Una humilde familia recibió una vivienda

Un matrimonio muy humilde vivía en condiciones deplorables. El compromiso de una docente, un psicólogo y una ex funcionario revirtieron la situación y lograron que el IPAV les otorgara una casa en excelente estado.
Merced al insistente trabajo de una maestra y de un psicólogo, una humilde familia que vivía en condiciones infrahumanas pudo acceder a una casa de barrio en la zona norte de la ciudad. Con la alegría de tener un techo propio, la familia anticipó que no dejará de pagar ni una cuota hasta tener la vivienda a su nombre. Una publicación de este diario colaboró para que la gestión llegara a buen puerto.
Desde hace una semana todo es alegría en la casa de barrio Nº 197 ubicada en la esquina de Asunción del Paraguay y Posta de Yatasto, una populosa barriada ubicada al norte de la ciudad. Es que después de haber vivido durante años en una vivienda con piso de tierra, paredes con mucha humedad, aberturas faltantes y un techo de esos en los que llovía más adentro que afuera, Sonia Feraude y su esposo Rubén Alberto Suárez gozan ahora de un digno lugar donde vivir y criar a sus hijos Pablo (10 años) y Aaron (3).
La historia de Sonia y Rubén tuvo un punto de inflexión cuando una docente de la Escuela 97 fue a visitar la casa donde vivía Pablo, su alumno de quinto grado, y se encontró con una realidad que le movilizó el alma. Lo que tocó su sentimiento más profundo fue ver que a pesar de tantas carencias de su familia, el niño no dejaba ni un día de concurrir a clases, hacía todas sus tareas y sus padres se preocupaban por acompañarlo en su vida escolar. “Sonia es una madre muy presente”, destacó.
La docente -que solo autorizó a llamarla por su nombre de Rosana- empezó a golpear puertas pero no tuvo éxito. Ahí fue que se contactó con LA ARENA, comentó la situación y ello dio pie a la publicación de un artículo que daba cuenta de las carencias de la familia y la necesidad de un techo digno.
Con el artículo publicado, Rosana volvió a golpear las mismas puertas, las que ahora se abrieron. No lo hizo sola sino junto a Misael, otro trabajador público, psicólogo en su caso, que cargó a sus hombros la noble tarea. Ambos trabajan en los Centros de Actividades Infantiles (CAI) y tienen un fuerte compromiso con la tarea docente y social.

Compromiso.
Rosana destacó el pleno compromiso que tuvo Carina Balsa, la directora general de Promoción Comunitaria durante la gestión anterior, quien se ocupó en persona y desde el primer momento en solucionar esta situación. “Primero consiguió los subsidios para que pudieran alquilar algo mejor, y después colaboró para conseguir la casa en el IPAV”, subrayó Rosana.
La maestra contó que cuando la llamaron del IPAV para avisarle que había una casa adjudicada a nombre de Sonia y Rubén, casi se desmaya. “Me puse a llorar”, confesó. “Creí que nunca íbamos a llegar hasta acá, y acá estamos”, contaba mientras recorría la casa de Asunción del Paraguay y Posta de Yatasto.
La casa había estado desocupada durante el último tiempo y el Instituto debía pagar una guardia policial permanente para evitar que la usurparan. Antes de entregarla, la hizo reparar y la casa quedó más linda que antes.

Risas y alegría.
Desde hace una semana, todo es risas y alegría en la casa 197. Pablo pudo volver a su escuela, a su barrio y a sus amigos, y Rubén y Sonia están en el barrio donde vivieron desde siempre.
Paula, una amiga de la familia, se acercó junto a su hija Carina para conocer la casa y disfrutar de la alegría. Ella también se ocupa de acompañarlos y ver que no les falte nada.
Rubén es cartonero y reciclador, lugar que le queda a pocas cuadras. Lo que recauda vendiendo el material que recolecta es todo el ingreso que tiene la familia. Sonia se dedica a la casa y le gusta la idea de vender las ricas torta fritas que hace.
La cuota de la casa es de 110 pesos mensuales. “Más vale que vamos a conseguir ese dinero, no vamos a dejar ni una cuota sin pagar”, se comprometió Sonia, valorando en su justa dimensión el privilegio de acceder al techo propio.
“Ahora vamos a luchar para que el barrio tenga lugar para que los chicos hagan actividades”, anticipó Rosana, preocupada por una carencia tan básica para una barriada tan grande. “No hay ningún club por acá cerca, así que tenemos vistos unos terrenos donde se puede hacer alguna canchita”.