Tory Casais, siempre a fondo por la vida

Mario Vega – No es fácil en estos tiempos andar casi siempre con una sonrisa. Sólo unos pocos lo logran, y tienen, como Tory, una particular filosofía para vivir: transcurrir como le gusta, sin hacer mal a nadie.
“A veces le digo a mis hijos… no les voy a dejar nada material, porque no hice bienes en mi vida, pero nadie les va a poder reprochar nada sobre su padre: van a poder caminar con la cabeza en alto”. Casi como una máxima de un hombre que, rara vez, se pone serio…
Darío Arturo Casais (64), Tory para todo el mundo, es de esas personas que andan por la vida con una alegría inquebrantable, y en su rostro se dibujará todo el tiempo una sonrisa… En esa expresión quedará esbozada rápidamente su naturaleza: Tory es, que duda cabe, una persona que celebra la vida… a cada instante.
¿Cuál es la primera imagen que tengo de este muchacho que nunca será un hombre mayor; y que en el mejor de los casos admitirá el calificativo de experimentado en las cosas de la vida? Me parece recordarlo una tarde de verano, de hace muchos años, en calle Pico, a metros de Quintana, empujando una moto para hacerla arrancar… Sí, esa es la primera vez que lo vi, aún sin saber a ciencia cierta de quién se trataba. “Puede ser, porque a los 14 ó 15 tuve mi primera moto…”, piensa un poco y consiente.

Los padres, los primeros años.
Hijo de Dámaso, venido de Vigo (España), y afincado hasta los 12 años con su familia en Montevideo; y de Hilda Curti (de la zona de Ataliva Roca), algunos creen que Tory trabaja en La Arena casi desde que don Raúl D’Atri se dispuso a fundar el diario… Y en realidad no es para tanto, aunque en un par de meses, o poco más, cumplirá nada menos que 50 años en la empresa. “Sí, porque entré a trabajar el 6 de febrero de 1967”, precisa.
Nacido en Santa Rosa, recuerda que en los primeros tiempos vivió con su familia en la Avenida Uruguay al 150, “cuando era de tierra y con eucaliptus al medio. Era una verdadera fiesta ver pasar todos los días a los soldados del Regimiento a caballo. Claro que el espectáculo era para los chicos, pero las viejas puteaban porque el polvo que levantaban era impresionante. Mi viejo, gallego él, fue mecánico, electricista, plomero… y todo lo que se le presentaba, porque era una familia con cinco muchachitos. La vieja era modista, ama de casas y la encargada de criarnos, y sin ayuda de la ‘chica’. La primaria la hice hasta tercer grado en la ex escuela 38 de avenida Roca; después nos fuimos a vivir a la calle González y por un año fui a la 314, frente al Club Argentino”.

Tory, el provocador.
“Un año impresionante, porque ahí conocí, en ese barrio, a los Segovia, los hermanos Díaz, ‘La Mona’y ‘Changuita’, los Laborde. Como ellos decían que yo era del ‘centro’, me mandaban a provocar a los del otro grado y cuando éstos me atacaban cobraban todos. Terrible equipo, pero repetí cuarto grado, y aunque la pasaba fantástico mis viejos casi me matan… Me cambiaron y me mandaron a la Provincial 16, frente al Colegio Don Bosco”, se ríe con ganas.
Después vuelve sobre el recuerdo de su padre. “Dámaso trabajó muchos años en equipos y talleres de la provincia, cuando los talleres se manejaban desde Casa de Gobierno y se arreglaban todos los autos oficiales. En esa época se utilizaba el ‘Uso Oficial Exclusivo’ pintado en cada puerta de los vehículos, para que nadie los usara para cuestiones particulares. ¡Como ahora! Je!, je!. Mi vieja era modista y ama de casa, que nos crió a los cinco hijos… Empecé secundario en el Comercial, pero evidentemente no era lo mío el estudio y me puse a trabajar. Primero en la fabrica de mosaicos de Prieto, luego en la ex Farmacia Safadi, y en ese momento me ofrecieron para entrar de cadete en La Arena y acá estoy. El primer día fue el 6 de febrero de 1967”, se retrotrae a aquel momento.

La vida en la Villa.
Hubo un tiempo en que “La Villa” identificaba una enorme barriada -hoy varias veces subdividida- y tenía (al menos para mí), una magia especial… en su enormidad albergaba grandes deportistas, sobre todo futbolistas, pero también personas que, a su manera, se convirtieron en queridos personajes de esta ciudad.
“Cuando nos mudamos a la Villa Santillán, fue lo mejor de mi vida de chico, fútbol, fútbol y más fútbol, y llegué a jugar en las inferiores de Santa Rosa, junto a mi amigo Omar Jubete que era un tremendo número ‘5’… me parece que andábamos bastante bien, porque al tiempo nos invitaron a ascender y entrenar de noche… pero ese era el horario de las chicas, y éramos tan jóvenes: lentamente me di cuenta que era mas lindo que el fútbol y dejé de jugar”.

Los fierros, la primera moto.
Pero más allá de la pelota y el baldío tenía anidada en el fondo de su alma una pasión fierrera que lo acompañaría el resto de su vida… Un poco, a lo mejor, porque papá Dámaso ya había competido en aquellas viejas carreras de los años ’50, o antes, con un Ford T… y quizás haya sido de alguna manera su legado: “A los 15 años me compre mi primera moto… aunque precisamente mi viejo era el primero en oponerse, porque una vez siendo yo chiquito y de su mano vimos un terrible accidente que le costó la vida a un pibe… Pero ya a los 16 compré mi primera moto de carrera, embalado por ‘Rojitas’.. le pedí plata a un prestamista para comprarla y la pagué en 10 cuotas. Desde ese momento siempre estuve ligado a los fierros, hasta que me tocó la colimba; en la que me comí 16 meses, porque nos incorporaron tres meses antes porque volvía Perón. Parecía que querían que estuviéramos preparados por las dudas que hiciera falta”, cuenta.
“Pasé momentos lindos, porque me tocó en el distrito militar y podía seguir trabajando. Tenía de jefe tenia al teniente coronel Goizueta, un tipazo, mientras el del regimiento era al principio Iriart, y en el final vino Ramón Camps. ¿Qué me contás?”.

De cadete a accionista.
“Cuando salí de la colimba me dediqué de lleno al diario en el que hice todas las tareas que se pudieran hacer: nunca le esquivé al trabajo y en realidad me encontré con una familia que prácticamente me adoptó, y la abuela Esther (esposa de don Raúl D’atri), me hizo accionista de la empresa. Me dieron muchas posibilidades para todo y pude seguir corriendo en motos que era mi pasión, aunque cada vez que terminaba internado tenia que bancarme a Rosalba (D’Atri, presidenta del Directorio), que era como mi segunda mamá, y la verdad… me torturaba… aunque siempre me ayudaba en todo. Me crié en el diario, con Tonio, un hermano mayor para mí, pero un ‘explotador’ que tenía 22 años y era mi jefe, cuando yo tenía 16”.
Pero también “hemos vivido muchas cosas con Leonardo (actual director de La Arena) y Sergio Santesteban… compartimos muchas cosas a lo largo de tantos años; y Leo me acompañó en el famoso viaje a Venezuela (una verdadera aventura que tendría que contarse aparte, de la que también tomaron parte El Negro Pedraza, ya fallecido; ‘Cusi’ Gaya, ‘Peludo’ Sosa, Miguel Gugliara y Guillermo Kunusch). El motociclismo me dio muchas satisfacciones y en un tiempo hasta pensé en irme a correr a Europa, pero la situación del país me hizo ver la realidad. Imposible”.

En La Arena, de todo.
“En el diario hice de todo: empecé como cadete cuando la empresa era muy chica, familiar; y por suerte parece que se hicieron bien las cosas y fuimos creciendo. Después fui administrativo, llevé los diarios a los pueblos, trabajé en impresión y en oportunidades también escribía. Fui muy feliz en mi trabajo, porque siempre era muy dinámico todo. Cuando nos mudamos al nuevo edificio (en calle Mitre 339) y alguna vez volví al de 25 de Mayo, donde funcionábamos antes, no podía entender como trabajábamos en un lugar tan chiquito”.
Tiene buen carácter -“me levanto todos los días de buen humor”, comenta-, y en el trabajo “las relaciones siempre fueron buenas, y aunque en alguna oportunidad mis peleas tuve en general me lleve bien con todos. Hoy las cosas cambiaron mucho porque obviamente la empresa creció y la gente más joven va ocupando los lugares, como debe ser”, admite. Y a tal punto es así la cosa que uno de sus hijos, Franquito, trabaja en la empresa como armador ya desde hace años.

Siempre a fondo.
Apasionado de la velocidad, y de los riesgos que ello supone, Tory Casais relata que cuando dejó de correr en moto no encontraba “motivación en nada. Pero en un momento vi unos avioncitos, me entusiasmé y me compré un ultraliviano sin tener ni idea. Me enseñaron un poco y volé como 8 años sin ser piloto… después de un accidente grave con varios muertos la cosa se puso seria y tuve que hacer el curso para seguir volando. Un día apareció un loco con un globo aerostático y me invitó a volar. Y fue impresionante, algo único”.
Canta Axel: “Celebra la vida, celebra la vida,/Que nada se guarda/Que todo te brinda./Celebra la vida, celebra la vida,/Segundo a segundo y todos los días”. Y es una letra que le cae como escrita para él. Porque Tory es así: “siempre viví como quise, fui detrás de las cosas que me gustaron y, de verdad, a veces le digo a mis hijos: no les voy a dejar nada material, pero van a poder mirar a cualquiera a los ojos”, me mira y un poquito, apenas, se pone serio. Pero enseguida volverá a su pose habitual, y a dibujar en su rostro esa sonrisa que es su marca registrada.

Nuevas emociones.
Hizo muchas cosas, y las seguirá haciendo porque está en su naturaleza, y ahora le ha dado por navegar: “Sí, tengo un motor home y con Tonio D’Atri, Carlitos Bruno (el diputado) y Marcos Villarreal vamos a navegar, y a pescar. Puedo estar horas en el mar”, se entusiasma.
Cuando se cansó del “avioncito” se dio cuenta que lo suyo pasaba por las carreras, pero como ya la edad de las motos había pasado, incursionó en el automovilismo a través del Supercar. “Allí me relacioné con otra gente y me permitió conocer a un fuera de serie: Lalo Soler, de Salliqueló, un tipo de una honestidad brutal… y por ser como es, este mundo de hoy a veces le juega en contra. Cada vez que puedo me voy a Salliqueló a comer un asadito con él y un grupo bárbaro que se junta todos los miércoles”.
Razona que, de todos modos, correr en autos “es difícil, porque lamentablemente los presupuestos son altísimos… Ah! Poné también que en el TC fui acompañante de Fabián Pisandelli, otro amigazo; y hasta un podio en Balcarce hicimos. Y otra más, fui presidente del Supercar por dos años, y antes había sido secretario… Obviamente participó e integró la Fundación Pro Autódromo; aunque ahora sólo colabora con la Federación como integrante del tribunal de disciplina.
Siempre a su manera… Como canta La Voz: “Viaje, y disfruté/No sé si más, que otro cualquiera/Y si, todo esto fue, a mi manera/…Tal vez lloré, o tal vez reí/Tal vea gané, o tal vez perdí/Ahora sé que fui feliz/Que si lloré, también amé/Puedo seguir, hasta el final, a mi manera”.
No son muchos los que se pueden dar el gusto de andar a fondo, de beberse la vida a sorbos… y sentir que se es feliz. “Puedo seguir, hasta el final, a mi manera”, sigue Sinatra…

“Disfruto de estar en mi casa”.
Inquieto, siempre presto para subirse a un auto, o una camioneta para ir a ver GP en Santiago del Estero, o para salir a navegar, o simplemente andar en moto por allí, Tory confiesa que algo ha cambiado. Y en todo caso admite que ese cambio tiene un nombre: “Estoy casado con Adriana desde hace 27 años, y hoy digo que es la mejor persona que conocí en mi vida. ¡Impresionante!. Tuvimos a Franco (hoy trabaja en La Arena), Hernán que estudia en Buenos Aires y Renata, ¡mi nena, je!, que estudia Ingeniería en Recursos Naturales. Yo ya tenía a Laura, Sebastián y Leandro”, sigue.
Pero si algo logró Adriana -seguramente, y más allá de los valores de Tory, debe ser dueña de una infinita paciencia- es que a Darío le guste estar en su casa: “Es así, me gustan algunas rutinas, y lo disfruto a pleno… y antes no me pasaba”.
Cuentan quienes lo conocen que “es gran amigo de sus amigos, y le gusta recibirlos en su casa con un buen asado. Es muy buen anfitrión”, lo elogian.
En un momento el entrevistado quiere que agregue una frase: “Algo de la vieja… Mamá tiene 91 años, y cuando cumplió los 90 se vino especialmente de Formosa (donde vive otro de los hermanos Casais) para celebrarlo aquí. Sí, la vieja también es todo un personaje, y querés creer: ¡Fanática hincha de Boca!”, dice algo emocionado por la mención.
Carismático, alegre, buena persona, conocido por todo el mundo, no resulta extraño que alguna vez fuera tentado para hacer política. “De verdad, me buscaron muchas veces, y yo les decía que no servía, que no aprendí a jugar al truco para no mentir… y lo cierto es que nunca me interesó… Mi viejo era peronista, y hasta estuvo preso en la revolución (en el ’55), y aunque me crié escuchando la marcha nunca me prendió”, indica.

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