Soledad Fuentes, para pelearle a la vida

Mario Vega – La mujer ha ganado espacios en nuestra sociedad, pero también es cierto que no le ha resultado fácil. Y ni hablar de lo que puede suceder en un ambiente que siempre fue tan machista como el del boxeo.
A mucha gente la vida se le presenta placentera, sin demasiadas complicaciones en lo que tenga que ver con la realidad cotidiana. Porque son personas que tuvieron la suerte de nacer en un hogar sin carencias, armónico, donde todo se desarrolló más o menos convenientemente como para transitar sin demasiados sobresaltos.
A otras el destino se las hizo más complicada, más enredada, más difícil. Como si tuvieran que tener que sortear obstáculos a cada paso, para poder avanzar hacia un horizonte donde todo sea aunque sea un poquito mejor, para sí, para sus hijos, para su entorno de todos los momentos.
Claro que también están quienes por algunos instantes se pueden poner en un lado u otro de una imaginaria línea que separe a los que "siempre" tienen la suerte que les va bien; y los otros, los que tienen que lucharla todos los días para apenas poder subsistir. Esos que en ese gris que en alguna ocasión les toca a veces les va bien, a veces no tanto…
Están las personas que llevan adelante una vida que se podría considerar "normal", rodeada del afecto de sus padres, hermanos y otros familiares. Pero también es verdad que existen muchísimos casos de familias desavenidas, donde las circunstancias hacen que una persona no haya sentido el calor de la protección de sus padres, o el afecto de sus hermanos. Y en estos casos habrá que pensar que no se trata de una existencia en todos sus aspectos placentera.

El caso de Soledad.
Soledad Marisol Fuentes (34) es una mujer morena, bonita, mamá de tres chicos, que le pelea a la vida cada día, de sol a sol, sin escatimar esfuerzos para superar las dificultades que, obviamente, se le presentan todo el tiempo.
¿Qué hace? "Soy empleada doméstica, desde hace muchos años. Trabajo un par de horas en una casa a la mañana, y otras cinco a la tarde en otra", dice con naturalidad. Porque aunque es bachiller -"me recibí cuando ya tenía a dos de mis hijos", explica-, no pudo escapar de esa situación de tener "que retorcer el trapo de piso y limpiar una casa. Que es un trabajo tan digno como cualquier otro, pero…", dice, y lo deja ahí.
Insisto y cuenta: "Alguna vez me tocó trabajar en una casa donde sus dueños tenían un comercio, y creo que bien pudieron haberme dado la oportunidad de hacer otra cosa, pero no pasó. Es que no querían perder a la sirvienta (sic)", dice sin que aparezca en su mirada una pizca de rencor. Quizás porque es lo que hizo toda su vida. Hoy asegura que en los lugares donde ahora trabaja la tratan "muy bien. No me puedo quejar, y cuando tengo necesidad de tomarme un día me lo dan sin problemas", agrega.

El mundo del boxeo es especial.
Confieso que no me gusta, para nada, el boxeo femenino, porque no me atrae esa situación de dos mujeres emprendiéndola a los golpes, y hasta me parece que tampoco desde lo estético resulta el mejor deporte que pueden practicar las damas, a las que sí podría vincularse con otras disciplinas donde el roce físico no sea la constante.
Es cierto que he seguido desde siempre el pugilismo masculino -el único que se conocía entonces-, desde aquellas noches memorables de Fortín Roca (cuando así se llamaba ese club), hasta este presente menos espectacular que aquél de tanta gloria pasada. Tiene el ambiente del boxeo algo especial, hay una suerte de submundo que no todos alcanzan a percibir, y que sí advierten los que saben verdaderamente de qué se trata.
Porque he visto bastante, conozco la realidad de muchos boxeadores -siempre provenientes de los hogares más humildes-, y sé cómo a trompada limpia algunos -no todos- pudieron ganarse un lugar, primero como deportistas reconocidos, y después en una sociedad que finalmente los adoptó.

Criada de abuela.
Soledad no tuvo una vida fácil, pero no se detiene en eso. ""Fui criada de abuela, porque a mi mamá no la vi por mucho tiempo; y a mi papá lo conocí una noche que yo iba a combatir por primera vez. Fue fuerte, porque era una noche que había llovido muchísimo, y los boxeadores y entrenadores hacíamos lo que podíamos sacando agua del gimnasio de Villa Germinal, que se llovía, porque después tenía que hacerse el festival", rememora.
"Mi abuela se llama Nilda Gérez, y ella es el centro de mi vida, la referencia obligada, y es a quien le digo ‘mamá’. Es duro criarse sin los padres, pero tenía el calor de mi abuela, de los vecinos del barrio que me cuidaban mucho, y creo que todo eso me hizo más fuerte, me ayudó a sobrevivir", cuenta siempre con ese tono que no precisa de alzar la voz para ser escuchada.
El tiempo pasó y Soledad reencontró a su mamá, Inés Fuentes; y conoció a su papá -aquella noche de lluvia previo a un festival de boxeo-, Horacio "Cacho" Toledo. "Papá era policía, y aquella vez me contó que él también había sido boxeador, aunque yo no lo sabía", dice la entrenadora. Aunque no a todos los ve tan seguido, tiene ahora seis hermanos, dos de su mamá -Rodrigo y Fernanda-, y cuatro más de su papá -Cristian, Raúl, Diego y Yésica-.

Bachiller, empleada doméstica.
"De chiquita fui a varias escuelas en la primaria. La 201 que está frente al Club Argentino, también a una de Rolón, y a otra de General Acha, y al final terminé en la Escuela 2. Todo eso porque la abuela tenía algunos problemitas de salud y nos íbamos un tiempo a esos pueblos… el secundario lo terminé ya de grande en el nocturno José Aquiles Regazzoli. Y sí, soy bachiller… creía que de esa manera iba a tener mejores oportunidades, pero no es fácil", se lamenta pero sólo un poco.
De adolescente empezó con las primeras salidas, "al boliche, con amigas, pero fue un tiempo muy corto, porque a los 17 quedé embarazada y obviamente todo cambió. Después mi abuela cuidaba al nene y un poco más seguí saliendo con mis amigas", cuenta Soledad.
Ya por entonces empezó "a trabajar en casas de familia. De lunes a sábado, y el fin de semana salía. Siempre tuve la idea de seguir la carrera militar, pero la verdad es que por una cuestión económica no podía; y también quise ingresar a la Policía, y no se me dio, y tuve que seguir limpiando pisos", dice ahora sí con un poco de resignación.

La llegada al boxeo.
¿Y el boxeo? "La verdad es que no conocía nada de eso, pero una amiga, mi gran amiga, Mariela Heit (hija de Beatriz Caliba), me invitó a ir para hacer gimnasia, para hacer algo… Y bueno, un día empecé a guantear sin saber que me gustaba el boxeo. Tenía 19 años y me tocó hacer mi primera pelea en un pueblito de la provincia de Buenos Aires con Sara Montenegro, después de haber entrenado durante 8 ó 9 meses", relata Soledad.
Y sigue: "Hice una, después otra, y al final fueron un poco más de 30 como amateur, y más tarde me hice profesional pero sólo realicé cuatro peleas. Eso sí, enfrenté a las mejores, porque Erica Farías y La Bonita Bermúdez hoy son campeonas del mundo. Y también, como amateur, enfrenté a Mónica Acosta", recuerda la Sole.

La entrenadora.
Un día, hace poco más de cuatro años se fue con sus hijos a vivir al barrio Fonavi Néstor Kirchner, donde le tocó una casita. Soledad seguía trabajando en lo que hizo toda la vida, y ya no pensaba en seguir boxeando. "Viste como es un barrio nuevo… que está lleno de chicos. Bueno, se juntaban en una esquina y se me ocurrió que se podía hacer algo con ellos.. al principio eran mi hijo Tobías, y un par de amiguitos, poquitos; pero al mes eran más de treinta que empezaron a salir a correr conmigo. Después un vecino, Cornejo, nos prestó un garaje y con un par de cabezales, una bolsa y tres pares de guantes que me dio Hugo Marinangelis les empecé a enseñar boxeo, y les gustó", cuenta con simpleza.

El boxeo "es una oportunidad".
"¡Sabés lo que esperé esta nota!, pero no para figurar, ¡eh!", aclara. "Sí porque me puede hacer un poco más conocida y que los otros entrenadores y promotores se den cuenta que estoy, que trabajo, que tengo boxeadores y que me pueden llamar para programarlos. Porque eso es lo que los chicos quieren, que les hagan peleas para poder ganarse unos pesitos que falta le hacen", agrega Soledad.
La charla transcurre en el gimnasio, casi en el final de la jornada, y su rostro trasunta cansancio. "Y sí, un poco cuesta… estoy ahora hasta las 9 de la noche aquí, y ahora hay que atender a los chicos", dice por sus hijos Tobías (16), que entrena con ella y realizó ya algunos combates, Mariano (10) y Emma (3) que anduvo todo el rato mientras charlábamos de aquí para allá, entre los guantes, las bolsas y los boxeadores.
"¿Sabés que creo? Que el boxeo es un deporte que te da esperanzas, y por eso trato de ayudar a los chicos que empiezan… si a veces les compro hasta las vendas para que puedan entrenar. Sí, hoy mi vida gira en torno al boxeo, y los sábados mi programa es una buena cena y verlo por televisión. ¿El amor? Dios dirá… Dios siempre sabe", sonríe. A pesar de todo.

Una vida sacrificada.
Antes de irse al barrio en el que ahora reside Soledad vivía en una casita que no tenía baño adentro. Quien vivió siempre en una casa con todos los servicios, seguro no se dará cuenta lo bueno de contar con esas comodidades; y ni imaginará lo que es tener un "fondo" -así se denominaba a esos sanitarios ubicados fuera de la casa- como baño.
"Cuando empecé a boxear pensé que podía ser una posibilidad de vivir un poquito mejor", reconoce Soledad Fuentes, aunque también tenía claro que no todos llegan, que son muchos más los que quedan en el camino que los que consiguen la notoriedad de un campeonato, de la fama o el dinero. Pero es cierto… soñar no cuesta nada.
El sacrificio es una constante para ella. "Hace dos años nos fuimos del barrio Néstor Kirchner al Polideportivo del Barrio Río Atuel. Al principio a los chicos les hacía hacer manoplas (el entrenador se coloca protecciones en sus manos y los boxeadores ensayan golpes sobre ellos), pero llegó un día que fui a trabajar y no podía ni retorcer el trapo de piso de tanto que me dolían las manos y los brazos… me quería matar. ¿Qué hice? Me metí a un gimnasio para fortalecerme, porque obviamente los varones son mucho más fuerte que yo, y allí anduve mejor", cuenta con una sonrisa.
Tiene un reconocimiento para todos los que la entrenaron, Juan Carlos Ceballos, Hugo Marinangelis y Roberto Pedehontaá. "Cada uno me aportó algo, y lo trato de aplicar ahora", explica. En el final deja un agradecimiento para "Caniche" Domínguez, "gran colaborador que antes hacía tenis y ahora ayuda a los chicos con la parte física", completa.