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Casi un siglo

El pasado 16 de abril no fue día más en la vida de Gabriela. El martes cumplió nada más y nada menos que 99 años, una edad a la que muchos quisieran alcanzar con la misma salud que esta mujer. Ayer por la mañana, en su casa, la misma que habita desde que llegó a la ciudad, hace más de 70 años, en el barrio Villa Tomás Mason, recibió a un equipo periodístico de LA ARENA para contar su historia.
Gabriela Dionilde Navarro nació el 16 de abril de 1920, en la localidad de Puelches. Es una de los 13 hijos que tuvieron Martín y Pastora. Según su testimonio, su madre era una curandera, descendiente de los pueblos ranqueles y su padre se dedicaba al trabajo en el campo.
A don Agustín Rodríguez, quien se convertiría en su compañero de vida y padre de sus hijos, lo conoció cuando tenía poco más de 20 años. El destino los unió gracias a su hermana, Anastasia, y su pareja Juan, quien manejaba un sulky que transportaba a la gente a las fiestas que se realizaban en distintos campos. Allí se conocieron y más tarde se radicaron en unas tierras que poseía la familia en General Acha. Luego, por una propuesta de trabajo, se vinieron a vivir a Santa Rosa. Ya en la ciudad, Agustín se desempeñó en aquellas épocas como mozo de la confitería «El Aguila», que funcionaba donde actualmente se encuentra La Recova.
«Yo trabajé siempre de sirvienta», afirmó orgullosa mientras navegaba entre los recuerdos de una extensa vida. Gabriela trabajó en la casa de la familia Garmendia, ubicada en la calle Mitre, y en la carnicería de Montero, en la calle Rivadavia. Sin embargo, cuando llegó su primer hijo dejó de trabajar «hasta que se criaron todos».
Gabriela comentó que su marido «era una buena persona, que me ayudó a criar a mis hijos, eso fue lo principal. Era mozo en la ‘El Aguila’. Se ponía lindo, como todo mozo. El se iba, y yo me quedaba acá con los chicos. Trabajaba hasta que cerraban, de corrido a la noche». En esos momentos, ella «estaba con los chicos, en una casa siempre hay algo para hacer». También recordó que en muchas ocasiones salía a la vereda junto con las vecinas del barrio a «chusmear».

«Seguir adelante».
Con Agustín, su compañero de vida, Gabriela tuvo cuatro hijos «y una nena que perdió, nunca se olvida», acotó su nieto Martín, quien habitualmente la acompaña. «Uno tiene 65, otro 63, y dos fallecieron. Mi padre que era el menor y el más grande, falleció hace poquito y eso le dolió», agregó.
Sin embargo, Gabriela siguió adelante a pesar de las pérdidas, del trabajo y de los años. Martín destacó que ha sido un ejemplo y recordó que «cuando falleció mi viejo, estábamos acá tomando mates. Entonces ella me dice: ‘no tenés que andar mal. Mirá lo que me pasó con tu padre, ¿qué tengo que hacer? me tengo que resignar porque no me puedo poner a llorar, no me puedo poner en víctima. Me tengo que resignar y seguir adelante'».

Una «inquieta».
A pesar de sus 99 años, Gabriela se mantiene intacta. «No me quedo quieta», señaló entre risas. Actualmente, en su casa se encarga de cuidar a las gallinas y siempre tiene algo para hacer.
«Siempre tuvo animales. Ahora tiene gallinas y todavía las cuida, por ahí ella se nos escapa. Estamos tratando de decirle que espere que la acompañemos. Pero por ahí se escapa y se va a caminar», contó Martín.
Gabriela es una mujer fuerte, que dice las palabras justas sin perder el sentido del humor. Y a pesar de que los años pasan, no acepta ayuda de nadie. Incluso, ha generado problemas con las mujeres que la cuidan mientras su nieto trabaja. «Siempre fue un tema. Ahora ando atrás de ella porque se levantó sola y me dice ‘andá negro’. Durante el día, se quiere arreglar sola, si la dejás se pone a planchar o a coser», explicó Martín.
Sucede que Gabriela no encuentra motivos para recibir ayuda y constantemente está en movimiento, haciendo cosas y solucionando ella misma la cotidianeidad de su vida. A simple vista pareciera que los 99 años que tiene encima no le pesan. «Nunca tuve problemas de salud. Gracias a dios siempre estuve bien. Quizás, algo en la vesícula, pero es común», agregó.

«Mi familia, lo mejor que tuve».
La vida de Gabriela estuvo significativamente marcada por sus seres queridos. Si le dan a elegir qué desearía recordar para siempre, su respuesta no deja lugar a dudas: «Mi familia, lo mejor que tuve».
A su vez, atesora en su memoria la imagen de su madre, Pastora, a quien caracterizó como «una buena persona, que nos crió bien» y que fue quien les enseñó a ella y sus hermanos todo lo necesario para desenvolverse en la vida.

El recuerdo de Evita.
Gabriela no pudo estudiar, debido a que las condiciones económicas no se lo permitieron. «No podía estudiar, había mucha pobreza», relató y agregó que llevó una vida dedicada al trabajo para poder mantener a su familia. Pero, no se arrepiente: «Yo siempre he estado agradecida».
Otro recuerdo que emerge de esa época es la imagen de Evita Perón. Según recordó, les dio «una gran mano» y es tajante en señalar que «no va a haber otra como ella». Para Gabriela, su imagen es imborrable. «Hizo mucho, fue una buena persona. Ella quería mucho a los pobres», puntualizó.

No son muchos.
La vitalidad y la entereza de Gabriela es algo que destacó Martín, su nieto. Según contó, hace unos meses pudo registrar en un video a la abuela jugando con su bisnieto como si fuera una niña más. «El nene mío estaba en la pieza jugando. Ella estaba acá con nosotros y salió para la pieza y le dice ‘qué hacés en la pieza’, y él le dijo ‘estoy jugando’. Entonces, ella le dijo ‘vení para acá que te atrapo’. Nosotros fuimos y vimos a la abuela corriendo en la pieza al gordito, ella le cortaba camino por un lado y el otro de la cama. Le hacía amagues, estaban a las carcajadas», explicó.
«Le doy las gracias a dios de que ando bien, a pesar de los años que tengo», fue la respuesta de Gabriela ante la pregunta de qué se siente al cumplir 99 años.
Para hoy, su familia organizó una fiesta especial para celebrar entre todos el natalicio de Gabriela. «¿Te parecen muchos?», le preguntó su nieto, Martín, y la respuesta de Gabriela, con una sonrisa, fue: «No».