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Carlos Bustamante: sólo se trata de vivir

Es probable que alguien pueda proyectar su destino, pero se debe admitir que luego el devenir de las cosas lo irá llevando. Carlos Bustamente no imaginaba cantar en las calles bilbaínas, y de eso vive.
MARIO VEGA
Cada vida es una historia, y cada uno construye la suya como puede… por aquí, o por allá, en donde fuere. Cada persona puede cimentar su existencia con el acontecer que le toque, y con ese bagaje de experiencias armará su propia historia… que tal vez logre interesar a unos, aunque pueda representársele indiferente a otros. La vida es ese insondable misterio que algunos pretenden develar y se les va el tiempo devanándose los sesos con interrogantes que pocas veces logran contestarse; en tanto otros -más pragmáticos quizás- sólo se dedican a vivirla. A transcurrirla casi como si se tratara de un avezado surfista que va sorteando las olas del mar, acompañando las ondulaciones que nos ofrece la existencia cada rato…

Reencuentro y emoción.
«¡Feliz año nuevo!», escuchó simplemente detrás suyo el hombre que venía caminado desde Casa de Gobierno hacia el centro por Avenida San Martín, ensimismado en sus pensamientos… mirando sin ver, casi distraído. Se dio vuelta y la sorpresa fue mayúscula al encontrarse con el muchacho que lo había saludado. Se fundieron en un abrazo enorme y dieron rienda suelta a la emoción… y no faltaron algunas lágrimas corriendo por los rostros por la alegría inmensa del reencuentro. «Hace algún tiempo, tres o cuatro años, por esas cosas que a veces suceden no estaba en contacto con mi hijo mayor (Carlos Alejandro). No lo veía porque él no quería… y ahora…». Y vuelve a turbarse, y está bien que le suceda. «Son esos desencuentros que suelen darse… y tenía la esperanza que alguna vez sucediera, y pasó esta misma semana de la manera más inesperada», relata Carlos.

La Santa Rosa de ayer.
Carlos Alberto Bustamante (68) es un antiguo conocido de una enorme legión de santarroseños de las noches de otros tiempos, que un día se marchó y por eso se lo dejó de ver por estas tierras. En estos días anda por aquí, el cabello largo cayendo sobre los hombros -ahora con un tinte ceniza que los años le han agregado-, los lentes que usa en forma permanente, la camisa fuera del pantalón, y el andar cansino y sin apuro…
Lo encontré de casualidad en pleno centro y sobrevino el saludo… Lo conozco de años porque alguna vez compartió con mi hermana las aulas de la Escuela 2 «Remedios Escalada de San Martín», precisa él; y además participamos de algún picado futbolero, detrás de las vías… «Y claro, si yo vivía en Gobernador Duval, cerquita de la Raúl B. Díaz», rememora la barriada que estaba más allá de la estación y de las plantas de moras de cuya dulzura disfrutábamos al pasar… Vino el intercambio de información, el clásico «qué es de tu vida», y los recuerdos de aquella Santa Rosa que supimos recorrer en nuestra etapa adolescente.

Allá es «Carlos Bustamante, El Pampa».
«Me fui en el 2000 a España, a Barcelona, y desde hace 3 años vivo en Bilbao… y cada tanto me doy una vuelta a saludar a mis afectos y a tantos amigos que quedaron por aquí», expresa.
Allá en Bilbao -la ciudad portuaria industrial del norte de España, rodeada de verdes montañas-, es «Carlos Alberto Bustamante, El Pampa». Y cuenta: «Es mi nombre artístico, así me presento y así me conocen».
Vinculado a la música desde siempre, finalmente alguien le hizo comprender que ese era su verdadero oficio, que cantar era lo suyo y que en ese arte debía desarrollarse, porque en realidad él no lo tenía plenamente asumido.
Si bien está vinculado desde su juventud al ambiente musical, se la empezó a creer un poco más cuando amigos latinoamericanos le señalaron que ese y no otro debía ser su camino. Hasta ese momento, primero aquí, y después allá, había hecho un poco de todo… y también música.

Aquellos años en Santa Rosa.
Cuando muy joven tuvo un breve paso por la Policía -estudió dos años en Río Negro- «pero me di cuenta que no tenía nada que ver conmigo», evoca. Después trabajó en el rubro gastronómico, «de mozo cuando Carlitos Segovia tenía el restorán Los Inmortales», en el Club Telefónico donde se daba de comer, un tiempo en la peña que había montado Tincho Pérez Isa en lo que hoy es Bar o Bar, y también trabajos de pintura de obra… De todo un poco: «Mi familia era clase media, no faltaba ni sobraba», agrega.
Nacido en Capital Federal, a los dos años junto a su familia fueron para el lado de Catamarca, de donde eran sus abuelos, y «cuando tenía 6 ó 7 nos vinimos a Santa Rosa. Mi madre se llamaba Benilda del Carmen Bustamante, y a mi papá no lo conocí», completa.
Aunque son en total seis hermanos -viven en Buenos Aires- aquí se crió con su primo Luis Roberto, del gremio de transportistas, porque fue taxista y colectivero. A mamá la perdí cuando ella tenía 82 años… justo cuando yo venía para aquí para unas fiestas», repasa.

Compañeros de ayer.
Hoy Carlos tiene dos hijos, Carlos Alejandro (43) y Tomás (26), y también dos nietos, Juana (4 años) y Emilio (9 meses) que viven en Santa Rosa.
Le gusta recordar que su abuelo, Tomás Aguiar, «en 1952 se vino a Santa Rosa y trabajaba de mercachifle en el campo, con carretas tiradas por caballos recorría toda La Pampa y parte de la Patagonia, vendiendo. Con el tiempo compró casa aquí; y al tiempo nos trajo a todos… Hice la primaria y al tiempo por acompañar a un amigo fui a la Escuela de Policía de Río Negro y aunque me recibí estuve sólo unos pocos meses… evidentemente no era lo mío», sonríe.
«Recuerdo todo aquello muy bien… la escuela primaria donde tenía como compañeros a Tronco Méndez, Turco Dacal, Jorge Altolaguirre, Totila Lastiri, Pablito Fernández, Canguro Gómez, Valentín Contreras; una chica Martínez que era hija del gerente del Banco Hipotecario… El secundario no lo empecé enseguida, porque en mi familia era terminar la primaria y salir a trabajar», señala.

Terminar el secundario.
Carlos trabajó «en la confitería Cervantes, frente a la plaza, en Sedería Ivalú como cobrador para Sonia Tueros… empecé a boyar por distintos lugares, porque también estuve en la empresa constructora Coll, que hizo el barrio Empleados de Comercio…».
Estaba convencido que debía terminar el secundario, y fue al nocturno Ayax Guiñazú donde en 1980 iba a recibir su título junto a «chicos» como Víctor Altamiranda, Alicia Pérez, Lelín Martínez, Gabriel Urcelay, Mónica Bossa, Huguito Becerra, Juan Buscarini… Y nos dimos el gusto del viaje de estudios a Bariloche, donde incluso pasamos la Navidad esa vez», se retrotrae con la memoria.

El barrio, las salidas.
Y sigue: «En Villa del Busto teníamos un grupo con el que hacíamos fútbol y sóftbol, y allí estaban Roberto Ganora, Fabio Ibarra, Lito Peña, Jorge Gómez, Quique el hijo de Luciano Alvarez de la despensa La Familia; los Posadas que eran primos de Lalo Recalde y de Lela. Y cómo no voy a recordar a los Aguirre… el Oso, Araña, Eva una hermana, doña Casilda, los Manzanelli, Pato y Tute Rodríguez, los Echeverri», los menciona.
Y vuelve a la adolescencia, las primeras salidas al centro -geografía que le resultaría muy familiar en ese tiempo-, «los encuentros en la confitería Amancay, en el Club Santa Rosa, All Boys, Adlon, Kascote, Espacio, Kokesi, Brujas, Tobruk, Capri… ¿Sabés que en esa época llegó a haber 14 discotecas al mismo tiempo en Santa Rosa? Y todas funcionaban…», resume.
Pero además estaban los bailes de los clubes, Argentino, Sarmiento, Penales… y allá íbamos, pateando las calles, hiciera frío o calor, nada importaba. Pero era una noche sana, no había droga y alcanzaba con un solo milico para contener a algún revoltoso», se acuerda.

Noches de peña.
Tiene especiales reminiscencias de lo que fue la peña Cori Hué, cuando Agustín Pérez Isa alquiló la esquina de Avenida Uruguay y Pico, y con el Ruso Hirchs, y el propio Carlos empezaron a refaccionar el lugar: «Hicimos todo cielo raso de hilo sisal, el suelo lo pulió Alejandro Gadán y arrancamos. Eran tiempos en que, antes de la democracia, iban muchos universitarios… De vez en cuando la policía pasaba como vigilando, pero tranqui… A mí me correspondía ir temprano y tocaba algo con mi guitarra y cantaba: y más tarde caían Bustriazo (que le habría de regalar «Unca Bermeja» autografiado), El Bardino, el Negrito Ruiz, Pablo Fernández, Negra Alvarado, Tucho Rodríguez, Pulpi Herrero, y aparecían también Toto Allende y Mario Azcárate. Ahí una noche tuve la oportunidad de conocer a Armando Tejada Gómez… Fue una época de oro, entre el ’81 y el ’84, pero después empecé a mermar mi presencia hasta que me fui un tiempo a Catamarca».
Era 1985 y había entrado a formar parte de un centro de investigación y enseñanzas bíblicas: «Un poco se trata de entender las leyes espirituales», explica brevemente.

En el coro de Alberto Carpio.
Regresó a Santa Rosa y entró a trabajar en Fiscalía de Estado, cuyo titular era Francisco Héctor Ortiz, a quien sucedería Pedro Zubillaga. «Entre mis compañeros estaban Walter Kunz, Mary Bassa, Sonia Goyeneche, Norma Anchuvidar…».
Carlos narra que eso fue hasta el año 2000, cuando pidió un año sin goce de haberes, y se habría de empezar a ir de ese trabajo. «Me había divorciado hacía dos años, y venía en caída libre, no estaba bien… En un momento entré a cantar en el coro de Alberto Carpio, y allí encontré una contención, nueva gente, y me sentí mejor. Ahí se planea un viaje a Europa del grupo, y lo concretamos y nos fuimos por un mes… De alguna forma me sirvió para darme cuenta que el mundo no terminaba en Santa Rosa ni mucho menos».

En Barcelona.
De alguna manera aquel viaje con el grupo le abriría nuevas puertas, o al menos le iba a renovar las ilusiones… En febrero de 2000 se decide y se va: «Recalo de entrada en Barcelona, pero mi primer trabajo de hotelería lo hago en Murcia en un restaurante-bar. Y no voy a negar que el desarraigo es duro, por la familia, por mis hijos… Después vuelvo a Barcelona y empiezo en una empresa de pinturas, que es algo que ya hacía, porque en Santa Rosa a la mañana estaba en Casa de Gobierno y a la tarde pintaba».
Volvió de visita a nuestro país a los tres años, «mi hijo menor tenía ya 10 añitos… Yo allá vivía, sólo vivía, y no pensaba en si me iba a quedar o un día me vendría», razona.
En Barcelona iba a ser un habitante más: «Empiezo a conocer y me conecto con gente de aquí, como Jorge Costabel». También con el Negro Roldán, y en 2000 va para allá Beto Bíscaro y los tres formaron el grupo Conosur, «y había además tres catalanes. Ahí yo hacía guitarra y voz, y a veces tocaba el bombo… Lo nuestro era la música latinoamericana, y hasta llegamos a grabar un disco con temas como ‘Todo cambia’, y ‘El Jangadero’; y hasta surgió actuar con un coro del barrio donde vivía para cantar ‘La misa criolla’, en un teatro muy conocido y en la catedral La Sagrada Familia», enumera.

Nace «El Pampa».
Más tarde iba a sumar a lo que ya hacía el baile, y con Carlos Díaz -toayense que andaba por allá (ahora en Suiza)- pusieron en marcha La Cruz del Sur, una escuela de folklore. «Un día una persona le gritó a alguien: ‘Eh, Carlos, y tres nos dimos vuelta. El hombre dice no… al Pampa estoy llamando’. Y ahí quedó el ‘Carlos Bustamante, El Pampa’, mi nombre artístico», cuenta con sencillez.
En salas que le dejó el Negro Costabel se empezó a presentar con ese nombre, y armó «Patio Argentino», todo un espectáculo donde Carlos cantaba y bailaba, pero también llevaba otros artistas de diversas disciplinas. «Estaba en el centro de Barcelona, cerca de la plaza de la Universidad y la plaza Cataluña», refiere.

Llegada a Bilbao.
Carlos explica cómo es que llegó a Bilbao: «Fabián Muñoz, un chico conocido de aquí le pasó mi teléfono a un mendocino que vive en Bilbao, quien se puso en contacto y me fue a visitar a Barcelona. Estuvo algunos días y se volvió, pero al poquito tiempo me llamó y me dijo que quería que trabaje con él. Se dedica a la pastelería y hace un poco de todo, pizzas, empanadas bien argentinas… una mercadería de primera. Pero a él le iba bien y a mí no tanto, porque trabajaba 10 ó 12 horas por muy poco dinero», agrega.
Es así que entra en la disyuntiva: «O volverme a Barcelona o buscar otro sitio… en el interín conocí un santiagueño que me invitó a bailar y tocar en Trento (Italia), y a partir de ahí es como que cambia todo. Nos fuimos para la Costa del Adriático, tuve la oportunidad de conocer Suiza porque se casó allí un amigo… Son experiencias que uno puede vivir allá porque esos viajes son posibles», expresa.

Ahora sí, en las calles.
Después el regreso a Bilbao y de alguna manera el comienzo de una nueva vida… hoy se anima a mostrar su repertorio y le va muy bien. Ahora sí absolutamente dedicado a cantar en las calles bilbaínas… y a bailar. Viviendo, sólo viviendo, que no es poca cosa… ¿O no es así? «Lo cierto es que no pienso en juntar dinero, ni en ningún triunfo especial. Y es eso: sólo se trata de vivir. Y cada tanto vuelvo, veo mis afectos y si, como pasó ahora, me puedo dar un gran abrazo con mis hijos, ¡qué más! En algún momento tenía que suceder -el encuentro con el mayor-, y fue ahora… y eso me pone feliz… muy feliz».

«La gente responde».
«Un día un amigo boliviano me abrió los ojos: ‘Pampa, no tenés que trabajar en otra cosa… tu dinero está en lo que sabés hacer, andá a la calle, que te conozca la gente y te van a llamar’, me insistió», narra Carlos.
Era un poco reacio, hasta que se animó: «Ese muchacho me prestó un equipo y me dijo que si funcionaba se lo pagara… yo lo único que compré fue un atril… Fueron tres días de querer encarar y de poner excusas, hasta que me animé, y me fue rebién. En dos horas ganaba 20 euros, más del doble de lo que sacaba en la pastelería trabajando todo el día».
Enseguida se dio cuenta que tenía que tener una disciplina, que era su trabajo y no debía descuidarlo. Así todos los días ubica el equipo en las amplias veredas de Bilbao, acomoda la butaca, su guitarra y deja al pie la funda del instrumento donde el transeúnte dejará el premio para el artista. «Lo cierto es que la gente responde, y ya hace tres años que estoy en esto y por suerte me va muy bien… he tenido rachas superlativas, pero en general todos los días se consigue una recaudación interesante, y encima haciendo lo que a uno le gusta», reflexiona.

«Milonga Baya» en Bilbao.
Cada día «El Pampa» despliega su arte callejero, y hace escuchar folklore y en general música latinoamericana, y es infaltable algún tema que tiene que ver con la pampeanidad. «A veces hago ‘Milonga Baya’, y algunos me dicen: ‘¿Atahualpa, verdad?’. Y ahí tengo que explicar que no, que es de un poeta de La Pampa, y les preciso qué es nuestra provincia, que no es lo que conocen ellos como la Pampa Argentina…», expone.
Por estos días lleva adelante el trámite jubilatorio en el País Vasco por un convenio iberoamericano, «pero realmente no sé que voy a hacer… Algunos me dicen ‘volvé’, pero creo que todavía tengo cosas por hacer allá. Venirme sería
como alejarme de las posibilidades, porque en Santa Rosa no podría hacer lo que hago allá, porque hay mucha calidad de artistas, de cantantes, y sería mucha competencia. Por ahora, no sé cuánto tiempo más, voy a seguir en Bilbao», concluye.

Por cincuenta euros.
«Presiento que tras la noche/Vendrá la noche más larga,/Quiero que no me abandones/Amor mío, al alba». Esos son los versos de una canción de Luis Eduardo Aute, que a los bilbaínos los llega a conmover. «Un día la canté en la calle, donde me instalo con mi equipo y mi guitarra, y un hombre me pidió que por favor se lo repitiera… ¡y querés creer que me había quedado sin batería…! Le tuve que pedir disculpas, pero el hombre igual me extendió un dinero: ‘No, si no te pude hacer el tema’, le contesté. Pero insistió y me lo dejó, porque le había gustado mucha la versión que había hecho: ¡50 euros eran!, más que lo que junté en toda la tarde por un tema especial que me pedía y no se lo pude hacer…», rememora.