Villa Tomás Mason, el barrio…

Mario Vega – ¿Todos sentirán el barrio de la misma forma? Para muchos es la cuna de sus mejores recuerdos, aunque el paso del tiempo modificó sus casas, cambió sus calles y alteró un modo de vida que ya no existe.
Caminando despacio por uno de los senderos de la playa del ferrocarril puedo ver, allá al fondo, el perfil imponente del Molino Werner (próximo hoy a derrumbarse, o poco menos), y viene a mi memoria el recuerdo del maestro Nicolás Toscano -instalado con su caballete en medio de las vías-, coloreando sobre la tela esa imagen. Y me veo, hace muchos años, con otros muchachitos revoloteando alrededor del maestro y su paleta de pintor.
Y me retrotraigo: El Molino, el Club Argentino, la Escuela 314, la herrería de Del Monte, la Imprenta de mi viejo… y a lo lejos la melodía de una guitarra en una noche serena de verano, y la voz del Víctor Hugo Godoy cantándole a la más linda del barrio.
Las evocaciones se me arremolinan en la mente… como se atropellaban con el viento en aquellas mañanas heladas los cardos rodando juguetones sobre la escarcha, para ir a sucumbir contra los alambrados que marcaban el final del territorio. Esa comarca que no era más que la inmensa playa del ferrocarril.

Aquellos “castillos espectrales”.
Ese espacio que en cada estío veía levantarse las estibas -montañas de bolsas de cereal-, que los hombres como hormiguitas iban depositando hasta llegar allá arriba, como si se tratara de la cúspide de un gran edificio. Esas montañas de trigo que en las noches oscuras se nos asemejaban -a nosotros chiquilines- a castillos espectrales, cuando cruzábamos presurosos, y temerosos, entre las sombras esperando llegar al molinete salvador que marcaba el límite que nos depositaría en la calle 1° de Mayo, ahora sí cerca de casa.
Barrio de ayer, barrio de hoy, mi barrio de siempre… Villa Tomás Mason. Aún los veo a los viejos vecinos sentados a sus sillas en las noches calurosas del verano, apurando un trago, o quizás simplemente un mate, estirando aquellas sobremesas, más vale humildes. Y me parece estar viendo aquella hilera interminable de camiones estacionados dando toda la vuelta de la estación, esperando depositar su preciosa carga de trigo en los galpones del ferrocarril, esos galpones que desaparecieron hace ya muchos años.

El embarcadero.
Observo que allá en la esquina no está más el embarcadero, donde pasábamos horas viendo a los paisanos arriar las vacas que más tarde serían subidas en los vagones de los trenes de carga que las iban a trasladar hasta Liniers. Era entretenido ver el trabajo de hábiles jinetes acomodando los vacunos en los corrales, pero además significaba aguardar el momento en que quedaban vacíos… porque con sus tranqueras abiertas pasarían a transformarse en un escenario magnífico: una increíble arenosa canchita de fútbol 7, en la que ni siquiera debíamos pagar el turno para poder jugar. Y allí caíamos con Cachito Leal -después jugador de All Boys-, Lucio Pérez, el fallecido Rusito Frank; y hasta a veces la pelota se rendía a la magia de la Mona Díaz y algunos otros como él…
Los corrales ya no están -los trenes no corren más (“tren que para ramal que cierra”, decía el inefable ex presidente)-… pero ahora, por estos días, a pocos metros, enfrente, en diagonal, sorprendentemente las luces iluminan el verde esplendoroso de una canchita de césped sintético. Sí, justo allí donde estaba el aserradero de Ranocchia y Garbarino…
Sí, muchas cosas cambiaron, pero están todavía erguidos los vestigios del Molino, el Club Argentino sigue allí, y también la 314 (ahora 201)… Y además permanecen los recuerdos… indelebles, únicos. Aunque el tiempo -¡qué lástima!- no se pueda volver atrás.