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«El genio olvidado partió al cielo»

FALLECIO EN COLONIA BARON UN PINTORESCO PERSONAJE WINIFREDENSE

Alberto Waiman fue relojero, músico e inventor, de manera autodidacta. Fue el creador del piano-bandoneón. En 1997 la Provincia lo galardonó con el premio «Testimonio» y tuvo trascendencia nacional. Terminó sus días en un geriátrico. Su amigo Ignacio Martín nunca lo abandonó.

El vecino winifredense Alberto Waiman falleció hace unos días por su avanza edad en un geriátrico de Colonia Barón. Tenía 92 años. Fue relojero, músico e inventor; tres profesiones que ejerció de manera autodidacta desde la infancia hasta la adultez. Tanto su colección de relojes, entre ellos el péndulo, el oscilante, el múltiple, como sus instrumentos musicales fueron fruto de sus innovadores y llamativos inventos construidos con los más insólitos elementos.

La dedicación a su trabajo lo llevó a ganar en 1997 el premio «Testimonio», un reconocimiento entregado por el gobierno provincial. Poseía infinidad de objetos que para el resto de los mortales eran descartables pero para él constituían la materia prima de sus creaciones. Alambre de cobre, madera terciada, chapas de aluminio, latas de gaseosas hasta una llanta de bicicleta le servían para idear un extravagante reloj hasta un robot saludador totalmente artesanal y nada de electricidad.

En su taller se escuchaban toda clase de sonidos: susurrantes, estrepitosos, rechinantes, vibrantes, roncos. Provenían de los incontables relojes -de todas formas y tipos- de fabricación artesanal que pendían de las paredes de la habitación. Las herramientas que usaba eran lupas, pinzas, alicates, llaves y una diminuta bigornia.

La música popular sonaba muy bien en los acordes de su bandoneón, instrumento que aprendió a tocar a los 21 años por correo. La casa Soprano de Buenos Aires le envió los libros, en tres meses aprendió las notas musicales, a escuchar los tonos hasta que ejecutó su primer tango «La última copa».

Gracias a un injerto que realizó fue el único en La Pampa que ejecutaba piano y bandoneón a la vez. Cuando le preguntaban cómo lograba sus creaciones solía responder «cuando me quise acordar estaba listo. Eso sí: había que pensarlo muy bien». Además era un apasionado de las motos.

Premiado.
Su vida cambió rotundamente después de ganar el premio «Testimonio». Del anonimato saltó a la popularidad incluso trascendió a nivel nacional. En la década del noventa fue el «niño mimado» del programa social Cumelén hasta participó en un trabajo de Feria de Ciencias local. El 14 de febrero de 1999 su historia de vida fue reflejada por el suplemento Caldenia de este diario.

En un terreno ubicado en la calle Esteban Larco había comenzado a montar una gran cúpula de chapa al estilo europeo porque le gustaba la arquitectura.

Recuerdo.
Cuando su estado de salud empeoró y no podía atenderse solo, una enfermera local que ocupaba un cargo público decidió derivarlo a un hogar de ancianos donde pasó sus últimos cinco años de vida muy bien atendido. Lo visitaban periódicamente su sobrina y hermano y el vecino winifredense Ignacio Martín, titular de una empresa de servicios sociales, nunca lo abandonó, incluso se hizo cargo de su sepelio.

Tras su partida, Martín lo recordó con una semblanza en su honor. «Mil relojes detuvieron su tic tac. El genio olvidado partió al cielo. Se encontrará con su mamá en un sembrado de girasoles de sus sueños y el abrazo de su padre que recordaba de su lejana niñez. Su bandoneón acaba de enmudecer para siempre. Sus manos que tantas cosas inventaron ya no se moverán jamás», escribió.

«Una vez le pregunté qué era lo peor que había inventado el hombre y sin dudar me respondió ‘La guerra'». Martín rememoró una charla que mantuvo con Waiman en la que con sus ojos humedecidos le confesó que se había enamorado de una «bella y buena mujer» pero decidió dejarla porque pensaba «qué futuro podía tener con un loco como yo».

«Muchos argentinos supieron que existía Winifreda porque habían visto en medios nacionales la historia de un relojero, que además inventaba cosas difíciles de explicar. El hombre que jamás molestó a nadie vivió inmerso en una bohemia eterna», siguió Martín y finalizó: «Nunca un intendente homenajeó al pintoresco personaje winifredense. Nadie conoce el destino de sus inventos. Solo vive ahora en el corazón de quienes, desde niños, seguimos con fanatismo, curiosidad y admiración su obra. Un genio olvidado…pero no por todos».