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El defensor de pobres y presos políticos

CIRO

Pocos logran una estatura moral que no se pueda discutir. Son aquellos que luchan por las causas justas, sin medir riesgos o ulteriores consecuencias. Ciro Lisandro Luis Ongaro es una de esas personas.
Mario Vega
He señalado muchas veces en estas columnas que la sociedad en general tiende a olvidar, a desestimar hechos, circunstancias y/o personas que alguna vez fueron importantes, significativas. Es como que el paso del tiempo les echara un manto de olvido y, lentamente, la indiferencia fuera superando lo valioso que puedan haber resultado otros momentos, o el accionar de determinados hombres y mujeres.
Pero afortunadamente también quedan los que tienen memoria, los que entienden que una sociedad no se construye de la nada y que hay antecedentes y valores que se deben rescatar, para que sirvan de cimiento para las nuevas generaciones.
La profesión de abogado en algunas ocasiones es vilipendiada. A veces con razones, y muchas otras por esa manía popular de estigmatizar rotulando las cosas de tal modo que todo pareciera que es igual.

No somos todos iguales.
Y no siempre es así, no todos somos iguales, ni todas las circunstancias lo son.
Hay, naturalmente -sucede en todas las profesiones y oficios- buenos y malos abogados; y por supuesto -entre ellos- buenas y malas personas.
Ciro Lisandro Luis Ongaro fue de esas personas especiales que reunían condiciones que aunaban al profesional excelente -en formación y convicciones-, con un individuo verdaderamente particular. Y no hay exageraciones en esa apreciación, aunque alguno pudiera creer que sí.
El prestigioso abogado falleció a la edad de 88 años -el 25 de octubre de 2007-, pero no obstante su desaparición física su nombre sigue siendo mencionado recurrentemente, de modo tal que nadie podrá negar que – verdaderamente- dejó una huella profunda con su transcurrir en este mundo.

Defensor en la dictadura.
Es que en estos últimos meses, en más de una oportunidad, en las audiencias del juicio que se está llevando adelante en la causa de la Subzona 14 I y II Ciro Ongaro ha sido mencionado como el abogado defensor de aquellos que -en la mayoría de los casos- fueron detenidos por la dictadura sin orden judicial alguna. Fue el profesional que sin miedos -o por lo menos no exhibiéndolos, si razonablemente los hubiera tenido-, sin medir los riesgos, presentaba habeas corpus ante autoridades judiciales que estaban fuertemente ligadas a la represión. Defendió a una gran cantidad de aquellos detenidos sin causa ni proceso, cuando muchos otros de sus colegas no se animaban a hacerlo y miraban para otro lado.
A varios años de aquellos sucesos no pocos testigos -víctimas de detenciones y tormentos-, rescatan la figura de aquel abogado. Un jurista de sólida formación, y un hombre de enorme valentía, tal como quedó registrado a lo largo de su valiosa existencia.

Un familión.
Porque hay que decir que Ongaro fue, en todas las facetas de su vida, un hombre singular. De los que aparecen de tanto en tanto, de esos que como se dice al nacer se rompe el molde, de manera tal que difícilmente se encuentren personajes parecidos.
Ciro era el número once -el menor, con muchos años de diferencia con sus hermanos mayores- de una nutrida familia. Supo contar alguna vez que sus padres eran inmigrantes, de la zona norte de Italia, de Bérgamo. Era nacido el 23 de junio de 1919 en Zavalla, provincia de Santa Fe, en las cercanías de Rosario -por eso sería simpatizante «canalla» por siempre-, hijo de padre carpintero -fallecido joven- y mamá obrera textil. «Se llamaba Juana Mándola, y se puso al frente de la familia» cuando Ciro tenía nada más que 11 años. «De alguna manera le pude cumplir el sueño, el único que pudo llegar a la universidad, y se dio eso de ‘mi hijo el dotor’, aunque en verdad me recibí de abogado y le quedé debiendo el doctorado», recordó alguna vez Ongaro.

Llegada a La Pampa.
Realizado el secundario, con enorme sacrificio, Ciro se instaló en la ciudad de La Plata, donde en 1958 se graduaría de abogado, aunque al principio no pudo ejercer porque era menor de edad (¡¡!). Por un tiempo vivió junto a quien sería su esposa, Sulma Domínguez, en Villa Ángela, en el Chaco, pero su gran defecto -no sabía cobrarle a sus clientes- lo complicó en demasía.
¿Qué hacer entonces? Fue Sulma la que por un amigo -Pepe Martocci, abogado de la localidad de General Campos- se enteró que se empezaba a conformar el Poder Judicial en La Pampa, y resolvieron venirse. Corría julio de 1958, el doctor Ismael Amit era el interventor de la provincia, y Arturo Frondizi había ganado recientemente la presidencia.
Enseguida fue designado ministro del Superior Tribunal de Justicia, donde se desempeñaría entre 1958 y 1965, cuando resolvió renunciar. Eran cinco miembros, y cuatro de ellos decidieron dimitir por distintas desavenencias.
Ciro, abogado y todo, era en el fondo un bohemio… y nunca fue demasiado previsor, así que al principio de dejar el cargo no la pasó bien junto a los suyos.

Rodeado de mujeres.
En aquel momento una charla con su esposa lo decidió: no se iría nunca más de Santa Rosa. Junto a Sulma y sus cinco hijas -sí, vivía rodeado de mujeres- (Zulma, Ana María -mellizas-, Susana, Mónica y Alejandra)-, transcurrió hasta el último de sus días en nuestra provincia.
Luego de alejarse del STJ se produjo un hecho que sería trascendental: en La Pampa entraba en vigencia el Código de Procedimiento Penal, que daba lugar a los juicios orales. Algunos de sus colegas se mostraron algo atemorizados -decían que debían aprender actuación- y creían que no sería fácil.
Pero Ciro Ongaro no sólo se destacaba escribiendo -en una vieja Olivetti que alguna vez le regaló uno de sus clientes, agradecido-, sino que era también un notable orador. Lo recuerdo alguna vez -cuando el juicio por el desfalco a la Quiniela Pampeana-, defendiendo con ardor y palabras encendidas a un joven acusado. Siempre digo que me hacía acordar a Raúl Alfonsín, cuando en sus discursos se inflamaba de tal manera que era capaz de llegar a las fibras más íntimas de quien pudiera escucharlo.
Aún se recuerdan sus intervenciones en distintos debates donde su verba fervorosa lo distinguía por sobre todos sus colegas. Se ganó un respeto y una consideración, y hasta hoy se evocan sus participaciones en juicios que trascendieron de gran manera en la sociedad.

En el primer juicio oral.
Al punto que fue el abogado defensor en el primer juicio oral que se desarrolló en nuestra provincia -su defendido fue absuelto, conmovido los jueces por el discurso de Ongaro-, e intervino en la misma condición en un hecho que conmovió, y mucho: fue cuando el Director de Ceremonial de la provincia (tiempos de Elvio Nicolás Guozden), Federico Gonzani, dio muerte a su esposa y la descuartizó. Muchos años después -contra viento y marea-, Ciro seguía defendiendo la hipótesis que su cliente efectivamente mató a la mujer -lo admitía-, pero que había sido producto de un accidente que luego se le iría de las manos, hasta concluir en el posterior descuartizamiento.
En el ámbito privado se dedicó siempre al foro penal; hasta 1992, cuando fue otra vez designado miembro del Superior Tribunal, donde se jubilaría en 2001.

Lo que no hizo…
Fue un polifacético, un hombre comprometido con su tiempo y receptor de todas las inquietudes que la sociedad pudiera demandar -y se entusiasmaba de una manera especial si era convocado por jóvenes-, Ciro Ongaro era simpatizante comunista, y no pocas veces fue mirado con cierto recelo por esa filiación. De todos modos, sus férreas convicciones y su solidaridad nunca fueron puestas en discusión, y era notable su firme adhesión a ideas progresistas, esas que determinan el pensamiento de los hombres por las actitudes que asumen en una sociedad frente al ideal de igualdad. Ongaro a eso lo tenía bien claro.

Por despenalizar el aborto.
Cuando está tan sobre el tapete la despenalización del aborto, cabe recordar que una de las últimas charlas públicas que brindó Ongaro -en el Teatro Español, en 2007- fue precisamente sobre ese tema. Vinculado a un grupo de mujeres que trabajaban sobre la cuestión, dijo entonces sentirse «rejuvenecido» por la invitación, y agregaba que el aborto era «una de las circunstancias más dramáticas en la vida de una mujer, tanto física como psíquicamente, pero hay que ser realistas, no se pueden cerrar los ojos sobre la base de dogmas. La realidad dice que se hacen abortos todos los días en el país, muchos con consecuencias trágicas… las mujeres mueren porque cometieron el delito de nacer en la pobreza y morir en la pobreza». Fue hace 15 años, cuando el doctor Ongaro tenía ya 88 años. Así pensaba, y así vivía.

El gremialista.
Entre tantas cosas que hizo en su vida, fue uno de los impulsores de la nacionalización de la Universidad de La Pampa; y más tarde director de la Biblioteca de la casa de altos estudios. Tiempo después se transformaría en el primer secretario general de Apulp (el gremio no docente), hasta que llegada la dictadura le aplicaron la ley de prescindibilidad.
En algún momento, por asamblea popular, fue impulsado como rector de la Universidad, aunque no llegó a ocupar el cargo.
No se puede dejar de mencionar que con aquella Olivetti, pacientemente, tecleó sus dos libros publicados: «El STJ de La Pampa y yo», y «Ni ignorancia ni hipocresía y 11 apuntes más». Aunque no salieron a la luz, también es autor de una enorme cantidad de versos, y de alguna novela que no se sabe si pudo concluirla.

Nada le era ajeno.
Era un todo terreno. Una de sus grandes pasiones era la música, influido por su padre, que trabajaba de lunes a sábados pero los domingos no se perdía la función de ópera del teatro de Rosario. Además, sus hermanos mayores tenían la habilidad de ejecutar algún instrumento y esas reminiscencias deben haber sido determinantes para que un día apareciera un piano en su casa -en la esquina de Sarmiento y Centeno-, y obviamente aprendiera a tocarlo.
Pero vaya si era especial este hombre: había leído completas las obras de Shakespeare en español, pero él quería conocerlas en inglés… ¿Y qué hizo?: obviamente aprendió inglés, y después de operarse la vista -cataratas- volvió a leerlas completas en el idioma del autor.
Cuando estaba en los últimos años su ocurrencia fue aprender portugués, y alcanzó a manejarse bastante bien también en ese idioma.

El hincha de Central.
Pero lo suyo no era sólo cultivarse intelectualmente, sino que se interesaba por todos los quehaceres de la gente y, naturalmente, el fútbol no podía estar ausente de su vida. Uno de sus hermanos -Nito, el más cercano en edad, fallecido en un accidente-, había jugado en Rosario Central, y por las venas de Ciro corría la sangre «canalla». Y tan fanático era que -viendo los partidos-, se entusiasmaba de tal manera que solía brotarse, por lo que un médico le aconsejó que cambiara de equipo… Pero no podía, «Nito» había defendido la camiseta de Central.

Abogado de los pobres.
Durante su trayectoria profesional el doctor Ongaro tuvo a su cargo la defensa de muchísimos casos complejos… Se reía con ganas al recordar algunos: «Tuve casos importantes desde lo dramático, pero desde el punto de vista económico no…», admitía porque muchas veces no cobraba sus honorarios.
Patrocinó gratuitamente -porque no le salía cobrarle a un pobre- a «paisanos que mataron… pero no podían pagar», y a muchos otros que lo buscaban porque «era bueno» como abogado, y además si no había plata los defendía igual.
Uno de los grandes orgullos de Ciro Ongaro fue su participación en la huelga de los salineros: Eugenio Kambich, el secretario general del gremio de los trabajadores lo fue a buscar expresamente, aunque no fuera abogado laboral. Y allá fue Ongaro -y muchos de su familia, sobre todo su yerno Nelson que lo trasladaba cada fin de semana hasta Salinas Grandes-, a participar y a aportar en las ollas populares de la huelga más extensa que se recuerde en nuestro país.
El 29 de agosto, el Colegio de Abogados -del que también fue presidente-, en el día de quienes ejercen la profesión, le rendirá un merecido homenaje. Como lo merece Ongaro, como corresponde.
Ciro Lisandro Luis Ongaro. Un abogado que se recuerda como lo merecen los grandes personajes… porque eso es lo que fue. Sin proponérselo. Sólo porque era esa clase de hombres que trascienden a todos porque el destino los eligió para que fuesen distintos. Y vaya si Ongaro era especial.

Astor Piazzolla, de puño y letra.
Este hombre singular que fue Ciro Ongaro tenía facetas que no todos conocen. Melómano, era amante de la música clásica, pero también del tango… y el rock…
Escuchaba de todo, y junto a sus nietos podía compartir un disco de Los Beatles, Los Rolling, o Los Redonditos… y en muchos casos incluso conocía mejor las letras que los jóvenes, porque en un kiosco hasta tenía encargada una revista dedicada al rock que leía regularmente con entusiasmo.
Un día, cumpleaños de Nelson Ranocchia -uno de sus yernos-, Ongaro le habría de hacer un presente muy especial: «Lo que te voy a regalar hoy es un tesoro… pero quiero que lo tengas vos. Son las cartas de Piazzolla…», le dijo.
En la familia todos sabían que había una suerte de amistad entre el genial músico y Ongaro, y aunque él no lo decía ni se jactaba, sabían que se carteaban.
«Papá tenía gran pasión por Piazzolla y su música, lo enloquecía», contó Zulma, una de las hijas, quien recordó que con su hermana melliza, Ana, tenían 6 años cuando Ciro las llevó a verlo. «En esa oportunidad papá fue hasta el camarín a saludarlo, y mantuvieron una larga charla… se vieron un par de veces más, y desde siempre se cartearon contándose de sus cosas. Papá conservó siempre esas cartas que un día le regaló a mi esposo», agregó.
Nelson, por estas horas, nos alcanzó algunas de esas decenas de escritos que testimonian una amistad que no todos conocían. Cartas escritas de puño y letra por el gran Astor Piazzolla… Por si le faltaba algo a Ciro, ¿no?

«La casa parecía un centro cultural»
Los recuerdos siempre están. Suelen permanecer quietos y tranquilos, como descansando en algún lugar impreciso de nuestra humanidad. Pero sólo bastó que Mario Vega me pidiese que le contara algo de Ciro Ongaro, para que un remolino repentino sacudiera el árbol y echara a volar los pájaros que descansaban a su fronda; los recuerdos.
Comencé a saber de Ongaro a través de amigos de barrio, que hablaban de su generosidad, de su compromiso con los más humildes. Este tipo de persona anida rápido en el corazón del pobrerío y el boca a boca en las barriadas comienza a construir un mito necesario.
Lo conocí recién cuando una noche de amigos y guitarras llegamos a su casa. Parecía una peña, un centro cultural. Ongaro era como lo contaban mis amigos. Hospitalario, sensible, solidario. Casi de novela. Y Sulma, su esposa, era el gran personaje de esos encuentros. Y sus hijas. Una en especial.
Allí comienza mi relación con Ciro. Siempre con música y risas. Cualquier motivo era bueno para reírnos, aún en las situaciones más difíciles, en los peores momentos.
Extraño aquellas tardecitas de domingo cuando veíamos futbol, después destapaba una botella de vino y luego, con un librito de letras de tango, cantábamos y reíamos.
Me resulta difícil elegir recuerdos para contar y ocupar este breve espacio. Hay material para una novela, pero intentemos.
Recuerdo aquel domingo a la mañana entrando a Salinas Grandes para encontrarnos con Eugenio Kambich. Durante todo el día conversaron sobre los conflictos que atravesaban los trabajadores de la sal. Cuando salimos de Salinas se iba la tarde y comenzaba un mito, la lucha salinera que sacudiría la modorra provinciana. La huelga más larga de la historia sindical de La Pampa. Durante el conflicto la casa de Ongaro se convirtió en la casa de todos. Desfilaban por ella los militantes políticos y sindicales más diversos, además de músicos, periodistas, gente de teatro, amigos.
Después, en los años oscuros de la dictadura, siempre tuvo el coraje y el compromiso para defender y acompañar a los perseguidos políticos, a las víctimas de los atropellos de ese régimen siniestro. Por algo en los testimonios del juicio de la Sub Zona 14 la figura de Ongaro es rescatada frecuentemente entre las víctimas por su invalorable proceder. Sé que le hubiese gustado escuchar esos testimonios. Sería el único pago que admitiría por su actuación.
Siempre recuerdo nuestras discusiones políticas, nuestras diferencias ideológicas. Él era la cátedra universitaria. Yo era la calle. Nos alimentábamos mutuamente. Y luego volvíamos a la música y a nuestras risas.
Un día desgraciado, enfermó sin chance de pelearla. Cuando ya se apagaba su vida me llamó para despedirnos a solas. Nos dijimos todo lo que sabíamos, pero necesitábamos decirnos. «Te aclaro que siempre nos vamos a acordar de vos en el momento de reírnos», le dije finalmente. «Me gusta, me gusta», contestó, y me regaló su última sonrisa. Pocas horas después nos dejó.
Se que en algún lugar me espera. Que espera que los muchachos vengan de serenata. Que volverá a decirme que hincha para el «Rojo», siempre y cuando no sea contra «Central». Para destapar una botella «a ver qué te parece este vino». Para contarme las anécdotas que nos harán reír mucho. Después -como antes- cantaremos unos tangos y brindaremos por Gardel y Piazzolla. (Oscar García)