De mozo y vendedor ambulante a empresario

CURCIARELLO CERRARÁ SUS COMERCIOS DESPUÉS DE 38 AÑOS DE TRABAJO

Es peronista obstinado, llegó poco antes del golpe del ’76 a Santa Rosa y se quedó para siempre. Fue mozo, trabajó en un comercio, vendió perfumes casa por casa y se convirtió en próspero comerciante.
MARIO VEGA
Hay gente que anda por la vida con una sonrisa en banderola, solía decir el maestro Osvaldo Ardizzone… Y es verdad, hay personas que van regalando sonrisas a su paso, gestos amables, cordialidad. Podrán sufrir los avatares propios de cualquier día de la gente común aunque claro que alguna vez se enojarán, o mostrarán su rostro más serio en determinadas circunstancias.
Rubén Omar Curciarello (71), es un platense -en realidad nacido en Ensenada, vivió en La Plata desde sus 14 años- que siempre saludará con una expresión agradable, porque tiene ínsito en su forma de ser la característica de la sencillez, de la llaneza y el buen trato.
Hoy comerciante próspero, llegó a tener tres negocios de venta de artículos del hogar, muebles, motos, y de casi todo un poco de todo… Y mal no le fue al hombre, que ahora, después de 38 años de tener la distribuidora que lleva su nombre, decidió que lo que viene es el final de esa historia. Al cabo, de una parte de su propia historia.

Los caminos de la vida.

La vida tiene caminos que nos van conduciendo sin que, a veces, podamos establecer cuáles habremos de recorrer, y por qué circunstancias. A veces la determinación le marcará a cada uno por dónde ir, pero se debe admitir que hay cuestiones que no manejamos. Y tal vez por eso que algunos llaman destino cada cual podría ir por senderos que nunca hubiera pensado habría de recorrer.
Este señor, al que casi siempre le aparecerá en el rostro una sonrisa, conversador infatigable, amable, cordial, puede dar testimonio que es un poco así. Que una persona va tomando decisiones y luego -en el transcurrir-, las circunstancias cotidianas, los avatares, las eventualidades habrán de resolver finalmente por dónde transitará cada uno.
Un día llegó a La Pampa creyendo que en algún momento habría de regresar a afincarse definitivamente en la ciudad de La Plata. Hoy, muchos años después de desembarcar por estas tierras -más de 40 años de pampeanidad-, todo parece indicar que seguirá instalado por aquí disfrutando de los años de sosiego por venir.

Los primeros años.

En una recorrida por sus primeros años, Rubén cuenta con ese estilo apasionado que tiene para hablar… lo hace de tal manera que se inflama cuando el tema es su familia sobre todo; pero anda por ahí nomás cuando refiere al peronismo. Y también a esa otra locura que lo acompaña desde que a sus cinco años el abuelo materno, José, lo llevó a ver a Estudiantes de La Plata.
Enfermo fanático del “pincha”, nunca habría de imaginar que de aquella pequeña cancha de 1 y 57 habría de estar, muchos años más tarde, siguiendo al albirrojo en la lejana y extraña Dubai. “Un lugar al que no me interesa volver”, dice mientras cuenta de esa ciudad de estructuras futuristas, enorme mole de cemento y fastuosidad.
Su papá era José Cayetano, colectivero que hacía la línea Ensenada-Berisso, y su mamá, que un día partió y no volvió a ver -cuenta sin rubores-, se llamaba María Virginia. “A mí me criaron mis abuelos maternos… era una zona de studes, y de aquellos viejos bares a los que uno de chiquito veía desde afuera hasta que un vecino nos mandaba a comprar cigarrillos y podíamos entrar para mirar cómo eran… Hice la primaria en la Escuela 6 de Ensenada, y el último año ya en La Plata. El secundario en el mejor colegio, el Nacional de La Plata…”.

Totalmente peronista.

Sería allí donde iba a acercarse a la militancia política para convertirse en “totalmente peronista” por la influencia de un profesor -“Ural Pérez se llamaba”, precisa-; en una elección inmodificable de su existencia: “Porque me hago cargo de todo, eh!”, agrega. “Voté a todos… a Cámpora-Solano Lima, Perón-Perón, Lúder, Menem… sí, las dos veces a ese traidor (lo dice enfático), a Néstor y a Cristina”, enumera.
Por la militancia quedaron atrás los estudios de Historia, donde llegó a aprobar 13 materias. “No estudié más, pero sigo leyendo compulsivamente… desordenadamente pero un poco de todo: historia, actualidad, y sobre todo mucho sobre peronismo, Rosas, y además repaso a Perón”, señala.
En esa militancia habría de conocer a Ana María Di Menicoantonio, su esposa y compañera para siempre: “Hace de eso 50 años, y la pasamos todas… ella es psicóloga, y anduvimos juntos en las buenas y en las otras”, sonríe ahora sí ampliamente.

Hijos y nietos “pinchas”.

De esa unión nacieron Nicolás (43), periodista trabajando en la producción del informativo de Canal 26 en Buenos Aires; y Antonio (34), hoy secretario de Derechos Humanos de la provincia. El primero les aportó a sus nietos más grandes, Lorenzo (10) y Renato (9); y el más chico a Juan Sebastián (2 meses). “Por supuesto desde el minuto uno los tres son socios de Estudiantes de La Plata”, dice Rubén mientras mira detrás de su escritorio donde en la pared se ven camisetas autografiadas de la Bruja Verón, fotos con los más grandes jugadores de la historia pincharrata; y en otra pared un cuadro de José y Fila, los abuelos que lo criaron. “Este que está aquí -señala otro retrato- es mi hermano José Oscar… es médico, vivió en Roma y ahora está en La Plata, pero fue él quien me recibió en Santa Rosa, cuando con Ana María tuvimos que escaparnos de La Plata porque nos estaban buscando los Falcon verdes”.

Curciarello en Santa Rosa.

El hermano médico llegó a Santa Rosa cuando en La Pampa Aquiles José Regazzoli puso en marcha el Sistema Provincial de Salud -un plan revolucionario de excelencia, que sería duramente combatido desde el sector privado-, y obviamente se fue cuando el golpe del ’76 puso en peligro la vida de todos los que se desempeñaban en ese servicio, entre los que estaban entre otros los médicos Miguel Dastolfo, Américo Taborda y Raúl Roca, Roberto Funjal y Esnilda Acevedo.
Antes, en La Plata, había trabajado en una panadería en forma temporal -“porque por ahí agarrábamos la mochila con mi esposa y nos íbamos por allí, a La Quebrada de Humahuaca, a Bolivia, al sur…”, relata-; y más tarde en Petroquímica y después en el Instituto de Vivienda, hasta que tuvieron que escapar para salvar sus vidas.

El comerciante.

“Jamás hubiera pensado que iba a terminar siendo comerciante… recuerdo que cuando llegamos estuvimos dos días con mi hermano, que nos bancaba, en el hotel Comercio (hoy hay allí una dependencia del Banco de La Pampa), y después en una casa que alquiló”, evoca.
Obviamente tuvo que salir a trabajar, y se las rebuscó para llevar el sustento a su casa: “¿Sabés que trabajé cuatro años de mozo en la Pizzería el Semáforo, ahí en la esquina de Argentino Valle y Luro? Me recomendó Libertad, la señora de Baladrón; y además trabajaba en Muñoz Muebles por la mañana. Fueron 5 ó 6 años, con ‘El Moni’ (el dueño) que era una gran persona, un hombre muy solidario”, reconoce a la distancia.
“Dicen que la vida te da sorpresas… y es así. Trabajando en la pizzería venía un hombre que era viajante y siempre se sentaba en el mismo lugar. Si estaba ocupado esperaba que quedara libre para sentarse ahí, siempre ahí… Conversaba bastante conmigo, me preguntaba qué hacía, y un día me dijo: ‘¿Querés vender perfumes?’. Le decía que yo no era vendedor, pero me convenció: así que fue que me daba en consignación de esas colonias Mac Gregor, creo que no salen más… ¿o sí?”, rememora sus inicios “comerciales”.

Vender casa por casa.

Rubén tenía que juntar el peso, y su simpatía, esa sonrisa que mostraba todo el tiempo -siempre sería así-, y también la necesidad, se aunaron para empezar a salir a tocar timbre, “casa por casa; a pie porque no tenía auto… y vendía todo, eh!”, se ríe.
Después fue la venta de agua oxigenada y esmalte… “Me llegaba al Correo por encomienda, buscaba las cajas y salía. ¡Y vendía!”, agrega. Eso le daba la pauta que tenía una pasta que hasta allí desconocía.
Dejó la pizzería y se empezó a dedicar más a la venta. “Me compré una citroneta y recorría los pueblos… Un día estaba en Monte Nievas, una siesta, pleno verano… se derretían hasta las plantas y no andaban ni los pajaritos. Ahí me decidí: me voy. Volví y le conté a mi esposa que nos íbamos a París, donde estaba mi hermano, pero ella me hizo aterrizar: ‘¿vos te das cuenta que vas a tener que sacar el pasaporte?’. Era un todo un tema porque nos poníamos en peligro otra vez, y nos quedamos”.

El crecimiento.

Otra vez las circunstancias habrían de determinar un aspecto de la vida de Rubén, y de su familia. Se quedó y comenzó a edificar su impensado destino de comerciante. Su capacidad, su labia -imprescindible-, y la necesidad de sostener a su familia, “siempre codo a codo con mi esposa”, reconoce, lo hicieron redoblar sus esfuerzos.
Y le empezó a ir bien… y muy bien. Con la venta de artículos de todo tipo, hasta de mercería, para ir agregando rubros hasta llegar a la comercialización de muebles, artículos del hogar, y rodados. “Sobre todo motos… la verdad es que esto fue verdaderamente muy bueno para mí, porque fuimos de los primeros y vendimos muchísimo”.
Se fue expandiendo, hasta conseguir abrir tres comercios en forma simultánea: uno en Roque Saénz Peña y Civit; otro en Avenida Ameghino, y un tercero en calle Raúl B. Díaz. “Aunque nunca había querido ser comerciante”, reitera.
Luego de muchos años -38-, de avatares propios de la actividad comercial, en un país con una economía tan inconstante y tan frágil como la Argentina, Rubén Curciarello se vio convertido sin proponérselo en un empresario exitoso..

Gracias al Banco de La Pampa.

En medio de la charla reconoce: “Podría decir que desde que me dediqué a esto me fue bien, o muy bien. Y también repito que eso fue merced a mi esfuerzo y al de mi familia en un 50%, y el otro 50% gracias al Banco de La Pampa que estuvo siempre para darme una mano cada vez que necesité”.
Ensaya ese reconocimiento que habrá que admitir sincero, considerando que lo hace en un momento en que dejará de depender del BLP, porque tiene decidido que en poquito tiempo más el comerciante Curciarello habrá dejado de ser. Porque cerró ya dos de sus locales y próximamente liquidará el tercero -“todavía estoy vendiendo las últimas cosas, pero el final está resuelto”, afirma-; “pero es verdad lo que digo del Banco. Por lo que me tocó puedo decir que verdaderamente es de fomento, y si no fuera por el Banco de La Pampa muchísimos más comercios habrían fracasado”, pondera.

El final ya decidido.

Después ofrece algunas otras apreciaciones acerca del por qué de su decisión de decir “hasta aquí llegué”. Y pone sobre la mesa varias razones: “Primero tengo que decir que el comercio te endurece, porque tenés que buscar la guita, a veces salir a cobrar a alguien que tomó un compromiso y no pudo cumplir… por otra parte la verdad es que a ninguno de mis dos hijos les interesó seguir… si le preguntan para comprar alguna cosa de las que vendo te mandan a ‘Pacman’, porque no tienen ni idea”, celebra su frase con una carcajada,
Y entrega un dato más: “Aparte de todo eso me doy cuenta que si hubiese querido seguir tenía que disponer de dos cosas elementales hoy: una es tecnología, aprender algo que ya no quiero; y la otra juventud que no tengo…”, se pone quizás algo nostálgico.

Los caminos de la vida…

“Mis propios pibes me dijeron que cierre… y bueno, ya está”, resume el desenlace.
Vendrá ahora la etapa del sosiego, por qué no de la placidez, y de disponer de ese tiempo sin apuro para viajar a La Plata, buscar a sus nietos -que lo estarán llamando para eso-, e ir a ver a Estudiantes. Y regresar más o menos pronto a Santa Rosa, “porque me duele ir… darme cuenta de los amigos que no están, que los mataron… o los desaparecieron”, se entristece.
Rubén, lector empedernido, también podrá dedicar mucho tiempo a eso… y a disfrutar de los amigos de siempre -aunque falte Pildoro, “era de la familia”)-, de su familia, de los ratos libres con Ana María, los hijos y sus nietos.
“Los caminos de la vida/no son lo que yo esperaba/no son los que yo creía/no son los que imaginaba…”, canta Vicentico. Vaya si tiene razón, ¿O no Rubén?

RECUERDOS POLÍTICOS
Perón, Ezeiza y el día de la plaza
Ferviente peronista, Rubén Curciarello y su esposa Ana María, militaron desde muy jovencitos, y así participaron de cantidad de actos multitudinarios, entre ellos la mayor concentración que se recuerde en la historia argentina, como fue el regreso al país del general Perón, que culminó con la matanza de Ezeiza.
Ese día los dos llegaron juntos en una columna que iba desde La Plata, hasta que comenzaron a sonar los balazos, hubo heridos y muertos, y se produjo un desbande desordenado. “En un momento la perdí a Ana María, y mucho más tarde no sé cómo llegué a Constitución, preocupado… hasta que de casualidad nos reencontramos: la vi venir y me acuerdo que tenía un solo zapato. Nos abrazamos y nos quedamos un buen rato así…”, rememora.
Pero la cuestión no iba a terminar allí: “Un día, ya aquí en Santa Rosa, comíamos un asado y discutían sobre autos de carrera, y la verdad es un tema que no me interesa… en medio de la discusión el ‘Jeta’ Gavazza dice ‘esperen que voy a buscar una foto’, y fue y la trajo… se pusieron a mirarla y me asombró ver una cara conocida: era Antonio Quispe, quien resultó muerto en Ezeiza. Yo no sabía que era la misma persona que había estado muy cerquita ese día en el acto…”.
“Milité mucho, es verdad. Pertenecí a Montoneros, y aunque tuve alguna vez un arma en la mano nunca participé de un enfrentamiento”, se sincera. “El día que Perón nos echó de la plaza fue Ana María, porque no quise ir… me parecía que algo raro estaba pasando…”, vuelve atrás en el tiempo.
Admite que hasta votó “al traidor” de Carlos Menem, como lo hizo con todos los candidatos peronistas. Y reafirma: “Soy peronista…”, y aunque niega la condición de kirchnerista me permito dudar: “Sí, estuve en Comodoro Py cuando tuvo que ir Cristina… lo que digo es que cualquier cosa del peronismo comparado con esto es mucho mejor”, razona.
Tiene un momento para acordarse de mi sobrino –Mariano Rodríguez Vega, recientemente despedido de Télam– y mandarle un saludo solidario: “Sabés qué pasa, con el laburo no se juega… No hay que meterse con el laburo de nadie, y estos tipos no tienen compasión”, cierra.

Una patota de la Triple A
La vida del matrimonio Curciarello estuvo en peligro, y se salvaron casi milagrosamente. “Una noche íbamos llegando a casa y un vecino nos alertó: ‘no vayan, llegaron tres Falcon y bajaron un montón de tipos armados… reventaron la puerta y entraron’, nos dijo”. Era una patota de la Triple A, y por poco se salvaron de ser detenidos.
Rubén cuenta que esa misma noche fueron a lo de algunos amigos, “después estuvimos escapados en dos o tres pueblitos hasta que mi hermano, que ya estaba aquí nos dijo que viniéramos que él nos alojaba”.
“Eso fue a mediados del ’75, y de a poquito fuimos afincándonos aquí. Mi hermano, que es médico y es mayor que yo, se tuvo que ir en el ’76, y más tarde dejar el país”, explicó.