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«En Alemania, la clave es la educación»

¿Qué los subsidios no existen en otros países? En Alemania cada estudiante encontrará acreditado en su caja de ahorros 200 euros mensuales para afrontar su educación, que mayoritariamente es pública.
MARIO VEGA
El mate, los asados, y los familiares y los amigos -esencialmente-, son algunas de las cosas que manifiestan extrañar muchos argentinos que un día decidieron irse a tierras lejanas, buscando otros destinos para sus vidas. El ánimo prudente -quizás cauteloso, o conservador si se quiere- de otros tiempos, parece haber mutado en la actualidad, y cada vez son más los que -sobre todo jóvenes- se atreven a instalarse en otros países, dispuestos a desarrollarse en aquello para lo que se habían preparado. Dejando detrás de sí otras vivencias, antiguos pruritos, tal vez algún temor comprensible por lo que podría venir más adelante en una tierra hasta entonces desconocida.
Porque a lo mejor estarán los que emigran y puedan experimentar recelos o desconfianzas ante lo inédito, frente a la experiencia que supondría convivir con nuevos entornos… al cabo por el desconocimiento de un porvenir que en principio podría no estar demasiado perceptible, probablemente por aquello de que no se puede valorar lo que no se conoce.

Viviendo fuera del país.
Seguramente cada uno que pueda acceder a leer estas líneas tendrá algún familiar, o tal vez un amigo, viviendo en lejanos países. Y son tantos los casos conocidos que a esta altura resulta posible que ya no sea tan original. Un día decidieron irse y probar suerte en otro lado, convencidos que iban a disfrutar de mejores oportunidades que las que le podría ofrecer nuestro país… aunque nos fastidie admitirlo.
Porque quien puede negar que los argentinos estamos de volantazo en volantazo, yendo de aquí para allá -en lo político y en lo económico- ofreciendo al cabo un panorama de frecuente perturbación a una sociedad que sufre las consecuencias negativas de la imprevisibilidad.
Y de verdad duele como se va naturalizando eso de que los que se van llegan a concluir que ahora están bien -o muy bien- en otro lado, y que no están pensando en regresar. O en todo caso sólo proyectan hacerlo de visita -unos pocos días-, porque aquí todavía conservan sus afectos. Nada más, y nada menos.

Hace 18 años en Europa.
Los que seguimos aquí, los que todavía pensamos que hay lugar para la esperanza, para la ilusión de un futuro mejor -aunque cueste, y mucho-, no podemos entenderlo muy bien, pero ellos -los que se fueron- casi no tienen dudas.
Y cuando vienen y cuentan sus experiencias, en algún sentido terminamos por darles la razón, aunque se hace difícil de admitir que les pueda asistir lar razón.
Karina Sabaidini -licenciada en Economía- es una santarroseña -una más- que eligió irse junto a su esposo en 2003, hace ya 15 años. Hija de una conocida familia -su papá es Rulo Sabaidini, empresario y deportista de otros tiempos que supo destacarse y mucho en el motociclismo, y su mamá «Chiqui»-, tiene dos hermanos más: Erick (comerciante del rubro gastronómico) y Marcela que vive en Buenos Aires (ha hecho documentales conocidos sobre la realidad de la comunidad mapuche).

De Madrid a Münster.
Resulta sin dudas interesante conversar con Karina, que si bien residió 5 años en Madrid, ahora está con su familia viviendo en Münster, Alemania. Se trata de una ciudad de unos 300 mil habitantes, de los cuales aproximadamente 60.000 son estudiantes, y es uno de los centros académicos más importantes, ya que cuenta con varias universidades. Además es conocida como la ciudad de las bicicletas y también por su centro histórico, que fue restaurado poco a poco después de la guerra.

La familia Sabaidini.
Cuenta Karina que sus padres «siempre fueron muy viajeros, de andar mucho… y bueno, un poco de eso me quedó, porque ya cuando iba al secundario fui a vivir un tiempo a Estados Unidos, en San Diego… Cuando terminé el secundario yo aquí en Santa Rosa andaba ¡todo el día en moto! -tenía una Honda Dax-, y creo que le hacía 100 kilómetros diarios», se ríe con ganas. «Fue así que mi papá me dijo que mejor me fuera a estudiar a Buenos Aires… porque tenía un presupuesto importante en nafta…», expresa sonriente mirando a su padre. Se puede agregar que Rulo fue destacadísimo piloto de motociclismo, e incluso llegó a correr en el exterior.
Radicada en Buenos Aires, y después de recibirse -se graduó en Economía-, estuvo algún tiempo trabajando con Jorge Todesca, hoy a cargo del Indec, hasta que decidió marchar a Madrid.

«Nos acostumbramos».
«Creo que me desarraigué de chiquita, y mi marido igual, porque vivió en varios lugares del mundo…», expresa. Su esposo se llama Juan Pablo Franch, quien trabaja para una multinacional, primero en España y ahora en Alemania. El hijo de la pareja es Brian, quien hoy con 18 años próximamente comenzará una carrera universitaria en Enschede, Holanda. «Nos acostumbramos a vivir así… somos medio gitanos», aporta Karina.
Por estos días, de visita a la ciudad donde nació, recorre sus calles y no puede entender lo que ha sucedido: «No sé qué pasó… la ciudad está detonada, nada que ver con la de algunos años atrás, que era tan linda y limpia. Los pozos en el asfalto son algo increíbles, el tránsito es medio loco… no se puede entender», se asombra.

La madrina de Sacha.
En Santa Rosa estudió en el Colegio Normal, y entre otros tuvo como compañeros/as a María Laura Trapaglia, Coqui Chirino, Marina Villarreal… y mi mejor amiga es Silvia González, fotógrafa, que trabajó en LA ARENA», y que no es otra que la fundadora de la Fundación «Estrellas Amarillas». La misma Karina dice, poniéndose muy seria: «Somos muy amigas… y soy la madrina de Sacha», el pequeño hijo de Silvia que falleció en 2003 atropellado por una camioneta. «Sufrimos juntas y seguimos sufriendo por aquello», reafirma.
Después expresa: «Fue en 2003 que nos fuimos con Juan Pablo. Él trabaja para una empresa multinacional, primero estuvimos 5 años en Madrid, y hace ya tiempo estamos en Alemania», recalca.
Sobre su hijo Brian agrega que «nació en Santa Rosa, pero desde sus 3 años y medio estamos viviendo fuera del país. Un poco se educó entre Barcelona y Madrid, y habla varios idiomas: español, catalán, inglés y alemán, todo con suficiencia. Mi marido portugués, y yo me defiendo con el inglés», puntualiza.

Vivir aquí, vivir allá.
Ahora mismo Karina trabaja en una empresa que se dedica a «la administración de derechos de autores musicales, esto es ayudando a músicos para que le cobren a Sadaic, y mi trabajo lo desarrollo un poco entre Buenos Aires y Madrid… casi se puede decir que es un trabajo a distancia», especifica.
Siempre con una sonrisa dibujada en su rostro, Karina va explicando cuáles son las diferencias más notables entre su vida en Madrid -y especialmente en Alemania-, y lo que percibe cada vez que regresa a Argentina. «Es algo raro… es como que cuando te vas tenés un shock cultural, y uno se olvida de lo mal que funcionan algunas cosas. Pero después cuando estás acá te das cuenta por qué cuesta pensar en volver… porque obvio que siempre se está con la mente puesta en la familia, pero la verdad es que se hace difícil sobrellevar el día a día en nuestro país», razona.

Ni dólar ni inflación.
Y sigue: «Allá es muy distinto, todo funciona muy bien… Si vas a sacar el carnet te dicen te llega tal día y así será; y si renovás el pase para el autobús, cuando se te vence te llega la renovación antes que tengas que usarlo… Se maneja el euro, y el dólar no se conoce ni se usa… ¿Inflación? No, no existe: los ajustes salariales son anuales, y para que tengan una idea, las tarifas tienen un alza del 0,2% para todo el año… Allá si dice que un tren pasa a las 10.25 no vayas un minuto más tarde porque lo perdiste. Pero además los que usamos el transporte público somos mayormente los extranjeros, sobre todo en Münster, porque ahí ellos andan para todos lados en bicicleta…», amplía.
Sólo detenerse en lo incomparable de esos datos con nuestra realidad da para pensar que quien se acostumbra a esa previsibilidad -y por supuesto a tanta tranquilidad- difícilmente piense en volver al caos, a los tarifazos terribles e inacabables que se han mutiplicado con esta administración nacional, y a esta profundización de la pobreza que no puede menos que doler. Dicen algunos economistas que las tarifas subieron en Argentina -en promedio- por arriba de 1.600%… En Alemania 0,2% al año. Sí, algunas diferencias hay.

«No nos registran».
Karina y su esposo -y también obviamente su hijo- tienen doble nacionalidad, y por eso puede votar en las elecciones locales (municipales) en Alemania; y por las nacionales en España. «Lo hacemos por correspondencia, y también podemos participar para elegir los diputados que van a integrar la Unión Europea, que son quienes legislan y marcan las pautas para todas las naciones», explica.
Amplía diciendo que, no obstante, en Alemania «los argentinos están bien conceptuados, porque los que llegan generalmente lo hacen preparados, muchos son profesionales, y son mejor considerados por ejemplo que los españoles, que hacen de camareros o se desempeñan en trabajos de servicios. No saben mucho de nuestro país, ni quien es Macri, ni Cristina… Sí conocen un poco más de nuestro fútbol, y de Messi, claro», señala. «Pero por lo demás casi no nos registran. En España sí, pero sólo un poco más…», completa.

Buen sistema social.
Alemania tiene 88 millones de habitantes, cuenta con un sistema social «muy bueno, que es mejor que el de España. Hay gente pidiendo en las calles, pero nunca como aquí, porque existe mucho apoyo social para alquilar, y el gobierno contribuye con medidas para que se reinserten… hay muchos ‘pisos’ (departamentos) pagados por el Estado», señala.
¿Problemas? «Me parece que pasa por la inmigración en las grandes ciudades, y se puede ver que la comunidad turca los preocupa… La sociedad políticamente es muy dual: están los que son bien de derecha, que está resurgiendo en Europa; pero por otro lado está ese costado ecologista que se podría emparentar más con la izquierda, pero no al modo de cómo nosotros la conocemos… ahora mismo hay un resurgimiento pos guerra de la derecha, e incluso por primera vez hay diputados en el parlamento alemán de extrema derecha», analiza.

Cinco motos en casa.
Se puede decir que a la familia le va muy bien, que no se pueden quejar del estilo de vida que eligieron. «Tengo pasión por las motos, creo que tiene que ver con mi padre, y que anduve desde chica: tenemos 5 motos en casa, la más grande una Yamaha chopera 2.300cc; pero la mía es un poco más chica: es una Kawasaki EM 600cc. Pero no podemos andar a lo loco, eh!», advierte por si acaso.
«Nos gusta mucho salir a pasear en moto, y vamos a los circuitos de distintas partes para dar algunas vueltas: los conozco a todos. No podés andar a lo loco, aunque me gusta la velocidad», admite.

Vivir, tranquilamente…
En la charla indica que viven en una ciudad universitaria, «muy dinámica, y que es la que menos votó a la extrema derecha. Es muy amigable para andar en bicicleta, y hay hasta tres por habitante… es una zona muy plana y todo el mundo anda en bicicleta. Puede nevar o llover que los alemanes andan en bici», reafirma.
Karina manifiesta que «en Holanda se llama expat (por expatriados), al que no es el inmigrante normal, sino gente que va viajando por el laburo. Es un sistema de vida en el que ganás algunas cosas y perdés otras… Y por supuesto te hacés de amigos, porque hay gente buena y cálida en todos lados. Esa fue mi experiencia por lo menos. Así que… ¿volver alguna vez?… la verdad lo veo difícil, aunque siempre se quiere ver a la familia, a los afectos. Pero se puede vivir así, perfectamente. Tranquilamente…».
Sí, tranquilamente. Aunque a nosotros, los que nos quedamos, nos cueste admitirlo.

«Depositan 200 euros por mes».
«Me llamó la atención en Alemania cuando empezamos a llenar papeles para anotar a nuestro hijo Brian para el secundario: nos pedían documentación, papeles y una cuenta bancaria… ahí dijimos, bueno, cuánto habrá que pagar. Fue toda una sorpresa que nos empezaron a depositar 200 euros mensuales», narra Karina, comparando la importancia de la educación en aquel país. «Cuando Brian empezaba un año escolar sólo le compraba un cuaderno, una lapicera y nada más… de todo lo demás, incluso de los libros, se encargaba la escuela», dice.
«Creo que esa es la enorme diferencia: allá la escuela es pública, y está mal vista la privada… Sólo conocemos una que está para la gente de una base de la NATO, y es para norteamericanos», agrega.

Los derechos de los chicos.
Agrega que «está instituido el derecho de los chicos para estudiar, y con el sistema de salud igual: hasta los 18 hay una cobertura total, sin ningún coseguro ni nada. El sistema de protección es tal que lo atiende el médico y te dan el medicamento que precisás, sea el que sea, así se trate de una crema», señala.
Y sigue contando: «Lo que más me llama la atención, y siempre lo comento, es la base del sistema educativo alemán, que es el jardín de infantes: ahí no aprenden ni a pintar, ni a dibujar, ni a colorear, nada de eso… todo es lúdico, basado en el juego, y la función ya desde entonces es enseñarles a ser ciudadanos. Los tienen todo el día afuera, viendo como funciona la municipalidad, o los bomberos, cómo se debe cruzar la calle. Les enseñan a ser ciudadanos desde muy chiquitos…».
Karina pone énfasis en explicar que «la educación es la base de todo… tienen varios niveles, hasta que entran a la universidad, donde hay grandes evaluaciones para determinar para qué está cada estudiante», concluye.

«Todo funciona».
«Se nos hace difícil después de algunos años afuera del país reencontrarnos con algunas realidades», admite Karina Sabaidini. «En una de las primeras veces que vinimos a pasear a Santa Rosa -ya viviendo en Madrid-, cuando mi hijo tenía creo que 8 ó 9 años, nos pidió ir al kiosco cercano a la casa de mis padres… volvió al rato diciendo que no había podido llegar. Cuando le pregunté por qué me dijo que fue a una esquina y no había senda peatonal; y fue a la otra esquina y tampoco: ‘¿por dónde debo cruzar?’, me preguntó», sonríe Karina en la evocación. «Allá eso es lo normal, lo que debe ser… y a nadie se le ocurriría cruzar por la mitad de la cuadra… ¿Te das cuenta? Todo funciona, aún en lo más mínimo, hay respeto, orden. Y aquí estamos muy pero muy lejos de todo eso. Es nada más que una muestra…», reflexiona.