra vez a Santa Rosa. Narró que fue interrogada por Carlos Reinhart, que tenía una lista en la que estaban las mismas personas que habían sido detenidas en General Pico en 1975.
Al llegar a la Seccional Primera en Santa Rosa, trajeron a otras personas, como Zelma Rivoira, Audisio y Canciani… En el barrio Pampa había casas para chicos becados en la universidad… hicieron una razzia y se llevaron a todos, y ahí escuchamos a Aragonés que le devolvieran a dos diciendo que eran ‘de los nuestros'”.
Ya en la Seccional Primera, Raquel Barabaschi contó que la llevaron a una celda junto a Miyi Regazzoli (la hija del entonces gobernador), quien las contenía “y me prestó un libro que era de su padre”. Después la llevaron a una oficina sin ventana, donde debía dormir en el suelo, sin colchón, ni nada.
“A la noche se escuchaban gritos desgarradores que venían de la planta alta… y lo que parecía música sacra… No se podía dormir, porque desde el silencio de la celda todo se escuchaba con nitidez”.
En una oportunidad la sacaron a un pasillo, para que viera que “justo lo bajaban a (Santiago) Covella… fue impactante, porque estaba destruido y ensangrentado”, y en otra ocasión hicieron lo mismo y vio a “Gil y a Ricardo Calvo, un amigo del alma… era para intimidarme y para mostrarme qué podía pasar”, completó.

Sospechoso “por guitarrero”
La esposa de Oscar Perna Almeida, músico y cantor que había llegado desde Uruguay a General Pico -un hermano había ganado un concurso en el hospital y le había sugerido que vuelva-, relató que aquél fue detenido acusado por un médico de la ciudad que lo vio “sospechoso por extranjero y guitarrero”.
Elida Rodríguez Jara (79), declaró y rememoró que su marido había conseguido trabajo en el ferrocarril, pero el 27 de noviembre de 1976 fue secuestrado por una patota y traído a Santa Rosa. La mujer contó que cuando lo volvió a ver, días después, estaba “en un estado desastroso, atado a un catre”, y muy debilitado porque se había negado a comer. Agregó que quedó tan mal por las torturas que necesitó asistencia psiquiátrica permanente, y una afección en el oído que le duró toda la vida.
Dijo que hizo gestiones infructuosas ante el obispo Adolfo Arana, y que en una oportunidad se cruzó en Casa de Gobierno con Luis Baraldini: “Me dijo que yo había andado mucho, que me fuera que mi marido iba a quedar en libertad”, lo que ocurrió el 28 de diciembre.
Con el paso de los años dos policías piquenses le dijeron a Perna quién era el médico que lo había denunciado.
El hombre reconoció entre sus verdugos a Roberto Fiorucci y Juan Domingo Gatica; y a Máximo Pérez Oneto como el médico que lo revisaba después de cada sesión de tortura: “Lo golpeaban y le preguntaban si tocaba la guitarra, a Guaraní o Rimoldi Fraga… y él les contestaba que tocaba sus propias canciones”, evocó.
Durante bastante tiempo Perna estuvo en libertad vigilada, hasta el advenimiento de la democracia.

“Hay una cuenta pendiente”
El periodista Juan Carlos “Pinky” Pumilla (69) dijo ante el Tribunal Oral Federal que hubo complicidades civiles que colaboraron con los represores; y en ese sentido apuntó que hubo un documento del ex gobernador Ismael Amit, quien desde el Mofepa esbozaba “un plan de gobierno” para los militares. También se refirió a los jueces del Superior Tribunal de Justicia que juraron sus cargos por las “Actas del Proceso”, cuando “todavía estaba caliente” el sillón de la presidenta depuesta, María Estela Martínez de Perón.
Pumilla fue detenido durante tres semanas desde el 28 de enero de 1976; aunque antes lo habían demorado dos veces por publicar una solicitada reclamando la libertad del periodista Raúl Celso D’Atri.
Dijo que no fue torturado, y que su padecimiento “no tiene la estatura de los padecimientos de otras personas. Hay una distancia enorme”, aclaró.
Sostuvo que se presentó como querellante por su compromiso por amigos desaparecidos, por ser uno de los fundadores del Movimiento Pampeano por los Derechos Humanos en 1983; y porque en nuestra provincia “todavía hay una cuenta pendiente”: encontrar al hijo que tuvo Lucía Tartaglia, desaparecida en cautiverio.
Sostuvo que fueron los policías Oscar Yorio y Hugo Marenchino quienes lo detuvieron sin orden judicial y que después lo interrogaron con Roberto Fiorucci y otros policías. También dijo haber visto a Baraldini que controlaba todo.
Indicó no haber recibido “agravios físicos”, pero que fue “traumático” salir esposado frente a su familia.
Quedó en libertad vigilada por orden del juez.
Después el ex policía Oscar Yorio pidió declarar para refutar a Pumilla. “Jamás lo detuve, ni estuve presente en algún lugar donde haya estado detenido. Después de 1972 pasé a la Unidad Regional y no hacía operativos. Lo mío era administrativo”, negó.

“¿Servir a la patria es abusar de una chica de 20 años?”
Raquel Barabaschi relató paso a paso cómo fue la primera sesión de tortura que debió soportar: “Una noche vino una celadora, Nilda Stork, y un policía, Gualpas o Gauna, con un par de esposas. Me di cuenta de que algo me iba a ocurrir. Me vendaron y esposaron y me condujeron a la planta alta a una oficina. La celadora me soltó y alguien me da una trompada en el estómago, me sientan en una silla esposada. Se escuchaban ruidos, pasos y distintas voces. Me sacaron la blusa, el corpiño, me desprenden el pantalón y me empiezan a manosear”, repasó.
Mirando a los jueces Raquel Barabaschi dijo: “¿Un servicio a la patria es abusar de una chica de 20 años sentada y esposada en una silla? Les pedí a mis hijos que no vengan…”, agregó.
Precisó que estaban presentes Reinhart -pudo percibir “la voz y el olor”-, Fiorucci y otros “ocho y diez” policías, “y también Baraldini”. Siguió señalando que al final pudo ver a Reinhart.
También que alguien gritó en medio de los abusos: “Encima esta hija de puta es tortillera. Yo tenía 20 años y no conocía el significado de esa palabra y me impactó. Pasado el tiempo, le pregunté… no entendía por qué pensaban eso. Después me di cuenta que cuando me fueron a secuestrar estábamos con mi compañera en la misma cama durmiendo debajo de la ventana”.
Señaló que en esa sesión de tortura recibió “trompadas, cachetadas, me gatillan un arma en la cabeza, me preguntaban sobre la célula terrorista… quiénes eran los jefes. Si habíamos matado a un policía en el autódromo de Pico. Duró más de dos horas. Yo obviamente respondía todo que no… La Pampa era una provincia tranquila, los únicos terroristas fueron esta banda que vino a instalar el terrorismo de Estado”, enfatizó.

La picana.
“Conocés la picana… ahora la vas a conocer”, le dijeron los torturadores a aquella chica de 20 años. “Pusieron en marcha algo que me pareció una soldadora eléctrica. Lo primero que hacen es ponerla en las esposas y me dio el golpe de corriente por todo el cuerpo… Luego en la cara, al lado del ojo izquierdo; me la metían en la boca mientras alguien me sostenía la lengua porque se me daba vuelta. Luego en el estómago y en los pechos… Después de esa sesión de tortura con picana, cuando se cansaron… tomaban, porque había olor a alcohol y se sentía el ruido de los vasos”.
Raquel explicó que después le quitaron las esposas de la silla y Reinhart le sacó la venda y le puso un cigarrillo… Al volver del suplicio fue recibida por la celadora que, cuando le pidió agua, le dijo que por 48 horas no podía tomar. “No podía reconocer mi cuerpo, tenía los pezones destruidos, el estómago azul, la marca de las esposas, lastimada…”.
Después la colocaron en la celda junto a otras mujeres. “De noche no se dormía”, y refiriendo a sus captores dijo que parecía que “sólo descansaban los domingos… serían buenos padres de familia, iban a misa y a comer con sus hijos… Sabíamos que era domingo porque escuchábamos las risas de los niños y las hamacas del parque”, marcó la paradojal situación.

Aplauso contra chicana
La concurrencia en la sala de audiencias prodigó un caluroso aplauso a Raquel Barabaschi, cuando respondió a una chicana del defensor de Baraldini, Pedro Mercado. El abogado le preguntó si había recibido indemnizaciones.
“En 1997 inicié el trámite para acogerme a una ley dictada por el Congreso, recién en 2005 lo concreté y me tocaron unos pocos bonos en default. Trabajé toda mi vida, y lo poco que recibí sirvió para aliviar en alguna medida la inversión que tuve que hacer para afrontar los traslados en este juicio. Es inversamente proporcional a lo que el Estado tuvo que invertir para mantener a su defendido”, respondió Barabaschi dejando atónito a su interlocutor.