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Dicky Phagouapé, amiguero profesional

La amistad es un valor sublime que se debiera cultivar siempre, porque la vida -si bien complicada- resulta más llevadera con amigos. Algunos hacen un culto de la camaradería, y Dicky es uno de ellos.
MARIO VEGA
Con el mate siempre listo para convidar a quien se acerque, o directamente llevándolo él «a domicilio» a sus compañeros y compañeras de este diario, Ricardo Enrique Phagouapé se convertirá por momentos en un conversador enfervorizado, poniendo énfasis en cada opinión, o contando algunas de sus mil y una anécdotas. Dicky para todo el mundo, tiene ese costado de parlanchín que gusta de trenzarse en cada diálogo que le pueda resultar más o menos interesante. Pero también mostrará -casi inmediatamente- la otra cara de la moneda, cuando se pone a trabajar con absoluta seriedad en lo que lo atrapó casi tanto como el fútbol que fue su pasión desde que era pibe: el periodismo.
Porque después del mate compartido, de las charlas sobre todo con las chicas compañeras de la redacción -que lo escuchan como si todo lo que cuenta fuera cierto (¡¡!)-, Dicky se pondrá en su computadora, visitará en internet los sitios de información que pueda, y teléfono en mano se dispondrá a realizar su tarea de conseguir datos y reflejar lo que sucede en el interior de la provincia, y aún más allá. Y será ese momento en que no tendrá nada que ver con el otro, ensimismado en este trabajo que también fue capaz de atraparlo fuertemente.

Entre el pueblo y la ciudad.
Díscolo, inquieto, revoltoso, bullicioso, «visceral» se define él -«un poco loco» agregará otro-, Dicky tiene una historia que -todos la tienen y merecerían ser contadas- algunos querrán conocerla un poco más. Y aquí va…
Tiene la particularidad que concentra en su personalidad el chico de pueblo que fue con el citadino que es ahora: el de los cafés y las charlas largas con los amigos en La Capital, y el de los asados en las noches de los jueves.
Vaya si tiene para contar un pibe que nació en Rolón, que anduvo de aquí para allá con el fútbol, que vistió las camisetas de All Boys, Atlético Santa Rosa y Macachín; y que jugó mucho en el Valle de Río Negro, particularmente en Deportivo Roca, Cipolletti y también un poco en Unión de Allen.
Puede mostrar -muchas fotos lo acreditan- que compartió una cancha con glorias como Diego, el Beto Alonso, Bianchi, Bochini, El Loco Housemann y una pila de enormes futbolistas. Además que fue dirigido por el extraordinario ex jugador José Sanfilippo (inefable personaje) y el Chivo Pavoni, aquel del rojo de Avellaneda.

De Rolón al Colegio de Curas.
Y cuenta: «Nací en Rolón pero siempre vivimos en el campo de mi abuelo en Thames. Soy el mayor de seis hermanos, y cuando tenía 11 años fui de pupilo al Colegio Domingo Savio. Cursé 6º grado para tener banco en el secundario. Era el más chico de todos los internos, y siempre dije que hice la primera colimba ahí. Era rebelde y a veces el carácter me puso en problemas».
Sus tropelías hicieron que sólo lo aguantaran el primer cuatrimestre. Cuando lo fueron a retirar para las vacaciones de invierno le dijeron a sus padres que no lo soportaban más: «Al final terminé el secundario en el Colegio Nacional», completa.

Llegada a Santa Rosa.
Cuando su madre María Ignacia, docente ella, pidió traslado a Santa Rosa dio clases en la Escuela 180. «Vivíamos en Urquiza 252 y revolucionamos el barrio. Acostumbrados a andar a caballo, arriba de los árboles, con hondas… Un recuerdo especial -dice Dicky-, fue cuando descubrimos la canchita del barrio, donde está el Calfucurá. Al tiempito vimos unas máquinas excavando y se hizo el hotel».
Más tarde fueron a vivir a los Monoblocks (frente a Casa de Gobierno). Y «ahí también la horda Phagouapé marcó época cuando el lugar era un páramo, con médanos cubiertos de olivillos, y en las siestas andábamos ‘cachileando’ por la zona», rememora.

Tiempo de ponerse serios.
En 1970 terminó el secundario, y enseguida empezó a trabajar, «después vino la colimba y siempre el fútbol que me dio otras oportunidades. Estando en Roca cursé dos años de abogacía, pero cuestiones familiares me decidieron a regresar a La Pampa y creo que hice bien, porque disfruté de mi familia, en especial de la Tete, mi madre».
Vendría el casamiento en 1987, «y llegaron Costanza y Enrique, y casi una década después Lara. Estuvo muy bueno mudarnos a Macachín en 1990 porque ahí estaba la linda gente de mi esposa, y los chicos pudieron tener una buena base educativa y captar los valores de la familia, la amistad y las buenas costumbres. Esas cosas buenas que te da un pueblo», reflexiona.

El papá, campeón de polo.
Los Phagouapé son varios hermanos, y Dicky explica que su pasión por el fútbol «tiene su razón de ser: somos familia de deportistas. Mi padre, Hugo (era ingeniero agrónomo) jugaba bien a todo; fue excelente en paleta, campeón intercolegial en Buenos Aires cuando estaba pupilo en el Marín; y también buen futbolista. Pero no sólo eso, sino que además jugaba polo: en 1955, integró el cuatro del Trenque Lauquen Polo Club, que ganó la Copa de la República jugando la final en la cancha nº 1 de Palermo ante Coronel Suárez. Después mi abuelo, Enrique, tuvo un accidente jugando polo en Magdalena y sufrió una seria lesión en la columna y ahí se terminó ese deporte para la familia».

Muchos deportistas.
Pero en su entorno también hay tíos que se destacaron, como los relacionados con su mamá, Lalo y Chin Servetto «que fueron grandes futbolistas de la zona, uno en Alumni y el otro en Deportivo Rolón, y jugaron también en la selección de La Pampa. Y mi otro abuelo, Ricardo Servetto, fue conocido automovilista en la zona donde en los años ’50 del siglo pasado: corría con los Ford T, y también participó de dos Gran Premio de TC».
Además pasaron por All Boys sus hermanos Hugo Roberto, fallecido no hace mucho tiempo, «con quien en 1991 fuimos campeones con Macachín; y también Yoyi; y mi hermana María Cristina fue destacada atleta juvenil. Ahora mismo seguimos la campaña de Nico Servetto, hijo de mi primo Rody, que jugó en Vélez y ahora está en Puerto Montt, Chile», agrega.

Nace el periodista.
Obviamente un día el fútbol se terminó, y hubo que buscar alguna otra cosa para hacer. «Tenía 39 años y encontré como seguir ligado al deporte, a través del periodismo. En 1992 hice un programa deportivo televisivo local, el primero que se hizo en Macachín siguiendo la campaña del club: filmábamos con transmisión incluida y lo pasábamos los lunes a la noche con visitas en el piso»
Así fue que empezó a pasarle información al Panza Susvielles, quien iba a resultar nexo para llegar a El Diario. «Después me llamó Leo Santesteban y me incorporé a LA ARENA».
«¿Si me gusta? Claro que sí… es una linda profesión, está lejos de lo monótono, siempre hay algo nuevo, diferente, e informar casi es una pasión. Quiero decir que ser corresponsal en un pueblo es bravo -sigue- y a veces quienes trabajan en la Redacción (en Santa Rosa) ni idea tienen… Cuando se publica algo todos saben quién escribió la nota y quien sacó la foto. Y también conocen donde vivís, con lo que tenés una exposición total».

El corresponsal de pueblo.
Se inició como corresponsal en Macachín, y después le asignaron una zona que comprendía Riglos, Anchorena, Rolón, Doblas, Macachín, Alpachiri, General Campos, Santa Teresa y Guatraché. «Tuve pocos reclamos en esos años viviendo en Macachín, pero ya en 2011 pasé a trabajar en la Redacción. Lo cierto es que siempre escribí con documentación y teniendo claro qué es un tema de interés público y qué un tema privado».
Hoy en día, desde la Redacción en Santa Rosa lleva al día la información de los lugares donde no hay corresponsal, en especial el oeste y sur provincial. «Fue un cambio muy lindo y en la Redacción tengo mi espacio… y es un placer todos los días compartir mates con mis compañeras y compañeros. Y sí, es verdad: ¡soy el cebador oficial!», admite. Aunque lo cierto es que le gusta serlo, porque sabe que la ronda de mate genera compañerismo, ineludiblemente.

El trabajo y la política.
«No tengo demasiado en lo material, quizás lo suficiente o un poquito más… pero puedo decir que desde mis 17 años me he procurado mi pan. Primero fui asistente del estudio de los abogados Víctor Luis Menéndez y Sadit Peyregne, que me dejó lindos recuerdos».
Ya en General Roca trabajó varios años en el Banco de Río Negro y Neuquén, también en el PAMI «y hasta viajé y vendí productos de Rocafé hasta el Valle Medio. Luego, cuando regresé a La Pampa tuve un kiosco en la calle Roque Sáenz Peña. En 1990 nos fuimos con mi familia a Macachín donde hice tareas rurales con mi suegro».
Paralelamente comenzó a incursionar en política: «Por mi tarea y porque soy de la zona, empecé a frecuentar a intendentes y adherí y participé de la creación de la Liga de Intendentes Radicales, o Línea Blanca, que asomó a principios de los 2000».

En Buenos Aires.
Cuando en 2003 Juan Carlos Marino fue electo senador lo nombró asesor. «Mi tarea tenía que ver con lo social y era nexo entre el Despacho y La Pampa, con el trabajo de asistir a quienes iban a Buenos Aires por problemas de salud, incluso tramitando turnos médicos en el Garraham o el Santa Lucía. También armé, sólo con un teléfono, una grilla de actividades para delegaciones de estudiantes que visitaban la Capital con accesos a museos, el Colón y la Fragata Libertad, entre otros lugares».
Y sigue narrando: «Íbamos todas las semanas en nuestros autos a Buenos Aires, hasta que en 2007 me hicieron quedar en La Pampa porque se armó otra modalidad de trabajo. Finalmente el año pasado me acogí a un retiro voluntario y ya estoy tramitando mi jubilación».
Admite que siempre había dicho que «en política ni loco me metía, pero creí en esa movida que estuvo cerca de acceder a la Gobernación. Después se diluyó porque pesaron demasiado los intereses personales. Un mal de nuestra política», resume.

Los amigos, siempre los amigos.
«Es cierto, la amistad es un costado importante en mi vida. En todos los ámbitos en que me moví tengo amigos: en el barrio, en la escuela, en el colegio, en el fútbol, en mis trabajos, en la vida. ¡Soy amiguero profesional!», se define.
«¿Qué es ser amigo? Para mí encierra una suerte de juramento. Y en eso no pacto: puedo ser el mejor amigo, pero para el que me falla también puedo ser el peor de los enemigos», advierte.
Se considera «una persona visceral. En la vida y en el fútbol esta forma de ser frontal me ha traído problemas, pero si de algo estoy seguro es que obré por derecha, y por supuesto a algunos les molesta. Para mí lo importante es tener la conciencia limpia y haber actuado de acuerdo a mis convicciones».
De todos admite que «con el tiempo vas bajando cambios, y si me llevan por la huella voy manso, pero no me saquen a la banquina porque seguro corcoveo…», se ríe.

El grupo de los jueves.
Y agrega: «Desde muchachitos tenemos ‘el grupo de los jueves’, el día del asado. Muchos que se fueron a estudiar, se recibieron, y volvieron y ahí están… y también hacemos una ‘previa’ cafetera los mediodías en La Capital. Y le pueden preguntar a Lucho Jerez, otro amigo que nos banca hace décadas. Ah! Otra actividad grupal que hacemos es la pesca», completa.
Tiene amigos por todas partes, y le gusta jactarse de eso: «En General Roca viví doce años y mantengo infinidad de amistades, familias enteras como los Fernández, Martínez y Dumrauf, quienes me trataron como a uno más de ellos. Amigos del fútbol, pero también de esa comunidad. Y es curioso que en Cipolletti, ciudad del equipo archirrival, donde me putearon en todos los colores, mantengo una gran cantidad de amigas y amigos».

Dicky, a pedalear.
Cuando llegó el final, después de una lesión, el doctor Daniel Vaquer le informó que se requería una operación compleja que incluía un trasplante de ligamentos. «Me habló como amigo: yo no te la voy a hacer porque vos querrás seguir y te vas a romper todo. Hay otros deportes… y ahí comencé a hacer mountain bike».
Cuando lo tentaron a competir se negó, y ante la insistencia mostró en su celular la foto con Diego Maradona: «Competí a este nivel, y para mí el ciclismo es entretenimiento… y me entendieron».
Destaca que con el grupo que armó «Pollo» Pollack anduvieron por todos lados, «y hasta hicimos un cruce de los Andes a Chile. Hermoso grupo, hermosa gente», elogia.

El hombre de las bicifotos.
Un día que andaba en bici paró a tomar agua y observó a su alrededor en detalle: «Vi flores, insectos, mariposas… agarré mi celular y saqué fotos. Cuando las pasé a la computadora no podía creer la nitidez de mi viejo Samsung S4 y las increíbles capturas que había logrado. Las publiqué en mi cuenta de facebook y tuve una increíble respuesta… y así nacieron las bicifotos. Mis amigos me cargan: ¡Que sensibilidad! ¿dónde quedó el recio futbolista?», le comentan. Quizás un poco celosos porque muchas damas se interesan por las «bicifotos». Y… recursos son recursos, pensará Dicky sin decirlo.

Se parece a la felicidad.
En el final deja un mensaje: «¡Qué puedo decir!… que soy un afortunado, Tengo tres hijos que me llenan el alma, pronto seré abuelo y estoy feliz… Coti me va a traer a Faustina a principios de febrero y se viene otra etapa».
Se pone reflexivo y afirma: «Tuve y tengo una linda y rica existencia. Creo que no paso inadvertidamente por este camino. Somos una familia numerosa, seis hermanos, y todos tenemos descendencia, así que cada fiesta familiar, como la de esta Navidad, es una multitud que se junta… Y eso se parece a la felicidad. ¿O no?». Casi habría que contestarle que sí… se debe parecer mucho a la felicidad.

Tan cerca de jugar en Boca…
Completar 20 años de fútbol jugando en primera división no es para cualquiera. Y Dicky Phagouapé lo consiguió hasta que una lesión en una rodilla lo puso ante la realidad que la aventura tocaba a su fin.
«Desde chico fue una pasión y me marcó a fuego.. Escuchaba fútbol por radio: la B y Primera A, y era fanático de Boca, aunque con el correr de los años, y ya siendo profesional, ése sentimiento fue aflojando y ahora todo pasa por el análisis como ex futbolista y como director técnico, porque me recibí en la Escuela de Santa Rosa que dirige el profe Oscar Di Benedetto. Tuve algunas ofertas pero decidí no dirigir porque creo que a esta altura el tiempo es oro y quiero disponer libremente de él».
Antes no había divisiones inferiores, y se empezaba con el baby fútbol: «Siempre participé en el equipo de Casa Maggy del Gordo Tito Álvarez. Y la otra alternativa era el campito», señala.

El fútbol oficial.
Jugó en 4ª para Estudiantes; pero al año siguiente se probó en All Boys y lo eligieron. Cuando Ramón Turnes lo subió a primera junto a Lalo Bonaguro y Claudio Pérez Martínez, de entrada Dicky iba a mostrar su personalidad al enfrentar al Nene Blanco (grandote como un ropero) contestándole una broma. Los salvó el bueno del Gato Villalba, que los hizo sentar a su lado para protegerlos…
El primer partido en primera fue contra Independiente de Doblas marcando al doctor Roberto Vigoritto (jugaba bien), y fue una fácil victoria alboyense. Dicky se asentó en el equipo y llegó a jugar en el Regional, y hasta integró con Nelson Festa como técnico un seleccionado de la Liga que jugó en Pergamino una semifinal de Copa Argentina.

«Esos colores siempre me gustaron».
Luego vendría la colimba en Puerto Belgrano y el contacto para jugar el Nacional en Puerto Comercial. «Pero terminé en Villa Mitre. ¿Qué pasó? Cuando llegamos había un ruso, Miguel Khin, que me había visto jugar y alcahueteó: me llamó el segundo jefe Miguel Lozano (padre de Verónica, la conductora de TV), que además era vicepresidente del club villero. La charla fue cortita: ‘¿Va a jugar al fútbol?’, preguntó; y contesté que tenía arreglado con Puerto Comercial. Ahí el tipo me dice: ‘Si no juega para Villa Mitre va preso ¡ya!’. No daba para discutirle mucho, y le pregunté: ¿Qué color de camiseta tiene? ‘Verde, blanca y negra’, describió. «Usted no me va a creer, pero ¡son mis colores preferidos!». Y claro, jugó en Villa Mitre.

Larga carrera en Roca.
Más tarde volvió a All Boys y luego fue a Deportivo Roca. Ese año el equipo del Valle sería campeón por primera vez; y jugaría amistosos con grandes equipos, entre ellos la Selección Argentina que dirigía Menotti y se estaba preparando para el mundial.
«En esos años -narra- ganamos todo, jugué mi primer Nacional, y en la zona nos tocó Independiente de Avellaneda, al final el campeón. En el Regional siguiente le ganamos al famoso Loma Negra y perdimos la final con Huracán de San Rafael, y después el repechaje con Atlético Tucumán. Fue una decepción enorme».

Ayuda para Atlético Santa Rosa.
Habría de jugar su segundo Nacional, y también varios regionales más. Incluso aquel en que Atlético Santa Rosa clasificó para jugar en primera división de la AFA. «De alguna manera me siento partícipe que Santa Rosa llegara al Nacional: en la última fecha nosotros, Cipolletti, jugábamos con Alianza de Cutral Có, que estaba un punto abajo. Mi equipo no tenía chance pero hablé con el técnico y con los jugadores y les pedí que me ayudaran a hacer clasificar por primera vez a un equipo pampeano. Ganamos 2 a 1», se retrotrae. Tenía algo acordado para jugar en Santa Rosa, pero ese día lo expulsaron y le dieron 6 fechas de suspensión. No pudo ser.

Regreso a La Pampa.
Volvió a Roca, se fracturó tibia y peroné pero volvió a jugar. «A fines de 1986 consideré que era tiempo de volver a La Pampa. En esos días Alberto Jorge asumió como DT en Santa Rosa y me vino a ver. Volví pero me fui cuando a él le hicieron una jugarreta infame algunos jugadores junto con el Toro Sánchez».
Ya viviendo en Macachín, casi alejado de la práctica activa, Beto Agüero le pidió que le diera una mano: Dicky terminó siendo titular y campeón de la Cultural clasificado para el Torneo Regional. «Tuve la satisfacción de jugar con mi hermano Hugo Roberto y dar juntos la vuelta olímpica, eso fue de lo mejor que me pasó en una cancha… después en el Regional la rodilla dijo basta y dejé de jugar», expresa.

Ahí de jugar en Boca.
En un momento, estando en Roca, pudo haber ido a Boca. ¿Cómo fue? Tres jugadores -El Indio Solari Gil, Walter Gil y el arquero Omar Chamorro- se iban a probar, y Dicky (tenía una prueba pero en Platense) manejó el auto hasta Buenos Aires.
«La prueba era el día que llegamos y nos recibió el mítico Yiyo Carniglia. Bajé para acompañar a los muchachos y el tipo me preguntó: ‘¿Y usted no juega, no va a practicar? Le doy ropa y zapatos si quiere. Era el Boquita pos Maradona… Armaron dos equipos. ‘¿Usted de que juega?’ me dijo. Me dio una camiseta y me vi jugando en Boca: Gatti; Bordet, Mouzo, Córdoba y yo; Brindisi, Berta, Zanabria, Matuszyck, Gareca, Perotti», describe.
Fue un día glorioso: «A pesar del cansancio creo que hice el mejor fútbol de mi vida… en una jugada metí dos sombreros y sentí la voz del Loco Gatti que me la pedía y de espaldas se la alcancé de taco. ‘Este es más loco que yo’, lo escuché decir», rememora.

No pudo ser.
De regreso en el hotel lo inesperado: «¿Qué hiciste ‘Pagua’?’, casi me retó por teléfono el tipo que dirigía el fútbol en Roca, y yo no entendía nada. Enseguida agregó que el entrenador Carmelo Faraone me quería sí o sí. Casi me muero de alegría…».
Pero después hubo algunos contratiempos y no se pudo hacer porque Boca estaba inhibido por deudas. Fue la mayor decepción de mi carrera… pero que se le va a hacer: no se alinearon los planetas», cerró.

Le ganó a Maradona.
Pocos podrán alardear que en sus partidos con equipos donde se desempeñaba el increíble Diego Armando Maradona le ganaron el 100% de esos encuentros.
Dicky se dio ese gusto: corría 1980 y Diego era el más grande Maradona de todos (el de Argentinos Juniors, cuando nacía a la fama). Ese año quedó grabado para siempre en la mente de Dicky, porque tuvo enfrente al mejor jugador de la historia. ¿El resultado? Deportivo Roca 2 – Argentinos Juniors 1. «Siempre digo, soy de los pocos jugadores que le ganaron a Maradona el 100% de los partidos», se ríe con ganas.