“Soy el Mac Allister de la Geología”

MARIO VEGA – Carlos Schulz toca todos los instrumentos: comenzó con el acordeón, siguió con el saxo y también los teclados. Fue impulsor, y formó parte de una enorme cantidad de grupos musicales de distinto género.
Habla en voz baja, como hacen los que no necesitan vociferar para hacerse escuchar; cultiva el perfil bajo, aunque bien podría ser una persona jactanciosa, por la cantidad de cosas que ha emprendido en su vida.
Carlitos -así lo conozco desde hace muchísimo tiempo- es un hombre polifacético. A propósito, me pregunto por qué todos los Carlos son mencionados como Carlitos (¿Cuál será el motivo del diminutivo, por qué aludimos así a los Carlos que conocemos? ¿será por Gardel?)
Carlos Schulz tiene, diría, un estilo casi circunspecto, sencillo. No todos saben -y él no se encarga de decirlo a cada rato- que es doctor en Ciencias Geológicas.
Pero antes de ese doctorado pasaron muchas cosas en la vida de este hombre. Fue músico e integró orquestas -típica y característica, como se decía- y antes de cumplir los 10 años se entreveraba en los bailes con su bandoneón. Pero no sólo eso, porque además despuntaba su afición por el fútbol, y por sobre todo el sóftbol, que en aquellas épocas de Villa del Busto era el deporte del barrio.

La calle era otra cosa.
Alto, flaco -ahora no tanto-, siempre con sus anteojitos tipo Jhon Lennon que le dan un cierto aspecto intelectual, Carlos desarrolló acciones que hicieron que "la calle" contribuyera a forjar su personalidad, y quizás tanto como la universidad lo formó como persona.
Carlos Juan Schulz (58) vivió siempre en Villa del Busto -San Juan casi Raúl B. Díaz, frente a la Tienda la Nenuca-, y es hijo de Carlos Heinz Schulz y Elva Mercedes. Hijo único él a su vez tiene tres vástagos: Juan Sebastián (27), José Gabriel (22) e Irina (19). El primero es casi sociólogo y trabaja en La Plata, vinculado a la universidad; el segundo estudia licenciatura en sistemas; y la menor turismo. Carlos está en pareja hace ya casi una década con la abogada Patricia Matalón -presidenta de la junta electoral del PJ provincial- y vive en la quinta "heredada" de sus padres en Villa Elisa.
Naturalmente hizo la primaria en la Escuela 4; en tanto el secundario lo haría en el Colegio Nacional, en una camada que formaban también Lito Venero, Julio Cortina y el Flaco Vaquer entre otros.

El barrio y el sóftbol.
El barrio, se sabe, de alguna manera suele marcarnos, y eso le pasó a Carlos, porque si era de Villa del Busto no podía dejar de jugar al sóftbol. "Eran tiempos del profesor Laurita -llegado desde Buenos Aires-, los encuentros con los amigos del barrio, los Yórgoban, Juan Jaime, Fino Mata, El Gordo Saénz, los Cabada, los Ramos y tantos otros". Recuerda con alegría cuando trabajaban montones de horas para dejar en condiciones la canchita a la que le pusieron "jonrón", que no era otra cosa que el enorme baldío donde luego se habría de construir el Colegio Ciudad de Santa Rosa.
"Era primera base y también pitcher, y una vez lo ‘ponché’ al Ruso Eberhardt", se ufana Carlitos de haber impedido que el mejor jugador de aquel momento pudiera batear. Eran tiempos lindos, y Carlos jugó para All Boys, Estudiantes y Sarmiento, el club local del que siempre fue simpatizante.
Cualquiera que lo conozca hoy en día no diría que ha sido deportista, pero lo fue, porque antes de dedicarse al sóftbol también hizo fútbol y tuvo una breve incursión por la cuarta división de All Boys.

Carlitos, el músico.
En lo que sí Carlos tendría un amplísimo desempeño sería en el campo de la música. Quizás porque su sangre alemana -muestra mientras charlamos a su abuelo en una foto de 1928 tocando el acordeón- lo inclinó a eso; o tal vez porque papá Carlos no quería que anduviera tanto en la calle. Así empezó a concurrir, a metros de su casa, a lo del vecino Humberto Mario Sáez -quien era bandoneonista de Los Príncipes del Tango-, y allí empezaría a generar los primeros acordes con un instrumento.
Lo que papá Carlos no sabía era que iba a incentivar en gran forma a su hijo. "El viejo lo que quería era que no anduviera tanto en la calle, aunque yo estaba lejos de ser vago, o que ese andar encerrara algún peligro. Nada que ver… y fue así que a los seis o siete años empecé con la música, y soy profesor superior de acordeón", rememora. "Pero no sólo eso, porque además le ayudaba a mi papá que era electricista, y tengo como un hito que con él hicimos toda la instalación del cine Don Bosco. Sí, me las rebusco un poco con todo", dice en el mismo tono que utiliza siempre.

Ingreso a la Banda Sinfónica.
Era inquieto Carlitos -por lo menos mucho más que este profesor universitario que hoy camina cansino por las calles de la ciudad-, y no era de ir pidiendo permiso para hacer. "Como hijo único decidía
bastante, quizás porque mis padres sabían que no me iba a meter en nada raro…". Y obviamente tampoco lo era esa iniciativa de un día tomar su bicicleta e ir a ver uno de los Meca, Armando, para decirle de su inquietud de ingresar a la Banda Sinfónica. "Era exigente don Juan Mecca, pero la banda era buena de verdad… y había chicos como yo, o un poquito más grandes como El Ruso Alcala (sería años después intendente de la ciudad), El Sopa Kier, Tucho Fernández, El Ruso Rach, Jorge Satragno. Empecé tocando el bombo, y al tiempo el saxo tenor. Fue una época gloriosa de la banda. Tenía 13 años, y el 3 de junio de 1971 pasé a ser empleado de la Administración Pública", cuenta.
Tiempo después, ya más vinculado a sus estudios de Geología, Schulz pasó a la Administración Provincial del Agua; luego casi una década fue asesor hídrico en la Legislatura; entre 2005 y 2007 se desempeñó como director de Investigación Hídrica de la provincia, hasta que decidió acogerse al retiro voluntario. Habían transcurrido 36 años de aquel 1971 en que ingresó a trabajar. "Estaba cansado -admite-, pero sigo como profesor e investigador en la Universidad de La Pampa", completa.

Todos sus grupos.
Carlitos fue gestor, e integrante, de muchas agrupaciones musicales. Tocaba en una orquesta típica y característica con personas mayores, pero su primer grupo "propio" fue, "muy chico todavía, con Quique Mario (guitarra y voz) y Luis Ripa (bombo). Por supuesto yo tocaba el bandoneón, y debutamos en el Club Sarmiento", revela.
Pero su inquietud llevaba todo el tiempo a Carlos a idear nuevos emprendimientos: El Grupo Pimienta, con Oscar Martins que cantaba tangos y Mollo en el bandoneón. Después otro con Neco Santoro, José Luis y Daniel Hernández, Raúl Pereyra, Jorge López y Juan y Lucho Mecca. Vendría Grupo Alfa, con Neco, El Petiso Pereyra, Jorge López y el Negro Mansilla. "Ahí hacíamos pop, y animábamos bailes, donde más de una vez le hicimos de soporte a Los Moros", refiere Carlos.
Acuario sería una de las bandas que iba a trabajar muchísimo en bailes en toda la provincia: Neco, Pereyra, Luis Montoya y Carlos en teclados y saxo eran los músicos; en tanto que el cantante era el hoy ingeniero Oscar Martínez. Finalmente, como orquesta "bailable" menciona a la que ensayaba en la sede del Partido Socialista. "Sí, en la Casa del Pueblo, se llamaba Melopea y estaban Chamaco Santesteban, El Flaco Vaquer, Chino Maraschini y Ricky Baez y hacíamos típica y característica".

Villcabamba.
Carlos revela cariño por todas aquellas agrupaciones, pero pareciera que hubo uno que se le quedó más cerca del corazón: "Con Villcabamba hacíamos toda música latinoamericana. Fue un período, entre 1978 y 2010, y lo integraban Chamaco (guitarra), El Mono Fraile (charango), Claudio Griffit (bombo), el Flaco Prina y yo (vientos)".
Fueron momentos hermosos, y la oportunidad de cruzarse en más de un escenario con grandes como Armando Tejada Gómez, León Giecco, Víctor Heredia y hasta Hamlet Lima Quintana.
Por estas horas Carlos tiene una vida más reposada. Ya no piensa en formar nuevos conjuntos, siente que está hecho, y sólo espera -lo que todos- que sus hijos sean felices eligiendo ser lo que prefieran. Él pudo elegir, e hizo de todo. "¿Si fui buen estudiante? Quizás, pero no era un nerd… todo fue viniendo y yo lo fui tomando. Tuve, eso sí, mucha perseverancia… Te vas a reír, pero me siento el Colores Mac Allister de la Geología. Valorizo lo que fue él como jugador de fútbol, pero sobre todo esa determinación que lo hizo culminar, ¿dónde?,: sí, al lado de Maradona en la Selección. Tuve un poco de eso, y me fue bien".
Carlos Schulz, parece tranquilo, pero su vida ha sido demasiado intensa para reflejarla en unas pocas líneas. Por eso tenés que escribir un libro, Carlitos…

Misceláneas de una vida agitada.
El Carlitos Schulz que hacía de todo fue también operador de radio en LU33. "Me llevó Ernesto Rossi Avalos, pero duré poco. Elegía la música para un programa y un día puse ‘Yo quería ser mayor’, de Roque Narvaja. Creyeron que tenía que ver con Vaca Narvaja y me echaron. No fui más", se ríe con ganas de aquella "censura".
Y cuenta otra anécdota: "Estábamos con Villcabamba en el Club Español y en un momento se acerca Armando Tejada Gómez: ‘muchachos, ¿me hacen el favor, me acompañan en ‘Canción con todos’?. No lo podíamos creer, pero subimos al escenario para acompañar a un maestro que con toda humildad nos había pedido por favor".
Otra vez se dio el gusto de recibir a León Giecco en su casa. "Sí, estuvo ahí mismo donde estás vos, tomando mate. Pequeños gustos que uno se pudo dar", sonríe casi feliz.
Y rememora otro instante. "Tengo la imagen grabada. Regazzoli-Marín habían ganado las elecciones y me parece verlos cruzando la plaza, mientras nosotros con la banda tocábamos la Marcha Peronista".
Carlos fue afiliado y candidato a diputado nacional y provincial por el Partido Socialista. "Hoy estoy lejos de todo… y no quiero hablar", pide en lo que es casi una definición.
"¿Pesares? Supongo que por ser hijo único la pérdida de mis padres la sufrí de manera especial".
Por su profesión estuvo varias veces en Alemania, Barcelona , Suiza, Panamá y Colombia. "Todo muy lindo, pero Villa del Busto es Villa del Busto", cierra este hincha de San Lorenzo que cuando puede va a ver al Ciclón. Y allí, por supuesto, se olvida de su doctorado y pasa a ser un hincha, apasionado, como todos.

El cronista.
Carlitos Schulz ha hecho de todo, claro que si. "Alguna vez, por poco tiempo, me convertí en cronista deportivo de LA ARENA. Me dijeron si les daba una mano y acepté: agarraba mi bicicleta e iba a las canchas a cubrir fútbol, sobre todo al Estado Municipal, donde San Martín era local. Pero además puntuaba a los jugadores… me acuerdo de uno que se enojó mucho porque le puse un 2, y tenía razón el muchacho. Pero también está el caso del ‘Topo’ Gallinger (hoy fallecido), al que como conocía le puse un 7, y por eso me invió a un asado", se ríe ahora. ¡Qué bonito, Carlos, qué buen ejemplo, eh!