Rubén, un laburante de todos los días

Mario Vega – Trabajar puede resultar sacrificado, pero forja a los hombres a superarse, a ser mejores. Es el caso de este canillita que, además, es imprentero, y que últimamente se le ha dado por volcarse al canto.
Todavía quedan algunos de estos personajes que uno se topa en las calles de la ciudad, aunque cada vez son menos… es que tanto ha cambiado todo que muchos de esos protagonistas del movimiento cotidiano de la urbe van dando paso a otros. Perduran los canillitas en algunas esquinas, los vendedores de diarios y revistas que hacen su reparto todos los días; y también los que realizan otro tipo de actividades que son parte de una postal citadina.
Pero otros se esfumaron, no existen más… no se ven más los lustrabotas con sus cajones de madera bajo el brazo; ni los afiladores que chifle en boca hacían escuchar su melodía para que los vecinos salieran con sus elementos -tijeras, cuchillos, etcétera-, ni el caramelero del cine, ni el carrito los domingos en los partidos de fútbol… y tampoco los cafeteros ambulantes. Desaparecieron. Cambió la ciudad, la sociedad, el mundo.

El trabajo, un culto.
Por eso resultan simpáticos a quienes tenemos algunos años, a los que nos gusta caminar y mirar la ciudad tipos como Rubén Horacio Rojas (54), y de otros que, como él, han hecho del trabajo un culto.
Personas simples, que saben de la vida porque la aprendieron en las calles, porque recogieron esas enseñanzas que se cultivan en el trato renovado de cada mañana conversando con la gente que los adopta como personajes queribles de un tiempo que se resiste a irse.
Este hombre que cada día nos encontramos en algún kiosco bajando presto de su triciclo motor -una moto y una caja en la que lleva su mercancía-, siempre con un saludo y una palabra amable, para dejar los diarios o las revistas, sabe de verdad lo que es el trabajo.

Antes era diferente.
En estos tiempos modernos se puede advertir que muchos chicos y jóvenes son fervorosos laburantes, y no voy a caer en la estigmatización de que les gusta menos el trabajo que a los mayores, porque a muchos de nosotros tampoco nos entusiasma más que “lo necesario”. Pero tengo que admitir, se me ocurre -y podría ser que no esté acertado- que antes se trabajaba distinto, con otras condiciones, en diferentes circunstancias: que el hombre (y la mujer) hacían un sacrificio mayor.
Conté alguna vez que he visto a mi padre -también Mario- trabajar “como burro”, horas y horas en una imprenta de obra. Un laburo que se hacia todo el tiempo de pié, en el verano con las ventanas abiertas de par en par, cuando el aire acondicionado no se conocía y un elemental ventilador era un artículo de lujo; y en invierno como mínima calefacción disponer de una estufa a kerosén -esas que tenían velas de yeso (¿) que eran las que refractaban el calor-. Y además tener en cuenta que -a diferencia de la imprenta computarizada de hoy-, sufrir los efectos del polvillo de plomo, porque de ese material eran las letras que se “paraban” una a una con un componedor.
Siempre digo: antes se trabajaba “como burros”.

Para algunos siempre fue duro.
Hay que decir, y es verdad, que las condiciones de trabajo no cambiaron para otros sacrificados obreros. Porque la tarea de los albañiles, por hablar de algún otro oficio, sigue siendo tan sacrificada hoy como antaño; y lo mismo debe suceder con tantos otros oficios. Eso es seguro.
Y en el caso de Rubén Horacio Rojas lo cierto es que lo suyo también resulta esforzado. Porque se trata de un reparto que se hace de lunes a lunes todos los días del año, salvo cuatro feriados que están perfectamente determinados en el calendario: 1 enero, 1| de mayo, el día del canillita y Navidad.

Una familia de la Villa.
Nacido y criado en la Villa Santillán, es hijo de Osiris Lino (fallecido) y de Gladys Noemí Robles (78), que “por suerte está muy bien”.
“Papá trabajaba de albañil, también lo hizo en el transporte Pampero, y fue sereno en un instituto”, cuenta de entrada. Tiene varios hermanos: Héctor Osiris, Juan Carlos y Jorge Luis, y Marcela.
Hace un año más o menos sufrió un golpe que aún le duele. “Sí, estábamos con Mabel Alicia desde hace 26 años, y se me fue…”. Un nubarrón le cruza por la vista y sigue: “Tuvimos a Maximiliano Andrés (26). Y tengo dos hijas del corazón: María Paula y María Soledad. Maxi es empleado de comercio”, y Rubén con orgullo cuenta que tiene tres nietos: Milton (7) quien lo acompaña con su camiseta de River -“los dos somos fanas”, dice el abuelo-, Melina (6) y Kanka (3). Y no quiere dejar de mencionar a su yerno, José Morel.
La escuela, el trabajo.
“Fue mucho tiempo que la remamos con Mabel, porque los problemas empezaron cuando yendo en moto nos caímos, estando ella embarazada de Maxi”, rememora.
La infancia en la Villa Santillán, vivía en Wilde y José Luro, y por supuesto la primaria en la Escuela 180. “Cómo no acordarme de esas calles de tierra donde jugábamos a la pelota, del ‘Loco’ Manzano que pasaba por allí y siempre alguno le gritaba algo… Yo tuve de nacimiento un problema de luxación de cadera, pero igual jugaba al fútbol… me hubiera gustado hacerlo en algún equipo pero el impedimento físico no me dejó”.
Fanático del fútbol, y sobre todo de Ríver, supo ir mucho a la cancha en la época de los torneos regionales, siguiendo a All Boys, a Atlético Santa Rosa, y en los torneos domésticos a General San Martín.

Rubén, el imprentero.
Como no le gustó el secundario “el viejo dijo que había que ir a trabajar: primero de cadete en una veterinaria de Oscar Canal; y luego un vecino ‘Nardo’ Maldonado -hermano del boxeador Osvaldo y de Lito-, me ofreció empezar a conocer el oficio en la imprenta Labor, que era de Ángel Bronzi y Mario Vega (sí, mi papá)… y de a poquito aprendí de tipógrafo y a encuadernar, y me gustó. Un día don Vega me llamó y me dio algo así como 200 pesos de esos tiempos, que era buena plata, y le di la mitad a mi vieja y el resto me compré mis primeras zapatillas Adidas”, evoca gozoso.
Trabajó en distintas imprentas, “y ahora tengo mi propia imprenta de obra, chiquita, y hago tarjetas de comunión, personales, almanaques, imprenta de obra. Ya llevo 30 años de imprentero y 15 con la mía”, resume-

Una rutina esforzada.
Se levanta “todos los días a las 7, a las 8 salgo y termino el reparto a las 3 de la tarde. Claro, todo eso sin francos, porque como te dije tenemos sólo cuatro feriados al año. Te diría en cuanto al trabajo que se mantiene la clientela de siempre, pero es difícil sumar nuevos lectores”, explica. Y agrega que “a veces se hace un poco sacrificado, porque en pleno invierno se hace sentir el frío, y en verano no te imaginás lo que molesta el casco… y a eso agregále que el tránsito de Santa Rosa está medio loco y ya está”, sonríe.
Rubén es, sin dudas, un optimista de la vida, y siempre anda buscando cosas para estar mejor. “Y una de esas es cantar. Aunque parezca mentira siempre ando tarareando, silbando, y un día que le voy a vender Olé a Gustavo Díaz me invitó a cantar… estás loco, le dije, pero me convenció diciendo que necesitaban gente nueva, y canté en el Teatro Español… y sigo, hago folklore tradicional, temas de Guaraní, de Hernán Figueroa Reyes, siempre acompañado por músicos. Después de todo lo que me tocó vivir es una salida a la vida”, sostiene.
Un hombre que trabajó siempre, que deberá hacerlo por lo menos una década más, si aspira a la jubilación, pero que ni piensa en eludir esa responsabilidad. Porque al cabo, como tanta otra gente, es lo que hizo desde que era un pibe. Es lo que aprendió de los mayores, y no hay excusas. Es, al cabo, producto de lo que algunos llamarían cultura del trabajo… Rubén no se siente ejemplo de nadie, pero se advierte que tiene verdadero orgullo por lo que hace, aunque sea duro…
Hoy, mientras la ciudad descansa, él andará de aquí para allá… como todos sus días…

Entre diarios y revistas.
Narra Rubén Rojas que un día cualquiera, hace muchos años, “mirando un partido de fútbol de barrio estaba con mi primo ‘El Negro’ Osmar Rojas, que en ese tiempo hacía el reparto de un diario de Buenos Aires. Le pregunté como era la cuestión, si se ganaba más o menos y me di cuenta que podía ser una buena posibilidad de hacer un mango, que nunca está de más: ‘Tomá, andáte al barrio Butaló y vendéte estos diarios; te los van a sacar de las manos’ me dijo, y en pocos minutos vendí los 10 Clarín que me había dado… Y ahí me entusiasmé, arranqué y no paré más, y enseguida nomás ya sumé al diario La Capital que salía en esos tiempos y además a LA ARENA. Y tiempo más adelante agregué la venta de revistas, el diario Olé, Página 12, Diario Popular y Ámbito Financiero… y ahí sí me hice canillita, hasta hoy. Obvio, empecé con la bicicleta bastante tiempo hasta que después de un tiempo me pude comprar una motito, y aquí ando, firme en esto”, cuenta con ganas. Todos los días se lo podrá ver “bajar a las ‘chuequedas’ -se ríe- en los 12 kioscos en los que dejo los diarios, pero también tengo mis clientes particulares”, agrega.
Algunos canillitas son conocidos en Santa Rosa, como Pocho, Vitale, Juancito que anda de aquí para allá con su bicicleta, Edgardo, Lidia Bertello que tiene el kiosco en la Terminal, Yessica que atiende la distribuidora de Clarín, y por supuesto el querido Fasulo Rodríguez.
Rubén tiene buen carácter, saluda a todo el mundo y atiende con cordialidad. “Sí, es mi forma de ser… porque la verdad es que, salvo lo de mi mujer, tengo mucho que agradecerle a la vida”, completa.

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