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En este día, quiero hablar de mi papá

Referirnos a nuestros mayores no es una tarea sencilla, sobre todo si hay que hacerlo públicamente. En este recuerdo la idea es nada más que acercar un ejemplo de un padre ejemplar, como tantos otros.
MARIO VEGA
¿Hoy es un día distinto? Seguramente lo sea, porque las familias se reunirán alrededor de una mesa para un agasajo especial. Porque el calendario marca que hoy es… el Día del Padre.
Una celebración que es parte de nuestra cultura, y que no es otra cosa que un justo homenaje a ese ser que es capaz de dar la vida por sus hijos. Felices de quienes puedan disfrutarlos… y un momento de recogimiento, de meditación, y de recuerdos para aquellos que ya no los tenemos.
El Día del Padre… sí, una celebración siempre sentida, más allá de cualquier otra circunstancia que se pudiera mencionar para condicionar su importancia.
Porque inevitablemente no faltará el que pueda renegar de una jornada que muchos suponen podría estar ligada a lo comercial, y donde se pondrá de manifiesto cierto oportunismo del calendario para hacer de esta fecha el momento de regalos u obsequios varios.
Pero indudablemente es la ocasión, además, por qué no, de juntar la familia alrededor de una mesa para regocijarse con él y homenajear… al padre.

Un homenaje.
Es sin dudas significativo, aunque particularmente pueda aceptar que están los que sienten que no es demasiado diferente a otros días, cualquiera fueran.
Seguramente hoy en muchas mesas se dará el bullicio de la familia reunida, con el agasajado en el centro de la escena… Y está bien que así sea. Muy bien.
Pero en otros casos será el momento de la evocación, del recuerdo de esa figura que ya no está… aunque su espíritu nos ande rondando en nuestras mentes siempre. Permanentemente.

Voy a hablar de mi papá.
Hoy, en estas columnas donde me ha tocado contar cientos de historias a lo largo de 10 años -¡ya 10 años!-, que quizás hayan llegado al medio millar, voy a cometer la digresión de hablar de mí, o mejor dicho de mi padre. Una suerte de homenaje a mi papá… que sería en realidad a todos los padres de quienes puedan llegar a acceder a estas líneas.
Seré -tal vez una vez más- autoreferencial para trazar una semblanza de un padre como tantos… Sí, ¡mi papá! Un padre como el de tantos, que trazó con su vida de esfuerzo y de trabajo una línea de conducta inalterable.
Con la impronta de otras épocas -sabrá el lector comprender-, con una existencia aquella tan distinta a la que transcurrimos, lejos de esta tecnología y de la cibernética que nos pone en la situación de estar tan cerca… y quizás tan lejos, a la vez.

El futbolista.
Nació en Santa Rosa el 4 de marzo de 1925, por lo que hoy tendría 94 años. Papá falleció el 6 de diciembre de 2001.
Hijo de un laburante, mi viejo hizo la primaria y después en el Colegio Nacional un secundario que apenas si comenzó, aunque sé que de esa época estudiantil le quedaron entrañables amigos y conocidos, como el doctor Ramón Turnes, y también quien sería el conocido veterinario Héctor González, entre otros que recuerdo ahora.
Destacado futbolista desde que era un pibe, se inició en All Boys -creo que además tuvo un breve paso por General Belgrano-, y añoraba siempre haber vestido la casaca de Estudiantil de Eduardo Castex con un equipo de los años ’50 que hizo época en la Liga Pampeana. Después, regresado a Santa Rosa jugó en lo que iba a ser el antecesor del Club Argentino -«Cañoncito», equipo que participaba en los grandes torneos barriales de aquellos tiempos-, para dejar definitivamente cuando aún era joven para el deporte… porque había que trabajar.

Trabajar «como burros».
Porque debía cumplir con ese sueño prometido a mi madre -Evelia Luna-, de construir «la casita blanca» en la que iba a albergar a su familia. Esto es ellos dos, y mi hermana Graciela y yo.
A veces, en el repaso que muchas veces hacemos de nuestras vidas -y de lo que nos ha rodeado desde que tenemos conciencia-, no puedo dejar de recordarlo. Y lo digo siempre: mi viejo, y muchos como él, como tantos de su generación, trabajaron «como burros» -no hay forma más gráfica para denominar el sacrificio, la dedicación y la energía que le ponían al trabajo-, con el sólo propósito de subvenir las necesidades de una familia que si no era pobre pegaba en el palo, como era la nuestra. Porque sólo «arañaba» esa clase media que fue creciendo en este país desde el advenimiento del peronismo -con todas las falencias que pudo haber tenido como movimiento desde que se empezó a gestar-, y cuando lo que se iba consiguiendo era a base de denodado esfuerzo.

Imprentero de oficio.
Decía, mi viejo aprendió junto a su padre -Juan de la Cruz Vega se llamaba el abuelo-, el ser imprentero. Uno de sus hermanos, Juan Carlos (Cacho) después reconocido ciclista de aquellos tiempos, también supo hacer ese trabajo. Julio y Rebeca eran los otros dos hermanos que completaban aquella familia a la que les faltó la madre desde su más temprana infancia.
Contaba mi padre -no lo dije, pero se llamaba Héctor Mario, y todos los nombraban por su segundo nombre-, que mi abuelo supo trabajar en el diario La Autonomía, y allí conoció todo el oficio. En esa misma imprenta mi viejo Mario iba a conocer, de chiquilín, los palotes del oficio, que también desarrolló varios años más tarde en el diario La Capital, y que en realidad llevaría adelante toda la vida.

En Castex y regreso a Santa Rosa.
Después de eso, creo que llevado por el fútbol -no sé por qué no se lo pregunté más concretamente alguna vez- agarró para el lado de General Pico, buscando además trabajo en su oficio de tipógrafo, y recaló finalmente en Eduardo Castex, donde conocería a mi madre para casarse allí. A los pocos años decidieron radicarse en Santa Rosa, para instalarse definitivamente en la casa de Jujuy 257 (calle 15 era en los primeros años), donde siempre habría de vivir nuestra familia. Y exactamente en la vereda de enfrente mis tíos -los hermanos de mi padre-, Juan Carlos, Julio y Rebeca, y obviamente también mis tías y primos/as.

Muchas horas de laburo.
Fueron años que hoy rememoro como lindos -claro que sí-, pero de los que no puedo dejar de decir es que para mi padre fueron de enorme trabajo, de gran sacrificio, de muchas, pero muchas, horas de laburo. Primero en la Imprenta «Labor», que en sociedad con Angel Bronzi -el socio capitalista, es verdad- tenían en pleno centro de la ciudad, en calle 9 de Julio, entre Pico y Villegas, y al lado del viejo Bar Quiroga. Eran ellos dos, y además casi una veintena de empleados en una de las imprentas importantes de la ciudad (las otras dos eran Marinelli y Porta), varios muchachos que con el paso del tiempo fueron aprendiendo toda la tarea y -en su momento- se largaron con sus propios emprendimientos imprentiles.

El oficio de imprentero.
¿De qué se trataba? De ejercer el trabajo de tipógrafo -esto es disponer los textos letra por letra con los moldes de plomo-, una tarea artesanal que no era para cualquiera, armar la «forma» que después se colocaba en la máquina impresora, estampar el escrito en el papel, y luego la encuadernación. Toda esa tarea se hacía de pie. Muchas horas de trabajo que se desarrollaban sin poderse sentar en ningún momento, con el único aliciente del mate amargo cebado por algún pibe que oficiaba de cadete-colaborador y lo iba distribuyendo entre los laburantes.

Larguísimas jornadas de trabajo.
Eran jornadas de 8 horas, pero tengo bien presente que mi viejo hacía muchas más: lo veía partir cuando las primeras luces del alba empezaban a alumbrar, regresaba poco después de mediodía -usaba para ir y venir una antigua y pesada bicicleta de esas que tenían un canasto delante del manubrio-, almorzaba, media hora de siesta o poco más… y otra vez a la imprenta. Tal vez hasta las 8 de la noche. Otra vez a casa, la cena y -muchísimas veces- los cuatro que componíamos la familia caminábamos desde la Jujuy al centro -cruzando la playa del ferrocarril- para ir a la Labor a terminar algunos trabajos que debían ser entregados al día siguiente: sí, eran jornadas de trabajo de 12 horas, casi todos los días. Un trabajo duro y extenuante.

El calor insoportable… y el frío.
Y no es que en el verano había aire acondicionado -«ponélo en 24°» le decimos hoy a quien se ocupe de eso-, sino que se lo intentaba soportar con las ventanas abiertas de par en par y allá -en un rinconcito- sólo un ventilador de pie que lanzaba una brisa que parecía no hacer otra cosa que distribuir aún más el calor. Y ni hablar del invierno, cuando había una estufita a querosén -aquellas que tenían frágiles velitas de yeso que producía un poco de tibieza-, para paliar apenas un poco el frío inclemente.
Y ellos, los que laburaban, sin hacerle asco a los rigores del clima, ni a tareas que entonces estaban lejos de las mejores condiciones de salubridad e higiene… Otras épocas, difíciles, complicadas, y había que trabajar, y trabajar, y trabajar… Y vaya si lo hacían.

Primero el trabajo.
Mi viejo fue imprentero, siempre imprentero, y puedo asegurar que lo primero era para él su familia… y el trabajo. Sé que por años -hasta que pudo realizar en la casa las modificaciones que la convirtieran en más cómoda y confortable- su prioridad era el laburo.
¿Los entretenimientos, las salidas, la diversión? Repaso y las recuerdo escasas ante las posibilidades del presente: juntarnos a almorzar con familiares que vivían en la otra punta de la ciudad, dónde solíamos ir caminando, para mi disgusto, porque había que transitar calles de Villa Alonso, por ejemplo, que eran verdaderos guadales. Se me ocurría que aquellos parientes vivían en el fin del mundo.
Después también reunirse con los vecinos en las noches de verano para largas conversaciones en las veredas, y no mucho más. ¿O no lo recuerdo? Sí, ahora sí: alguna vez cruzar «al centro» para tomar un helado frente a la plaza…

Era un hombre feliz.
A su manera, y a la distancia, advierto que pese a las dificultades de los tiempos, aún cuando le tocó trabajar muy duro para salir adelante, papá fue un hombre feliz. Con la mujer que amó hasta el último de sus días, con sus hijos -nos vio encaminados, yo en el periodismo, y mi hermana como docente-, y sobre todo con sus cinco nietos que le alegraron definitivamente la existencia.
Estoy convencido que fue feliz… porque consiguió sus objetivos rodeado de la familia que supo armar, con el trabajo que también amó, con los amigos que lo respetaron y lo quisieron… porque él parecía hosco pero tenía el corazón más grande que una casa. Y sus amigos y nosotros lo sabíamos.
Cuando se fue -aún cuando la enfermedad (producto del polvillo del plomo de las letras de molde de su oficio) lo mantuvo postrado en sus últimos meses- lo hizo en paz, tranquilo… Y dejó una huella. Claro que sí.

Los hijos, la gran preocupación.
Así fue la vida de nuestros padres, porque nosotros sí podíamos ir al cine los domingos, o darnos otros gustos de los que ellos no pudieron disfrutar.
Estoy convencido que su gran preocupación pasaba por nosotros: porque tuviéramos lo que necesitábamos: para estudiar, para que mi hermana completara su aprendizaje de piano, para darme a mí la posibilidad de hacer deportes…
Creo que su vida -a muchos les parecerá igual con respecto a sus padres- pasaba por brindarnos a nosotros, a sus hijos, la posibilidad de un futuro mejor. Sí, ese era su proyecto de vida.

Una frase y el orgullo.
Lo recuerdo cuando él tenía no tantos años, serio, a veces metido hacia adentro, reservado, de pocas palabras para decir sólo lo justo, lo que fuera necesario. ¿Para qué más?
Hace poco me encontré con un señor -ex trabajador ferroviario, que vive en 1° de Mayo, exactamente frente a la estación-, «El Ruso» Leinecker, que al pasar me miró y le salió decirme: «¡Qué gran hombre era tu padre! Un tipo serio y honrado… una gran persona!». Y la verdad, no pude reaccionar más que musitando un «gracias», pero henchido de orgullo, reconfortado por unas pocas palabras que resumían lo que muchos pensaron de mi padre. Sólo dije «gracias», y miré hacia el cielo, mientras sentí que se me estrujaba un poco el corazón… como ahora. Sí, como ahora mismo.

Las charlas que no fueron.
Lo tengo presente todo el tiempo y siento cierta nostalgia… Porque a la distancia -pese a que mantuvimos una relación estrecha, de vernos todos los días-, creo que quedaron muchas charlas pendientes. Y ahora me lo reprocho.
Puedo decir que influyó decididamente en mí, y que obviamente me marcó para siempre… Y no sé si me le parezco en algo. No lo sé.
Evoco que a veces lo veía enojado, con el ceño fruncido, y presumo que estaría sumido en preocupaciones que nunca me contó. Tal vez porque pensaría que a pesar de tanto esfuerzo y trabajo no podía darnos todo lo que hubiera querido, aunque de verdad nunca nos faltó absolutamente nada.

Mi padre y yo.
Preferiría que a partir de estas líneas nadie se ocupe de evaluarme en relación con mi padre, no sólo porque sería una muy desventajosa circunstancia para mí, sino simplemente porque la idea es solamente realizar una semblanza de un hombre de otros tiempos, de un padre tal vez como el suyo, amigo lector/a… porque como quedó dicho los tiempos cambiaron radicalmente.
Viejito querido, hoy como todos los días te tengo presente… tus broncas contenidas por algún disgusto que te he dado, tus penas y alegrías, tu ternura indescifrable que no todos conocieron.
No sé… no sé que decir. Sólo que te extraño, y que tengo ganas de llorar. Sí, sin vergüenza… ¡Te quiero viejo!

Un hombre absolutamente sensible
Se me agolpan los recuerdos… Cómo no volver a aquella vez cuando en la mesa del comedor de casa -yo tenía 5 años-, en una sola noche mi papá me enseñó a leer. ¡Sí! De verdad. No sé qué ocurrió, por qué razón, pero se puso esa noche a enseñarme y, amén de algún coscorrón (más parecido a una caricia que a una reprimenda), salí leyendo de corrido.
Ya dije que -según cuentan (Ramón Turnes entre otros me lo confirmó)- mi padre Mario jugaba muy bien al fútbol… solía contarme que el abuelo Juan de la Cruz no quería que lo hiciera, por lo que él tiraba los botines entre unos yuyales y llegado el momento los buscaba y se escapaba.
Pero, cosas de padres al fin, cuando fue convocado con solo 16 años para debutar en la primera de All Boys, que viajaba a disputar algunos partidos en la ciudad de Neuquén, el abuelo -aunque siempre en un tono muy serio- le dio permiso. Y aún más: ¡le compró un traje! para que viajara con la delegación. Y me imagino ese traslado de cientos de kilómetros, en los caminos polvorientos de entonces -con micros que eran casi carromatos-, al pobre de mi viejo ataviado con su traje…

El Mundial ’78.
Era hincha de Boca -no entusiasta- pero jamás me sugirió que yo debía seguirlo en esa simpatía, al punto que resulté fanático de River. Otro recuerdo imborrable que me queda está referido al Mundial ’78. Se jugaba en pleno invierno, y los partidos de Argentina eran cuando caía la noche… ¿Qué hacía mi padre? Se emocionaba tanto con la ceremonia previa y los preparativos, que se acostaba muy temprano. No vio uno solo de esos encuentros, ni aún la final con Holanda.

Sin diferencias de género.
Le gustaba contar a la hora del almuerzo o de la cena algunas cosas que tenían que ver con su niñez: «Después de cenar papá ponía el postre en la mesa, una banana que se cortaba en cuatro trozos, uno para cada hijo», nos decía. ¿Se imaginan? Algo increíble. ¿O no?
Por otra parte y ahora que lo pienso: jamás lo vi pelearse con mi madre. Evelia también tenía un carácter muy fuerte, de decir siempre lo que entendía que debía decir, y mi padre era también una persona con un perfil de firmeza, no fácil de arrear, dirían algunos. Pues nunca los vi en una de esas discusiones subidas de tono: mamá llevaba las riendas del hogar, siempre de acuerdo a las posibilidades que brindaba el hombre de la casa. Cuando se habla tanto de cuestiones de género puedo decir que ya entonces ellos las tenían asumidas: se ponían a la misma altura, aunque cumplieran distintos roles. No había diferencias.

Algunos viajes.
Una más de cosas que me voy acordando: mi padre -y tampoco mi madre, claro- nunca viajó en avión. Algún traslado a Buenos Aires en tren (verdaderas expediciones que se preparaban durante meses), para asistir a un médico por un problema de alergia que yo tenía; y poco más. Cuando grande, los dos conocieron Bariloche, Cataratas, y algunos otros sitios muy lindos de nuestro país a través de esos planes sociales de que disponen los jubilados. Y lo disfrutaban. Lo disfrutaban mucho.

La imprenta.
Su trabajo era también su pasión: el Molino Werner su gran cliente. Papá imprimía miles y miles de etiquetas para paquetes de fideos. «No pedían ni presupuesto; sabían que yo tenía el mejor precio, y hacía el mejor trabajo…», le gustaba alardear un poquito.
Tuvo enormes ganancias en tiempos de elecciones. En la impresora semi-automática muchas veces se hicieron las boletas de todos los partidos políticos de La Pampa, y para él también era motivo de orgullo: ver allí, «en su casa», a todos los candidatos juntos.
Si hasta editó y publicó -y ahí sí a pura pérdida- «Deportiva», la primera revista de ese tenor promediando los años ’60 (salieron 6 ó 7 números)
En política tenía un pensamiento simple: Era peronista «de Perón», y nunca pudo digerir al inefable Carlos Menem.

El Club Argentino.
Pocos saben que el Club Argentino nació en lo que después sería la casa de mi familia, para trasladarse a la calle Escalante primero, y más tarde donde se encuentra hoy. Mi padre fue uno de sus fundadores y también presidente. Integró diversas comisiones, pero la última vez que estuvo llegó a la entidad gente nueva con la que no congenió. Cuentan que después de uno de los grandes bailes que se hacían esos «muchachos» se apersonaron a mi padre: «Bueno Don Vega… ¡vamos a repartir!». Obviamente se referían a la recaudación: «No. Ustedes la contaron, aquí hay tanta plata. Mañana yo la llevo a la reunión de comisión directiva y ahí la voy a dejar». Eso hizo al día siguiente, y no fue nunca más.