Taxista, un oficio que no discrimina

UN HOMBRE Y UNA MUJER, UN MATRIMONIO, SON CHOFERES

Mario Vega – No se conoce de muchos matrimonios que cumplan con el oficio de taxista. Es el caso de Carlos Alberto Morales y su esposa Silvana Lorena Ferreyra, que se las arreglan en distintos horarios para hacerse cargo del taxi n° 79.
Dicen los que dicen saber que los primeros taxis hicieron su irrupción después que en los albores del 1900 se produjo el lanzamiento del Ford T, que cambiaría totalmente los medios de transporte. El crecimiento de la industria vehicular, las necesidades de la sociedad, fueron dando lugar a coches de alquiler.
Que primero serían en forma colectiva, con muchos pasajeros que iban de un lugar determinado a un destino prefijado, pero después empezó a personalizarse el servicio y pasó a ser “puerta a puerta”.
Hubo con el correr del tiempo, naturalmente, cambios sustanciales y podría decirse que, por ejemplo en Buenos Aires, los primeros taxis fueron los mateos, aquellos clásicos y señoriales carruajes tirados por caballos, de los que sólo queda alguno que otro a modo de reminiscencia en la zona de Palermo, en los que los turistas pueden realizar un paseo por la zona.
Después vendría el taxi, tal como hoy lo conocemos, y todas las ciudades más o menos grandes iban a empezar a contar con ese servicio.

En Santa Rosa.
Cuentan que en La Pampa hubo alguna vez una pequeña flota -una de las primeras- que tenía como base la localidad de Catriló, que como punta de riel tenía muchos trabajadores de otros pueblos cercanos de la provincia de Buenos Aires, sobre todo.
En Santa Rosa los más memoriosos podrán recordar apellidos de algunos taxistas como “El Gringo” Giuliani, los Descalzi, Placenti, los Bedis, Boya, Gundín, Gallego, y tantos otros. Fueron de los más antiguos, pero poco a poco las respectivas paradas (o bases) fueron renovando sus planteles, y hoy se ven muchos jóvenes manejando las unidades, todos monitoreados desde una central.
Recuerdo que hace algún tiempo había alguna que otra dama manejando taxis, y si mal no recuerdo la esposa de Tito Fuertes (otro conocido taxista de otros tiempos); y la señora de José Luis Stefanazzi (taxista que apareciera muerto varios días después de un viaje, en circunstancias que nunca pudieron ser aclaradas).

También hay “choferas”.
Como en todos los oficios tradicionales que han perdurado hasta nuestros días, en este también se han producido cambios sustanciales, tanto en las condiciones de trabajo como en la relación del chofer y sus pasajeros. De aquellos conductores que eran exclusivamente hombres a esta realidad que muestra que muchas damas se sientan al volante y se ponen a la par de los varones.
En esta ciudad hay varias “choferas” (no sé si dice así, pero acéptenme el término en estos tiempos en que tanto se habla de igualdad de género), pero no se conoce de muchos matrimonios que cumplan, ambos integrantes de la pareja, con el oficio de taxista.
Pero es el caso de Carlos Alberto Morales (42) y su esposa Silvana Lorena Ferreyra, padres de dos hijas, Sol (12) y Catalina (6), que se las arreglan para en distintos horarios hacerse cargo del taxi n° 79, y naturalmente atender las cuestiones familiares.
Conocí a Carlos circunstancialmente -en realidad no ando casi nunca en autos de alquiler-, y en el corto trayecto que compartimos alcanzó a contarme que con su compañera hacían aquella tarea.

Carlos, un laburante.
Él, hijo de un jornalero, recordó que cuando era pequeño se domiciliaban con su familia en Pavón 675, en zona Norte, y que “llegaron a Santa Rosa con una mano atrás y otra adelante”. Papá Felipe falleció hace algún tiempo, su mamá se llama Ester Sewuald y tiene dos hermanos: Luis, es policía; y Melina es enfermera.
“Cuando chico me tocó hacer un poco de todo -expresa-, porque salía a vender pan casero, en una bicicleta y en bidones repartía leche que traíamos del campo,,, ya un poco más grande trabajé en Calzar; más tarde en el supermercado Lucero, de don Pocho y Electra, en la parte de verdulería”.
Fue a la Escuela 201, la ex 314 que está en calle Antártida Argentina, frente al Club Argentino… “Zafaba, andaba bastante bien, pero después no hice secundario”, aporta.
En algún momento Carlos fue a trabajar al acueducto del río Colorado, en Pichi Mahuida, y allí conocería a Roberto Ruiz, con quien se haría gran amigo, al punto que es padrino de su hija Sol; en tanto otro querido amigo, Miguel Weigun es su compadre por Catalina.
Más tarde se desempeñó “haciendo pintura de obra con mi viejo, pero una vez me quedé colgado de un techo y sufrí una lesión en la columna y no pude seguir”, revela.

Aparece Lorena.
“¿Cómo conocí a Lorena? Hace 17 años que estamos juntos”, dice con respecto a su compañera. Lorena (no le gusta su primer nombre) es una joven morocha, con el pelo largo y renegrido, y de agradable conversación… aunque confiesa que no es muy simpática cuando tiene que compartir la parada de taxis, junto al Pampa Bar.
“En Villa Parque había un negocio de ‘todo por dos pesos’, de Sergio Schneider, que es como mi hermano -relata Carlos-, y Lorena trabajaba ahí, donde nos conocimos. Después nos vimos en el boliche y ahora hace 17 años que estamos luchándola juntos”, completa Carlos.
Primero, antes de empezar a charlar, la pareja se presta gustosa para las fotos, al lado del vehículo que cada día manejarán alternativamente desde muy temprano y hasta bien entrada la noche. “Yo vivía en Villa Parque, mi papá, Juan Carlos Ferreyra, que ahora es jubilado trabajaba en el campo; y mamá Perla Pacheco que se ocupaba de la casa . Somos cinco hermanos: Norma, Carlos, Juan, Perla y Andrea. Yo soy la menor”, dice ella.

Estudiar para crecer.
Hizo la primaria en la Escuela 25, y el secundario en la nocturna 1° de Mayo, donde se recibió de bachiller. Muchas veces nos encontramos con tanta gente indolente que uno casi se alegra de conocer gente así, que sobre la base de sacrificio, de un gran esfuerzo, hacen todo lo que sea necesario para que sus familias estén bien, y que todo el tiempo están pensando en crecer. “Ahora mismo estoy cursando en el Instituto de Formación Docente, porque eso es lo que quiero hacer… no es fácil porque son muchas horas de trabajo, atender las chicas, y después encima estudiar. Pero creo que vale la pena”, se esperanza Lorena.
Comenta que le tocó trabajar bastante, “alguna vez como acompañante terapéutica, cuidaba abuelos, pero también trabajé en limpieza de casas. No me asusta trabajar”, señala como para que no queden dudas.
Parecen estar ambos en perfecta comunión, y coinciden plenamente en que “es necesario hacer un sacrificio ahora… sobre todo por Sol y Catalina. Hoy vivimos en el Plan 3.000, al lado de la capilla San Cayetano. Primero nos conocimos y nos juntamos, y fue cuando Carlos fue a Pichi Mahuida que quedé embarazada de Sol; y siete años después llegó Catalina”, puntualiza.
Carlos agrega que tiene “otras dos hijas mayores, Dana (21) y Araceli (18), y por suerte entre todos tenemos una muy buena relación”. Y Lorena agrega que “tenemos una familia integrada, y sí, estamos muy bien”.

Los dos taxistas.
Carlos es quien cuenta cómo se iniciaron con el taxi. “Hace más o menos un año y medio empecé yo a laburar con esto, y cuando un compañero decidió dejar lo hablé con Lorena para ver si se animaba y me dijo que sí, y desde enero salió a manejar. Nos levantamos 5 y media todos los días, y de lunes a jueves hasta las 10 de la noche; y los viernes y sábados todo el día; y hacemos 12 horas cada uno porque se recauda más y deja un buen porcentaje. Las chicas quedan alternativamente con ella o conmigo”, indica.
El hombre dice que el taxi suele convertirse en una suerte de “consultorio psicológico móvil. No creí que pasaba así… pero muchas veces la gente nos cuenta su sufrimiento, sus problemas, que la plata no le alcanza… Yo trabajo bastante los fines de semana con los chicos de los boliches, y a veces me encuentro con verdaderos personajes. Los trato de agarrar yo porque Santa Rosa está medio peligrosa de noche”, acota.

Lorena taxista.
Y completa Lorena: “La gente está hoy mucho más sufrida, tiene necesidad de hablar, de contar. El trabajo del taxi lo fui agarrando de a poquito, hasta que me acostumbré… lo que más me costó al principio fue reconocer las calles, algunas direcciones de lugares que no conocía; sobre todo porque hay muchos barrios nuevos y no hay carteles indicadores de qué calles son, pero con la posibilidad de la radio nos ayudan desde la base”, resume. Carlos en ese sentido no tiene problemas: “Soy muy observador, y me acuerdo perfectamente de los barrios y sus calles”, se diferencia.
Le pregunto si se siente discriminada de alguna forma por su condición de mujer, por sus compañeros de parada, por los pasajeros o por algún otro automovilista. Lorena admite que “en la parada no soy para nada simpática… los otros choferes hombres se bajan del auto, charlan, se fuman un cigarrillo, pero yo casi no me junto con ellos porque me quedo en el taxi, deben decir que soy antipática”, se ríe ahora.

Cuidar el auto, pero en Santa Rosa…
Carlos y Lorena dicen que no son de manejar “rápido, para nada. Cuidamos el auto, y más en estos momentos donde las calles están muy rotas”. De todos modos él no pudo evitar romper el tren delantero hace unos días: “Fue en Telén y Unanue… se suponía que había asfalto, pero encontré tapado por el agua tremendo crater y me quedé encajado a las 3 de la mañana… y llovía. ¿Consecuencia? Rompí una cubierta nuevita, y por supuesto nadie se hizo cargo. Esta es la peor Santa Rosa que me acuerde, está deteriorada, la gente está retraída; y me acuerdo de cuando se la consideraba una de las ciudades más limpias del país, que era ordenada. Pero está devastada, los desagües no funcionan…”. Carlos hace una lectura exacta de lo que es la capital provincial por estos días, que él y su esposa conocen perfectamente porque la transitan todo el tiempo.

Buscar la felicidad.
Los dos saben del valor del esfuerzo, del trabajo cotidiano, pero también son conscientes que el estudio es la mejor base para tener un futuro. Y Carlos lo expresa sin rodeos: “Lo que más sueño es que mis hijas puedan estudiar, y que sean felices. Eso quiero: tener una vida tranquila y ser feliz con mi mujer y mis hijas”. Y obviamente Lorena comparte esa ilusión: “Hacemos mucho sacrificio, y pese a que tengo poco tiempo entre la casa, mis hijas y el taxi, quiero estudiar para ser docente… No me resulta fácil, pero por Sol y Catalina lo voy a intentar. Y lo voy a conseguir”, afirma convencida.
Una historia como tantas… un hombre y una mujer que comparten la vida… y el taxi.

Un verdadero confesionario.
Carlos y Lorena dicen que el taxi se convierte a veces en un confesionario, y que hay personas que se descargan charlando con el conductor/a. “Me ha tocado trasladar a personas que están en un momento difícil, porque les falleció un familiar, o tienen a alguien enfermo”, dice ella.
Se sabe que muchos hombres resultan peyorativos al dirigirse a una mujer que va manejando, y nunca falta el clásico “andá a lavar los platos”. Y Lorena asiente, dice que le ha pasado, pero que no se molesta porque entiende que maneja bien y es muy prudente.
Agrega que le gusta manejar no muy rápido, pero que pese a ello le tocó protagonizar algún accidente “con un ‘flaco’ que me chocó y me dijo que el seguro se hacía cargo, pero después me enteré que no lo tenía pago, así que Carlos fue a convencerlo al hombre para que pagara el arreglo del guardabarros”.
Carlos, que es un mozo grandote con el que parecería mejor no discutir agrega que “todo bien… fui y hablé con el hombre, le dije que tenía que pagar porque tenía la culpa…que la hiciéramos corta y accedió”, sonríe.
Sostiene que desde el auto “se ve un poco de todo. Gente que se apura para llegar más rápido no se sabe dónde, o quieren estacionar exactamente en la puerta del lugar al que tienen que ir por un trámite o lo que sea, o porque un día de lluvia no se quieren mojar los zapatos… y entonces el tránsito se torna caótico. Por eso manejo despacio, para llegar bien y sin problemas”, completa.
“En el único lugar que tenés que manejar rápido sí o sí en Santa Rosa es en la circunvalación porque sino te pasan por arriba”, agrega Carlos.