Cobran multas entre los líquidos cloacales

INSPECTORES SEDIENTOS POR LABRAR ACTAS DE INFRACCION

Una escena por lo menos curiosa, y paradojal, se pudo ver en un operativo de tránsito, cuando personal municipal debió realizar su tarea poco menos que chapoteando sobre líquidos cloacales.
Quienes en ese momento -tarde-noche- acertaban a pasar por el lugar advertían los conos y las luces que marcaban que allí se hacía un control de tránsito. Parecía uno más de los que a veces se realizan en distintos puntos de la ciudad, sólo que este se llevaba a cabo en Allan Kardec y Congreso, un poco más alejado del centro donde se ven más habitualmente.
Autos y motos eran “seleccionados” para detenerse, y debían mostrar la documentación de rigor, a la vez que se controlaba que las luces de los vehículos funcionaran adecuadamente.
No pocas quejas -también frecuentes- de quienes eran controlados se escuchaban, pero los agentes municipales -impertérritos- seguían con su tarea.

Sobre un derrame cloacal.
Pero a muchos no se les escapó el “detalle”. Los autos y motos -y obviamente allí se movilizaban los populares “zorros”- debían parar en un sitio de la calle por lo menos incómodo: los líquidos del derrame cloacal emponzoñaban el aire con su olor pestilente.
Es decir, por un lado la gestión de Leandro Altolaguirre trataba de poner en caja a automovilistas y motociclistas, atendiendo a las normativas vigentes; pero dejaba al desnudo uno de los puntos más oscuros, como es la presencia en diversos lugares de líquidos cloacales y agua que se derrama por las calles.

¿Una casualidad?
Pero había un dato más que los conocedores de la zona aportaron como curioso: el operativo se realizaba en la puerta misma de la vivienda de un trabajador de la Cámara de Diputados, que hacía pocas horas se había manifestado en la banca del vecino del Concejo Deliberante.
¿De qué se quejaba el vecino? Precisamente de los derrames de líquidos cloacales que se ven por todas partes de Santa Rosa, incluyendo el que lo afectaba en forma directa. Sí, justo ahí donde se habían apostado los inspectores de la municipalidad.
¿Una mera casualidad? Obvio, la respuesta queda a criterio de cada uno.

Un enorme bache.
Una persona que observaba la escena ofreció un dato más: a escasos metros del operativo de tránsito, apenas a una cuadra, en Allan Kardec y Paul Harris, vive un funcionario municipal, Marcelo Furch. Señalaba el testigo que justo frente al domicilio del funcionario hay un gran bache que -sobre todo cuando llueve- se convierte en una trampa para automovilistas.
Toda una contradicción. ¿O no? Por un lado control (vehicular), y por el otro, en el mismo escenario, la imagen misma de la desidia y el no hacer: las calles destruidas y la carencia de asistencia municipal.

Avidez por multar.
Siguiendo con la cuestión de los inspectores municipales, cabe mencionar alguna situación más que se da con ellos. Cualquier vecino que circule por el centro de la ciudad podrá advertir la presencia de una gran cantidad de esos agentes que, talonario en mano, labran actas a diestra y siniestra.
Y no es que se dediquen puntualmente a ordenar un tránsito que en el centro es caótico, sino que pareciera ser que la avidez es recaudar lo más posible para la comuna, en muchos casos por infracciones muy menores: porque alguien puso una tarjeta de estacionamiento y se pasó un par de minutos de la hora que había marcado‚ o porque con una exactitud digna de un arquitecto el inspector entiende que un auto “toca” con el paragolpes un cordón cebrado, o cuestiones similares.

Multas selectivas.
Al lado de los “celosos” inspectores pueden pasar chicos con las “bicivoladoras”, tirándose ante los autos en una maniobra muy peligrosa, o andando por las veredas para convertirse en un riesgo cierto para los peatones; podrán verse motos a toda velocidad -con o sin casco sus conductores-, o automotores con la música que retumba de tal manera que “mueve” al auto que circula a su lado… y nada de eso importará: si la puntualidad de una tarjeta, o el mínimo roce de un paragolpes con un cebrado pocas veces bien marcado.

Inspectores a la caza.
Días atrás un automovilista se encontró con la sorpresa que lo habían multado por “estacionar en doble fila”. Está claro que la normativa determina que alguien puede detenerse para que una persona descienda del vehículo, y en ese caso la parada será mínima. Pero algún inspector escondido detrás de un árbol puede multarlo sin siquiera hacerle la seña de que debe circular.
Son inspectores que están a la caza de incautos, y de lo que menos se preocupan -cuando andan talonarios en manos- es de ordenar el tránsito como debieran hacerlo. Después discutir la infracción en el Juzgado de Falta será, por lo general, una pérdida de tiempo que no conducirá con seguridad a que quien recurra se encuentre con que le han dado la razón.
Una conducta molesta de algunos agentes que debieran ser instruidos de manera tal que cumplan con su cometido elemental: que el tránsito sea fluido y seguro. Hoy en Santa Rosa no lo es.