“Vivimos entre medio de las ratas”

FAMILIA DE ZONA NORTE PIDE POR UNA CASA

En deplorables condiciones edilicias y de salubridad, dos familias viven al fondo de una casa de barrio. Ya iniciaron los trámites en el IPAV pero les dijeron que deben esperar.
Cuando dos de sus hijos formaron familia y no tenían lugar para vivir, Marta Reina hizo lo mismo que su madre había hecho con ella: les dio un lugar al fondo del patio, les cedió parte del terreno heredado para que levantaran un techo. “Hace unos años mamá se fue al cielo y me dejó esta casita. Mis chicos no tienen otro para ir a parar, así que aquí estamos todos, como podemos”, dijo la mujer a LA ARENA.
Marta Reina tiene 58 años, crió siete hijos y ahora vive sobre la calle Neuquén en Zona Norte. Su casa -la heredada- tiene dos habitaciones minúsculas en las que duermen cuatro personas. Al fondo del patio, frente a un palomar donde uno de sus hijos cría mensajeras, vive Rubén y Soledad, dos de sus chicos con sus respectivas familias. Dos hogares en menos de 8 metros cuadrados.
En total, en la casa del fondo pasan sus días tres adultos y cuatro niños que no superan los seis años. Las paredes del ranchito parecen decir ‘mírame y no me toques’ y no hay puertas interiores sino cortinas. Tampoco hay cielorraso, parte del piso es de tierra, y el baño un cuadradito inmundo. Los días de lluvia el agua se filtra por el chaperío y cuesta salir. El patio se convierte en un barrial espeso que ni siquiera los gallinas se animan a atravesar. Las siestas en verano no existen: el calor es tan insoportable que nadie podría pegar un ojo allí adentro.
“A mi me gustaría que mis chicos tuvieran un lugar mejor, sobre todo por mis nietos. A la mitad de la noche, siempre se me aparece algún nietito para dormir conmigo porque le tienen mucho miedo a las ratas. Esos bichos peludos andan por todos lados y los nenes se asustan. A mi me da terror de que le coman la patita a alguno”, dijo la abuela.

Una casa.
Rubén Suárez, hijo de Marta, dijo que ya fue varias veces al IPAV para que les dieran una casa, pero siempre la respuesta fue la misma: tienen que esperar. El hombre gana 200 pesos por día como peón de albañil, acarreando baldes con mezcla de aquí para allá, y los números a mitad de mes ya no le cierran.
“Me gustaría alquilar algo mejor, pero la verdad es que no puedo. Sonia, mi mujer, está en casa con los chicos y se nos pone cuesta arriba criarlos. Por suerte tenemos la asignación, con eso la remamos. Pero necesitamos un lugar mejor para nuestros chicos”, señaló Suárez.