Con la energía inagotable

Desde hace más de 30 años los vehículos que circulan por Santa Rosa saben que cuando se quedan sin batería, llaman a Leonart. El emprendimiento se prepara hoy para el traspaso a la nueva generación, justamente en un rubro que nunca se apaga.
Suena el teléfono y Pablo se prepara para salir. No importa que ya tenga casi 64 años ni que el emprendimiento “funcione solo” o que sus sucesores ya estén listos para seguir adelante. Va, hace su trabajo y el auto arranca sin problemas. Es que si la batería se descargó no hay otra: o queda parado o se llama a… Leonart.
Suele pasar con pequeñas o con grandes marcas, que un rubro determinado se asocie directamente con un nombre. Puede ser la gaseosa o la aspirina más famosas del mundo, o un negocio de una pequeña ciudad capital. Y en Santa Rosa, hablar de baterías remite a Leonart, un apellido que se convirtió en eso que cualquier empresa desea: ser el nombre de referencia.
“Mi papá falleció a los 50 años y él siempre me impulsaba a que me largara solo, entonces como homenaje a él le puse el apellido, yo le quería poner un cohete o algo así, pero decidí dejar Leonart. Es más, hace dos años me quisieron comprar el emprendimiento pero me negué básicamente por eso, porque está el apellido por detrás. Nosotros construimos un prestigio y el que viene tal vez es un pez gordo que por un poco de plata por ahí lo ensucia de la nada en poco tiempo. Y entonces lo que yo hice en tantos años se desmorona en un día”, cuenta Pablo Leonart (63 años) en una presentación que resume el origen y los valores que mueven a un negocio dedicado a las baterías de vehículos a motor.
La vinculación de Leonart con las baterías comenzó en su adolescencia, cuando a los 15 ingresó a trabajar a un taller santarroseño en el que aprendió los primeros secretos de ese artefacto clave, el ‘corazón’ por el cual late un motor cuando se pone en marcha.
“Arranqué en marzo del ’70 en Casa Vanguard. Me tomaron por mediodía y al final estuve 11 años trabajando ahí, se hacía la batería completa. Hasta que en febrero del ’81 abrí por mi cuenta. En realidad empecé a trabajar a los 9 años, durante dos años repartí diarios, eran otras épocas, muy distintas a hoy en muchas cosas. Arranqué en el colegio Industrial pero ya cuando comencé con las baterías dejé y me dediqué a trabajar”, recordó Leonart, que durante sus 63 años vivió y trabajó en lugares “de la vía para acá”, con el barrio Villa del Busto como centro de su vida.
Cuando el taller propio arrancó, la mecánica, la tecnología y la forma de trabajar eran muy diferentes a las de hoy. También se modificaron varias de las características de los automóviles. Pero la batería nunca dejó -ni deja aún hoy- de ser clave.
“Se trabajaba con el plomo caliente, con la brea, se hacía el trabajo de fundición. Era un trabajo sucio, insalubre, peligroso. Era desarmar y armar y en verano hacían 50 grados en el taller. Ahora nada que ver. Ya hace 10 años que no armo baterías, hoy sigo con los proveedores y se hace la recarga, la colocación, todo el servicio completo”.

¿Pero qué los diferencia para ser referentes en el rubro?
“El auxilio que hacemos, eso no lo hace nadie. Yo llego el lunes y salgo a hacer los servicios de los autos que quedaron parados el fin de semana. Por ahí no tengo la necesidad, pero es lo que me mueve y esa garantía es lo que nos dio el prestigio. También asesoramos al cliente que es lo más importante porque no es que cualquier batería va a cualquier auto”.

“Mal necesario”.
Leonart tiene su taller y oficina en la avenida Spinetto, casi enfrente a la rotonda del Avión. Allí trabajan otras tres personas, entre ellos Leonardo Bustos y desde hace unos meses Martín (25), uno de los cuatro hijos del responsable de la firma y que tras un intento de carrera universitaria no resistió la tentación de seguir la tradición paterna.
“Yo voy a seguir trabajando porque si no, no sé qué hago, me muero (sonríe), pero está claro que el negocio va a seguir. Leo hace 35 años que está conmigo y es mi mano derecha, maneja todo y confío ciegamente en él, es como un hijo. Y Martín que se sumó hace poco y se enganchó muy bien. Ellos ya saben que cuando yo no esté van a quedar a cargo de todo”, dice Leonart sobre un emprendimiento que más allá de crisis y contextos tiene continuidad asegurada.
“Hoy los autos cambiaron pero la batería sigue siendo fundamental porque todo es eléctrico: el aire acondicionado, el levantavidrios, todos los detalles modernos. Entonces demanda un mayor consumo, por eso hoy las baterías son más ágiles, tienen otra prestación. Siempre digo que son un mal necesario porque sea un auto de 20 mil pesos o uno que vale 1 millón la batería la tenés que tener. Incluso en épocas de crisis la gente no para al auto, cuanto mucho un par de días como cuando aumenta la nafta, pero después vuelve a la calle. Este rubro es un mal necesario, porque si vos tenés que comprar una heladera o una cama lo podés postergar, te las arreglás, en cambio el auto siempre sigue andando”.

Garantía.
Los casi 40 años de trabajo que Leonart acumula en su taller se basan, según él mismo se encarga de reiterar, “en la confianza y garantía” que se le brinda al cliente. Y recuerda, una tras otra, anécdotas de algunos que ya no manejan pero van a saludarlo cotidianamente o camioneros al paso que luego de ser auxiliados no se olvidaron y, a la vuelta, “aparecieron con un montón de chocolates de Bariloche como agradecimiento”.
“Una batería puede fallar, es un producto, como puede pasar con un auto cero kilómetro que sale a la calle y se rompe, son fierros. Lo que nosotros hacemos es escuchar al cliente y si nos dice que la batería está fallada, le damos otra. Sin preguntar, no hay que versear que ‘vamos a ver al proveedor o que en diez días o que no sé qué excusa’, eso no funciona, al menos para nosotros la fórmula del éxito pasa por esa garantía que ofrecemos”, señala Pablo mientras se prepara para una salida. Alguien se quedó ‘a pata’ por culpa de ese “mal necesario” y cuando consultó por una solución la respuesta fue inmediata: “Llamalo a Leonart”.