Jorge Espósito: el restaurador de bicis

Esas bicicletas de la infancia o que marcaron una etapa y luego son abandonadas en un galpón cobran vida gracias al trabajo de Jorge Espósito, un emprendedor quepersonaliza y agrega arte a una tradición: la de pedalear.
“Mucha gente viene y dice: ‘Uh, yo tuve una de esas, anduve cuando era chico, aprendí a andar con tal bicicleta’. Y ese vínculo es muy fuerte. Les pregunto si la tienen y varias están colgadas en un galpón del abuelo, ahí, oxidándose sin vida. Yo la recupero como la original, si la querés personalizar lo hacemos, como quieras, pero que siga siendo bici, que la use tu hijo, tu nieto. De esa manera pude vincular lo que siempre hice, que es andar sobre dos ruedas, con la pintura”.
Jorge Espósito tiene 45 años, nació en el barrio de Colonia Escalante y si pudiera canjear las millas acumuladas de tanto recorrer en bici las calles santarroseñas podría dar varias vueltas al mundo con pasajes gratis. Hoy se sigue movilizando a pura pierna y pulmón pero además tiene un emprendimiento que seduce a la vista: es un restaurador.
“Cuando volví a Santa Rosa después de muchos años de vivir afuera y de hacer cosas muy diferentes, me vinculé a algo que está incorporado en mí desde siempre que es la bicicleta. Fui a depósitos de chatarra a buscar bicis abandonadas, había cosas tiradas, cuadros, ruedas y me fui haciendo un stock. Visité a todos los bicicleteros de la ciudad y compré distintas partes y repuestos. Monté el taller y empecé a restaurar”, explica Jorge sobre ‘QuiQui Aerografía’ (tiene su página en Facebook), el nombre bajo el cual despliega un oficio que tiene su mejor publicidad en la calle, en bicicletas que salen de lo convencional.
En su taller de Avenida Luro 965 Jorge recibe las bicis (o las busca personalmente) y comienza la tarea de desarmar las piezas, las partecitas que conforman el todo. Revisa cada centímetro donde el óxido hizo su daño y de allí saca la primera conclusión: cómo está la parte mecánica, y una vez resuelta llega el segundo paso, la estética.
“Yo saco fotos de cada etapa para que la gente pueda ver cómo es todo el proceso. Muchos, y las chicas sobre todo, no pueden creer la cantidad de partes y cosas que tiene una bici. Veo qué hay que cambiar porque ya no sirve y de ahí saco el presupuesto. Después acordamos la imagen, qué pintura, si la personalizamos, si le ponemos nombre o lo que quiera quien la va a usar. Las posibilidades son infinitas”.
Las bicicletas perduran en el tiempo, superan la vida de su dueño o dueña y se convierten en una partícula de la herencia familiar. Sobre todo la afectiva. Muchas van a parar a lugares oscuros a avejentarse frente a la modernidad de las que tienen cambios, cubiertas con válvulas de autos o materiales ultralivianos. Pero la tarea artesanal del restaurador -una moda de lo ‘vintage’ que se impuso y una creatividad que le gana a la falta de dinero- permiten un retorno a lo clásico.
“Hoy vivimos en una ciudad saturada de autos. Gran parte de las familias tienen dos autos y eso marca una clase social. La bici no tiene clase social, es un medio de transporte sustentable y urbano. Como mucho podés tardar 15 minutos de un lugar a otro en Santa Rosa, entonces eso también forma parte de un cambio cultural que nos haría bien a todos”, pregona Jorge sobre la tendencia mundial de contraponer ese medio de movilidad a tanto motor sobre cuatro ruedas.
Aerosol y pincel.
Cuando Jorge apenas salía de la adolescencia y se fue a Buenos Aires buscó vincularse a lo que ya hacía de manera casera: pintar bicis y cascos. Tunearlos cuando el término aún era desconocido. “Yo empecé porque veía el trabajo de Cristian Castelo que tiene su empresa ‘Cris design’ y pintaba los autos del Turismo Carretera. En ese momento salían las carcazas para los celulares y empecé a pintarlas porque en principio eran todas negras o grises, y yo las personalizaba. La aerografía con los cascos era muy limitada en ese momento, pero los celulares eran algo que iba a usar todo el mundo y vi la veta comercial, así que me fui a Córdoba para trabajar con lo que era la empresa CTI”, recordó.
Una situación familiar lo llevó a regresar a su casa santarroseña. Jorge se anotó (y ganó) para una beca de Nación en Pintura y con ese dinero se fue a Buenos Aires. “Fui a verlo a Cristian y le dije que quería laburar con él pero justo se iba a trabajar a Estados Unidos, así que me instalé en la zona de Warnes donde venden todos los repuestos de autos. En ese momento empezaba todo el tema del tuning así que iba con mi carpetita a todos los negocios y de a poquito fueron surgiendo cosas para pintar: espejos, capots, detalles. Esa onda explotó así que estuvo buena esa etapa”.
Cuando Cristian regresó llamó a Jorge. “Me dijo que me haga una mochila y me vaya una semana a su taller de San Isidro. Apenas llegué nos subimos a la camioneta y arrancamos. Yo estaba tan contento de trabajar con él que no había preguntado nada más. Ya íbamos como 300 kilómetros por la ruta y le dije: ‘¿Eh loco, adónde vamos?’ Y me contestó: ‘A Necochea, Lincoln y Salto porque les vamos a pintar los autos a Alejandro Occhoniero, Diego Aventín y Guillermo Ortelli’. Mi viejo siempre tuvo taller mecánico y a mí eso me gustaba, así que estar ahí con esos pilotos del TC en unos talleres impresionantes fue una experiencia bárbara”.
A la tele.
Jorge aprendió rápido, pero su vida laboral dio un vuelco cuando en 2002 lo convocaron desde la productora televisiva holandesa Endemol para hacer desde Argentina el reality “Fear Factor”. Estuvo seis años en la parte artística y luego trabajó en una productora de efectos especiales y dobles de riesgo donde aprendió los secretos del maquillaje artístico. Más tarde formó, junto a un amigo, un taller de realización para publicidad y cine y Disney Channel lo convocó para “Art Attack”, en donde fue director de Arte durante varios años. Vivió en Barcelona. Viajó. Hasta que volvió.
“Me cansé del trabajo en la tele, es muy desgastante, con mucha presión. Volví a Santa Rosa con mi carpeta y fui a todos los canales, pero no surgió nada, a veces tu laburo acumulado te puede jugar en contra, así que me reencontré con lo que siempre está ahí que es la bici. Cuando yo era chico encontré en la bici libertad e independencia, así que monté el taller y empecé a restaurar”, cuenta Jorge sobre su trabajo de recuperar “algo que está viejo pero a lo que uno le guarda cariño. La idea es esa, restaurar para que sirva. Que guste y se use”. Tan simple como andar en bicicleta.

Entre el Oscar y la bici
Jorge Espósito cuenta con tranquilidad cada trabajo en el que estuvo y, casi al pasar, menciona que formó parte del equipo que realizó “El secreto de sus ojos” (2009), la segunda película argentina -luego de “La historia oficial” (1985)- en ganar el premio Oscar y una de la más taquilleras de la historia del cine nacional.
“Trabajé en toda la ambientación y decoración. Por ejemplo había que recrear una casa de los ’70, adonde van los personajes de Espósito (Ricardo Darín) y Sandoval (Guillermo Francella): el empapelado, el rasgado de la pared, las manchas de humedad, hay que generar la imagen de una casa vivida. Es un lindo trabajo el de cine porque son tres meses a full, que estás solo metido con eso”.
Esa etapa de las pantallas quedó atrás y en su regreso a la ciudad Jorge se vinculó a grupos que difunden el uso de la bicicleta como medio de transporte sustentable, como la ONG Bicisendas Santa Rosa-Toay. Y el uso de la bici se extiende por distintas edades y clases sociales.
“Hay gente que cuando viene a buscar su bici no lo puede creer, se van chochos y ese gesto en la cara cuando la ven restaurada, para mí es muy satisfactorio. Desde el pibe que anda todo el día en la calle hasta la gente grande como yo. Los beneficios de usar una bicicleta son muchos. Individuales y para la sociedad”.