“Silvio”, el “doctor” de la carne

Mario Vega – Cada uno tiene su pequeña historia de vida para contar. Cada uno de nosotros tiene vivencias -aunque no serán determinantes para el futuro de la humanidad- que podrían merecer la atención de los demás.
Se suele decir, a alguien se le ocurrió, que para llevar adelante un oficio hay que hacerlo bien, ejercerlo dignamente. Uno puede desempeñarse en cualquier actividad que fuere y tiene la obligación, con uno mismo, de practicarla de la mejor manera posible. Es lo que de alguna manera nos enseñaron nuestros mayores.
No obstante cabe admitir que en estos tiempos cibernéticos, cuando la computación, la robotización, le dan al trabajo una sistematización que ni siquiera soñábamos, y la figura del individuo parecería tornarse cada vez más prescindible. Sucede en muchísimas actividades.
Pero también es verdad que, todavía, subsisten labores que no han podido ser reemplazadas. Aquellas donde la presencia del hombre es indispensable, como en el caso de artesanos, o de operarios que ponen sus conocimientos y su destreza al servicio del trabajo.

Oficios que no se extinguen.
Un buen carpintero, un electricista, un plomero -los ejecutantes de un oficio de esas características- no pueden ser suplantados por una máquina. Y podría señalarse que tampoco un carnicero puede ser desplazado.
En nuestra ciudad los conocimos en los suburbios y en el centro -en el viejo mercado, hoy Centro Municipal de Cultura-, y aún puedo recordar los rostros de aquellos que tenían carnicería en mi barrio, Villa Tomás Mason. Como don Segovia, Coco Santamaría y El Diablo García… claro que sí.
Todavía existen diseminados en distintos lugares de la ciudad los carniceros, que muestran su pericia con el cuchillo o la sierra para hacer los cortes de la media res colgada. Se los puede evocar con sus delantales blancos, el gorro del mismo color -aunque no todos lo usaban-, y el tono entre amiguero y canchero que utilizaban ante su clientela. Sobre todo si se trataba de las damas más donosas del barrio…
El carnicero sigue siendo un oficio vigente, y no parece correr por ahora riesgo de extinción. Es cierto que las grandes superficies -los supermercados- se han llevado buena parte de sus clientelas, pero perduran las carnicerías particulares. Parecidas a aquellas que recordamos.

Parece odontólogo, es carnicero.
Hay uno que luce un look particular. Ingresar en lo de "Silvio" es como entrar a un quirófano, por la limpieza extrema que impera, y sobre todo por las características del carnicero. Impecable chaquetilla blanca, con un logo con su nombre en el bolsillo izquierdo, a la altura del pecho; pantalón oscuro perfectamente planchado; zapatos negros y, para completar, corbata sobre la camisa de color verde claro. ¡Sí, carnicero con corbata!
Si alguien ve a Silverio Rainhart (71) con ese atuendo caminar desde su hogar en calle Chaco hasta el local podría confundirlo con un médico, quizás un oftalmólogo o un odontólogo. Silverio, a quien todos identifican como Silvio, es un winifredense que lleva nada menos que 53 años en el oficio de vender carne al público.

Trabajar desde adolescente.
Tiene un carácter afable y le gusta contar su vida, que es como la de tantos y -sin que tenga una trascendencia superlativa- tiene el valor del apego por el trabajo honesto, por el trato cortés y casi hasta afectuoso con sus clientes. Silvio lleva a pié juntillas aquellos consejos de nuestros mayores, acerca de que cualquier actividad que se emprenda debe ser realizada con esmero, tratando de ser el mejor en el trabajo que fuere.
Naturalmente no es fácil distinguirse en un oficio que -al cabo- pareciera ser siempre igual: despostar la res, hacer los cortes más o menos prolijos… ¿Cómo destacarse?
Nació en Winifreda, y su papá Leonardo se dedicaba -en ese momento- a las tareas rurales, en tanto mamá Ida era modista. Tiene dos hermanos, Armando que trabaja en el campo, y María dueña de una tienda. "Aprendí las tareas rurales, arar y sembrar, y me tocó hacer la primaria en la escuela del Guanaco. Me hubiese gustado estudiar odontología, pero no se pudo y aquí estoy", sonríe. Siempre sonríe.

¿Una carnicería, o una boutique?
Lo encontré a Silvio en su local de Spinetto 642 -una carnicería que se parece más a un quirófano, tal la asepsia que se advierte-, donde junto a su esposa, Norma Haberkon que trabajó años en Zapatería Ortiz, atienden a quienes van llegando. Ella se ocupa de la venta de otros productos, y claro está él se encarga de los que van por los mejores cortes. "Más que una carnicería es una boutique", reconoce el orden del lugar uno de los clientes que accedió por un instante a la charla, y Silvio devuelve con una sonrisa.
"A los 15 años ya trabajaba en este oficio. Me levantaba a las 5, cruzaba todo el pueblo para ir a la chacra donde se mataban las vaquillonas… Y es lo que hacía, mataba el animal, lo carneaba y lo despostaba, y después en un carro tirado por un caballo llevábamos las reses a la carnicería que papá había puesto en el pueblo, después que se terminara el arrendamiento del campo. Así todos los días, y aquí estoy. Y voy a seguir mientras siga teniendo esta alegría por trabajar… espero que sean muchos años", pide.
Le tocó el servicio militar, "Marina, en la base de Río Gallegos. Fueron 18 meses y cuando terminé me instalé en Santa Rosa, a trabajar en la carnicería El Charquito, en Garibaldi y Mansilla. Al tiempo pude comprar el comercio, hasta que hace algunos años vinimos para aquí…", cuenta.

Carnicero de corbata.
Es su esposa la que explica por qué la corbata. "Pasa que, sobre todo en el invierno, por el frío de la heladera tendría que usar polera y no la soporta. Entonces hace muchos años empezó a ponerse corbata, para proteger la garganta, pero además por un poco de coquetería", agrega Norma.
"Vamos a sacar algo bueno para vos", le dice Silvio a Marcelo, un cliente habitual que llega para buscar el asado del domingo. "Él es así, amable, siempre conforma a la gente. Es imposible que alguien se enoje con él", aporta la mujer.
¿Cómo una carnicería puede aparecer tan pulcra? "Silvio es un obsesivo de la limpieza y del orden; es así con su ropa, con el auto, con la casa, y con su trabajo ni hablar", sigue su esposa.
"Uso dos o tres chaquetillas blancas por semana, aunque en realidad no llego a ensuciarlas; y también me cambio de corbata varias veces. Tengo 30 colgadas en el armario, y voy armando distintos vestuarios con la camisa… por qué no ser elegante, si se puede… ¿Ensuciarme con sangre? No, nunca, si sabés trabajar la ropa no tiene porque tener una sola mancha", ratifica el hombre.

La boutique de la carne.
Con habilidad utiliza el cuchillo, y también la sierra como aliada para su tarea. "Una sola vez tuve un accidente, se me resbaló el cuchillo sobre la carne recién sacada de la heladera y me corté un tendón de una mano. Pero con la sierra nunca, por suerte", agrega el carnicero.
"Esto es la boutique de la carne", lo elogia otro cliente ante la sonrisa del propietario del comercio. Silvio comenta que la tarea de que llegue el camión y que un hombre tenga que bajar la res sobre sus hombros no ha cambiado. "Eso sigue igual. La tuvimos complicada hace algunos años cuando hicieron la obra de la Avenida Spinetto. Ahí tenían que hacer como dos cuadras con la res hasta llegar hasta aquí… pero además en ese tiempo también se nos complicaron las ventas, porque la gente casi no pasaba por acá", recuerda.

Lo que viene.
Confiesa que siempre le fue bien, que se jubiló hace unos años pero no obstante dice que está decidido a trabajar "por mucho tiempo más. Porque vengo con alegría a hacer lo mío, y mientras tenga ganas lo voy a hacer".
¿Salidas? "Sí, nos gusta con mi esposa, pasear, agarrar el auto e ir a bailes de las zonas rurales, a La Carlota, El Indio… Pero además viajar. Nos gusta mucho el norte, conocemos bastante, y también hacia el sur porque estuvimos hasta en Ushuaia".
Hoy domingo es el único día de descanso, pero mañana bien temprano Silvio desayunará junto a su esposa, elegirá su mejor atuendo, chaquetilla, corbata, y a caminar hacia su trabajo. Cualquiera podrá confundirlo con el odontólogo que quiso ser, y no pudo… y él asumirá el trabajo diario que, después de tantos años, sigue amando. Su oficio de carnicero.
¿Historias mínimas? Sí, como la de tantas como nosotros, que pueden interesar a alguien, tal vez para dejar un testimonio, un registro de época como se suele decir. Por eso, la historia de Silvio y su oficio de carnicero de corbata, puede resultar al menos curiosa. ¿O no?

Nunca concurrió a un banco.
Tiene algunas particularidades Silverio (Silvio) Rainhart, y agrega una más: "Nunca pedí un crédito en el banco, ni tuve chequera, ni tarjeta de crédito", cuenta.
¿Nunca entró a un banco? "No, jamás. Por suerte no precisé hacerlo, y mal no me fue. Siempre trabajé en efectivo; si tenía que comprar el auto juntaba la plata y después iba a la concesionaria; cuando adquirí la carnicería, o mi casa igual. Y en el negocio de la misma manera: se trabaja en efectivo, nada de tarjeta, y la mercadería a los proveedores se las pago con dinero en el momento", agrega. "Sí, es verdad, nunca pisé un banco", completa.
Tiene algunas anécdotas para contar, como aquella vez que siendo un chiquilín de 15 años tenía que cruzar todo Winifreda para ir hasta el lugar donde debía matar un animal, carnearlo y luego trasladarlo hasta la carnicería de su padre. "Una noche había ido al baile, al club, donde había actuado un famoso cantante que había llegado de Buenos Aires. Cuando más tarde pasé, todavía de noche por el club, apoyado en una pared vi un hombre fumando, con un vaso en una mano, que supongo era wisky… me miró y me dijo: ‘Hola pibe, no querés tomarte un café conmigo y charlar un rato’. Me sorprendí y le contesté que no, que iba a trabajar… le di la mano y me fui: al hombre lo había visto un rato antes cantando. Era Julio Sosa, sí, al que llamaban ‘el varón del Tango’. No pude tomar un café con él ¿Quéres creer?", se ríe.
En el final Rainhart no quiere olvidar a "todos los clientes, y a todos los proveedores, que son tan amables conmigo. Decilo en la nota, por favor", pide. Está dicho.